Estimado Lector de Temas de Masonería

Sitio personal de Eduardo Callaey. Todo el contenido está dirigido a la difusión de los orígenes, historia, simbolismo y alcances de la masonería y la Orden de la Caballería. También contiene artículos de opinión. Lo escrito es absoluta responsabilidad de su autor.

lunes, 24 de agosto de 2009

Reflexiones sobreMasonería Cristiana, Monasticismo y el Régimen Escocés Rectificado



Luego de muchos años de estudio sobre documentos antiguos y medievales vinculados con el arte de la construcción tengo la íntima convicción de que todos los actuales ritos masónicos practicados en el mundo –muchos de los cuales a decir verdad ya no debieran denominarse masónicos- surgieron de una matriz cristiana en la que se gestó el simbolismo que ha dado su característica a esta sociedad iniciática. Esa matriz fue el monasticismo.

Han pasado algunos años desde la publicación de las dos obras que dediqué a los orígenes de la masonería medieval: Monjes y Canteros en el 2001 y Ordo Laicorum ab Monacorum Ordine en 2004, que luego sería editada por Kier en una versión ampliada con el título más amigable de La masonería y sus orígenes cristianos. En ambos ensayos advertí al lector de que se trataba de libros especialmente dirigidos a los estudiosos de la francmasonería. No tenían el objeto de explicar qué era la masonería sino de describir la herencia monástica que aun estaba viva en los rituales masónicos, cubierta de varias capas de pretendido racionalismo, enciclopedismo ilustrado, modernidad, posmodernidad y decadencias varias. Capas superpuestas una tras otra como los estratos arqueológicos que conforman los tells en el Oriente Medio, montañas gigantescas de escombros acumulados por el tiempo, debajo de las cuales se han encontrado ciudades maravillosas.

Debo confesar que mi búsqueda de la ciudad maravillosa tuvo relativo éxito; al menos puso en un brete a muchos masones que estaban convencidos de que la herencia medieval de la Orden era apenas un detalle histórico, pero que la verdadera masonería era hija del Siglo de las Luces y madre del progreso de la humanidad concebido como el numen del relativismo y el racionalismo científicos. Pues bien, quien se haya tomado el trabajo de consultar las numerosas fuentes monásticas citadas en mis trabajos ya sabe que el simbolismo masónico encierra algo más que la supervivencia de algunas herramientas de los albañiles medievales. El conjunto de alegorías que componen el lenguaje masónico encuentran su partida de nacimiento en las múltiples expresiones del monasticismo benedictino.

Es por ello que, nuevamente, me corresponde advertir al lector de este artículo que, al igual que los anteriores, está principalmente dirigido a los estudiosos de la francmasonería; pero también a los que se preguntan cómo puede hablarse de masonería cristiana cuando en el imaginario popular suele vincularse a la francmasonería como el mismo diablo personificado. También va dirigido al campo cristiano, especialmente a los católicos que no comprenden por qué razón un cristiano puede encontrar en la masonería un complemento adecuado para su realización espiritual. Está –en todo caso- especialmente escrito para todos aquellos que, con justa razón, no han visto la verdadera superficie de la francmasonería porque los propios masones la han ocultado debajo de numerosas capas tal como ya hemos mencionado.

Hay un dicho que reza que no todos los arqueólogos tienen la fortuna de encontrar la tumba de un rey. Salvando las distancias podría decir que cuando traduje los primeros capítulos del libro de San Beda Acerca del Templo de Salomón,[1] escrito en el siglo VIII, sentí algo parecido a lo que un arqueólogo ante una tumba real, pues a partir de allí, con la ayuda de hermanos y amigos, se fue deshilvanando una vasta madeja de autores y textos que no dejan lugar a muchas dudas en torno al fuerte componente monástico cristiano de las alegoría masónicas primitivas. Como era de esperar, al principio fui ignorado por la mayoría de los masones racionalistas, pero ningún racionalista puede –por definición propia- descartar una tesis sin oponerle otra. Al momento de publicar este ensayo nadie ha podido negar la existencia de las obras escritas por los monjes benedictinos acerca del arte de la construcción. Forman parte de la Patrología Latina de Migne y pueden ser consultadas en las grandes bibliotecas de todas las ciudades del mundo. Demuestran que la masonería cristiana articulada en el siglo XVIII, abroquelada en los denominados Rito Francés y Régimen Escocés Rectificado, es la heredera legítima de la antigua masonería medieval. Se puede matar al mensajero, pero eso no cambia ni inhibe la naturaleza del mensaje.

En estos años he recibido numerosas y valiosas críticas. También he recibido la repulsa de muchos masones racionalistas y de la propia Gran Logia de la Argentina, potencia masónica en la que fui iniciado hace veinte años. Mi ensayo Ordo Laicorum ab Monacorum Ordine, que fuera originalmente publicado por la Academia de Estudios Masónicos, es una herida abierta en el corazón de muchos hermanos que hubiesen preferido que estos documentos permaneciesen desconocidos para siempre. También en estos años pude comprobar que otros habían encontrado la huella antes que yo, pero que por diversas razones no pudieron, o no quisieron, completar la tarea.

Por citar dos casos mencionaré en primer lugar a Marcial Ruiz Torres, quien siendo Gran Secretario de la GLA publicó en la década de 1960 un libro de instrucción para maestros en el que menciona a Wilhelm de Hirschau y a las logias benedictinas establecidas por él en Alemania en el siglo XI. La importancia de las constituciones monásticas denominadas Hirschaugienses ya ha sido ampliamente expuesta y forman parte de la vasta reforma iniciada desde la mítica abadía de Cluny[2]. Entre otras muchas cuestiones podemos hallar en ellas el origen de algunos signos y señas masónicas y la utilización del mandil no sólo como indumentaria del oficio sino como significado de la dignidad del constructor. El abad Wilhelm es uno de los eslabones fundamentales en la larga cadena de monjes que construyeron la estructura de las logias abaciales.

En segundo lugar cabe señalar que en la década de 1990 un grupo de hermanos israelíes fue encomendado a buscar y encontrar los verdaderos orígenes europeos de la francmasonería. El informe cuya copia obra en mi poder dice claramente que las investigaciones se detuvieron en el mismo momento en que llegaron a las puertas de la abadía de Cluny. Estos hermanos consideraron que seguir avanzando en la investigación implicaba la inevitable ruptura del mito masónico en el que estaba anclada su propia tradición.

Si estos hermanos judíos hubiesen llegado hasta el tuétano se habrían encontrado con que muchos de estos benedictinos, con San Beda a la cabeza, no sólo habían recibido una fuerte influencia judía sino que así lo manifestaban, como es el caso de Rabano Mauro, abad de Fulda y Arzobispo de Maguncia, que ya en el siglo IX reconoce la ayuda de maestros judíos.

El espíritu del Cister –la otra gran reforma del movimiento monástico benedictino cuya figura prominente fue San Bernardo de Claraval- se introduciría posteriormente en la Militia Christi al proveer de una Regla a la Orden del Temple cuya influencia en la francmasonería hoy ya no se discute.

Estos estudios llevados a cabo sobre documentos históricos tuvieron un correlato inevitable, pues definidos los antecedentes monásticos de la francmasonería, la labor inmediata me llevó a trazar la historia de la transición de las logias monásticas a las corporaciones medievales y la de estas últimas a la denominada masonería especulativa. La primera parte se publicó en España en 2005 bajo el título El otro Imperio cristiano, obra que abarca desde la protomasonería de la Alta Edad Media hasta la restauración masónico-templaria del siglo XVIII. La segunda vio la luz en 2007 con el título El mito de la Revolución Masónica cuyo fin era explicar de qué manera y en qué circunstancias históricas se articuló el denominado Régimen Escocés Rectificado, estructura que restituyó a la masonería en su sesgo cristiano primitivo, y que fue fundado por Jean-Baptiste WIllermoz. (Lyón, 1730-1824)

Estas obras abarcan la historia de la masonería cristiana desde la Alta Edad Media hasta la Revolución Francesa, razón por la que remitimos al lector a lo ya escrito, disponiéndonos al desarrollo de un ensayo que pretende un nuevo giro sobre estas cuestiones.

La Masonería Cristiana y El Régimen Escocés Rectificado


De acuerdo a los documentos de ésta Orden Masónica Cristiana, la estructura y el simbolismo tanto masónico como caballeresco del Régimen Escocés Rectificado reconocen tres orígenes:


La Masonería francesa de la época, con su proliferación de los grados más diversos (Willermoz los conocía todos y practicó muchos de ellos) y que una vez depurada, sería estructurada hacia 1786-1787 en un sistema que llevaría más tarde el nombre de Rito Francés, con sus tres grados y cuatro órdenes; sin olvidar los diversos grados cuya combinación constituye lo que se ha venido a llamar el escocismo.

El Sistema propio de Martínez de Pasqually, personaje enigmático aunque inspirado, al que tanto Willermoz, como Louis Claude de Saint-Martin, reconocieron siempre como a su maestro. Este sistema fue denominado la Orden de los Caballeros Masones Elegidos Coens del Universo.

La Estricta Observancia Templaria, también dicha Masonería rectificada o Reformada de Dresde, sistema alemán en que el aspecto caballeresco primaba absolutamente sobre el aspecto masónico, y que pretendía ser, no ya la heredera, sino además restaurar la antigua Orden del Temple abolida en 1312.

En cuanto a sus orígenes espirituales, las dos fuentes son:


La doctrina esotérica de Martínez de Pasqually cuyo contenido esencial versa sobre el origen primero, la condición actual y el destino último del hombre y del universo.
La tradición cristiana indivisible, nutrida por las enseñanzas de los Padres de la Iglesia.


Desde el punto de vista del Régimen Escocés Rectificado, estas dos doctrinas, no sólo no se contradicen, sino que se corroboran mutuamente.[3] El Rito que administra este Régimen se practica en la actualidad ateniéndose rigurosamente al original promulgado en los conventos de Lyón y de Wilhelmsbad en 1778 y 1782 respectivamente.


En esa época las logias escocesas con asiento en el continente estaban pobladas de religiosos, cuestión que hemos abordado en profundidad. Su presencia era tan numerosa que ha dado lugar a trabajos ciclópeos como los llevados a cabo por José Antonio Ferrer Benimeli, quien ha hecho el censo más extenso conocido sobre la presencia de clérigos y monjes en la masonería del siglo XVIII.


Todavía en el siglo XIX, pese al avance del proceso revolucionario que terminaría descristianizando gran parte de la Orden, pueden observarse publicaciones en las que los grabados reflejan la presencia de monjes y nobles en los banquetes masónicos.[4] A la vez que existe una profunda similitud entre la ceremonia de Tercer Grado –la exaltación al sublime grado de Maestro Masón- y la de los profesos benedictinos tal como se practicó hasta fines del siglo XIX.[5]


Si bien la herencia monástica puede incluirse en lo que el RER denomina La tradición cristiana indivisible, nutrida por las enseñanzas de los Padres de la Iglesia, esta dimensión de la espiritualidad cristiana puede redescubrirse como un aporte específico, puesto que el monasticismo no constituye un esoterismo ni una teología aunque no por ello deje de ser compatible con ambos.

Mucho tiempo antes de descubrir que estas aportaciones del monacato medieval encajaban armónicamente con la doctrina trinitaria del Rectificado, me había cautivado la visión cosmoteándrica planteada por Raimón Panikkar en El Espíritu de la Política. Es en Panikkar donde encontré la respuesta a muchos de los interrogantes más complejos de la espiritualidad en el mundo moderno, desde su visión escatológica de la política hasta su discurso sobre La Experiencia de Dios recogido de las conferencias que dictara en el monasterio benedictino de Silos. Tal vez haya que reconocer que su visión de la experiencia monástica sea uno de los grandes aportes a la espiritualidad renovada del siglo XXI.

Mi aproximación al sacerdote y filósofo catalán es una compleja hipérbole a la que puedo definir como un providencial descubrimiento progresivo. Buenos Aires es una ciudad alejada infinitamente del Ganges que Panikkar observó durante décadas desde la terraza de su casa en India. Lejana de su retiro en Manresa en las faldas occidentales de los Pirineos. Sin embargo tuve oportunidad de escuchar su mensaje en dos producciones televisivas de Holograma, emitidas en los 90[6]. La primera fue su intervención en el debate sobre Arte, Ciencia y Espiritualidad en una Economía Cambiante, realizado en Ámsterdam a mediados de la década; la segunda fue una serie de reportajes realizados en la India y en Cataluña por la RTSI.[7]

Panikkar está hoy más vigente que nunca y su figura es destacada por muchos masones cristianos, como tuve oportunidad de comprobarlo recientemente en Barcelona. También es un faro para toda una generación de monjes del siglo XXI, que ya no llegan a la tonsura como resultado de una decisión de sus padres que otrora los entregaran como oblatos, sino como consecuencia de una creciente búsqueda interior que es capaz de abrazar la tradición cristiana más pura y lúcida sin, por ello, desconocer otras tradiciones espirituales cuyo mensaje es válido para cualquier verdadero creyente.

