viernes, 10 de diciembre de 2010

La Herencia Rosa Cruz en la Francmasonería


                                                                                                                                                                                       1.- ¿Una Reforma dentro de la Reforma?

Una fuerte corriente de influencia en la francmasonería y tal vez la más importante –pues la atraviesa como un rayo luminoso en casi todos sus ritos- es la proveniente de la Hermandad de la Rosa Cruz, cuya irrupción pública se remonta a la Alemania de principios del siglo XVII.

Tal ha sido la influencia de los rosacruces en la francmasonería que, justo es decirlo, no existe rito masónico que no haya incluido en el centro mismo de su doctrina a la herencia rosacruz. Pero nuestro propósito va más allá de señalar al factor rosacruz dentro del vasto campo del ocultismo moderno, sino enmarcarlo –como propone Frances Yates- como puente entre el Renacimiento y la revolución científica, pues la aurora rosacruz ha de reivindicarse, tarde o temprano- como la bisagra, el eje de transición entre el mundo mágico de los grandes filósofos renacentistas y el nacimiento incipiente de la investigación científica tal como se concibe en la actualidad.

Los rosacruces irrumpieron en Europa en pleno siglo XVII, en una época signada por transformaciones profundas, en momentos en que la cristiandad se resquebrajaba en pedazos y Roma perdía el control sobre los vastos territorios septentrionales ganados por los reformistas protestantes. El cisma había separado a Europa, dividiendo el norte del sur. Su comienzo se fija en 1517, un siglo antes de la irrupción de los rosacruces, cuando Martín Lutero, teólogo alemán nacido en 1483, proclama sus famosas 95 propuestas, anunciando la Reforma, en un panfleto clavado en la puerta de la iglesia de Wittemberg.

Lutero estaba escandalizado por las costumbres imperantes en Roma, ciudad en la que había estado en 1510. Retomaba, esta vez con mayor virulencia –y un clima político más favorable- las ideas de Jean Hus, el díscolo rector de la Universidad de Praga que, a principios del siglo XV, denunciara los abusos de la jerarquía romana, los crímenes de simonía y la venta de Indulgencias por parte del clero. Pese al apoyo del Emperador, Hus había tenido que comparecer ante el Concilio de Constanza, que lo declaró hereje y lo condenó a la hoguera.

Pero la situación política había cambiado. A diferencia de Hus, Lutero obtuvo, rápidamente, el apoyo de los príncipes alemanes que veían en esta Reforma llevada contra Roma, un medio para poner límites a la influencia de los Habsburgo, la dinastía católica que reinaba sobre el Imperio Austro-Hungaro, heredero del Sacro Imperio de Carlomagno. A Lutero –afirma Yves-Fred Boisset- no le gustaban los herejes, sin embargo, fue bajo su protección que surgió en Alemania, al principio del siglo XVII -propagándose principalmente en Inglaterra y Holanda- de la clandestinidad, ciertas corrientes  de las que el rosacrucianismo constituiría el punto culminante y la síntesis.[1]

Es por ello que el movimiento rosacruz no puede concebirse sin la influencia humanística del Renacimiento, sin la tragedia espiritual de la Reforma y sin el anhelo de un conjunto de almas nobles que creían en la posibilidad de unificar nuevamente a la raíz espiritual de Europa. Sin embargo, mientras la Reforma protestante es religiosa y política, la Reforma Rosacruz es filosófica, teosófica y mística.

Fue como un nuevo amanecer capaz de evocar a todos los grandes magos del Renacimiento, resucitándolos en el corazón de un portentoso secreto. Nadie, jamás, vio el rostro de los primeros rosacruces, pero fueron ellos quienes reunieron a los espectros de Cornelio Agrippa, Marcillo Ficino, Pico Della Mirándola, Dante y muchos otros nombres del denominado Quatrochento, elevándolos a la categoría de arcontes de la sociedad secreta más romántica de nuestra historia: La Hermandad de la  Rosacruz. A ellos debemos la fusión de tres corrientes que marcaron un hito en la historia del pensamiento: El Hermetismo, la Alquimia y la Cábala, de allí su influencia posterior en todas las órdenes iniciáticas que surcaron el firmamento europeo en los siglos posteriores, pero muy especialmente en la francmasonería. La influencia ejercida por estas corrientes sobre el pensamiento de intelectuales y científicos, dio su impronta a la era de las Utopías, como la que describe Francis Bacon en La Nueva Atlántida, que inspiraría los sueños de la nación americana. Bacon es considerado una de los Grandes Maestres de la Orden Rosacruz.

