lunes, 24 de agosto de 2009

Reflexiones sobreMasonería Cristiana, Monasticismo y el Régimen Escocés Rectificado



Luego de muchos años de estudio sobre documentos antiguos y medievales vinculados con el arte de la construcción tengo la íntima convicción de que todos los actuales ritos masónicos practicados en el mundo –muchos de los cuales a decir verdad ya no debieran denominarse masónicos- surgieron de una matriz cristiana en la que se gestó el simbolismo que ha dado su característica a esta sociedad iniciática. Esa matriz fue el monasticismo.

Han pasado algunos años desde la publicación de las dos obras que dediqué a los orígenes de la masonería medieval: Monjes y Canteros en el 2001 y Ordo Laicorum ab Monacorum Ordine en 2004, que luego sería editada por Kier en una versión ampliada con el título más amigable de La masonería y sus orígenes cristianos. En ambos ensayos advertí al lector de que se trataba de libros especialmente dirigidos a los estudiosos de la francmasonería. No tenían el objeto de explicar qué era la masonería sino de describir la herencia monástica que aun estaba viva en los rituales masónicos, cubierta de varias capas de pretendido racionalismo, enciclopedismo ilustrado, modernidad, posmodernidad y decadencias varias. Capas superpuestas una tras otra como los estratos arqueológicos que conforman los tells en el Oriente Medio, montañas gigantescas de escombros acumulados por el tiempo, debajo de las cuales se han encontrado ciudades maravillosas.

Debo confesar que mi búsqueda de la ciudad maravillosa tuvo relativo éxito; al menos puso en un brete a muchos masones que estaban convencidos de que la herencia medieval de la Orden era apenas un detalle histórico, pero que la verdadera masonería era hija del Siglo de las Luces y madre del progreso de la humanidad concebido como el numen del relativismo y el racionalismo científicos. Pues bien, quien se haya tomado el trabajo de consultar las numerosas fuentes monásticas citadas en mis trabajos ya sabe que el simbolismo masónico encierra algo más que la supervivencia de algunas herramientas de los albañiles medievales. El conjunto de alegorías que componen el lenguaje masónico encuentran su partida de nacimiento en las múltiples expresiones del monasticismo benedictino.

Es por ello que, nuevamente, me corresponde advertir al lector de este artículo que, al igual que los anteriores, está principalmente dirigido a los estudiosos de la francmasonería; pero también a los que se preguntan cómo puede hablarse de masonería cristiana cuando en el imaginario popular suele vincularse a la francmasonería como el mismo diablo personificado. También va dirigido al campo cristiano, especialmente a los católicos que no comprenden por qué razón un cristiano puede encontrar en la masonería un complemento adecuado para su realización espiritual. Está –en todo caso- especialmente escrito para todos aquellos que, con justa razón, no han visto la verdadera superficie de la francmasonería porque los propios masones la han ocultado debajo de numerosas capas tal como ya hemos mencionado.

Hay un dicho que reza que no todos los arqueólogos tienen la fortuna de encontrar la tumba de un rey. Salvando las distancias podría decir que cuando traduje los primeros capítulos del libro de San Beda Acerca del Templo de Salomón,[1] escrito en el siglo VIII, sentí algo parecido a lo que un arqueólogo ante una tumba real, pues a partir de allí, con la ayuda de hermanos y amigos, se fue deshilvanando una vasta madeja de autores y textos que no dejan lugar a muchas dudas en torno al fuerte componente monástico cristiano de las alegoría masónicas primitivas. Como era de esperar, al principio fui ignorado por la mayoría de los masones racionalistas, pero ningún racionalista puede –por definición propia- descartar una tesis sin oponerle otra. Al momento de publicar este ensayo nadie ha podido negar la existencia de las obras escritas por los monjes benedictinos acerca del arte de la construcción. Forman parte de la Patrología Latina de Migne y pueden ser consultadas en las grandes bibliotecas de todas las ciudades del mundo. Demuestran que la masonería cristiana articulada en el siglo XVIII, abroquelada en los denominados Rito Francés y Régimen Escocés Rectificado, es la heredera legítima de la antigua masonería medieval. Se puede matar al mensajero, pero eso no cambia ni inhibe la naturaleza del mensaje.