Una aportación de la vida monástica, de la atmósfera espiritual del cristianismo medieval y una visión expandida de la importancia de la oración traerían a la masonería un renovado espíritu a su alicaída condición de Escuela Iniciática. En los siglos de las grandes reformas monásticas, someterse a las rigurosas reglas de lo cenobios benedictinos era un acto de heroísmo sin parangón. En un mundo donde la libertad era un bien escaso y la autoridad se ejercía sin complejos, abandonar ambas condiciones –la de ser libre y la de ejercer la autoridad- significaba un sacrificio que, de facto, acercaba al individuo a la santidad.

Ser masón, tal como lo concebimos los masones cristianos, debiera representar un compromiso mucho mayor del que actualmente se pretende del iniciado. La descristianización de la masonería ha abierto sus puertas al hombre light, de Enrique Rojas, el hombre líquido de Zygmunt Baumann. Su compromiso político no es con el hombre inspirado en Dios sino con el hombre carente de Dios. Se asumió relativista, reafirmando su veneración a la razón, olvidando que, como señala Panikkar un estado secular sólo puede conformar a una sociedad para la cual la secularizad se ha convertido en una nueva religión. Coincido con él en que esto no puede permitirse. Tiene que ser resistido.

No se trata de que el masón busque la santidad, pues para ello están las religiones y la vida piadosa. Pero sí una visión sagrada de la condición humana, un acto volitivo de superación espiritual, una postura intrépida (sin trepidación, sin temor) frente al devenir de la vida y un anhelo de restauración del estado primordial del hombre antes de la Caída. En otras palabras, volver a comprender que el hombre puede recuperar aquello que los escolásticos denominaban el intellectus fidei, el discernimiento de la fe.

La masonería cristiana debe hacer el profundo esfuerzo de recuperar el espíritu de los monjes que construyeron Europa. No necesita más que emprender el trabajo de traducir y publicar a los santos padres abades que levantaron las monumentales abadías e iglesias románicas. A los que vieron en los constructores de sus monasterios a los obreros de Salomón y de Hiram. A los que encontraron la alegoría de cuadrar la piedra bruta como significado del trabajo de reconstrucción del espíritu humano. A quienes trazaron los planos del Templo como dimensión cósmica del hombre. A los que modelaron el trivium y el cuadrivium como esquema básico de la educación universal. A los que organizaron el trabajo y dieron a los artesanos el marco logístico adecuado para erigir tamaños monumentos de piedra. A los que organizaron nuestro mundo tal como es concebido desde Occidente, desde el Sacro Imperio hasta las modernas democracias. Pues, desde un punto hasta el otro del arco de nuestra historia, tal como la definiría Panikkar, se trata de la misma especie cultural.



[1] Beda, De Templo Salominis Liber, PL XCI; París, Brepols-Turnhout, 1850
[2] Ver el anexo adjunto sobre Wilhelm de Hisrau y la Orden de Conversos Laicos.
[3] Martí Blanco, Ramón, El Régimen Escocés Rectificado, su historia, sus orígenes, su doctrina; Libro de Trabajos, Logia de Estudios e Investigaciones “Duque de Warton” Arola Editors, Tarragona, 1999
[4] Al respecto vale la pena ver las litografías de la obra de F. T. B. Clavel, Historia de la Francmasonería, publicada en Buenos Aires por Imprenta de la Revista en 1860.
[5] Callaey, E. , La Masonería y sus orígenes cristianos; Buenos Aires, Kier p.142 y ss.
[6] Entre 1996 y 2003 trabajé como guionista y colaborador del proyecto HOLOGRAMA, fundado por Marisa Escasany y Ana Lia Alvarez, emitido por Canál á de Buenos Aires. El ciclo fue el primero en presentar en televisión a muchos pensadores contemporáneos, tal el caso de Panikkar.
[7] Radio Televisión Estatal de Italia



lunes, 8 de junio de 2009

Los laberintos de Rabano Mauro


El pasado miércoles 3 de junio, S.S. Benedicto XVI expuso una presentación acerca del monje Rabano Mauro, uno de los pilares sobre los que escribí, oportunamente, mi tésis sobre los orígenes monásticos de la francmasonería. A continuación dicha exposición, luego de la cual reproduzco el capítulo dedicado a Rabano Mauro en mi libro "Ordo Laicorum ab Monacorum Ordine".


En este mismo blog, el lector podrá encontrar la traducción de algunos trabajos del monje Mauro, sobre el Arte de la Construcción.




Benedicto XVI presenta al "maestro de Alemania", Rabano Mauro
Intervención de Benedicto XVI durante la audiencia general del miércoles dedicada a presentar la figura del monje Rabano Mauro.

Ciudad del Vaticano, miércoles 3 de junio de 2009.

Queridos hermanos y hermanas:
Hoy quisiera hablar de un personaje del occidente latino verdaderamente extraordinario: el monje Rabano Mauro. Junto a hombres como Isidoro de Sevilla, Beda el Venerable, Ambrosio Auperto, de los que ya he hablado en catequesis precedentes, supo durante los siglos de la Alta Edad Media mantener el contacto con la gran cultura de los antiguos sabios y de los padres cristianos. Recordado con frecuencia como "praeceptor Germaniae" [maestro de Alemania, ndt.], Rabano Mauro tuvo una fecundidad extraordinaria. Con su capacidad de trabajo totalmente excepcional fue quizás el que más contribuyó a mantener viva la cultura teológica, exegética y espiritual a la que recurrirían los siglos sucesivos. A él hacen referencia grandes personajes pertenecientes al mundo de los monjes, como Pedro Damián, Pedro el Venerable y Bernardo de Claraval, así como un número cada vez más consistente de "clérigos" del clero secular, que en los siglos XII y XIII dieron vida a uno de los florecimientos más hermosos y fecundos del pensamiento humano.
Nacido en Maguncia, alrededor del año 780, Rabano entró cuando todavía era muy joven en el monasterio: se le añadió el nombre de Mauro en referencia precisamente al joven Mauro, que según el segundo libro de los Diálogos de San Gregorio Magno, había sido entregado, cuando todavía era un niño por sus mismos padres, nobles romanos, al abad Benito de Nursia. Esta introducción precoz de Rabano como "puer oblatus" en el mundo monástico benedictino, y los frutos que sacó para su crecimiento humano, cultural y espiritual abrieron posibilidades interesantísimas no sólo para la vida de los monjes, sino también para toda la sociedad de su tiempo, normalmente llamada "carolingia". Hablando de ellos, o quizá de sí mismo, Rabano Mauro escribe: "Hay algunos que han tenido la suerte de haber sido introducidos en el conocimiento de las Escrituras desde la tierna infancia ('a cunabulis suis') y se han alimentado tan bien de la comida que les ha ofrecido la santa Iglesia que pueden ser promovidos, con la educación adecuada, a las más elevadas órdenes sagradas" (PL 107, col 419BC).
La extraordinaria cultura por la que se distinguía Rabano Mauro llamó muy pronto la atención de los grandes de su tiempo. Se convirtió en consejero de príncipes. Se comprometió para garantizar la unidad del Imperio y, a un nivel cultural más amplio, nunca negó a quien le preguntaba una respuesta ponderada, que se inspiraba preferentemente en la Biblia y en los textos de los santos padres. A pesar de que fue elegido primero abad del famoso monasterio de Fulda y después arzobispo de la ciudad natal, Maguncia, no dejó sus estudios, demostrando con el ejemplo de su vida que se puede estar al mismo tiempo a disposición de los demás, sin privarse por este motivo de un adecuado tiempo de reflexión, estudio y meditación. De este modo, Rabano Mauro se convirtió en exegeta, filósofo, poeta, pastor y hombre de Dios. Las diócesis de Fulda, Maguncia, Limburgo, y Breslavia le veneran como santo o beato. Sus obras llenan seis volúmenes de la "Patrología Latina" de Migne. Probablemente compuso uno de los himnos más bellos y conocidos de la Iglesia latina, el "Veni Creator Spiritus", síntesis extraordinaria de pneumatología cristiana. El primer compromiso teológico de Rabano se expreso, de hecho, en forma de poesía y tuvo como tema el misterio de la santa Cruz en una obra titulada "De laudibus Sanctae Crucis", concebida para proponer no sólo contenidos conceptuales, sino también alicientes exquisitamente artísticos, utilizando tanto la forma poética como la forma pictórica dentro del mismo código manuscrito. Proponiendo iconográficamente entre las líneas de su escrito la imagen de Cristo crucificado, escribe: "Esta es la imagen del Salvador que, con la posición de sus miembros, hace que sea sagrada para nosotros la dulcísima y queridísima forma de la Curz para que, creyendo en su nombre y obedeciendo a sus mandamientos, podamos obtener la vida eterna gracias a su pasión. Por eso, cada vez que elevamos la mirada a la Cruz, recordamos a Aquél que sufrió por nosotros para arrancarnos del poder de las tinieblas, aceptando la muerte para hacernos herederos de la vida eterna" (Lib. 1, Fig. 1, PL 107 col 151 C).
Este método de armonizar todas las artes, la inteligencia, el corazón y los sentidos, que procedía de Oriente, sería sumamente desarrollado en Occidente, alcanzando cumbres inalcanzables en los códices miniados de la Biblia y en otras obras de fe y de arte, que florecieron en Europa hasta la invención de la prensa e incluso después. En todo caso, demuestra que Rabano Mauro tenía una conciencia extraordinaria de la necesidad de involucrar, en la experiencia de fe, no sólo la mente y el corazón, sino también los sentidos a través de esos otros aspectos del gusto estético y de la sensibilidad humana que llevan al hombre a disfrutar de la verdad con todo su ser, "espíritu, alma y cuerpo". Esto es importante: la fe no es sólo pensamiento, toca a todo el ser. Dado que Dios se hizo hombre en carne y hueso y entró en el mundo sensible, nosotros tenemos que tratar de encontrar a Dios con todas las dimensiones de nuestro ser. De este modo, la realidad de Dios, a través de la fe, penetra en nuestro ser y lo transforma. Por este motivo, Rabano Mauro concentró su atención sobre todo en la Liturgia, como síntesis de todas las dimensiones de nuestra percepción de la realidad. Esta intuición de Rabano Mauro le hace extraordinariamente actual. Dejó también los famosos "Carmina", propuestos para ser utilizados sobre todo en las celebraciones litúrgicas. De hecho, el interés de Rabano por la liturgia se daba totalmente por sobreentendido dado que ante todo era un monje. Él sin embargo, no se dedicaba al arte de la poesía como fin en sí mismos, sino que utilizaba el arte y cualquier otro tipo de conocimiento para profundizar en la Palabra de Dios. Por ello, trató con el máximo empeño y rigor de introducir a sus contemporáneos, pero sobre todo a los ministros (obispos, presbíteros y diáconos), en la comprensión del significado profundamente teológico y espiritual de todos los elementos de la celebración litúrgica.
De este modo, trató de comprender y presentar a los demás los significados teológicos escondidos en los ritos, recurriendo a la Biblia y a la tradición de los padres. No dudaba en citar, por honestidad y para dar mayor peso a sus explicaciones, las fuentes patrísticas a las que debía su saber. Se servía de ellas con libertad y discernimiento atento, continuando el desarrollo del pensamiento patrístico. Al final de la "Primera Epístola" dirigida a un corepíscopo de la diócesis de Maguncia, por ejemplo, tras haber respondido a peticiones de aclaración sobre el comportamiento que hay que tener en el ejercicio de la responsabilidad pastoral, escribe: "Te hemos escrito todo esto tal y como lo hemos deducido de las Sagradas Escrituras y de los cánones de los padres. Ahora bien, tú, santísimo hombre, toma tus decisiones como mejor te parezca, caso por caso, tratando de moderar tu evaluación de tal manera que se garantice en todo la discreción, pues ella es la madre de todas las virtudes" ("Epistulae", I, PL 112, col 1510 C). De este modo se ve la continuidad de la fe cristiana, que tiene sus inicios en la Palabra de Dios: ésta, sin embargo, siempre está viva, se desarrolla y se expresa de nuevas maneras, siempre en coherencia con toda la construcción, con todo el edificio de la fe.
Dado que la Palabra de Dios es parte integrante de la celebración litúrgica, Rabano Mauro se dedicó a esta última con el máximo empeño durante toda su existencia. Redactó explicaciones exegéticas apropiadas casi para todos los libros bíblicos del Antiguo y del Nuevo Testamento con un objetivo claramente pastoral, que justificaba con palabras como éstas: "He escrito esto... sintetizando explicaciones y propuestas de otros muchos para ofrecer un servicio al pobre lector que no puede tener a disposición muchos libros, pero también para ayudar a quienes en muchos argumentos no logran profundizar en la comprensión de los significados descubiertos por los padres" ("Commentariorum in Matthaeum praefatio", PL 107, col. 727D). De hecho, al comentar los textos bíblicos recurría enormemente a los padres antiguos, con predilección especial por Jerónimo, Ambrosio, Agustín y Gregorio Magno.
Su aguda sensibilidad pastoral le llevó después a afrontar uno de los problemas que más interesaban a los fieles y a los ministros sagrados de su tiempo: el de la Penitencia. Compiló "Penitenciarios" --así los llamaba-- en los que, según la sensibilidad de la época se enumeraban los pecados y las penas correspondientes, utilizando en la medida de lo posible motivaciones tomadas de la Biblia, de las decisiones de los concilios, y de los decretos de los papas. De estos textos se sirvieron también los "carolingios" en su intento de reforma de la Iglesia y de la sociedad. A este mismo objetivo pastoral respondían obras como "De disciplina ecclesiastica" y "De institutione clericorum" en los que, citando sobre todo a Agustín, Rabano explicaba a personas sencillas y al clero de su misma diócesis los elementos fundamentales de la fe cristiana: eran una especie de pequeños catecismos.
Quisiera concluir la presentación de este gran "hombre de la Iglesia" citando algunas palabras suyas en las que se refleja su convicción de fondo: "Quien descuida la contemplación, se priva de la visión de la luz de Dios; quien se deja llevar por las preocupaciones y permite que sus pensamientos queden arrollados por el tumulto de las cosas del mundo se condena a la absoluta imposibilidad de penetrar en los secretos del Dios invisible" (Lib. I, PL 112, col. 1263A). Creo que Rabano Mauro nos dirige hoy estas palabras: en el trabajo, con sus ritmos frenéticos, y en las vacaciones, tenemos que reservar momentos para Dios. Abrirle nuestra vida dirigiéndole un pensamiento, una reflexión, una breve oración, y sobre todo no tenemos que olvidar el domingo como el día del Señor, el día de la liturgia, para percibir en la belleza de nuestras iglesias, de la música sacra y de la Palabra de Dios, la belleza misma de Dios, dejándole entrar en nuestro ser. Sólo así nuestra vida se hace grande, se hace vida de verdad.