2.- Sociedades Secretas y Revolución Científica

Filósofos y científicos, astrónomos y alquimistas, líderes religiosos de la Reforma, aristócratas y monarcas se interesaron en la hermandad y buscaron afanosamente ingresar en ella, o se inquietaron ante un orden desconocido detrás del cual intuían un poder por encima del poder. Cabe preguntarse: ¿Cuál fue ese rol político? ¿Qué razones permiten afirmar que la Hermandad de la Rosa Cruz actuó en el preciso momento en que la Reforma intentaba arrebatarle el control del Sacro Imperio a la potencia habsbúrguica de la Casa de Austria?

Existen razones de peso y un nutrido archivo documental que permiten afirmar que la Hermandad Rosa Cruz no sólo fue una corriente de pensamiento o una Reforma  paralela sustentada en la búsqueda de nuevos horizontes científicos y de fuerte contenido místico. Su expansión en Alemania bajo el control del movimiento luterano y su fuerte posición en contra de Roma y el papado ubican la acción de los rosacruces del siglo XVII en un escenario político tan fascinante como su aspecto esotérico.

¿Existió en verdad una Hermandad Rosa Cruz organizada? ¿O se trató del esfuerzo individual de un conjunto de hombres geniales que habían alcanzado un grado de sabiduría que excedía la media de su tiempo?

A diferencia de sus herederos modernos, los rosacruces del siglo XVII parecen haber carecido de organización; sin embargo una serie de indicios contradice esta teoría y afirma que no sólo estaban unidos por lazos fraternales sino que conformaban un verdadero Colegio, tal como lo anuncian los manifiestos. Yendo aun más lejos, sorprende el hecho de que numerosos investigadores afirmen que la Hermandad, como tal, ya existía en el siglo XV y que se mantuvo oculta hasta llegado el momento de actuar a principios del siglo XVII.

Sea cual fuera el grado de organización, la imagen que ha perdurado respecto del rosacruz de la época de los manifiestos, es la de un sabio citadino, solitario, dedicado a la ciencia, tal como se la entendía en aquel momento –recordemos que en el siglo XVII la palabra química era sólo un sinónimo de alquimia- inmerso en experimentos en torno a las fuerzas elementales de la naturaleza, la transmutación de los metales y la búsqueda de la Piedra Filosofal. Si hubiese que definir un término que simplificara el sentido de su trabajo, diría que el rosacruz de aquella época primigenia es el prototipo del hombre que realiza la Gran Obra y que ese es su principal secreto.

Pero esta afirmación se torna relativa, o al menos parcial, cuando vemos en la lista de los primeros rosacruces a hombres políticos, inmersos en intrigas palaciegas, estrategias militares y utopías diversas. Sabemos que individuos de indudable peso público como Francis Bacon, Robert Fludd y hasta el propio Isaac Newton tuvieron su papel en esta historia y que su protagonismo, lejos de constituir una leyenda, se encuentra ampliamente documentado por los cronistas de la época.


3.- El Colegio Invisible y Los Primeros Manifiestos. La Llama de la Fraternidad y otros libros misteriosos

Si repasamos los nombres que son identificados como los precursores del rosacrucianismo nos encontramos con Paracelso (1493-1541), Jacob Boheme (1575-1624), Baruj Spinoza (1632-¿?), Juan Amneos Commenius (1592- ¿), Giordano Bruno (1548-1600) Robert Fludd (1574-1637), John Dee (1527-1608) etc. Sus trabajos marcan la época de una profunda transformación del conocimiento. Entre los más renombrados rosacruces aparecen las figuras de Isaac Newton, de Francis Bacon y de Elías Ashmole, que no sólo influirán notablemente en el rumbo de la ciencia moderna sino que inspirarán, como el caso de Bacon y su Nueva Atlántida la utopía de una República perfecta que se verá plasmada en el sueño de los Padres Fundadores de los Estados Unidos de América. Comprenderá el lector porqué razón, el factor rosacruz, resulta ampliamente expuesto en El Símbolo Perdido.  

