sábado, 31 de enero de 2009

Ser cristiano, ser masón

(En la fotografía: Tumba de Beda, El Venerable)
La cuestión de la doble pertenencia

1º Parte

En su ensayo Íconos del Misterio, el filósofo y sacerdote catalán Raymon Panikkar dice que la interpretación de todo texto requiere el conocimiento de su contexto y la intuición de su pretexto. Al comenzar a escribir este trabajo acerca de la condición de ser cristiano y ser masón recordé, una vez más, esta frase que hice mía desde el mismo momento que la leí por primera vez. Aplicada a la cuestión de la que trata esta nota no pude abstraerme al significado profundo de estas pocas y precisas palabras. ¿Cómo comprender la naturaleza de las ideas sin conocer el impulso, las causas y las circunstancias que hicieron que fueran elaboradas de una forma determinada y no de otra?

En tiempos recientes la historiografía ha dedicado un espacio importante a la denominada historia de las mentalidades, pues es en la indagación de las mismas en donde se encuentran las raíces de las ideas. Por otra parte, hay en todo planteo intelectual una motivación profunda, subyacente, a veces deliberadamente oculta, otras abiertamente expuesta.

Existe en el imaginario popular una suerte de concepto excluyente entre la cristiandad y la masonería. Un concepto esgrimido por incontables documentos, hechos concretos, estanterías completas de libros que asumen y alimentan este desencuentro surgido en la primera mitad del siglo XVIII, cuando la Masonería especulativa comenzó su expansión en Europa. Sin embargo, el imaginario popular no debiera ser el marco de trabajo ni el punto de partida para una investigación sólida de ninguna circunstancia que atañe al desarrollo de conflicto. En definitiva, asumir lo que ya se ha dicho sin el mínimo ejercicio de objetividad es lo que podríamos denominar un prejuicio en el sentido más estricto del término.

Pero se trata, en este caso, de un prejuicio poderoso al que se teme abordar. ¿Por qué se teme? En primer lugar porque nunca es gratuito atravesar la línea de fuego, es decir: resultaría ingenuo pensar que uno va a salir indemne del fuego cruzado al que se vería expuesto si vulnera el prejuicio convertido en mito. Es así que algunos autores han abordado la cuestión desde un campo o del otro intentando cierta objetividad que los mantenga al margen de la disputa, otros lo han intentado fuera del campo poniéndose a resguardo seguro. Unos pocos hombres de la Iglesia se han animado a dialogar con estos hermanos separados, mientras que otro puñado de masones han tendido puentes con la Iglesia que, vale la pena afirmar, nunca dejaron de existir pese a la inmensa colección de documentos eclesiásticos que condenan a la Masonería in totum.

Estos últimos son los que se han expuesto al fuego cruzado y es allí, justamente en la línea de fuego, en donde el lector puede ubicar al autor de este blog. En este sentido, si bien no intento una obra de carácter testimonial –que no le interesaría más que a unos pocos- me considero partícipe privilegiado del intento de romper el mito, el prejuicio que aún subsiste en torno a la incompatibilidad de ser masón y, a la vez, católico, una doble condición que no es nueva ni para nada original, pues tal como lo expresa el jesuita José Antonio Ferrer Benimeli, la primera condena contra la francmasonería, sucedida en 1738 con la pena de excomunión, se promulgó precisamente cuando la presencia de católicos, e incluso eclesiásticos, entre los masones era mayoritaria[1].

Otros jesuitas han sido generosos y valientes al intervenir a favor de la reconciliación de la Iglesia con los masones católicos, entre los que podríamos mencionar en primer lugar al R. P. Berteloot quien, en palabras de Maurice Colinon ha consagrado su vida entera a esclarecer problemas respecto de los cuales los autores que lo precedieron se habían preocupado, al parecer, más de disputar entre sí que de llegar a la verdad objetiva.[2] Son verdades objetivas y hechos irrefutables la reunión llevada a cabo entre jesuitas y masones en Aquisgran, en 1928 y la que tuvo lugar en 1933 para coordinar una política común frente al comunismo. Desde la Segunda Guerra mundial el jesuita francés Michel Riquet sostuvo la tesis, en diversas conferencias, de que si una logia prohibía los ataques a la Iglesia, las sanciones canónicas no se aplicaban a ella. En la República Argentina se han destacado en su actitud de diálogo con los masones el recientemente fallecido R. P. Fernando Storni, con quien tuve el honor de conversas en un programa radial y el R. P. Ignacio Pérez del Viso quien en más de una oportunidad salió en defensa del diálogo entre la Iglesia y la Masonería en las cartas de lectores del diario La Nación afirmando que a quienes el pasado ha enfrentado, el futuro puede convocarnos para la defensa de la dignidad humana.