Los Laberintos de Rabano Mauro
Capítulo de "Los Orígenes Cristianos de la Francmasonería" (Editorial Kier)

Por Eduardo Callaey


1. "Primus Praeceptor Germaniae"

Rabano Mauro fue el más célebre teólogo y escritor pedagógico del siglo IX. Alumno de Alcuino, Abad de Fulda y posteriormente Arzobispo de Maguncia, es considerado uno de los más destacados maestros de la generación posterior a Carlomagno y uno de los más conocidos hebraístas.105 Nació en Maguncia, de familia noble, aproximadamente en el año 776, y a edad muy temprana pronunció sus votos en el monasterio benedictino de Fulda, abadía a la que seguiría vinculado durante toda su vida, y a la que haría célebre gracias a su genio y su esfuerzo.
Rabano fue ordenado diácono en el año 801, cincuenta años después que Bonifacio fundara la abadía "en medio de un inmenso desierto". Al año siguiente se trasladó al monasterio de Tours en donde, bajo la directa guía de Alcuino -a la sazón abad del establecimiento- estudió teología y artes liberales. Fue el propio Alcuino quien le agregó el sobrenombre de Mauro en memoria del famoso discípulo de San Benito.
Después de un breve período de estudio -se cree que pasó un año al lado de Alcuino- fue convocado por su abadía, en la que era necesario como maestro. Su calidad pedagógica y su celo por el estudio y la enseñanza pronto lo convirtieron en director de la escuela monástica. Por entonces, su fama se extendió por toda la cristiandad, convirtiendo a Fulda en el más prestigioso centro de aprendizaje del Imperio Franco. En 814, luego de ser ordenado sacerdote, inició un viaje de peregrinación a Palestina, al cual alude en su comentario sobre el "Libro de Josué". Se dice que este viaje se produjo a raíz de los inconvenientes suscitados con su abad, Ratgar, que estaba obsesionado con la construcción de un nuevo complejo abacial, lo que impedía temporalmente el desarrollo de la escuela.106
Kaiser señala que la abadía de Fulda se encontraba bajo las órdenes directas de la Santa Sede, por lo que no debe extrañar que la iglesia abacial intentara copiar, en lo posible, a la iglesia de San Pedro de Roma.
A su regreso de Palestina y bajo el gobierno de Eigil -que asumió el control de la abadía a partir de 817- Rabano volvió a dedicarse íntegramente a su vocación docente.
En 822 fue elegido abad.107 Llegaron entonces tiempos muy propicios para Fulda, convertida en la escuela monástica más importante del mundo cristiano al norte de los Alpes. Rabano supo encontrar tiempo para transmitir sus enseñanzas acerca de las Escrituras, con un estilo pedagógico tan particular que solía despertar el entusiasmo en el pueblo y el clero. Reconocido como la máxima autoridad en las Escrituras, y más tarde en literatura eclesiástica y derecho canónico, en los siglos siguientes se lo recordó con el título de "Primus Praeceptor Germaniae".