Todo esto nos permite afirmar que los rosacruces del siglo XVII –sin abandonar su devoción por los grandes exponentes del pensamiento mágico renacentista- traccionan, impulsan y conducen a la sociedad hacia un futuro que ellos mismos están creando a través de la ciencia experimental y la política. Vale la pena detenerse en este concepto: Al generar un nuevo método de acceso al conocimiento y al inspirar un nuevo modelo de organización política, estos hombres, mezcla de místicos y científicos, crean, literalmente, el futuro. Remarcamos esta afirmación porque no debe pasar desapercibida al lector.

En El otro Imperio Cristiano[2], hemos hablado extensamente de los manifiestos rosacruces. En el año 1614 Alemania se vio sacudidas por la publicación de un libro. En la ciudad de Cassel, editada por Wessel, vio la luz la primera edición de la Fama Fraternitatis (La llama de la Fraternidad) y con ella irrumpió en el mundo un nuevo mito: La Hermandad de la Rosa Cruz. Esta nueva cofradía, supuestamente integrada por adeptos capaces de curar, de dominar a las fuerzas de la naturaleza y de poseer los antiguos secretos de las escuelas de Oriente, se presentaba ante el mundo luego de haber permanecido en secreto durante siglos. El manifiesto sugería que había llegado la hora de que la hermandad se diera a conocer e hiciese público su objetivo.  Europa, sacudida por las guerras de religión y fascinada por el redescubrimiento de las antiguas filosofías, la recibió con expectativa y no poca ingenuidad.

La primera parte del manifiesto está dedicada a un análisis de la situación del mundo y al planteo de una reforma general en el orden religioso, político y social. Se sostiene que las iglesias ya no son el marco excluyente de la salvación sino que ésta es consecuencia del esfuerzo individual, de la purificación del corazón y de un impulso de naturaleza mística. Establece puntos de encuentro entre la antigua tradición judía, ...la que heredó Adán después de la caída y que practicaron Moisés y Salomón... y las doctrinas esotéricas del mundo clásico: ...Lo que establecieron Platón, Aristóteles o Pitágoras; lo que confirmaron Henoch, Abraham, Moisés y Salomón; allí donde la Biblia coincide con el Libro de las Maravillas... Los rosacruces ofrecían al mundo moderno un reservorio único de la Sabiduría Antigua… Luego trata acerca de la organización de la Fraternidad y describe la historia de su fundador, quien es presentado en un principio sólo con las iniciales C. R.
La leyenda pretende que este misterioso personaje nació en 1378 en Alemania. Su familia era de origen noble pero muy pobre, por cuanto a la edad de cuatro años fue entregado a una abadía en la que recibió una buena educación y aprendió las lenguas antiguas. A los dieciséis años partió a Palestina, acompañado de una suerte de tutor, pero éste muere en Chipre, momento en que Christian Rosenkreutz –tal el nombre de nuestro peregrino- decide continuar su viaje en soledad. Enfermo, llega a Arabia, en donde recibe un conocimiento arcaico de sabios árabes. Estos hombres, que aparentemente lo estaban esperando, le comunican los secretos de la naturaleza y de las ciencias y le permitieron traducir al latín el misterioso libro M.

Luego emprende un viaje por el golfo arábigo y recala en Egipto; recorre el mediterráneo hasta llegar a la ciudad de Fez, en Marruecos, donde ciertos “habitantes elementales” le encomiendan la misión de transmitir la sabiduría recibida durante su largo viaje y fundar una sociedad secreta. Pasa a España y luego se retira del mundo durante cinco años. Finalmente, se hace de tres fieles discípulos de los que sólo sabemos sus iniciales Estos le juran fidelidad y redactan una serie de conocimientos según el dictado de su maestro.

Un año después de aparecida la Fama Fraternitatis, fue publicada una segunda obra llamada Confessio. Apareció simultáneamente en Cassel y Frankfort. A poco de comenzar el texto, el autor asume la defensa de la hermandad y lanza un ataque frontal contra la Iglesia Católica y el Papa. Reivindica el cumplimiento de lo establecido en la Fama Fraternitatis como medio de salvación. Anuncia la aparición de nuevas estrellas en las constelaciones de Orión y el Cisne, signos vigorosos de acontecimientos nuevos e importantes... y describe la existencia de una escritura secreta de carácter extraordinario pero incomparable con la lengua de nuestro primer padre Adan, ni tampoco con la de Henoch, ya que todas ellas están sepultadas bajo la confusión babilónica...