Un capítulo especial merecería la obra del Dr. Töhtön Nagy, padre jesuita professus quattuor votorum sollemnium, reductos ad statum laicalem, tal como el mismo se define en su famoso libro Jesuitas y Masones. Así podríamos continuar con otros nombres y circunstancias que llenarían varias páginas. Sin embargo, respecto del clero secular, debo abstenerme de mencionar a otros religiosos que, justo es decirlo, han atravesado circunstancias complejas frente a la Curia debiendo dar explicaciones por su cercanía a determinados círculos masónicos.

Estos ejemplos intentan ubicar al lector dentro del amplio y largo debate planteado en torno al la doble pertenencia, es decir, de la compatibilidad de ser cristiano y masón, pero aún más precisamente, ser católico y masón.


En cuanto al título de esta breve entrega, responde a tres razones: En primer lugar autodefine al autor, pues, en efecto, al momento de ingresar a la Masonería, hace ya casi dos décadas, se me planteó la cuestión de la excomunión a la que los masones católicos estamos condenados desde 1738. Si bien es cierto que existen dudas –tanto desde el campo católico como desde el campo masónico- acerca de la validez de esta sanción canónica luego del Concilio Vaticano II, también es cierto que como consecuencia de la declaración del cardenal Ratzinger de 1983, en su carácter de Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (Ex Santo Oficio) la cuestión transita en una suerte de indefinición.

Al momento de mi iniciación en el seno de una logia de la Gran Logia de la Argentina de Libres y Aceptados Masones, se me hizo especial hincapié en la vigencia de esta excomunión de la que mis futuros hermanos de Logia estaban orgullosos, pues y tal como no tardé en comprobar, tal sanción era la excusa más que perfecta para dar rienda suelta al furibundo clima anticatólico que inundaba las tenidas.

La logia en la que fui iniciado practicaba el Rito Escocés Antiguo y Aceptado de una manera sui generis, pues se trataba de una versión de la casa, a la que se había arribado como consecuencia de la fusión de la Gran Logia de la Argentina y del Gran Oriente Federal Argentino (escindido desde 1935 hasta 1958) en la que este último había impuesto un ritual similar en su espíritu al del Gran Oriente de Francia, cuna e inspiración mundial de la masonería atea despojada de toda espiritualidad religiosa. Así las cosas no tardé en descubrir que otras logias utilizaban otros modelos de rituales del Rito Escocés Antiguo y Aceptado y que como consecuencia de estas diferencias tan notorias estaba en el seno de una masonería cuyo eclecticismo era apenas una pátina que cubría la confrontación.

Desde un principio me llamó la atención el profundo desconocimiento que los masones tenían de su propia historia y el poco interés que mostraban en indagar las fuentes heurísticas de su propia tradición. Luego de algunos años de praxis masónica, en 1998 comencé un estudio exhaustivo de la historia de la francmasonería que derivó en la publicación de varios libros que preceden a este. Puedo pasar entonces a explicar la segunda razón del título de este ensayo.

Hacia fines de 1990, tuve la suerte de encontrarme con un libro interesante y curioso: “Los orígenes del Grado de Maestro en la Francmasonería” escrito por Eugéne Felicien Albert, conde Goblet d’Alviella, (1846-1925), quien fuera Soberano Gran Comendador del Supremo Consejo Grado 33º de Bélgica; una edición prologada por Miguel Jiménez Sales. Esta pequeña obra, prácticamente desconocida por la mayoría de los masones, obró en mí tan grande curiosidad que en nada exagero si afirmo que todo lo que he escrito sobre historia de la francmasonería puede remontar su impulso a las páginas de nuestro hermano conde.
Hijo de una época signada por el Syllabus y el Congreso Antimasónico de Trento, contemporáneo de Leo Taxil y protagonista de la etapa más dura en el enfrentamiento Masonería-Iglesia Católica, Goblet d’Alviella fue un furibundo anticlerical y un masón apasionado. Sus ataques contra Roma suelen incluirse en las antologías antimasónicas que aun circulan por el mundo. Pero en este pequeño libro, Goblet d’Alviella vincula a la Leyenda del Tercer Grado con las tradiciones benedictinas, mientras que el prologuista avanza sobre el texto y –basándose en el hostoriador Paul Naudon- remonta el origen del mito hirámico a la pluma del monje Walafrid Strabón, abad benedictino de Reichenau en el siglo IX. Estos elementos fueron el punto de partida para el inicio de la investigación.