2. Exégesis y Tradición

Luego de la muerte de Carlomagno, el scriptorium de Fulda se había convertido en heredero de la Escuela Palatina, con una posición muy importante en la misión de trasmitir sus tendencias culturales, lo cual fue en gran parte posible por la intervención de Rabano. Sin embargo, más allá de lo mucho que se podría destacar sobre su figura, el punto que nos interesa en particular es su trabajo como exegeta y comentarista de la Biblia y de algunos libros del Antiguo Testamento.108
En un momento en el que aún estamos lejos de "la razón" y en donde nadie habla de razonamiento, la exégesis es -como diría George Duby- "el instrumento al que todos acuden y en el que se sintetizan todas las investigaciones espirituales..."
"Del Dios oculto provienen los signos tan misteriosos como quien los engendra. Lo importante es poder descifrar estos mensajes; todos los métodos de enseñanza tienen esta finalidad a partir del renacimiento de los estudios en los monasterios carolingios. ..Rabano Mauro fue uno de sus iniciadores... "Tuve la idea -dice Rabano- de componer un opúsculo que tratase, no solamente de la naturaleza de las cosas, y de la propiedad de las palabras, sino también de su significación mística". ...Las palabras, la naturaleza: estos son los dos campos accesibles al espíritu humano, en los que Dios consiente manifestarse..."109
Nosotros agregamos que esta definición de Rabano bien podría aplicarse a la ciencia de los cabalistas hebreos.
Hacia el año 834 escribe una gran cantidad de obras. Entre ellas una exégesis de los "Libros de los Reyes" y los "Libros de las Crónicas", que son justamente los textos con mayor información acerca de la construcción del Templo de Salomón. Si bien gran parte del texto es la trascripción textual del citado libro de Beda -"De Templo Salomonis Liber"- encontramos una serie de datos valiosos en cuanto a los aspectos bíblicos del relato masónico.
Merced a la formación e influencia de Alcuino, Rabano conoce profundamente la obra de Beda y adquiere fuertes conocimientos del hebreo. Pero también dispone de un acceso directo a fuentes bíblicas, a través de cierto maestro hebreo que lo asiste en temas vinculados a la tradición judía. Acerca de este judío dice Newman:
"...es una de las más interesantes y misteriosas figuras en la historia del hebraísmo cristiano medieval. Berger y otros lo consideran un judío convertido al cristianismo, conocedor del Talmud desde su juventud. Aparentemente, fue el autor del famoso trabajo "De Quaestionibus Hebraicis in libros Regum et Paralipomenon", elaborado según la forma y el estilo de "Quaestiones Hebraicae e Interpretatio hebraicorum nominum", de Jerónimo, pero lleno de tradiciones e interpretaciones rabínicas. A este exegeta judío bautizado, también se le atribuye la obra "De Scholiis hebraicis in Sacram Scripturam", que contiene glosas sobre la mayor parte de los Libros del Antiguo Testamento, incluyendo entre otros el Pentateuco, Josué, Ruth, Samuel y Reyes, Job, y Salmos".110
La influencia de este judío en los escritos de Rabano es notable, al punto que, en la dedicatoria que le hace a Alcuino en el prefacio de los "Comentarios a los cuatro Libros de los Reyes...", le advierte a su maestro señalando:
"... Además, intercalé en no pocos lugares la exposición trasmitida por los hebreos, que extraje de los textos de cierto hebreo de estos tiempos modernos, experto en la Ley, y asimismo anoté su nombre. No lo hice con la intención de imponer a nadie la autoridad de aquél, sino, por el contrario, dejo su examen al juicio del lector..."111
Los citados "Comentarios a los cuatro Libros de los Reyes..." reproducen lo dicho por Beda, que ya hemos expuesto. Cuando digo "reproducen" me refiero a que se trata de la cita casi textual de lo escrito por aquél. Pero en el Capítulo II de los "Comentarios a los dos Libros Paralipomenos" encontramos los siguientes fragmentos, correspondientes al momento en que Hiram de Tiro envía a Salomón al broncista Hiram Abi:
"...Dijo Hiram, rey de Tiro, por medio de una de las cartas que había enviado a Salomón: "Puesto que el Señor ha querido a tu pueblo, hizo por esto que tu reinaras sobre él", y agregó luego "Alabado sea el Señor Dios de Israel, que creó el cielo y la tierra, que dio al rey David un hijo sabio y culto, juicioso y prudente para que construyera la casa del Señor y el palacio para él. Te he enviado por esto, un hombre prudente y el más preparado de los obreros, mi padre Hiram (Abi), hijo de una mujer que proviene de los hijos de Dan, cuyo padre fue tirio, y que sabe trabajar el oro y la plata y el bronce y el hierro y el mármol y la madera, en púrpura, y también el jacinto, y el lino y en escarlata, y que sabe cincelar todo tipo de esculturas, y descubrir sagazmente todo lo que se necesita en estos trabajos, con tus artesanos y los de mi Señor David, tu padre"
"...Por lo tanto, lo que dijo Hiram a Salomón por medio de sus cartas: "Te he enviado un hombre prudente y el más preparado de los obreros, mi padre Hiram, hijo de una mujer que proviene de los hijos de Dan, cuyo padre fue tirio..." revela que él era del linaje Salomith, de la tribu de Dan, lo cual se encuentra escrito en el Libro de los Números (Num. XXXIV). Por otra parte, dicen que el padre de aquel hebreo fue un hebreo del linaje de Ooliab de la tribu de Dan, que fue a trabajar al desierto junto con Beseleel (Exod. XXXVI)..."112
A poco de leer esta cuestión en el Antiguo Testamento surgen datos muy sugestivos; nuevamente aquí, al igual que en el texto de Beda, se establece una relación entre la construcción del Tabernáculo y la del Templo de Salomón. Veamos:
Beseleel, o mejor dicho Bezaleel, es un artesano, experto en el trabajo del oro y la plata, broncista fundidor, tallista de piedras de engaste y ebanista. Hijo de Uri y nieto de Hur, de la tribu de Judá. Y es convocado por Moisés para llevar a cabo la obra del Tabernáculo. En tanto que Ooliab, o Aholiab, hijo de Ahisamac, de la tribu de Dan es su ayudante, artesano especialista en "toda obra de arte e invención", experto en el secreto del azul, la púrpura y el carmesí.
En Éxodo XXX, se describe detalladamente la forma en que Jehová designa a ambos para la construcción del Tabernáculo, el Arca de la Alianza, el Propiciatorio, los utensilios, el Altar del Holocausto y la Fuente de Bronce (recordemos el "Mar de Bronce" que funde Hiram Abi en el Valle del Jordán). Los capítulos XXXVIII y XXXIX describen minuciosamente cómo fue llevada a cabo la obra por Bezaleel y su ayudante Aholiab. La similitud entre el trabajo de Bezaleel y el de Hiram Abi es asombrosa. Ambos son artistas, broncistas fundidores. Ambos construyen un santuario. El texto también expone en detalle la cantidad de material utilizado, y menciona a Ithamar, hijo de Aarón como director de obra a cargo de las cuentas. Ithamar es a la obra del Tabernáculo, lo que Adoniram es a la del Templo de Jerusalén. Pero allí no terminan las relaciones.
Los Grados XXIII y XXIV del R.E.A. y A., denominados "Jefe del Tabernáculo" y "Príncipe del Tabernáculo" respectivamente, guardan una estrecha relación con esta tradición. El Grado XXIII, preparatorio del subsiguiente, predispone al candidato para ingresar en el Santuario donde trabaja "la Jerarquía". El XXIV introduce al masón en los "misterios mayores", en el corazón del Templo y le impone graves responsabilidades. En este grado, el presidente, es denominado "Muy Poderoso Maestro" y representa a Moisés. Los tres vigilantes representan a Aarón, Bezaleel y Aholiab. Este último -según Rabano Mauro- es el ancestro de Hiram Abi, que fue a trabajar al desierto junto con Bezaleel.
Cabe hacer algunas observaciones adicionales sobre este misterioso grado del "Príncipe del Tabernáculo". Gallatin Mackey comenta que parece "ser peculiar al Rito Escocés y sus modificaciones, puesto que no se lo ha encontrado en ningún otro Rito".113 En tanto que André Cassard refiere que éste es uno de los grados establecidos en el Rito Escocés por Federico el Grande, rey de Prusia.
Sea cual fuere su origen, lo cierto es que se trata de un grado sumamente esotérico, cuyo objeto filosófico se encuentra seriamente modificado en los países latinos, en especial por la influencia del krausismo español que introdujo alteraciones atinentes a cuestiones políticas y sociales.114 Sahir Erman refiere cierto parlamento que el aspirante escucha durante la ceremonia de iniciación. Allí, el oficial que representa a Moisés dice:
"¡Escucha y estudia! Interpreta con tu propio y libre juicio nuestros símbolos, porque en cada piedra bruta, una piedra cúbica perfecta se oculta. Debes ser muy cuidadoso, no confundir la verdad con la sombra o la forma. Mucha gente da la espalda a la fuente de la luz, y se asombra cuando ve una mancha oscura en la pared, frente a sí. Dios es el acto. Dios es el libro. Tú eres parte de sus actos. Ahora el libro se abre frente a ti, y tú posees la fe y sapiencia necesarias para interpretarlo correctamente. Solo entonces tú estás listo para ser recibido en los Misterios Mayores..."115
Bezaleel -cuyo nombre en hebreo significa "en la sombra de Dios"116- es mencionado nuevamente en el Segundo Libro de las Crónicas: Salomón, ya afirmado como rey, reúne a los jefes, jueces y príncipes del reino en torno a la tienda en la que se guardaba el Arca. Allí, el rey ofrece holocaustos sobre "...el altar de bronce que había hecho Bezaleel, hijo de Uri..."117
Este vínculo, entre el Tabernáculo y el Templo de Jerusalén, es señalado de manera precisa por Beda, en el capítulo primero de De Templo Salomonis Liber, titulado "Que la construcción del Tabernáculo y el Templo simboliza la Iglesia misma de Cristo". Simboliza la propia casa espiritual del Señor, incluso un tabernáculo levantado en el desierto por Moisés.
"En verdad, aquella casa [el Tabernáculo] fue construida en el camino por el que se venía a la tierra prometida; esta lo fue en la misma tierra y en la misma ciudad de Jerusalén; para aquél que, trasladándose de un lugar a otro mediante el constante servicio de los levitas, finalmente fuera conducido a la tierra de la herencia prometida; para que, edificada casi en la patria misma y en la ciudad real, ésta se mantuviera con cimiento por siempre inviolable, hasta que alcanzara el favor de las imágenes celestiales asignado a ella."118
Luego, Rabano continúa con un fragmento cuyo significado ofrece algunas dificultades. Refuta que Hiram Abi sea tirio y afirma que es hebreo, argumentando que se trata de un error de traducción:
"...Dicen los hebreos que el hecho de que lo llamen tirio se explica porque éste había sido el resultado de una traducción. Pues, en su lengua, por "Zochri" se entiende creación.119 Así también, por "tirio", que ellos llaman "Ozor", suele entenderse en algunos lugares "angustia" y en otros "creación". Por esta razón lo llama "Hiram su padre", puesto que, habiendo llegado a él desde la tierra de Israel en peregrinación, le enseñó el temor que debe sentirse ante el Señor y lo indujo al conocimiento de Dios..."120
Sin dudas, Rabano posee una fuente hebrea que le permite acceder a esta información, seguramente ese "judío de estos tiempos modernos" que menciona en la epístola a Alcuino.
El texto continúa con algunos comentarios alegóricos acerca de Hiram en donde el texto del Antiguo Testamento prefigura a Cristo y la Iglesia:
"...Hiram también alude alegóricamente a los doctores de los pueblos gentiles que la gentilidad envió a la Iglesia. Estos sabían trabajar el oro y la plata y el bronce y el hierro y la madera y el mármol, también en púrpura, y el jacinto y el lino y en escarlata. El oro significa el brillo de la sabiduría, la plata el esplendor de la elocuencia, el bronce la sonoridad de la prédica, el hierro la firmeza de la fe, el mármol la gracia de las virtudes, la madera el vigor de las buenas obras, la púrpura el derrame de la sangre del martirio, el jacinto la vida celestial, el lino la pureza del cuerpo, la escarlata la perfección de la caridad..."
"...En todos estos temas espirituales, Hiram sabía cómo llegar a ser esforzado y competente, a fin de que toda virtud reluciera con un esplendor digno de la casa de Dios a los ojos de los hombres y para su instrucción, y con un hálito de buena voluntad resultara aceptable ante la mirada de la divinidad. Por ello dice Hiram a Salomón: "Nosotros cortaremos la madera del Líbano, porque te resulta indispensable, y la pondremos en nuestras naves en dirección a Jope a través del mar; tuya será la labor de trasportarlas a Jerusalén" Estas palabras significan que los pueblos gentiles, luego de oír hablar de los Evangelios, con fe envían a diversos representantes de los hombres a recibir el bautismo. Con todo, es propio del único y verdadero Dador de paz, de nuestro Redentor, incluir a aquellos hombres en la unión espiritual de la Santa Iglesia, al purificar sus pecados por medio de los sacramentos celestiales..."
"...De ahí que diga Juan en el Evangelio: "Quien me envió a bautizar en el agua me dijo: 'sobre quien llegue a ver que el espíritu desciende y sobre él permanece, él es quien bautiza en el Espíritu Santo' y yo vi y fui testigo de que éste es el Hijo de Dios..."121
Finalmente, el texto concluye con la trascripción del Capítulo III de "De Templo Salomonis Liber".
Como se observa, ambos autores -Beda y Rabano Mauro- conforman un sólido cuerpo exegético en torno de la tradición bíblica de la construcción del Templo de Salomón, en la que la figura de Hiram Abi es ampliamente abordada y adquiere caracteres alegóricos. Resulta hasta natural aceptar que estas obras influyeron profundamente en las tradiciones de los monjes constructores que actuaban bajo la dirección del movimiento benedictino.
Se sabe que Rabano utilizó en sus trabajos otras fuentes judías, tales como Filón y Flavio Josefo. Cabe también mencionar que fue un creador insuperable de laberintos y caligramas, lo cual merecería un capítulo especial, pero que nos apartaría del sentido de este libro. Sin embargo no podemos dejar de mencionarlo, aunque más no sea tangencialmente, pues este tipo de construcciones literarias recuerda y remite al método de los cabalistas judíos, cuya influencia en la masonería es notable. Se destaca particularmente su tratado "De laudibus Sanctae Crucis", en el cual se encuentran gran cantidad de ilustraciones, números e imágenes de carácter alegórico.
Según afirma el profesor Rafael de Cózar122, Rabano Mauro realizó, "…siguiendo la tradición de Porfirio y Venancio Fortunato, un extenso número de pentacrósticos. En el conjunto de su obra destacan los veintiocho tetrágonos pentacrósticos que bajo una unidad temática componen el tratado de las alabanzas de la cruz: De laudibus Sanctae Crucis, texto fechado en el año 815, dedicado al rey Luis, el Piadoso...".123
Rafael de Cózar es uno de los más importantes eruditos de habla hispana en artificios literarios. Su obra "Poesía e Imagen", "Formas difíciles de ingenio literario", contiene una detallada información sobre los laberintos y artificios literarios de Rabano Mauro. Con relación al mencionado tratado De laudibus Sanctae Crucis dice:
"...En el conjunto de los pentacrósticos o laberintos del tratado de Rabano Mauro hemos observado cuatro tipos de estructuras formales diferenciadas, aunque es la cruz el elemento básico que componen las figuras del libro: agrupamos así en un primer conjunto los textos con representación figurativa: el segundo viene definido por el fundamento letrista en la elaboración de las cruces y símbolos; el tercero y más numeroso se caracteriza por las figuras geométricas como elementos constructivos, mientras el último, con muy escasos ejemplos, agrupa a los laberintos menos complejos, basados en una cruz simple formada con los ejes vertical y horizontal del cuadro de letras..."
Para Cózar, la importancia de estos artificios literarios convierten a Rabano en referente para todos los estudiosos en los que aparece alguna referencia a estas formas, y afirma que "…es, por ello, el autor mejor conocido como ejemplo significativo de la vigencia en esa época del género laberíntico, sin duda el momento en que llega a su culminación en complejidad y proyección en la historia..."124
Rabano Mauro es, en síntesis, uno de los artífices de las tradiciones que hicieron de la piedra un libro en donde las gentes pudieran comprender las raíces de su fe. ¿Cómo llegó esta tradición a formar parte de los rituales y tradiciones de la Masonería? Todo parece apuntar a las organizaciones de monjes constructores que basaron su tradición en los modelos bíblicos desarrollados en la literatura de los maestros benedictinos herederos de Beda.
Tanto Beda como Rabano aportan el texto que luego servirá de base al último gran hebraísta de nuestro itinerario, Walafrid Strabón, autor de la famosa "Glossa Ordinaria", una obra que sería por quinientos años la exégesis bíblica más difundida en Europa. Cuando abordemos a este monje en particular veremos que su obra contiene todos los elementos expuestos por estos autores, como si se tratase de una guía que simplifica y ayuda a la búsqueda de todo el conocimiento acumulado sobre la tradición bíblica hasta ese momento. Tal vez sea por esa razón que algunos autores se atreven a afirmar que Walafrid Strabón estaba en conocimiento de la leyenda de Hiram Abi.
Esta afirmación se ve fortalecida cuando se analiza el escenario que rodea al hecho literario. La particular asociación de Rabano y Walafrid, que alcanza dramáticos ribetes en el enfrentamiento entre los hijos de Ludovico Pío, y que genera acciones estratégicas, como la fundación y control de una nueva y poderosa abadía en Hirsau, más cercana a los territorios de Lotario -y alejada de Luis, el Germánico-, inducen a pensar en una sólida confluencia de tradiciones, intereses y vínculos políticos.
A la misma velocidad con que se producía la disolución del viejo Imperio de Carlomagno -signada por acontecimientos militares que conmocionaban a la cristiandad- también avanzaba la construcción de iglesias y abadías a ritmo febril. Y del mismo modo como se preparaba el nacimiento de los Estados, también se gestaban las tradiciones que regirían a las instituciones de la sociedad feudal.