Se introducen aquí dos elementos que serán asimilados rápidamente por la tradición iniciática occidental: la existencia de un conocimiento antediluviano vinculado a Henoch y la misteriosa existencia de una  palabra perdida. Ambos temas, de trascendental importancia en todas las sociedades esotéricas modernas.

El tercero y último de los manifiestos rosacruces alemanes, Las Bodas Químicas de Christian Rosenkreutz apareció en Estrasburgo en 1616 y es de naturaleza diferente a la de los dos anteriores. Describe un episodio sucedido en la vida del personaje cuando ya era un anciano. A lo largo de siete jornadas es sometido a una serie de duras pruebas, tanto de naturaleza física como espiritual, que sirven de marco para desplegar un complejo sistema de símbolos vinculados a la alquimia.

Sobre el autor de estos tres documentos se han suscitado toda clase de conjeturas; sin embargo la más firme parece ser la que los atribuye al alquimista y filósofo alemán Valentín Andreae, líder de la ortodoxia luterana, nacido en la ciudad de Harremberg en 1586 y muerto en 1654. Su padre era un pastor luterano y su tío Jacob un célebre teólogo a quien se llegó a llamar el segundo Lutero. El clima anticatólico de los documentos en cuestión se explica, en parte, por esta filiación.

De su vida se sabe que estudió en Tubingia y que fue uno de los más sabios hombres de su tiempo, adquiriendo un profundo conocimiento de las ciencias y de las lenguas clásicas. Su apego al estudio era tal que, en más de una ocasión, su salud corrió serio peligro a causa del esfuerzo que realizaba. Viajó por gran parte de Europa y tomó contacto con muchas de las sociedades secretas que por entonces florecían en las grandes ciudades. Él mismo llegó a sugerir que era el autor de tales documentos, sin embargo, lamentablemente, muchos creyeron a pies juntilla la historia de Christian Rosenkreutz y entonces, lo que había sido imaginado como una alegoría, se convirtió en un torrente de órdenes y fraternidades rosacruces cuya saga no termina aún a cuatro siglos de su aparición. Francis Yates va más lejos y afirma que Valentin Andreae hizo grandes esfuerzos para dejar bien sentado que Cristian Rosenkreutz y su fraternidad eran ficticios. Pero como ya hemos dicho, nada más efectivo que la negativa de un secreto para que éste se vea reafirmado de inmediato.[3]

4.- Los Rosacruces en Inglaterra

En Inglaterra la aparición de los tres manifiestos rosacruces produjo un gran revuelo a causa del clima que se vivía como consecuencia de las guerras que libraban católicos y protestantes. En medio de la polémica, Fludd salió en defensa de la fraternidad y, de paso, solicitó ser admitido en ella. Si a John Dee se le atribuye haber introducido la cábala cristiana en Inglaterra, fue sin dudas Fludd el hombre que contribuyó a expandir las doctrinas rosacruces.

Ambas escuelas (cábala y rosacrucianismo) se complementarían en Inglaterra y, juntas, producirían profundas influencias en la francmasonería y otras órdenes creadas con posterioridad. Afirma Francis Yates que la filosofía de la cábala cristiana es sumamente afín a la filosofía rosacruz, tal como la formulan los manifiestos rosacruces y Robert Fludd. Para Yates, es posible comprender mejor el fenómeno rosacruz si se lo relaciona con la cábala cristiana introducida en Inglaterra en tiempos de Isabel I.[4]

En 1617, Robert Fludd publicó en Inglaterra un tratado en el que defendía la seriedad de la sociedad de los rosacruces y muchos creen que fue él quien introdujo las ideas rosacruces en la francmasonería inglesa.[5]

Se cree que Fludd tuvo un vínculo estrecho con Iñigo Jones –Gran Maestre de los masones de Londres- y que participó del círculo más íntimo de la dinastía Estuardo en sus comienzos. Desde allí impulsó el rosacrucianismo francmasónico cuya expresión más cabal sería recogida por la tradición escocesa estuardista y daría nacimiento al grado de Caballero Rosacruz.

De lo expuesto hasta aquí resalta que, desde la aparición de la Fama Fraternitatis hasta la pegatina de carteles de París, tiempo en el que transcurrieron apenas ocho años, los autores de estos manifiestos provocaron la agitación de los círculos intelectuales de Europa.