Primero publiqué un ensayo titulado “Monjes y Canteros” en el que ya perfilaba mi visión de un origen definitivamente cristiano y europeo de la Orden. En realidad se trató de una compilación de artículos publicados en las revistas Símbolo y Magíster que me permitieron ir deshilvanando una madeja compleja y esquiva de la génesis de la masonería moderna.

Paralelamente, comencé la traducción de textos latinos pertenecientes a autores benedictinos de la Alta Edad Media, cuyos detalles el lector puede leer en mi segundo libro “La masonería y sus orígenes cristianos”.
Desde su aparición en agosto de 2004, bajo el título “Ordo laicorum ab monacorum ordine” -en una edición destinada a masones estudiosos y masonólogos- el libro fue objeto de inquietud en algunos círculos masónicos, acostumbrados a hacer de la Orden un coto de caza de la predica antirreligiosa, alineada con un racionalismo materialista en donde lo ideológico suprime el sentido profundo de la experiencia masónica, que es su carácter iniciático. Incapaces de debatir su contenido, ni mucho menos refutarlo, se han limitado a fustigar al autor acusándolo de responder a los intereses de la Iglesia, reeditando una costumbre tan simple y deplorable como la descalificación. Pero el mundo va cambiando con cada giro del planeta.
Durante mucho tiempo –casi todo el siglo XX- el materialismo ateo enquistado en la francmasonería tuvo a su favor la ausencia de una bibliografía renovada y de trabajos historiográficos surgidos sin la carga envenenada por la atmósfera preconciliar que enfrentó a la Orden con Roma en tiempos de nuestro citado conde Goblet d’Alviella.
En los últimos años, en diferentes partes del mundo y desde distintas vertientes masónicas, numerosos autores han planteado la tesis de un origen cristiano de la alegoría masónica. El precursor, en la masonería argentina fue Marcial Ruiz Torres. Basta para comprobarlo con leer el Libro del Maestro, documento oficial de la Gran Logia de la Argentina de Libres y Aceptados Masones.
También los han planteado autores emblemáticos como Findel y Danton, y más recientemente el citado Paul Naudon, miembro del Supremo Consejo Grado 33 de Francia, el historiador Alec Mellor, el francés Jean Francoise Var, el Gran Maestre del Gran Priorato de Hispania, Ramón Marti etc. El aporte original de “La masonería y sus orígenes cristianos” –versión corregida y aumentada de Ordo laicorum ab monacorum ordine- reside en que contiene un minucioso estudio de documentos benedictinos medievales, escritos entre el siglo VIII y el XII en donde la simbología es tan evidente que no necesita más que su exposición.
Estos textos muestran claramente que el mito de base en el que se sustentaba la tradición masónica –antes de ser arrasado por la Revolución Francesa y sometido al racionalismo ateo del nuevo régimen- estaba anclado en la armónica conjunción de las antiguas tradiciones hebreas y del cristianismo medieval.
La serie hasta ahora editada (Monjes y Canteros, 2001; “La masonería y sus orígenes cristianos”, Kier, 2006; “El otro Imperio Cristiano: De la Orden del Temple a la Francmasonería”, Nowtilus, 2005 y “El Mito de la Revolución Masónica”, Nowtilus 2007) contiene una profusa bibliografía y un exhaustivo análisis de fuentes, lo suficientemente amplio y accesible para el estudioso auténtico. Lo que no contiene es el veneno vital de la confrontación violenta con el que algunos pretenden alimentar un odio que debiera estar superado.

Abreviadamente expuesta mi aventura literaria puedo ahora exponer la tercera razón del título de este ensayo.

Aquello que en un principio se limitó a una inquietud frente a mis publicaciones por parte de muchos masones racionalistas –malestar sería la palabra correcta- pronto se convirtió en hostilidad manifiesta. Pero en paralelo con estas agresiones fue inevitable que otras voces a ambos lados del Atlántico me impulsaran a continuar la obra.