3. Walafrid, el "Bizco"

Llegamos así a Walafrid Strabón, "el Bizco" -nacido en Suabia hacia el año 808- el último eslabón de esta larga cadena de exegetas.
Considerado por sus obras como uno de los más influyentes teólogos alemanes del medioevo, es el hombre que mayor esfuerzo realizó en recopilar, mantener y difundir las obras de Beda y de Rabano Mauro a través de su "Glosa Ordinaria", quizá la más importante compilación exegética conocida. El éxito de esta obra, "la más difundida e importante fuente de información con respecto a las ciencias bíblicas"125 se debió a que reunía en un sólo texto una enorme colección de textos que permitían, al monje no erudito o al estudiante de las Sagradas Escrituras, una muy rápida selección de bibliografía ampliatoria del propio texto bíblico.
La copia más antigua de este libro es casi por entero un trabajo del propio autor, lo cual permite establecer claramente el método que utilizaba: una columna central con la prosa bíblica en latín y, en el margen, las acotaciones o "glosas" con las referencias respectivas a los textos exegéticos escritos con relación a aquella prosa. Una rápida mirada sobre las glosas escogidas por Strabón para los libros de "Reyes" y "Crónicas" basta para darse cuenta de que las mismas corresponden, casi exclusivamente, a Beda y Rabano Mauro, con muy pocos agregados propios.
Si se tiene en cuenta que esta "Glosa" fue la guía de estudiosos y eruditos durante siglos se comprenderá su importancia en cuanto a la preservación de los textos sobre los cuales se construiría posteriormente la tradición masónica.
Strabón, de familia muy pobre, había ingresado siendo aun pequeño en el monasterio de Reichenau, cuya biblioteca era una de las más famosas del Imperio. Su biblioteca contenía 415 volúmenes, 138 de los cuales estaban relacionados con la liturgia. Se trataba de una colección permanente, cuidadosamente catalogada, que permitía la circulación de los libros. De allí su enorme importancia.
En este complejo monástico, a orillas del Lago Constanza, se formó bajo la tutela de los maestros Tatto y Wittin, quienes le trasmitirían la tradición benedictina y el amor a la lengua de los patriarcas. Con respecto a su conocimiento del hebreo, Newman destaca que sus "Glosas" no sólo alcanzaban los libros bíblicos sino también los llamados "Apócrifos", en donde las explicaciones sobre palabras y pasajes en hebreo demuestran que Strabón tenía un profundo conocimiento de esta lengua. Se cree que este particular interés por el idioma hebreo y la fama de Rabano Mauro lo llevaron -con apenas dieciocho años- a Fulda, donde permaneció bajo la tutela del gran maestro entre los años 826 y 829.
Durante su desempeño como capellán de la joven emperatriz Judith -esposa del emperador Ludovico Pío- fue testigo de las sombrías disputas del palacio. El emperador, presionado por su esposa -madre de Carlos, el Calvo- había dejado sin efecto la regencia de Lotario -su hijo mayor, otrora su preferido- alentando a sus otros hijos, Luis, el Germánico y Pipino, contra el primogénito.
Convertido en abad de Reichenau, Strabón vive estos acontecimientos con una creciente angustia, compartida con su maestro Rabano, a la sazón abad de Fulda. En 838 emprenden juntos una empresa de vital importancia para la supervivencia de la tradición que ambos encarnan. La guerra en ciernes y su simpatía por Lotario los coloca en una situación riesgosa, dado que sus respectivos monasterios estaban ubicados dentro de los territorios de Luis, el Germánico. Deciden -entonces- impulsar una nueva y poderosa abadía en Hirsau, que había sido fundada en 830 en el valle del Nagold (actual territorio de Baden-Wurtemberg), pero que permanecía inactiva. Para ello, eligen a quince de sus mejores discípulos y los envían al nuevo monasterio. Retornaremos más adelante con la particular historia de esta abadía. Mientras tanto, los acontecimientos se precipitan.
El año 840 es difícil para ambos. Muere Ludovico y la guerra se desata entre Lotario y sus hermanos Luis, el Germánico y Carlos, el Calvo; los territorios de los contendientes no se definen. Fulda y Reichenau se encuentran bajo el control territorial de Luis. Sin embargo, los dos abades responden a Lotario, al igual que Otgar, el arzobispo de Maguncia. Todo el Imperio es un caos. Lotario resiste, pero es derrotado por los ejércitos de sus hermanos en la batalla de Fontenoy.
Pese a la derrota, la situación permanece estancada, hasta que Luis y Carlos deciden ponerle fin. En un último intento, Otgar trata de impedir que las tropas de Luis crucen el Rin, pero es vencido por una rápida acción de Carlos, que pugna por reunirse con su hermano. Rabano huye a Spyra para evitar el juramento de lealtad al príncipe rebelde. Strabón es conminado al exilio y busca refugio en las tierras de Lotario.
El 14 de febrero de 842, reunidos en Estrasburgo, Luis y Carlos sellan una alianza definitiva. La disputa se resuelve recién en 843, año en que, fruto del agotamiento y de la creciente conciencia de una división definitiva, los tres hermanos firman el Tratado de Verdún y se dividen el viejo Imperio. Carlos, el Calvo, al oeste se queda con Francia; Luis al este con Alemania. La franja central, con fronteras que contienen los actuales territorios de Bélgica, Holanda, Luxemburgo, Suiza e Italia es para Lotario, que también retiene el título de emperador. Pero ahora es sólo eso: Un Título.
Fulda y Reichenau quedan bajo la soberanía de Luis, el Germánico. Strabón obtiene el perdón del príncipe y es restituido al frente de su abadía en ese mismo año, pero Rabano es obligado a renunciar a su dignidad de abad y se retira a Petersburgo. En el año 845 se reconcilia con Luis y en 847 sucede a Otgar como arzobispo de Maguncia. Apenas dos años después, en 849, Strabón es enviado a Francia en una embajada a Carlos, el Calvo, de quien había sido preceptor en la corte de Ludovico Pío; pero enferma y muere en el viaje.
Rabano -cuyo corazón nunca olvidó los claustros de Fulda- muere en Vinicellum (Winkel), cerca de Maguncia, el 4 de febrero de 856. Para entonces su misión estaba cumplida.

miércoles, 6 de mayo de 2009

Comentarios sobre "El otro Imperio Cristiano"

Recensión publicada por la Revista Erasmo (GOI) a raíz de la publicación en Italia de "L´altro Impero Cristiano"

Erasmo numero 1-2-3 / 2009 rassegna stampa

Gli inizi sconosciuti della Massoneria, il suo legame segreto con i benedettini e i templari, i suo ruolo nella costruzione delle cattedrali e il suo sviluppo sino al XVIII secolo sono i contenuti dell’ultimo libro di Eduardo R. Callaey pubblicato in Italia alla fine dello scorso anno. Sono uscite altre edizioni in Spagna (Nowtilus), Messico (Lectorum) e Bulgaria (Ciela).


MASSONERIA CRISTIANA
“L’altro impero cristiano” s’introduce con cautela nel mondo e nella storia della Massoneria al di là dei miti. E’ un saggio storico che va dalle origini delle logge massoniche nel Medioevo sino al XVIII secolo. “Quello che tento di spiegare nel libro – dice l’autore – è che le prime condanne della Chiesa contro la Massoneria avvengono in un contesto politico e non clericale.

In realtà, i massoni scozzesi cercano solamente di divulgare l’idea di un cristianesimo transnazionale per superare le división che hanno decimato l’Europa con le guerre religiose”. Ma “nel XIX secolo le cose cambiano. A quel punto sorge una Massoneria di taglio chiaramente anticlericale. E’ il momento in cui si producono le modifiche del Grande Oriente di Francia che abbandona l’obbligatorietà di credere in Dio, la dottrina della trascendenza dell’anima e toglie la Bibbia dalle are delle logge diventate così altari laici”. Questo fatto è molto
curioso perché nel mondo, a prima vista, la corrente francese sembra trionfare su quella scozzese, ma in realtà – secondo Callaey – “una grande percentuale di massoni nel mondo è cristiana”.


MONACI COSTRUTTORI
Nel libro, primo di una tetralogia, Callaey esplora il nesso tra templari e massoni. “Le invasioni barbariche avevano decimato l’Europa – spiega – e un giorno San Benedetto da Norcia appare dicendo che bisogna salvare il più possibile l’antica cultura occidentale. I monaci iniziano a copiare i libri, a salvare i pochi busti e rovine romane e si pongono a capo della costruzione di chiese nelle abbazie. In pochi sanno che in soli 300 anni sono state spostate più pietre che nell’intera storia d’Egitto.

Sto parlando di migliaia di cattedrali, abbazie, monasteri”. Sino a quel momento le chiese non erano nelle città. Il loro trasferimento in area urbana si verifica nel periodo gotico e “ciò implica – spiega Callaey – l’inizio della secolarizzazione del fatto religioso perché, finché non appaiono le cattedrali nel centro delle città, la gente va nei monasteri perché lì si tiene la messa”.
Secondo lo storico la vera origine della Massoneria è da attribuire ai benedettini che sviluppano un’unità speciale di lavoro, le logge di costruttori. “Sono i primi – aggiunge – a utilizzare in senso cerimoniale tutta la simbologia architettonica, compreso il grembiule di pelle. Con loro si sviluppa l’iconografia massonica”.

SIMBOLISMO MASSONICO
In effetti, ai grandi abati costruttori veniva consegnato un grembiule di pelle che i documenti latini descrivono di “mirabile fattura” per distinguirlo da quello degli operai. Ciò significava che chi lo portava era un maestro costruttore. “Noi massoni molto spesso utilizziamo l’allegoria della pietra grezza – continua Calley –. Per noi, il profano che iniziamo è una pietra, un blocco appena estratto
dalla cava. Ma il compito allegorico del massone è quello di erigere un tempio di virtù alla gloria del
Grande Architetto dell’Universo. E’ una costruzione individuale e sociale.
Ogni pietra deve incastrarsi con l’altra e il lavoro del massone è quello di trasformare la pietra grezza in una pietra cubica, capace di partecipare di questa costruzione collettiva”.
E sul filo di questa idea Eduardo R. Callaey fa una constatazione singolare: “Sono i benedettini che iniziano a parlare di quadrare la pietra. Loro credevano che chi costruisce un tempio deve possedere una serie di virtù ed essere cosciente del fatto che sta innalzando un tempio. Per quadrare la pietra occorrono un compasso, una livella, un filo a piombo e tutti gli utensili che fanno parte del simbolismo massonico”.


FRATER CONVERSUS
Il problema sorge a metà dell’XI secolo, quando il movimento cluniacense guadagna dimensione e peso politico (Carlo Magno colloca un benedettino persino a capo di York per organizzare le scuole dell’impero) tanto da non essere sufficienti al suo progetto. “Nella misura in cui questo processo prende piede – sostiene Callaey – si produce una domanda di mano d’opera per la grande quantità di monasteri e abbazie costruiti simultaneamente. Perciò i monaci inventano una figura che non esisteva: un laico annesso al monastero – senza voto di obbedienza né di castità – che ha famiglia in paese e prende il nome di frater conversus”.
Questa nuova mano d’opera laica va a integrarsi sotto l’autorità delle logge benedettine di costruttori e si organizza per gerarchie. Così nasce la differenza tra l’apprendista e il maestro. Quest’ultimo è colui che conosce i segreti della costruzione, cosa molto misteriosa: la scoperta delle proporzioni, della chiave di volta, dei calcoli della tensione tra le pareti e i sordina sono patrimonio dei maestri del mestiere. Ciò coincide anche con il processo storico di formazione delle confraternite di artigiani del Medioevo, quando essere maestro significa automaticamente far parte di un’altra classe sociale, di un altro ceto”. I maestri costituiscono una corporazione molto chiusa nelle cui confraternite non entra un nuovo membro finché non ne muore uno già esistente.
E hanno potere politico anche nei municipi.


IL SENSO DEI SEGNI
I benedettini, quindi, inventano i segni segreti che secondo Callaey hanno lo scopo di differenziare le loro conoscenze e di conseguenza il rango ottenuto nel lavoro. “All’inizio gli apprendisti sono obbligati a portare la barba, e per quello ricevono il nome di fratres barbati, mentre il maestro può radersi. Sono anche obbligati a usare un segno che permette l’identificazione del loro rango. Quando qualcuno termina di costruire un tempio e si trasferisce altrove, si congeda dall’abate eseguendo il segno di riconoscimento quando sonocompletamente soli, e così gli fa capire il rango dell’ultimo arrivato”. Callaey ci svela anche una radice etimologica diversa per la parola “massone”. Secondo San Isidoro di Siviglia nel suo libro Etimologie, che riunisce tutto il sapere dell’epoca,
nell’VIII secolo le impalcature vengono indicate con il vocabolo greco machion che poi è passato al francese maçon e all’inglese mason, con il significato in entrambi i casi di muratore. Ancora più interessante è il rapporto tra i benedettini e la preparazione delle crociate e il successivo progetto templare.