En estos años he recibido numerosas y valiosas críticas. También he recibido la repulsa de muchos masones racionalistas y de la propia Gran Logia de la Argentina, potencia masónica en la que fui iniciado hace veinte años. Mi ensayo Ordo Laicorum ab Monacorum Ordine, que fuera originalmente publicado por la Academia de Estudios Masónicos, es una herida abierta en el corazón de muchos hermanos que hubiesen preferido que estos documentos permaneciesen desconocidos para siempre. También en estos años pude comprobar que otros habían encontrado la huella antes que yo, pero que por diversas razones no pudieron, o no quisieron, completar la tarea.

Por citar dos casos mencionaré en primer lugar a Marcial Ruiz Torres, quien siendo Gran Secretario de la GLA publicó en la década de 1960 un libro de instrucción para maestros en el que menciona a Wilhelm de Hirschau y a las logias benedictinas establecidas por él en Alemania en el siglo XI. La importancia de las constituciones monásticas denominadas Hirschaugienses ya ha sido ampliamente expuesta y forman parte de la vasta reforma iniciada desde la mítica abadía de Cluny[2]. Entre otras muchas cuestiones podemos hallar en ellas el origen de algunos signos y señas masónicas y la utilización del mandil no sólo como indumentaria del oficio sino como significado de la dignidad del constructor. El abad Wilhelm es uno de los eslabones fundamentales en la larga cadena de monjes que construyeron la estructura de las logias abaciales.

En segundo lugar cabe señalar que en la década de 1990 un grupo de hermanos israelíes fue encomendado a buscar y encontrar los verdaderos orígenes europeos de la francmasonería. El informe cuya copia obra en mi poder dice claramente que las investigaciones se detuvieron en el mismo momento en que llegaron a las puertas de la abadía de Cluny. Estos hermanos consideraron que seguir avanzando en la investigación implicaba la inevitable ruptura del mito masónico en el que estaba anclada su propia tradición.

Si estos hermanos judíos hubiesen llegado hasta el tuétano se habrían encontrado con que muchos de estos benedictinos, con San Beda a la cabeza, no sólo habían recibido una fuerte influencia judía sino que así lo manifestaban, como es el caso de Rabano Mauro, abad de Fulda y Arzobispo de Maguncia, que ya en el siglo IX reconoce la ayuda de maestros judíos.

El espíritu del Cister –la otra gran reforma del movimiento monástico benedictino cuya figura prominente fue San Bernardo de Claraval- se introduciría posteriormente en la Militia Christi al proveer de una Regla a la Orden del Temple cuya influencia en la francmasonería hoy ya no se discute.

Estos estudios llevados a cabo sobre documentos históricos tuvieron un correlato inevitable, pues definidos los antecedentes monásticos de la francmasonería, la labor inmediata me llevó a trazar la historia de la transición de las logias monásticas a las corporaciones medievales y la de estas últimas a la denominada masonería especulativa. La primera parte se publicó en España en 2005 bajo el título El otro Imperio cristiano, obra que abarca desde la protomasonería de la Alta Edad Media hasta la restauración masónico-templaria del siglo XVIII. La segunda vio la luz en 2007 con el título El mito de la Revolución Masónica cuyo fin era explicar de qué manera y en qué circunstancias históricas se articuló el denominado Régimen Escocés Rectificado, estructura que restituyó a la masonería en su sesgo cristiano primitivo, y que fue fundado por Jean-Baptiste WIllermoz. (Lyón, 1730-1824)

Estas obras abarcan la historia de la masonería cristiana desde la Alta Edad Media hasta la Revolución Francesa, razón por la que remitimos al lector a lo ya escrito, disponiéndonos al desarrollo de un ensayo que pretende un nuevo giro sobre estas cuestiones.

La Masonería Cristiana y El Régimen Escocés Rectificado


De acuerdo a los documentos de ésta Orden Masónica Cristiana, la estructura y el simbolismo tanto masónico como caballeresco del Régimen Escocés Rectificado reconocen tres orígenes:


La Masonería francesa de la época, con su proliferación de los grados más diversos (Willermoz los conocía todos y practicó muchos de ellos) y que una vez depurada, sería estructurada hacia 1786-1787 en un sistema que llevaría más tarde el nombre de Rito Francés, con sus tres grados y cuatro órdenes; sin olvidar los diversos grados cuya combinación constituye lo que se ha venido a llamar el escocismo.