5.- La Represión y el Silencio antes de la Tormenta Rosacruz

Los primeros manifiestos rosacruces continuaron imprimiéndose frenéticamente hasta fines de la segunda década. Fue entonces cuando, bruscamente, se dejó de producir literatura rosacruz, que fue suprimida como consecuencia del derrocamiento del Elector Palatino de Bohemia y de la conquista de este reino y del Palatinado por parte de los ejércitos católicos. Luego de la tragedia de Praga, la situación política y el peso restaurado de la Iglesia Católica llevaron a los rosacruces a un prudente silencio. Pero no tardarían en abrir un nuevo frente y lo harían de manera espectacular.

En agosto de 1623, la ciudad de París amaneció empapelada con un manifiesto que provenía, supuestamente, del corazón de la Hermandad de la Rosa Cruz. Se desató la tormenta.

La proclama causó inquietud en la población, inquietud que pronto se convertiría en pánico cuando algunas publicaciones no dudaron en relacionar a los rosacruces con la hechicería, la nigromancia y los pactos con el demonio. El temor surgió en el momento menos esperado, cuando el reino comenzaba a pacificarse a consecuencia de la brutal represión católica.

Yates menciona entre las causas del pánico a una obra anónima, editada inmediatamente con el impactante título de Horribles pactos hechos por el Diablo con los Invisibles. En ella se exponía otra versión de los famosos anuncios y se afirmaba que el Colegio Invisible estaba constituido por treinta y seis sabios, distribuidos en el mundo en grupos de seis. Afirmaba que habían celebrado una asamblea en Lyon –en vísperas del Gran Shabat- en la que  habían decidido enviar a seis de ellos a París. Para espanto del público, el líbelo rebelaba que en plena asamblea se había presentado el Príncipe de las Tinieblas, en persona, ofreciéndoles todo tipo de poderes a cambio de que abjurasen de la fe cristiana.

Afirma Yates que la edición de este libro tuvo por objeto convertir a los rosacruces en infames hechiceros, sembrando el terror entre los parisinos y provocando la persecución.[6]

Un segundo manifiesto aparecería poco después en la ciudad. El clero, inquieto, se encontraba incapaz de dar con los autores. Tanto la jerarquía de la Iglesia Católica como del Estado estaban al tanto de la cuestión rosacruz en Alemania. Sin embargo, la metodología empleada en Francia –los carteles en las calles- había resultado mucho más audaz que la circulación restringida de los manuscritos. De este modo se había provocado la inquietud pública que fue definida como un huracán de rumores por el cronista Gabriel Nandé.

Los testimonios de Nandé y del jesuita Francoise Garasse, constituyen documentos importantísimos para comprender lo que ocurría en torno a la irrupción del Colegio Invisible, pues ambos publicaron obras sobre el tema, testimoniaron la situación y contribuyeron a formar opinión sobre la misteriosa hermandad. A esta altura del relato, el lector entenderá que los rosacruces han sido algo más que un hecho curiosos de la historia.

Respecto de los carteles, Yves-Fred Boisset[7] y Francis Yates[8] coinciden en que la primera reacción del la Iglesia fue atribuirlo a una farsa estudiantil, mientras que las autoridades civiles pensaban en una provocación de los jesuitas. A causa de esta confusión, fueron a buscar al joven erudito Gabriel Nandé, historiador y bibliógrafo que llegaría a ser bibliotecario del cardenal Richelieu y de Mazarin. Inmediatamente confirmó que venía estudiando  a la misteriosa sociedad alemana de la Rosa Cruz.

Publicó inmediatamente un libro titulado Instrucciones a Francia sobre la verdad de los hermanos de la Rosa Cruz, en el que denunciaba que los carteles tenían como objetivo la desestabilización del reino, que habiéndose propagado recientemente en Alemania, la hermandad llegaba ahora a Francia y que la nómina de los autores que reunían sus enseñanzas incluía a Fludd, Dee, Trithemius, Giorgi, de la Candele, Postus de Tirad, Bruno, Llul, Parcelso etc. Es el increíble relato de Nandé el que corrobora el impulso vital de los rosacruces y de su influencia.