ISTIGATORI DELLE CROCIATE
“Praticamente la totalità dei medievalisti del XX secolo – continua lo studioso – conviene sul fatto che la riconquista del Santo Sepolcro è un progetto cluniacense anteriore alle crociate. Questi monaci non solo si recano in pellegrinaggio in Terrasanta, ma stabiliscono anche, lungo tutto il percorso, abbazie e monasteri per ospitare i pellegrini. Rimangono a Gerusalemme perché Carlo Magno stringe un forte patto politico con il sultana Harun al-Rashid, accuratamente dimenticato dall’Occidente perché riguarda l’insediamento degli ebrei nel sud della Francia.
E iniziano a sviluppare il concetto di Milizia di Cristo addirittura prima di Sant’Agostino. Per loro il cavaliere è quasi un monaco: agisce più per fede che per combattere. Questo è anche lo spirito delle crociate. Decise da un nucleo molto ristretto di persone – dove emerge Ugo, abate di Cluny – la loro concezione ha l’influenza benedettina e sono di fatto ideate proprio come le ha suggerite papa Gregorio, alla metà dell’XI secolo, con il proposito di riscattare i luoghi santi della cristianità”. Va attribuita ai cluniacensi anche l’idea di un regno cristiano con base a Gerusalemme che controlli tutto l’Occidente. Per dirlo con le parole di Eduardo Callaey: “sono i primi creatori di un progetto paneuropeo.
Pertanto, quando Urbano II (un cluniacense) fa il suo famoso discorso, sono mature le condizioni politico-sociali per convocare una crociata pianificata al millimetro con il consenso di tre o quattro nobili europei, tra i quali si distingue Goffredo di Bouillon”. Gli studi di Callaey su questo personaggio rivelano particolari sulla fondazione dell’Ordine di Santa Maria del Monte Sion a Gerusalemme e il suo rapporto con misteriosi monaci calabresi, anche loro cluniacensi, che forniscono materiale logistico alle crociate. “Il processo storico che porta alle crociate – sostiene lo scrittore – coincide con il periodo di massimo splendore delle costruzioni romaniche e gotiche. Ragion per cui possiamo affermare che i benedettini – con i loro masón laici (i fratelli conversi) – e i templari coesistono nella stessa epoca sotto una regola simile e un’organizzazione di tale grandezza che sembra assurdo pensare che non vi sia uno spirito comune tra loro”.
Allo stesso modo, per questo massone argentino, “la storia della Frammassoneria non è completa se non si considera il movimento cluniacense e la storia del Tempio non si risolve né si spiega senza il movimento cistercense. In entrambi i casi sullo sfondo si staglia lo spirito benedettino, l’influenza dei suoi potenti abati e una spiritualità che esce dal chiostro per penetrare profondamente nel secolare. Non può essere qui evitato il marchio perfetto della triade massonica della Sapienza, Forza e Bellezza. I tre principi essenziali della Frammassoneria”.

miércoles, 22 de abril de 2009

Las cosas por su nombre



La masonería universal se encuentra sumida en una profunda crisis de la que nadie habla. Durante décadas –por no decir siglos- los masones nos hemos obstinado en mantener nuestras profundas diferencias bajo el mentado paraguas de la tolerancia, palabra fundamental de nuestro lenguaje moral, pero a la vez trampa mortal en la que hemos quedado atrapados en nuestras contradicciones.
Mientras que una inmensa y sorprendente cantidad de masones continúa creyendo que forma parte de una cadena universal de unión muchos hermanos comienzan a percibir las hondas grietas por las que se filtra la profanidad en las logias al mismo ritmo que la tradición, savia vital de las instituciones iniciáticas, se escurre de nuestras manos como la arena seca del desierto.
La Orden que durante milenios –sea cual haya sido el nombre que haya tomado- había sido el receptáculo de los virtuosos, la rémora en la que tantos y tantos habían transformado su naturaleza saturnal en oro precioso, la última barrera ante el avance trágico del progreso ilimitado y la fortaleza en la que los iniciados velaban sus armas es hoy un complejo entramado de Ritos, Obediencias y tendencias, en muchos casos alejadas y contrapuestas entre sí.
La llegada de la Masonería Cristiana a la República Argentina, es el resultado de una larga cadena de acontecimientos que merece ser explicada para la mejor comprensión de su objeto. Más aun, cuando en la América Latina el denominado Régimen Escocés Rectificado –la Masonería Tradicional Cristiana- surgido de los Conventos de la Galias (1778) y Wilhelmsbad (1782) es mayoritariamente desconocido por los masones.
Este desconocimiento es paradójico, pues no nos es ajeno que el subcontinente latinoamericano está conformado mayoritaria y abrumadoramente por cristianos, en particular católicos y que la francmasonería –cual corte transversal de la sociedad como tantas veces se ha repetido en estas tierras- está integrada por numerosos masones cristianos. No obstante ello, la masonería en los países de habla hispana ha asumido con frecuencia actitudes hostiles a la religión, proclamándose como el templo por antonomasia de la Razón y baluarte del laicismo como contrapeso de la religión. La realidad histórica demuestra que esta posición ha derivado frecuentemente en antirreligiosa bajo el pretexto de un supuesto anticlericalismo que en verdad encierra, lisa y llanamente, el desprecio por la fe.
Los masones padecemos la excomunión de la Iglesia Católica Apostólica Romana desde 1738, oportunidad en la que el Papa Clemente XII promulgó la Bula “In Eminenti Apostolatus Especula”. Resulta de una simplicidad maliciosa interpretar la bula que dio inicio a la larga controversia entre Masonería e Iglesia sin analizar su contexto histórico. La misma simplicidad maliciosa es la que ha extendido la excomunión a “todos los masones”, incluso aquellos que jamás han “maquinado contra la Iglesia”
Las diversas potencias masónicas surgidas en nuestro continente a partir del siglo XIX se han identificado con los procesos revolucionarios de la Independencia de la Corona Española, tomando como modelo revolucionario el de la Revolución Francesa acaecida en 1789 que, a poco de ser analizada, no sólo no fue una revolución masónica sino que fue la tumba de la masonería cristiana francesa anterior a los sucesos revolucionarios mencionados. En este aspecto, es necesario advertir acerca de la profunda ignorancia de numerosos masones respecto de lo sucedido en dicho proceso histórico y del rol que jugaron los masones antes, durante y después del conflicto.
Que aun se discuta si el General José de San Martín era católico por ser masón o que se ponga en duda el espíritu masónico del General Bartolomé Mitre por el hecho de haber recibido la extremaunción son datos concretos que sacan a la luz la profunda ignorancia en torno al concepto de doble pertenencia que muchos se empeñan en considerar incompatible.
Ser masón en América Latina es algo relativamente sencillo: Sólo se impone como norma la de ser un hombre libre y de buenas costumbres. Pero el ser masón no lo constituye sólo el hecho de haberse hecho iniciar en una logia. Ser masón implica, entre muchas otras cosas, comprender la historia y la doctrina de la Orden a la que se acaba de ingresar.
A poco de rasgar la superficie de la leyenda heredada nos daríamos cuenta que la Masonería Tradicional Escocesa, anterior a la Revolución Francesa se ha fragmentado y desviado a tales extremos que lo que hoy conocemos como Rito Escocés Antiguo y Aceptado (mayoritariamente practicado en estas tierras) es una simple referencia nominativa sobre la que se han ensayado infinidad de modificaciones, cambios y mutaciones como consecuencia de interpretaciones individuales, intereses nacionales, cismas y conflictos políticos o simplemente, enfrentamientos personales entre líderes o facciones dentro de cada potencia masónica.
Si partimos de la base de que en nuestros juramentos se incluye el de velar por la pureza del Rito, podríamos afirmar que somos los herederos de una larga cadena de perjuros que hicieron y deshicieron los rituales a su antojo, convirtiéndolos en engendros espurios que, como tales, han perdido su pureza iniciática y su Tradición Primordial.
Claro que esta afirmación no causa inquietud alguna para aquellos masones que dejan para la letra chica la condición iniciática de la Masonería, anteponiendo su condición de institución filosófica, filantrópica, progresista y progresiva. Bajo estos términos y eliminada o confinada la iniciación a un mero aspecto complementario o decorativo, la Masonería deja automáticamente de serlo para convertirse en una institución de las muchas que hoy existen en Occidente. La diferencia es que su naturaleza de Sociedad Secreta le otorga al candidato la expectativa de un poder político atractivo para muchos; una suerte de lobby bajo cuyo paraguas todo es posible.
Así que podríamos sentar una primera definición para nuestro trabajo: No es masonería toda aquella sociedad que, aun reuniendo los rituales y los usos y costumbres comunes a la fraternidad masónica no considera la Iniciación, en toda su dimensión, como proceso el distintivo, fundamental y primario de la Masonería.
De allí que afirmamos, como en su momento lo hiciera Alec Mellor -y hoy muchos investigadores masones y profanos- que ya no puede hablarse de masonería sino de masonerías y que muchas de estas son espurias en tal grado que simplemente deberían dejar de ser consideradas como tales.
Este sitio, cuyo contenido no compromete a ninguna Obediencia Masónica en particular, y cuyos artículos son de la exclusiva responsabilidad de sus autores, espera ser un espacio de reflexión, hecho por masones cristianos, para hermanos masones y profanos que aun buscan respuestas en la doctrina de la Antigua Fraternidad y que miran a la compleja actualidad del universo desde dicha condición iniciática irrenunciable.

jueves, 26 de marzo de 2009

Nuevo Libro de Jorge Sanguinetti



Editorial Kier ha anunciado la edición de un nuevo libro de Jorge Sanguinetti en su colección Masonería Siglo XXI que tengo el gusto de dirigir. "Espiritualidad del Compañero Masón" es el título de esta nueva obra cuyo Prólogo el autor tuviera la gentileza de encomendarme y que expongo a continuación a fin de adentrar al lector en el contenido del libro.
---------------------------------------------------------------------------------------------
“...Según Ricardo de San Víctor, hay tres ojos:el oculus carnis, el oculus rationis y el oculus fidei.El llamado tercer ojo es el órgano de la facultadque nos distingue de los demás seres vivos,permitiéndonos el acceso a una dimensión de la realidad que trasciende,sin negar lo que captan la inteligencia y los sentidos...”


Una vez más, me encuentro ante el honor y el vértigo de prologar una obra del maestro Jorge E. Sanguinetti. Todo aquél que ha tenido la suerte de trabajar con hombres que sobresalen en sus conocimientos entenderá que resulta difícil escribir acerca de la obra de quien se admira. No se trata en este caso de una mera admiración intelectual, ni la pasión espiritual que nos ha unido en la medida en que, juntos –pero bajo su notable guía- empeñamos ingentes esfuerzos en traducir a los Padres y Doctores de la Iglesia que, en la pretendida edad “tenebrosa” del medioevo, sentaron las bases de la alegoría masónica. Y digo alegoría por ser un término más adecuado al actualmente utilizado simbolismo.

Se trata, en todo caso, de la admiración que nace de la permanencia. Recuerdo que en el transcurso de los años por la vía iniciática, me reencontré con un viejo condiscípulo, ya radicado en Andalucía, con el cual intentábamos definir qué virtud destaca al maestro verdadero. En tal memorable conversación con mi viejo amigo coincidimos en que aquello que nos sobrecogía era la virtud de la permanencia. En efecto, los maestros no sólo son el cúmulo de su experiencia y de su capacidad pedagógica. Son el resultado de una voluntad sobresaliente que los lleva a superar la noche oscura del alma, a sobreponerse al desasosiego y la duda, a permanecer firmes en medio de la tormenta y a mantener conciente el objetivo de reintegrarse, en el fin de los tiempos, al hombre original que alguna vez fuimos, antes de la Caída.
Pero es necesario presentar al autor, y hacerlo destacando los momentos fundamentales de su vida, aquella que lo llevara a reunir los conocimientos que hoy nos expone:

JORGE ERNESTO SANGUINETTI nació en Buenos Aires el 17 de octubre de 1928. Recibido bachiller en el Nacional Buenos Aires, ingresa en 1948 en la Orden Dominicana donde pasa el noviciado y cursa filosofía en su universidad hasta obtener el grado de Bachiller. Becado a España y luego a Italia cursa teología en el Pontificio Ateneo Angélico de Roma donde egresa como Licenciado en Teología cum laude. Se familiariza allí con el latín, el griego y el hebreo.

