miércoles, 22 de abril de 2009

Las cosas por su nombre



La masonería universal se encuentra sumida en una profunda crisis de la que nadie habla. Durante décadas –por no decir siglos- los masones nos hemos obstinado en mantener nuestras profundas diferencias bajo el mentado paraguas de la tolerancia, palabra fundamental de nuestro lenguaje moral, pero a la vez trampa mortal en la que hemos quedado atrapados en nuestras contradicciones.
Mientras que una inmensa y sorprendente cantidad de masones continúa creyendo que forma parte de una cadena universal de unión muchos hermanos comienzan a percibir las hondas grietas por las que se filtra la profanidad en las logias al mismo ritmo que la tradición, savia vital de las instituciones iniciáticas, se escurre de nuestras manos como la arena seca del desierto.
La Orden que durante milenios –sea cual haya sido el nombre que haya tomado- había sido el receptáculo de los virtuosos, la rémora en la que tantos y tantos habían transformado su naturaleza saturnal en oro precioso, la última barrera ante el avance trágico del progreso ilimitado y la fortaleza en la que los iniciados velaban sus armas es hoy un complejo entramado de Ritos, Obediencias y tendencias, en muchos casos alejadas y contrapuestas entre sí.
La llegada de la Masonería Cristiana a la República Argentina, es el resultado de una larga cadena de acontecimientos que merece ser explicada para la mejor comprensión de su objeto. Más aun, cuando en la América Latina el denominado Régimen Escocés Rectificado –la Masonería Tradicional Cristiana- surgido de los Conventos de la Galias (1778) y Wilhelmsbad (1782) es mayoritariamente desconocido por los masones.
Este desconocimiento es paradójico, pues no nos es ajeno que el subcontinente latinoamericano está conformado mayoritaria y abrumadoramente por cristianos, en particular católicos y que la francmasonería –cual corte transversal de la sociedad como tantas veces se ha repetido en estas tierras- está integrada por numerosos masones cristianos. No obstante ello, la masonería en los países de habla hispana ha asumido con frecuencia actitudes hostiles a la religión, proclamándose como el templo por antonomasia de la Razón y baluarte del laicismo como contrapeso de la religión. La realidad histórica demuestra que esta posición ha derivado frecuentemente en antirreligiosa bajo el pretexto de un supuesto anticlericalismo que en verdad encierra, lisa y llanamente, el desprecio por la fe.
Los masones padecemos la excomunión de la Iglesia Católica Apostólica Romana desde 1738, oportunidad en la que el Papa Clemente XII promulgó la Bula “In Eminenti Apostolatus Especula”. Resulta de una simplicidad maliciosa interpretar la bula que dio inicio a la larga controversia entre Masonería e Iglesia sin analizar su contexto histórico. La misma simplicidad maliciosa es la que ha extendido la excomunión a “todos los masones”, incluso aquellos que jamás han “maquinado contra la Iglesia”
Las diversas potencias masónicas surgidas en nuestro continente a partir del siglo XIX se han identificado con los procesos revolucionarios de la Independencia de la Corona Española, tomando como modelo revolucionario el de la Revolución Francesa acaecida en 1789 que, a poco de ser analizada, no sólo no fue una revolución masónica sino que fue la tumba de la masonería cristiana francesa anterior a los sucesos revolucionarios mencionados. En este aspecto, es necesario advertir acerca de la profunda ignorancia de numerosos masones respecto de lo sucedido en dicho proceso histórico y del rol que jugaron los masones antes, durante y después del conflicto.
Que aun se discuta si el General José de San Martín era católico por ser masón o que se ponga en duda el espíritu masónico del General Bartolomé Mitre por el hecho de haber recibido la extremaunción son datos concretos que sacan a la luz la profunda ignorancia en torno al concepto de doble pertenencia que muchos se empeñan en considerar incompatible.
Ser masón en América Latina es algo relativamente sencillo: Sólo se impone como norma la de ser un hombre libre y de buenas costumbres. Pero el ser masón no lo constituye sólo el hecho de haberse hecho iniciar en una logia. Ser masón implica, entre muchas otras cosas, comprender la historia y la doctrina de la Orden a la que se acaba de ingresar.
A poco de rasgar la superficie de la leyenda heredada nos daríamos cuenta que la Masonería Tradicional Escocesa, anterior a la Revolución Francesa se ha fragmentado y desviado a tales extremos que lo que hoy conocemos como Rito Escocés Antiguo y Aceptado (mayoritariamente practicado en estas tierras) es una simple referencia nominativa sobre la que se han ensayado infinidad de modificaciones, cambios y mutaciones como consecuencia de interpretaciones individuales, intereses nacionales, cismas y conflictos políticos o simplemente, enfrentamientos personales entre líderes o facciones dentro de cada potencia masónica.
Si partimos de la base de que en nuestros juramentos se incluye el de velar por la pureza del Rito, podríamos afirmar que somos los herederos de una larga cadena de perjuros que hicieron y deshicieron los rituales a su antojo, convirtiéndolos en engendros espurios que, como tales, han perdido su pureza iniciática y su Tradición Primordial.
Claro que esta afirmación no causa inquietud alguna para aquellos masones que dejan para la letra chica la condición iniciática de la Masonería, anteponiendo su condición de institución filosófica, filantrópica, progresista y progresiva. Bajo estos términos y eliminada o confinada la iniciación a un mero aspecto complementario o decorativo, la Masonería deja automáticamente de serlo para convertirse en una institución de las muchas que hoy existen en Occidente. La diferencia es que su naturaleza de Sociedad Secreta le otorga al candidato la expectativa de un poder político atractivo para muchos; una suerte de lobby bajo cuyo paraguas todo es posible.
Así que podríamos sentar una primera definición para nuestro trabajo: No es masonería toda aquella sociedad que, aun reuniendo los rituales y los usos y costumbres comunes a la fraternidad masónica no considera la Iniciación, en toda su dimensión, como proceso el distintivo, fundamental y primario de la Masonería.
De allí que afirmamos, como en su momento lo hiciera Alec Mellor -y hoy muchos investigadores masones y profanos- que ya no puede hablarse de masonería sino de masonerías y que muchas de estas son espurias en tal grado que simplemente deberían dejar de ser consideradas como tales.
Este sitio, cuyo contenido no compromete a ninguna Obediencia Masónica en particular, y cuyos artículos son de la exclusiva responsabilidad de sus autores, espera ser un espacio de reflexión, hecho por masones cristianos, para hermanos masones y profanos que aun buscan respuestas en la doctrina de la Antigua Fraternidad y que miran a la compleja actualidad del universo desde dicha condición iniciática irrenunciable.