El Sistema propio de Martínez de Pasqually, personaje enigmático aunque inspirado, al que tanto Willermoz, como Louis Claude de Saint-Martin, reconocieron siempre como a su maestro. Este sistema fue denominado la Orden de los Caballeros Masones Elegidos Coens del Universo.

La Estricta Observancia Templaria, también dicha Masonería rectificada o Reformada de Dresde, sistema alemán en que el aspecto caballeresco primaba absolutamente sobre el aspecto masónico, y que pretendía ser, no ya la heredera, sino además restaurar la antigua Orden del Temple abolida en 1312.

En cuanto a sus orígenes espirituales, las dos fuentes son:


La doctrina esotérica de Martínez de Pasqually cuyo contenido esencial versa sobre el origen primero, la condición actual y el destino último del hombre y del universo.
La tradición cristiana indivisible, nutrida por las enseñanzas de los Padres de la Iglesia.


Desde el punto de vista del Régimen Escocés Rectificado, estas dos doctrinas, no sólo no se contradicen, sino que se corroboran mutuamente.[3] El Rito que administra este Régimen se practica en la actualidad ateniéndose rigurosamente al original promulgado en los conventos de Lyón y de Wilhelmsbad en 1778 y 1782 respectivamente.


En esa época las logias escocesas con asiento en el continente estaban pobladas de religiosos, cuestión que hemos abordado en profundidad. Su presencia era tan numerosa que ha dado lugar a trabajos ciclópeos como los llevados a cabo por José Antonio Ferrer Benimeli, quien ha hecho el censo más extenso conocido sobre la presencia de clérigos y monjes en la masonería del siglo XVIII.


Todavía en el siglo XIX, pese al avance del proceso revolucionario que terminaría descristianizando gran parte de la Orden, pueden observarse publicaciones en las que los grabados reflejan la presencia de monjes y nobles en los banquetes masónicos.[4] A la vez que existe una profunda similitud entre la ceremonia de Tercer Grado –la exaltación al sublime grado de Maestro Masón- y la de los profesos benedictinos tal como se practicó hasta fines del siglo XIX.[5]


Si bien la herencia monástica puede incluirse en lo que el RER denomina La tradición cristiana indivisible, nutrida por las enseñanzas de los Padres de la Iglesia, esta dimensión de la espiritualidad cristiana puede redescubrirse como un aporte específico, puesto que el monasticismo no constituye un esoterismo ni una teología aunque no por ello deje de ser compatible con ambos.

Mucho tiempo antes de descubrir que estas aportaciones del monacato medieval encajaban armónicamente con la doctrina trinitaria del Rectificado, me había cautivado la visión cosmoteándrica planteada por Raimón Panikkar en El Espíritu de la Política. Es en Panikkar donde encontré la respuesta a muchos de los interrogantes más complejos de la espiritualidad en el mundo moderno, desde su visión escatológica de la política hasta su discurso sobre La Experiencia de Dios recogido de las conferencias que dictara en el monasterio benedictino de Silos. Tal vez haya que reconocer que su visión de la experiencia monástica sea uno de los grandes aportes a la espiritualidad renovada del siglo XXI.

Mi aproximación al sacerdote y filósofo catalán es una compleja hipérbole a la que puedo definir como un providencial descubrimiento progresivo. Buenos Aires es una ciudad alejada infinitamente del Ganges que Panikkar observó durante décadas desde la terraza de su casa en India. Lejana de su retiro en Manresa en las faldas occidentales de los Pirineos. Sin embargo tuve oportunidad de escuchar su mensaje en dos producciones televisivas de Holograma, emitidas en los 90[6]. La primera fue su intervención en el debate sobre Arte, Ciencia y Espiritualidad en una Economía Cambiante, realizado en Ámsterdam a mediados de la década; la segunda fue una serie de reportajes realizados en la India y en Cataluña por la RTSI.[7]

Panikkar está hoy más vigente que nunca y su figura es destacada por muchos masones cristianos, como tuve oportunidad de comprobarlo recientemente en Barcelona. También es un faro para toda una generación de monjes del siglo XXI, que ya no llegan a la tonsura como resultado de una decisión de sus padres que otrora los entregaran como oblatos, sino como consecuencia de una creciente búsqueda interior que es capaz de abrazar la tradición cristiana más pura y lúcida sin, por ello, desconocer otras tradiciones espirituales cuyo mensaje es válido para cualquier verdadero creyente.