Regresa a la Argentina en 1956 encargándose de tareas educativas de teología y de griego clásico en Buenos Aires, Córdoba y Tucumán, ciudad esta última donde colabora en la formación de laboratorios, y se hace cargo de la cátedra de Historia de Oriente Próximo.

Agotado en 1961 su período religioso, logra transferir la capacidad lógica de sus estudios de filosofía a la ciencia de computación, ingresando a la empresa IBM donde cursa y obtiene el grado de Analista de Sistemas. Luego de desempeñarse varios años como tal, emigra a Canadá y luego a Brasil donde culmina su carrera en cargos directivos de sistemas.

Es en Brasil donde retoma su vida espiritual desde un nuevo ángulo y se contacta con círculos rosacrucianos. Dedica otros varios años al estudio sistemático de los filósofos presocráticos y las obras de Hermes Trismegisto, las cuales traduce del original y propone luego en su portal de Internet. Completa sus estudios con lecturas de Alquimia y las obras de Eliphas Levi, Pico de la Mirándola, Agripa, y Marcilio Ficino entre otros.

En 1980 ingresa a la Masonería Argentina donde ejerce varias veces la presidencia en su Logia y otros cargos en los grados del denominado Escocismo. Se destaca por sus estudios del simbolismo y espiritualidad masónica y dedica su tiempo a la difusión de los mismos. Se convierte en colaborador permanente de la revista Símbolo de la Gran Logia de la Argentina para los artículos de simbolismo y espiritualidad.

En los últimos años ha dedicado lo mejor de su tiempo a la traducción de las obras de Dante Alighieri, especialmente “La Vita Nuova” y “La Divina Comedia”, obras que traducidas y comentadas por él publica en su portal de la Web. En ambas obras ha redescubierto el camino iniciático que el Poeta propone en las tres etapas de la Comedia.

A su libro “Espiritualidad y Masonería”, dedicado al simbolismo del grado de aprendiz masón le continúa ahora, casi como una consecuencia natural y esperada, esta nueva obra dedicada a la espiritualidad del grado de compañero masón, vista desde la perspectiva del denominado Rito Escocés Antiguo y Aceptado.

Sabemos que la iniciación a la que es sometido el profano que golpea las puertas del Templo es apenas el inicio de un complejo sistema de etapas en las cuales el iniciado va completando su tarea de reunir los elementos que –si es sincero en su esfuerzo, prudente en su ascenso y hábil en el uso de las herramientas- le permitirán alcanzar la virtud y unir lo disperso, combinando, tal como describe la célebre “Tabla de Esmeralda”, aquello que está arriba con lo que está abajo.

No caeremos en el común de repetir la vieja falacia acerca de que el grado de compañero no es habitualmente estudiado como corresponde, ni haremos comparaciones ociosas entre las ceremonias del primero y del segundo grado. Quien no estudia la doctrina de la masonería no lo hará ni en un caso ni en el otro. No se trata de rituales más o menos interesantes, sino de una unidad aprehendida en etapas en las que en cada escalón se comprende al anterior. En consecuencia, quien no ha aprendido la doctrina del grado de compañero, tampoco lo ha hecho con la del aprendiz, pues sólo cuando se supera una etapa y se la observa desde una perspectiva superior se la ve en su real dimensión.

En el grado de compañero el iniciado se acerca a esa estrella fulgurante que posee en su centro la letra G. Es por ende el momento en que da un paso trascendente en su camino hacia Dios, el Gran Geómetra del Universo. Podremos buscarle otra infinidad de interpretaciones a esa G: gnosis, geometría, etc. Pero su significado está vinculado de manera precisa al del nombre de Dios.

La Masonería no es una religión. Sin embargo, todos sus símbolos provienen de la tradición cristiana y, por asimilación incuestionable, de la judía. Proclama la existencia de un Orden Superior al que denomina Gran Arquitecto del Universo y sus orígenes permanecen indisolublemente ligados al cristianismo medieval, a los modelos religiosos de la Biblia y al lugar más santo para los judíos y los cristianos: Jerusalén, asiento del Templo de Salomón y del Santo Sepulcro.

No posee un dogma, sin embargo, hasta mediados del siglo XIX no fue posible la existencia de obediencias masónicas que permitiesen oficialmente la pertenencia de ateos. Hoy la francmasonería es presa de una intensa confusión en torno a esta cuestión, al punto que muchas obediencias masónicas admiten ateos y se vuelven cada vez más laxas en torno al uso del Volumen de la Ley Sagrada y la creencia en la trascendencia del Alma.

Que la francmasonería no posea un dogma no implica que no posea una doctrina. Los antiguos documentos liminares hablan de su vocación cristiana, de sus Santos Patronos y del carácter trinitario de esta doctrina. Jean-Françoise Var –figura prominente del Régimen Escocés Rectificado- destaca el hecho de que muchos buenos hermanos se ofuscan cuando oyen mencionar la existencia de una doctrina en la masonería, circunstancia que atribuye a una confusión respecto de la diferencia entre esta y el dogma. Dice el H. Var:

“La palabra doctrina está en relación etimológica con el verbo doceo “enseñar”. La doctrina es lo que es enseñado por un doctor, un maestro, un profesor, a aquella persona que, gracias a ello, se va a convertir en doctus, instruido, en sabio. Ahora bien, ¿cómo actúa la Masonería? Es evidente que por vía de la iniciación, pero al mismo tiempo por vía de la enseñanza. Toda la Masonería está integrada de enseñanzas…”

Para Raimon Panikkar, el autor de nuestro acápite, el símbolo no es ni meramente objetivo (no es la imagen) ni puramente subjetivo (no es nuestra vista de ella). La conciencia simbólica no es conceptual, no es obra de la mente. Se nos abre en la experiencia, en el toque directo en el que la dicotomía objeto-sujeto no existe, y del que somos concientes.

Desde la aparición de las corrientes masónicas racionalistas materialistas, la idea del Gran Arquitecto del Universo se vio interpretada de las más diversas formas, negándose en algunos casos que se tratase de Dios; sin embargo la francmasonería es una institución antigua; tan antigua como el arte arquitectónico que dio nacimiento a todas las construcciones sagradas del mundo antiguo. Es por ello que su simbolismo se basa en las herramientas que utilizaron los antiguos constructores que erigieron, en todo el orbe, los templos consagrados a sus dioses. Por lo tanto, su trabajo tiene un carácter peculiar; sin ser sagrado se mantiene en el ámbito de lo consagrado. Sin ser religioso participa de una dimensión universal que alcanza –y sostiene- la concepción de Creador, Dios, el Gran Arquitecto del Universo.

Para Panikkar, el icono es realmente icono cuando se ha vuelto transparente y deja entrever, no lo que está detrás ni tampoco lo que se encuentra contenido en su interior, sino cuando se descubre como símbolo que envuelve a quien lo contempla. “...Uno de estos iconos, desde tiempos inmemoriales, se ha llamado Dios...” Es por ello que la experiencia de Dios forma parte del trabajo masónico.

Se pregunta Sanguinetti “¿Qué hay de extraordinario que hablemos de una Deidad que a la manera que se entienda sea la Razón del Universo? La Masonería no se agotará jamás de repetir el nombre del Gran Arquitecto, y en nuestro caso, del Gran Geómetra del Universo en cada uno de los momentos cruciales de apertura y de cierre de nuestros rituales a fin de que alguna vez la Geometría se apropie de nosotros, y sin temor ni redundancia logremos percibir, porque no se trata de creer ni de aceptar sino de comprender, que hay un Ojo que todo lo ve, del cual no nos dice ni el nombre ni lo que es ni cómo obra, sino que lo deja en nuestra conciencia, la cual conciencia también todo lo ve, puesto que no somos sino un reflejo auténtico de esa Luz que esta presente en todas partes y nos inunda, ya que somos inteligencias particulares de una Inteligencia omnipresente y que, a veces sin que sepamos cómo, nos lleva y gobierna en los avatares de los encuentros y las sorpresas…”
En síntesis, Sanguinetti aborda los grandes misterios que componen uno de los grados más intensos del esquema masónico según el Rito Escocés Antiguo y Aceptado, que, pese a sus contradicciones y múltiples – y a veces caprichosas- interpretaciones, conserva todavía.

Quienes practican este rito encontrarán una inmensa cantidad de elementos para la reflexión profunda mientras que, para todos los masones, sea cual fuere su filiación o pertenencia “Espiritualidad del Compañero” será una guía firme y precisa en tiempos en los que es necesario salir de la confusión, de la Babel fatal en la que se ha sumido nuestra Orden.

Tal vez, como dice nuestro autor:

“…Será que habrá que volver a considerar ese tiempo que nos lleva al Oriente Eterno sin prisa y sin pausa, seres individuales embravecidos en la persistencia de ser eternamente cuando no lo somos, elementos indispensables y sólidos de una Historia que constituimos y a la que nos debemos, y que al mismo tiempo somos como aquella Mariposa, como los griegos llamaban al Alma, brillantemente extraordinaria en sus destellos de luz y tan frágil que un solo arrebato puede destruir…”

“…Será que las grandezas y miserias a las que nos lleva la existencia, los éxitos y los fracasos, la felicidad y las pérdidas, no desgasten una seguridad que no tenemos y que tan fácilmente cambia; será que en las Noches de nuestras angustias, como escribía el músico masónico finlandés Jean Sibelius: Aquel que jamás ha mezclado su pan con lágrimas, despierto en noches de pena, sin conocer el descanso, ni la esperanza, ni el solaz, no te conoce, oh Luz del cielo…”


Eduardo R. Callaey

sábado, 31 de enero de 2009

Ser cristiano, ser masón

(En la fotografía: Tumba de Beda, El Venerable)
La cuestión de la doble pertenencia

1º Parte

En su ensayo Íconos del Misterio, el filósofo y sacerdote catalán Raymon Panikkar dice que la interpretación de todo texto requiere el conocimiento de su contexto y la intuición de su pretexto. Al comenzar a escribir este trabajo acerca de la condición de ser cristiano y ser masón recordé, una vez más, esta frase que hice mía desde el mismo momento que la leí por primera vez. Aplicada a la cuestión de la que trata esta nota no pude abstraerme al significado profundo de estas pocas y precisas palabras. ¿Cómo comprender la naturaleza de las ideas sin conocer el impulso, las causas y las circunstancias que hicieron que fueran elaboradas de una forma determinada y no de otra?

En tiempos recientes la historiografía ha dedicado un espacio importante a la denominada historia de las mentalidades, pues es en la indagación de las mismas en donde se encuentran las raíces de las ideas. Por otra parte, hay en todo planteo intelectual una motivación profunda, subyacente, a veces deliberadamente oculta, otras abiertamente expuesta.

Existe en el imaginario popular una suerte de concepto excluyente entre la cristiandad y la masonería. Un concepto esgrimido por incontables documentos, hechos concretos, estanterías completas de libros que asumen y alimentan este desencuentro surgido en la primera mitad del siglo XVIII, cuando la Masonería especulativa comenzó su expansión en Europa. Sin embargo, el imaginario popular no debiera ser el marco de trabajo ni el punto de partida para una investigación sólida de ninguna circunstancia que atañe al desarrollo de conflicto. En definitiva, asumir lo que ya se ha dicho sin el mínimo ejercicio de objetividad es lo que podríamos denominar un prejuicio en el sentido más estricto del término.

Pero se trata, en este caso, de un prejuicio poderoso al que se teme abordar. ¿Por qué se teme? En primer lugar porque nunca es gratuito atravesar la línea de fuego, es decir: resultaría ingenuo pensar que uno va a salir indemne del fuego cruzado al que se vería expuesto si vulnera el prejuicio convertido en mito. Es así que algunos autores han abordado la cuestión desde un campo o del otro intentando cierta objetividad que los mantenga al margen de la disputa, otros lo han intentado fuera del campo poniéndose a resguardo seguro. Unos pocos hombres de la Iglesia se han animado a dialogar con estos hermanos separados, mientras que otro puñado de masones han tendido puentes con la Iglesia que, vale la pena afirmar, nunca dejaron de existir pese a la inmensa colección de documentos eclesiásticos que condenan a la Masonería in totum.

Estos últimos son los que se han expuesto al fuego cruzado y es allí, justamente en la línea de fuego, en donde el lector puede ubicar al autor de este blog. En este sentido, si bien no intento una obra de carácter testimonial –que no le interesaría más que a unos pocos- me considero partícipe privilegiado del intento de romper el mito, el prejuicio que aún subsiste en torno a la incompatibilidad de ser masón y, a la vez, católico, una doble condición que no es nueva ni para nada original, pues tal como lo expresa el jesuita José Antonio Ferrer Benimeli, la primera condena contra la francmasonería, sucedida en 1738 con la pena de excomunión, se promulgó precisamente cuando la presencia de católicos, e incluso eclesiásticos, entre los masones era mayoritaria[1].