Nandé expone la enorme influencia que han tenido la Fama y la Confessio y demuestra conocer algunas de las obras del médico y alquimista Michael Maier (1568-1622). Según Nandé la Fama había causado gran impresión en Francia, despertando esperanzas de que estuviese a punto de ocurrir un nuevo avance de la ciencia. Habla del descubrimiento de Nuevos Mundos, de la invención del cañón, de la brújula, del reloj y de los cambios que hubo en la religión, en la medicina y en la astrología. Los rosacruces –tal como los ve Nandé- traen una nueva Edad de conocimientos.

Habla de Ticho Brae, de Galileo y sus nuevos anteojos (el telescopio) y de la inminente instauración o renovación de las ciencias que prometen las Escrituras. Esto último –coincidimos con Yates- se acerca mucho a los ideales de Francis Bacon y su Nueva Atlántida. Muchas de estas tradiciones quedaron incorporadas en los rituales de la francmasonería.


6.- Los rosacruces y su influencia en la francmasonería

En trabajos anteriores nos hemos referido extensamente a la influencia rosacruz en el mundo masónico. Citaremos aquí los aspectos esenciales. La primera referencia indirecta de la relación entre rosacruces y masones aparece en un poema editado en Edimburgo en 1638, que en una de sus estrofas dice:

            Porque somos hermanos de la Rosa Cruz
            Tenemos la palabra del masón y una segunda vista,
            Podemos predecir correctamente las cosas que vendrán...

Aunque confuso, el texto parece referirse a los poderes mágicos de los rosacruces, entre los que aparece la palabra del masón. Ya hemos visto que en la masonería primitiva se menciona la pérdida del idioma original, circunstancia que aparece reiteradamente en el simbolismo masónico moderno y que se encuentra también en la cábala hebrea. Pero es en el grado 18° del Rito Escocés Antiguo y Aceptado en donde esta cuestión aparece con más claridad.

En la apertura de los trabajos, los vigilantes anuncian a los caballeros: Venimos a buscar la palabra perdida y con vuestra ayuda esperamos encontrarla... Gran parte de la ceremonia de ascenso a este grado gira en torno de esa búsqueda y su punto culminante es su hallazgo. Los trabajos se cierran a la hora en que ...la palabra sagrada fue hallada, cuando la piedra cúbica se transformó en rosa mística...

También en el Rito de Kilwinning –uno de los más antiguos- aparece la piedra cúbica sobre la que se coloca una rosa marchita. De igual modo que en el rito anterior, los caballeros lamentan la destrucción del Templo y marchan a un lugar desolado y oscuro en busca de la palabra perdida. Un antiguo ritual de 1887 dice que cuando la palabra perdida ha sido encontrada, ...el hombre recobra los derechos de su antiguo origen y la naturaleza se yergue...[9]

Es posible que esta tradición ya estuviese presente en la masonería inglesa a la llegada de los manifiestos rosacruces y que las tradiciones referentes a la pérdida de la palabra sagrada fueran introducidas con anterioridad por los cabalistas cristianos, de modo que las primeras sociedades rosacruces creadas en Inglaterra encontraron la “palabra del masón” en coincidencia con su propia tradición.

El primer documento impreso que prueba el vínculo entre masones y rosacruces es un opúsculo masónico del año 1676 que dice: ...Se avisa que la Asociación Moderna del Listón Verde, junto con la Antigua Hermandad de la Rosa Cruz, de los Adeptos Herméticos y de los Masones Aceptados, tienen la intención de cenar todos juntos el próximo 31 de noviembre...[10]

Treinta años antes, un hombre estrechamente vinculado al movimiento rosacruz, Elías Ashmole (1617-1692) era iniciado en la región del Lancashire: El propio Ashmole describe en su diario personal que fue admitido a una logia masónica en Warrington el 16 de octubre de 1646, en el que agrega una lista de personas iniciadas en la misma época.

Este testimonio es de enorme valor por cuanto es considerado el más antiguo documento privado que describe las circunstancias de la iniciación de un individuo en la francmasonería. Y no se trata de cualquier individuo. Ashmole fue un anticuario que coleccionó antiguos manuscritos y dedicó su vida al estudio de la cábala, la alquimia y la astrología. Fue uno de los 114 miembros fundadores de la Real Sociedad y en su colección de documentos puede hallarse una traducción al inglés –hecha de su puño y letra- de los tres manifiestos rosacruces alemanes. No sólo eso: Ashmole guardó una copia de una carta dirigida a los muy iluminados Hermanos de la Rosa Cruz solicitando ser admitido en la sociedad. Yates cree que esta carta fue un “acto privado” una suerte de plegaria que en realidad no estaba dirigida a nadie en particular.[11] Otros creen, por el contrario, que Ashmole formó parte del nutrido grupo de rosacruces que integraron la Real Sociedad entre los que también se encontraba Isaac Newton y Jean Theophile Désaguliers, cuyo papel en la fundación de la Gran Logia de Londres en 1717 lo ha convertido en uno de los padres de la masonería moderna.