Una aportación de la vida monástica, de la atmósfera espiritual del cristianismo medieval y una visión expandida de la importancia de la oración traerían a la masonería un renovado espíritu a su alicaída condición de Escuela Iniciática. En los siglos de las grandes reformas monásticas, someterse a las rigurosas reglas de lo cenobios benedictinos era un acto de heroísmo sin parangón. En un mundo donde la libertad era un bien escaso y la autoridad se ejercía sin complejos, abandonar ambas condiciones –la de ser libre y la de ejercer la autoridad- significaba un sacrificio que, de facto, acercaba al individuo a la santidad.

Ser masón, tal como lo concebimos los masones cristianos, debiera representar un compromiso mucho mayor del que actualmente se pretende del iniciado. La descristianización de la masonería ha abierto sus puertas al hombre light, de Enrique Rojas, el hombre líquido de Zygmunt Baumann. Su compromiso político no es con el hombre inspirado en Dios sino con el hombre carente de Dios. Se asumió relativista, reafirmando su veneración a la razón, olvidando que, como señala Panikkar un estado secular sólo puede conformar a una sociedad para la cual la secularizad se ha convertido en una nueva religión. Coincido con él en que esto no puede permitirse. Tiene que ser resistido.

No se trata de que el masón busque la santidad, pues para ello están las religiones y la vida piadosa. Pero sí una visión sagrada de la condición humana, un acto volitivo de superación espiritual, una postura intrépida (sin trepidación, sin temor) frente al devenir de la vida y un anhelo de restauración del estado primordial del hombre antes de la Caída. En otras palabras, volver a comprender que el hombre puede recuperar aquello que los escolásticos denominaban el intellectus fidei, el discernimiento de la fe.

La masonería cristiana debe hacer el profundo esfuerzo de recuperar el espíritu de los monjes que construyeron Europa. No necesita más que emprender el trabajo de traducir y publicar a los santos padres abades que levantaron las monumentales abadías e iglesias románicas. A los que vieron en los constructores de sus monasterios a los obreros de Salomón y de Hiram. A los que encontraron la alegoría de cuadrar la piedra bruta como significado del trabajo de reconstrucción del espíritu humano. A quienes trazaron los planos del Templo como dimensión cósmica del hombre. A los que modelaron el trivium y el cuadrivium como esquema básico de la educación universal. A los que organizaron el trabajo y dieron a los artesanos el marco logístico adecuado para erigir tamaños monumentos de piedra. A los que organizaron nuestro mundo tal como es concebido desde Occidente, desde el Sacro Imperio hasta las modernas democracias. Pues, desde un punto hasta el otro del arco de nuestra historia, tal como la definiría Panikkar, se trata de la misma especie cultural.



[1] Beda, De Templo Salominis Liber, PL XCI; París, Brepols-Turnhout, 1850
[2] Ver el anexo adjunto sobre Wilhelm de Hisrau y la Orden de Conversos Laicos.
[3] Martí Blanco, Ramón, El Régimen Escocés Rectificado, su historia, sus orígenes, su doctrina; Libro de Trabajos, Logia de Estudios e Investigaciones “Duque de Warton” Arola Editors, Tarragona, 1999
[4] Al respecto vale la pena ver las litografías de la obra de F. T. B. Clavel, Historia de la Francmasonería, publicada en Buenos Aires por Imprenta de la Revista en 1860.
[5] Callaey, E. , La Masonería y sus orígenes cristianos; Buenos Aires, Kier p.142 y ss.
[6] Entre 1996 y 2003 trabajé como guionista y colaborador del proyecto HOLOGRAMA, fundado por Marisa Escasany y Ana Lia Alvarez, emitido por Canál á de Buenos Aires. El ciclo fue el primero en presentar en televisión a muchos pensadores contemporáneos, tal el caso de Panikkar.
[7] Radio Televisión Estatal de Italia