Sin conocer en detalle el denominado Régimen Escocés Rectificado, el hilo natural de las investigaciones realizadas me condujo a las mismas bases que sustentan, desde 1778 a la Masonería Cristiana Rectificada. A las fuentes benedictinas medievales se sumó la tradición masónica escocesa encarnada en los masones estuardistas exilados en Francia. Tardíamente para lo que es esperable de un masón instruido, mi horizonte masónico cambió radicalmente en dos aspectos: En el plano doctrinario descubrí que la tradición de los Padres de la Iglesia, recogida por los monjes benedictinos, había sido ampliamente plasmada por masones como Martinez de Pasqualy, Luis Claude de Saint Martin, Joseph de Maistre y Jean Baptiste Willermoz, mientras que la tradición templaria escocesa había sido preservada por la Orden de la Estricta Observancia, conducida primero por el barón Gotthel von Hund y luego por el duque Ferdinand de Brunswik y que ambas vertientes –el martinezismo y el templarismo de la Estricta Observancia- habían confluido en la denominada Masonería Rectificada.

La historia de esta gesta se encuentra narrada en los libros ya mencionados, pero mi historia propia, la que me llevó a superar definitivamente cualquier contradicción entre ser cristiano y ser masón se desliza como un telón de fondo detrás de cada página.

La búsqueda de un sistema capaz de armonizar ambas condiciones mantiene hoy una vitalidad inimaginable para el común de los masones, sin que esto pretenda ser en modo alguno peyorativo. No es nueva mi crítica hacia aquellos hermanos que creen ser masones por el mero hecho de colocarse el mandil regularmente y conocer algunos toques y palabras que les permiten presentarse a las puertas de los templos en todo el Orbe. La Masonería es depositaria de una Tradición Única, Primordial y Perenne que, paradójicamente, ha desaparecido del seno de muchas masonerías.

Para aquellos que me dicen que la Masonería debe agiornarse, acompañar los procesos culturales, adaptarse a un mundo globalizado… digo, para aquellos que creen que cualquier mutación es tan válida como cualquier otra con tal de que siga el derrotero siempre cambiante de la cultura, les respondo:

Al hombre no se le ha dado la libertad de nacer en el mundo que hubiera querido vivir, pero puede luchar por el mundo en el que prefiere morir. No estamos obligados a acompañar las mutaciones, ni conminados a inmolar nuestras convicciones; ni a sentir vergüenza de nuestra permanencia en la Fe. La Tradición está en la raíz de la cultura y aquella volverá una y otra vez con distinto rostro pero con el mismo espíritu, porque como expresión del alma es tan inmortal como ella.
[1] Benimeli, Masonería y Religión, p. 199
[2] Colinon, Maurice, La Iglesia Frente a la Masonería

martes, 13 de enero de 2009

Edición Italiana de "El otro Imperio Cristiano"





Editorial Tropea (Milán) editó en italiano "El otro Imperio Cristiano", publicado en España por Nowtilus, en México por Lectorum y en Bulgaria por Ciela. A continuación una síntesis del comentario publicado por la Revista Erasmo (Gran Oriente de Italia).



L’altro impero Cristiano

Gli inizi sconosciuti della Massoneria, il suo collegamento segreto con i benedettini e i templari, il ruolo di questa società nella costruzione delle cattedrali e la sua evoluzione sino al XVIII secolo sono gli argomenti di «L’altro impero cristiano»), l’ultimo libro dello storico argentino della
Massoneria Eduardo R. Callaey.


Massonería cristiana
In questo libro “L´Altro Impero Cristiano, Eduardo R. Callaey tenta di addentrarsi nel mondo e nella storia della Massoneria al di là di qualsiasi mitologia. E’ un saggio storico, che abbraccia un arco di tempo che va dalle origini delle logge massoniche nel Medioevo sino al XVIII secolo e ha ricevuto una buona accoglienza in diversi settori associati a questa società segreta.
“Quello che tento di spiegare nel libro è che le prime condanne della Chiesa contro la Massoneria avvennero in un contesto politico e non clericale. In realtà, i massoni scozzesi cercavano solamente di divulgare l’idea di un Cristianísimo transnazionale per superare così le división che avevano decimato l’Europa con le guerre religiose”. Tuttavia, “nel XIX secolo le cose cambiano. A quel punto sorge una Massoneria di taglio chiaramente anticlericale. E’ il momento in cui si producono le modifiche del Grande Oriente di Francia, che abbandona, tra i propri membri, l’obbligatorietà di credere in Dio, la doctrina della trascendenza dell’anima e toglie la Bibbia dalle are delle logge che si trasformano così in altari laici”. Questo fatto è molto curioso perché, apparentemente, nel mondo ha trionfato - per lo meno pubblicamente - la corrente francese, e quella scozzese rimane ignorata, mentre - secondo Callaey - in realtà “una grande percentuale di massoni nel mondo è cristiana”.