Este conjunto de tradiciones, que hemos tratado de describir de manera ordenada, convergen finalmente en la leyendas masónicas. Podría decirse que toda la doctrina masónica está contenida en las leyendas que dan vida a cada grado y que estas son trasmitidas en el seno de las logias y los capítulos, en la Casa del Templo; en el templo que ha tomado como modelo al más famoso de nuestra tradición: El Templo de Jerusalén.


[1] Boisset, Yves-Fred;  La Reforma Paralela, Historia del Movimiento Rosacruz del siglo XVII, (GEIMME; Boletín 7, Madrid, 2006) pag. 220
[2] Callaey, ob.cit. Cap. VII, La Tradición Iniciática y la Francmasonería.
[3] Yates, Frances; “El Iluminismo Rosacruz” (México, Fondo de Cultura Económica 2001) p. 255
[4] Yates, Frances; “La filosofía oculta en la época isabelina” p. 263
[5] Godwin, Joscelyn; “Robert Fludd, Claves para una teología del Universo”  (Madrid, Editorial Swan 1987) p. 24
[6] Yates, ib. Pag. 133
[7] Boisset, Yves-Fred
[8] Ob. cit. ibidem.





sábado, 20 de noviembre de 2010

De la Piedra, Cristo y los masones




Hace algunos días, un Q.·.H.·. me llamó la atención sobre un pasaje de san Pablo en su Epístola a los cristianos de Efeso. Eso me llevó a reflexionar acerca de la sacralidad de los templos y de las tradiciones antiguas y modernas, pero principalmente en el valor simbólico que se le otorga a la piedra en nuestra cultura occidental.

Más allá de la importante tradición constructora de las antiguas culturas del Mediterráneo oriental, cuyas obras son muestra evidente de un profundo conocimiento técnico y de la dimensión sagrada del arte de erigir templos, lo cierto es que la masonería, tal como la conocemos, es fruto del espacio cultural cristiano. Es decir, se desarrolla en una geografía extendida en aquello que Raimon Panikkar denominaba especie cultural cristiana. Por lo tanto, estas antiguas tradiciones de las corporaciones de constructores de la antigüedad, se verán subsumidas y enriquecidas en un nuevo significado, propio del judeocristianismo.

En la iconografía cristiana, Dios es un Cosmocrator. Cristo asume el rol de constructor del mundo. Las figuras de Dios Padre y de Dios Hijo pueden observarse en infinidad de frescos en los que sostienen un compás en su mano. Es un compás con el que trazan la creación del mundo. Esta tradición dará lugar al nombre de Gran Arquitecto del Universo. Remitimos al lector a la imagen del poderoso cuadro de William Blake como muestra de la persistencia de esta imagen dentro del ideario religioso y poético de occidente.

Pero más allá de este vínculo entre la Divinidad y la construcción, el cristianismo ha dado a la piedra un significado profundo desde sus mismas raíces. Cristo, hablándole a san Pedro, le dice que sobre esa piedra –el propio Pedro- se edificará Su Iglesia. A partir de esta afirmación se construirá todo un contexto alegórico, una estructura figural y una simbología destinada a otorgar a la piedra una dimensión ontológica. Es decir, la piedra deja de ser sólo el material con el que se construye sino que toma la dimensión del propio constructor. Hay aquí una diferencia sustancial con el mundo pagano, que descubrimos en el mismo momento en que el hombre es comparado, alegóricamente, con la piedra.

Piedra es el propio Cristo, tal como nos lo indica san Pablo en su Epístola a los cristianos de Efeso, cuando les dice que “Ya no son extranjeros ni forasteros, sino que son ciudadanos del pueblo de Dios y miembros de la familia de Dios. Están edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular. Por él todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor. Por él también ustedes se van integrando en la construcción, para ser morada de Dios por el Espíritu”.