Otros jesuitas han sido generosos y valientes al intervenir a favor de la reconciliación de la Iglesia con los masones católicos, entre los que podríamos mencionar en primer lugar al R. P. Berteloot quien, en palabras de Maurice Colinon ha consagrado su vida entera a esclarecer problemas respecto de los cuales los autores que lo precedieron se habían preocupado, al parecer, más de disputar entre sí que de llegar a la verdad objetiva.[2] Son verdades objetivas y hechos irrefutables la reunión llevada a cabo entre jesuitas y masones en Aquisgran, en 1928 y la que tuvo lugar en 1933 para coordinar una política común frente al comunismo. Desde la Segunda Guerra mundial el jesuita francés Michel Riquet sostuvo la tesis, en diversas conferencias, de que si una logia prohibía los ataques a la Iglesia, las sanciones canónicas no se aplicaban a ella. En la República Argentina se han destacado en su actitud de diálogo con los masones el recientemente fallecido R. P. Fernando Storni, con quien tuve el honor de conversas en un programa radial y el R. P. Ignacio Pérez del Viso quien en más de una oportunidad salió en defensa del diálogo entre la Iglesia y la Masonería en las cartas de lectores del diario La Nación afirmando que a quienes el pasado ha enfrentado, el futuro puede convocarnos para la defensa de la dignidad humana.

Un capítulo especial merecería la obra del Dr. Töhtön Nagy, padre jesuita professus quattuor votorum sollemnium, reductos ad statum laicalem, tal como el mismo se define en su famoso libro Jesuitas y Masones. Así podríamos continuar con otros nombres y circunstancias que llenarían varias páginas. Sin embargo, respecto del clero secular, debo abstenerme de mencionar a otros religiosos que, justo es decirlo, han atravesado circunstancias complejas frente a la Curia debiendo dar explicaciones por su cercanía a determinados círculos masónicos.

Estos ejemplos intentan ubicar al lector dentro del amplio y largo debate planteado en torno al la doble pertenencia, es decir, de la compatibilidad de ser cristiano y masón, pero aún más precisamente, ser católico y masón.


En cuanto al título de esta breve entrega, responde a tres razones: En primer lugar autodefine al autor, pues, en efecto, al momento de ingresar a la Masonería, hace ya casi dos décadas, se me planteó la cuestión de la excomunión a la que los masones católicos estamos condenados desde 1738. Si bien es cierto que existen dudas –tanto desde el campo católico como desde el campo masónico- acerca de la validez de esta sanción canónica luego del Concilio Vaticano II, también es cierto que como consecuencia de la declaración del cardenal Ratzinger de 1983, en su carácter de Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (Ex Santo Oficio) la cuestión transita en una suerte de indefinición.

Al momento de mi iniciación en el seno de una logia de la Gran Logia de la Argentina de Libres y Aceptados Masones, se me hizo especial hincapié en la vigencia de esta excomunión de la que mis futuros hermanos de Logia estaban orgullosos, pues y tal como no tardé en comprobar, tal sanción era la excusa más que perfecta para dar rienda suelta al furibundo clima anticatólico que inundaba las tenidas.

La logia en la que fui iniciado practicaba el Rito Escocés Antiguo y Aceptado de una manera sui generis, pues se trataba de una versión de la casa, a la que se había arribado como consecuencia de la fusión de la Gran Logia de la Argentina y del Gran Oriente Federal Argentino (escindido desde 1935 hasta 1958) en la que este último había impuesto un ritual similar en su espíritu al del Gran Oriente de Francia, cuna e inspiración mundial de la masonería atea despojada de toda espiritualidad religiosa. Así las cosas no tardé en descubrir que otras logias utilizaban otros modelos de rituales del Rito Escocés Antiguo y Aceptado y que como consecuencia de estas diferencias tan notorias estaba en el seno de una masonería cuyo eclecticismo era apenas una pátina que cubría la confrontación.

Desde un principio me llamó la atención el profundo desconocimiento que los masones tenían de su propia historia y el poco interés que mostraban en indagar las fuentes heurísticas de su propia tradición. Luego de algunos años de praxis masónica, en 1998 comencé un estudio exhaustivo de la historia de la francmasonería que derivó en la publicación de varios libros que preceden a este. Puedo pasar entonces a explicar la segunda razón del título de este ensayo.

Hacia fines de 1990, tuve la suerte de encontrarme con un libro interesante y curioso: “Los orígenes del Grado de Maestro en la Francmasonería” escrito por Eugéne Felicien Albert, conde Goblet d’Alviella, (1846-1925), quien fuera Soberano Gran Comendador del Supremo Consejo Grado 33º de Bélgica; una edición prologada por Miguel Jiménez Sales. Esta pequeña obra, prácticamente desconocida por la mayoría de los masones, obró en mí tan grande curiosidad que en nada exagero si afirmo que todo lo que he escrito sobre historia de la francmasonería puede remontar su impulso a las páginas de nuestro hermano conde.
Hijo de una época signada por el Syllabus y el Congreso Antimasónico de Trento, contemporáneo de Leo Taxil y protagonista de la etapa más dura en el enfrentamiento Masonería-Iglesia Católica, Goblet d’Alviella fue un furibundo anticlerical y un masón apasionado. Sus ataques contra Roma suelen incluirse en las antologías antimasónicas que aun circulan por el mundo. Pero en este pequeño libro, Goblet d’Alviella vincula a la Leyenda del Tercer Grado con las tradiciones benedictinas, mientras que el prologuista avanza sobre el texto y –basándose en el hostoriador Paul Naudon- remonta el origen del mito hirámico a la pluma del monje Walafrid Strabón, abad benedictino de Reichenau en el siglo IX. Estos elementos fueron el punto de partida para el inicio de la investigación.

Primero publiqué un ensayo titulado “Monjes y Canteros” en el que ya perfilaba mi visión de un origen definitivamente cristiano y europeo de la Orden. En realidad se trató de una compilación de artículos publicados en las revistas Símbolo y Magíster que me permitieron ir deshilvanando una madeja compleja y esquiva de la génesis de la masonería moderna.

Paralelamente, comencé la traducción de textos latinos pertenecientes a autores benedictinos de la Alta Edad Media, cuyos detalles el lector puede leer en mi segundo libro “La masonería y sus orígenes cristianos”.
Desde su aparición en agosto de 2004, bajo el título “Ordo laicorum ab monacorum ordine” -en una edición destinada a masones estudiosos y masonólogos- el libro fue objeto de inquietud en algunos círculos masónicos, acostumbrados a hacer de la Orden un coto de caza de la predica antirreligiosa, alineada con un racionalismo materialista en donde lo ideológico suprime el sentido profundo de la experiencia masónica, que es su carácter iniciático. Incapaces de debatir su contenido, ni mucho menos refutarlo, se han limitado a fustigar al autor acusándolo de responder a los intereses de la Iglesia, reeditando una costumbre tan simple y deplorable como la descalificación. Pero el mundo va cambiando con cada giro del planeta.
Durante mucho tiempo –casi todo el siglo XX- el materialismo ateo enquistado en la francmasonería tuvo a su favor la ausencia de una bibliografía renovada y de trabajos historiográficos surgidos sin la carga envenenada por la atmósfera preconciliar que enfrentó a la Orden con Roma en tiempos de nuestro citado conde Goblet d’Alviella.
En los últimos años, en diferentes partes del mundo y desde distintas vertientes masónicas, numerosos autores han planteado la tesis de un origen cristiano de la alegoría masónica. El precursor, en la masonería argentina fue Marcial Ruiz Torres. Basta para comprobarlo con leer el Libro del Maestro, documento oficial de la Gran Logia de la Argentina de Libres y Aceptados Masones.
También los han planteado autores emblemáticos como Findel y Danton, y más recientemente el citado Paul Naudon, miembro del Supremo Consejo Grado 33 de Francia, el historiador Alec Mellor, el francés Jean Francoise Var, el Gran Maestre del Gran Priorato de Hispania, Ramón Marti etc. El aporte original de “La masonería y sus orígenes cristianos” –versión corregida y aumentada de Ordo laicorum ab monacorum ordine- reside en que contiene un minucioso estudio de documentos benedictinos medievales, escritos entre el siglo VIII y el XII en donde la simbología es tan evidente que no necesita más que su exposición.
Estos textos muestran claramente que el mito de base en el que se sustentaba la tradición masónica –antes de ser arrasado por la Revolución Francesa y sometido al racionalismo ateo del nuevo régimen- estaba anclado en la armónica conjunción de las antiguas tradiciones hebreas y del cristianismo medieval.
La serie hasta ahora editada (Monjes y Canteros, 2001; “La masonería y sus orígenes cristianos”, Kier, 2006; “El otro Imperio Cristiano: De la Orden del Temple a la Francmasonería”, Nowtilus, 2005 y “El Mito de la Revolución Masónica”, Nowtilus 2007) contiene una profusa bibliografía y un exhaustivo análisis de fuentes, lo suficientemente amplio y accesible para el estudioso auténtico. Lo que no contiene es el veneno vital de la confrontación violenta con el que algunos pretenden alimentar un odio que debiera estar superado.

Abreviadamente expuesta mi aventura literaria puedo ahora exponer la tercera razón del título de este ensayo.

Aquello que en un principio se limitó a una inquietud frente a mis publicaciones por parte de muchos masones racionalistas –malestar sería la palabra correcta- pronto se convirtió en hostilidad manifiesta. Pero en paralelo con estas agresiones fue inevitable que otras voces a ambos lados del Atlántico me impulsaran a continuar la obra.

Sin conocer en detalle el denominado Régimen Escocés Rectificado, el hilo natural de las investigaciones realizadas me condujo a las mismas bases que sustentan, desde 1778 a la Masonería Cristiana Rectificada. A las fuentes benedictinas medievales se sumó la tradición masónica escocesa encarnada en los masones estuardistas exilados en Francia. Tardíamente para lo que es esperable de un masón instruido, mi horizonte masónico cambió radicalmente en dos aspectos: En el plano doctrinario descubrí que la tradición de los Padres de la Iglesia, recogida por los monjes benedictinos, había sido ampliamente plasmada por masones como Martinez de Pasqualy, Luis Claude de Saint Martin, Joseph de Maistre y Jean Baptiste Willermoz, mientras que la tradición templaria escocesa había sido preservada por la Orden de la Estricta Observancia, conducida primero por el barón Gotthel von Hund y luego por el duque Ferdinand de Brunswik y que ambas vertientes –el martinezismo y el templarismo de la Estricta Observancia- habían confluido en la denominada Masonería Rectificada.

La historia de esta gesta se encuentra narrada en los libros ya mencionados, pero mi historia propia, la que me llevó a superar definitivamente cualquier contradicción entre ser cristiano y ser masón se desliza como un telón de fondo detrás de cada página.

La búsqueda de un sistema capaz de armonizar ambas condiciones mantiene hoy una vitalidad inimaginable para el común de los masones, sin que esto pretenda ser en modo alguno peyorativo. No es nueva mi crítica hacia aquellos hermanos que creen ser masones por el mero hecho de colocarse el mandil regularmente y conocer algunos toques y palabras que les permiten presentarse a las puertas de los templos en todo el Orbe. La Masonería es depositaria de una Tradición Única, Primordial y Perenne que, paradójicamente, ha desaparecido del seno de muchas masonerías.

Para aquellos que me dicen que la Masonería debe agiornarse, acompañar los procesos culturales, adaptarse a un mundo globalizado… digo, para aquellos que creen que cualquier mutación es tan válida como cualquier otra con tal de que siga el derrotero siempre cambiante de la cultura, les respondo:

Al hombre no se le ha dado la libertad de nacer en el mundo que hubiera querido vivir, pero puede luchar por el mundo en el que prefiere morir. No estamos obligados a acompañar las mutaciones, ni conminados a inmolar nuestras convicciones; ni a sentir vergüenza de nuestra permanencia en la Fe. La Tradición está en la raíz de la cultura y aquella volverá una y otra vez con distinto rostro pero con el mismo espíritu, porque como expresión del alma es tan inmortal como ella.
[1] Benimeli, Masonería y Religión, p. 199
[2] Colinon, Maurice, La Iglesia Frente a la Masonería