Monaci costruttori
In questo primo libro della tetralogia Callaey esplora il nesso tra i templari e i massoni.
E ciò non è altro che l’Ordine religioso di San Benedetto, il più potente del mondo occidentale del tempo “L’Europaera stata decimata dalle invasioni barbariche - ci spiega Callaey - e un giorno appare San Benedetto da Norcia che dice che bisogna salvare ciò che si può dell’antica cultura occidentale. Sono i monaci che si mettono a copiare i libri, a salvare i pochi busti e rovine romane e si pongono a capo della costruzione di chiese nelle abbazie. In pochi sanno che, in soli 300 anni, sono state spostate più pietre che nell’intera storia d’Egitto. Sto parlando di migliaia di cattedrali, abbazie, monasteri...
E questo lavoro è stato iniziato dai benedettini” che, secondo il nostro storico, sono la vera origine germinale della Massoneria. Sino a quel momento le chiese non erano nelle città. Il trasferimento delle chiese in area urbana si verifica nel periodo gotico. “Ciò implica l’inizio della secolarizzazione del fatto religioso perché, finché non apparirono le cattedrali nel centro delle città, la gente andava nei monasteri perché lì si teneva la messa”. In questo
contesto “i benedettini svilupparono un’unità speciale di lavoro che erano le logge di costruttori. Costoro sono i primi a utilizzare in senso cerimoniale tutta la simbologia
architettonica, compreso il grembiule di pelle, e a partire da essi si sviluppa l’iconografia massonica”.

Simbolismo massonico
In effetti, ai grandi abati costruttori veniva consegnato un grembiule di pelle, che i documenti latini descrivono di “mirabile fattura” per distinguerli dall’operaio, il che significava che chi lo portava era un maestro costruttore. “Noi massoni molto spesso utilizziamo l’allegoria della pietra grezza. Per noi il profano che iniziamo è una pietra, un blocco appena estratto dalla cava. Ma il compito allegorico del massone è quello di erigere un tempio di virtù per la gloria del Grande Architetto dell’Universo.
E’ una costruzione individuale e sociale. Ogni pietra deve incastrarsi con l’altra e il lavoro del massone è quello di trasformare la pietra grezza in una pietra cubica, capace di partecipare di questa costruzione collettiva”. E sul filo di questa idea Eduardo R. Callaey fa una constatazione singolare: “Sono i benedettini che iniziano a parlare di quadrare la pietra.
Loro credevano che chi costruisce un tempio deve possedere una serie di virtù ed essere cosciente del fatto che sta innalzando un tempio. Per quadrare la pietra c’è bisogno di un compasso, una livella, un filo a piombo e di tutti gli utensili che fanno parte del simbolismo massonico”.

Frater conversus
Il problema sorge a metà dell’XI secolo, quando il movimento cluniacense, prima tappa espansiva dei benedettini guadagna dimensione e peso politico tale – Carlo Magno colloca un benedettino persino a capo di York per organizzare le scuole dell’impero - da non essere sufficienti al loro progetto. “Nella misura in cui questo processo prende piede si produce una domanda di mano d’opera a causa della quantità di monasteri e abbazie che venivano costruiti simultaneamente.
Quindi debbono inventare una figura che non esisteva: un laico annesso al monastero, senza voto di obbedienzané di castità, dato che aveva famiglia in paese, che prese il nome di frater conversus”. Questa nuova mano d’opera laica va a integrarsi sotto l’autorità delle logge benedettine di costruttori e a organizzarsi gerarchicamente. “Così nasce la differenza
tra l’apprendista e il maestro. Quest’ultimo era colui che conosceva i segreti Della costruzione, che erano una cosa molto misteriosa; la scoperta delle proporzioni, della chiave di volta, dei calcoli della tensione tra le pareti e i sordini erano patrimonio dei maestri del mestiere. Ciò coincide anche con il processo storico di formazione delle
confraternite di artigiani del Medioevo, quando essere maestro significava automaticamente
far parte di un’altra classe sociale, di un altro ceto”. I maestri quinde costituivano una corporazione molto chiusa, nelle cui confraternite non entrava un nuovo membro finché non ne moriva uno già esistente. E avevano potere politico anche nei municipi.

II senso dei segni
I benedettini, quindi, inventano i segni segreti che secondo Callaey avevano lo scopo di differenziare le loro conoscenze e di conseguenza il rango ottenuto nel loro lavoro.
“All’inizio gli apprendisti erano obbligati a portare la barba, e per quello ricevevano il nome di fratres barbati, mentre il maestro poteva radersi. Inoltre, erano obbligati a usare un segno che permetteva l’identificazione del loro rango. Quando qualcuno terminava di costruire un tempio in un luogo e si trasferiva altrove, eseguiva davanti all’abate il segno quando erano completamente soli, e questipoteva in tal modo capire se il rango dell’ultimo arrivato era quello di apprendista o di maestro”. Callaey ci svela anche una radice etimologica diversa per la parola «massone». Secondo San Isidoro di Siviglia nel suo libro Etimologie, dove è riunito tutto il sapere dell’epoca, nell’VIII secolo le impalcature venivano indicatecon il vocabolo greco machion. Questo termine sarebbe passato poi al francese come maçon e all’inglese come mason, con il significato in entrambi i casi di muratore. Ancora più interessante è ilrapporto tra i benedettini e la preparazione delle crociate e del successivo progetto templare.


Istigatori delle crociate
“Praticamente la totalità dei medievalista del XX secolo conviene sul fatto che la riconquista del Santo Sepulcro fu un progetto cluniacense anteriore alle crociate. Questi monaci non solo si recarono in pellegrinaggio in Terrasanta, ma stabilirono anche, lungo tutto il percorso, abbazie e monasteri per ospitare i pellegrini. Poterono rimanere a Gerusalemme perché Carlo Magno era arrivato a stringere un patto politico molto importante con il sultano Harun al- Rashid, meticolosamente dimenticato dall’Occidente perché ha a che vedere con l’insediamento degli ebrei nel sud della Francia.
E iniziarono a sviluppare il concetto di Milizia di Cristo addiritturaprima di Sant’Agostino. Per loro il cavaliere era quasi un monaco. Il suo scopo aveva a che vedere più con la Fede che con la guerra. E la stessa cosa accade con il fine delle crociate. Decisa da un nucleo molto ristretto di persone, nel quale uno deipersonaggi più importante era San Ugo, abate di
Cluny, l’influenza benedettina fu fondamentale nella loro concezione. E vengono ideate fattivamente, proprio come le aveva suggerite papa Gregorio, alla metà dell’XI secolo, con il proposito di riscattare i luoghi santi della cristianità”. Va attribuita ai cluniacense anche l’idea di un regno cristiano con base a Gerusalemme che avrebbe controllato tutto l’Occidente. Per dirlo con le parole di questo storico massone argentino: “sono i primi creatori di un progetto paneuropeo. Pertanto, quando Urbano II (un cluniacense) fa il suo famoso discorso, sono mature le condizioni politico-sociali per convocare una crociata pianificata al millimetro con il consenso di tre o quattro nobili europei, tra i quali si distingue Goffredo di Bouillon”.
Gli studi di Eduardo R. Callaey su questo personaggio sono rivelatori, specialmente per ciò che riguarda la fondazione dell’Ordine di Santa Maria del Monte Sion a Gerusalemme e i suoi rapporti con dei misteriosi monaci calabresi, anche loro cluniacensi, che apportarono materiale logistico alle crociate. “Il processo storico che porta alle crociate coincide con l’auge delle costruzioni romaniche e gotiche. Ragion per cui possiamo affermare che i benedettini - con i loro masón laici (i fratelli conversi) – e i templari coesistettero nella
stessa epoca sotto una regola simile e un’organizzazione di tale grandezza che sembra assurdo pensare che non vi sia stato uno spirito comune tra loro”.
Allo stesso modo, per questo massone argentino, “la storia della Frammassoneria non è completa se non si considera il movimento cluniacense e la storia del Tempio non si risolve né si spiega senza il movimento cistercense. In entrambi i casi sullo sfondo si staglia lo spirito benedettino, l’influenza dei suoi potenti abatie una spiritualità che esce dal chiostro
per penetrare profondamente nel secolare.
Non può essere evitato qui il marchio perfetto della triade massonica della Sapienza, Forza e Bellezza. I tre principi essenziali della Frammassoneria”.

Josep Gijarro