El cristiano se convierte en piedra potencial del Templo Consagrado. Pero potencial en tanto que -como luego encontraremos reafirmado en los Padres de la Iglesia y en la concepción figural del monasticismo benedictino- no cualquier piedra puede insertarse en el sagrado muro sino una que haya sido previamente cuadrada. De allí, a la dimensión simbólica de la piedra en bruto que debe cuadrarse, señalada con meridiana claridad por san Beda en el siglo VIII, hay sólo un paso.

Esta cualificación de la piedra cuadrada (llamada cúbica por los masones) como símbolo del cristiano apto para la integración del Templo Consagrado, la encontramos fuertemente difundida en los siglos VIII y IX. Pero lejos de culminar su ruta como modelo de transformación, la piedra convertida en símbolo del hombre que trabaja sobre sí mismo, alcanza una expresión superior en Honorio de Autum (circa 1080 - post 1125), que exigirá a todo hombre que construye literalmente una iglesia, que sea un Hominus Cuadratus, un hombre en escuadra, alguien que haya conseguido hacer de su piedra en bruto una capaz de encontrar su sitio en la construcción del Templo. El artista no sólo debía entrenarse en su técnica y su habilidad, sino también en la praxis de una moral cuyos ejemplos debía buscar en las sagradas escrituras. Al leer la obra de Teófilo acerca de las técnicas del arte, titulada Diversarum Artium Schedula  -considerada muy importante por su significación técnica- nos encontramos con el concepto de que un hombre que construye un Templo no puede menos que reconocer la premisa de la construcción de un templo interior en el que reine la virtud, misión a la que está convocado a partir del aprendizaje en el uso de las herramientas. Esta simbología será recogida y desarrollada a niveles extraordinarios por la propia tradición de los masones primitivos, los constructores de catedrales.

Mientras que en el mundo pagano la construcción de los templos quedará para la mano de obra de los esclavos, en el mundo cristiano cada eslabón de la larga cadena, desde la cantera hasta los capiteles más delicados, quedará en manos de hombres que son concientes de la obra que realizan y que, además, seguramente no la verán terminada. Podríamos citar innumerables ejemplos de pueblos enteros arrastrando los carretones que llevan a las grandes piedras desde la cantera a la obra. Ya no importa si se trata del tosco cantero que arranca una astilla de roca a la montaña, o si de los peones aprendices que trasladan aquellas moles inmensas al local de la logia, o si de los artistas que llegan a esculpir las nervaduras de las hojas de acanto en los perfiles de las columnas de piedra. Lo que verdaderamente importa es que son hombres libres, que han abrazado, por vocación o tradición familiar, una profesión que los mantiene en contacto con lo sagrado, hasta convertirlos en parte misma del Templo.

La masonería moderna es –debiera ser- heredera de este espíritu, que se banaliza cuando queda reducida a una institución que socializa, que centra su acción únicamente en su indudable capacidad de diálogo y confraternidad entre los pueblos o se limita a la beneficencia y la filantropía. Todo esto forma parte de la masonería moderna: Sociabilidad, confraternidad, defensa de los derechos humanos, lucha por la libertad de los pueblos e igualdad de las personas. Pero todo ello si primero anteponemos el ADN de aquella semilla plantada hace ya siglos, en la que germinó un método de transformación interior que vuelve al animal humano un hombre espiritual capaz de comprender y trasmutar su propia naturaleza. 

lunes, 11 de octubre de 2010

Masonería y Doctrina: Un texto de San Efren


La Masonería Rectificada nos propone una doctrina, palabra que suele espantar a los masones liberales. No hay enseñanza sin doctrina y la Masonería, como escuela, no puede prescindir de ella. En el caso de la Masonería Cristiana del RER (Rito Escocés Rectificado) la doctrina proviene de dos fuentes específicas a las que ya hemos hecho referencia reiterada en este blog:


La primera es la Tradición Cristiana indivisible, nutrida por las enseñanzas de los Padres de la Iglesia. Esta frase merece una profunda meditación, pues la realidad es que esta tradición es hoy poco conocida y no son muchos –lamentablemente- los cristianos que se detienen en el estudio de los Padres. Ni siquiera comprenden a ciencia cierta qué implica la Paternidad Espiritual y por qué razón llamamos Padres a aquellos que han legado estas enseñanzas cuyo estudio constituye una materia específica denominada patrística.

Pero esta sola referencia espanta a la masonería liberal: “Paternalismo”- tal como lo sugiere el prólogo del ensayo de Gabriel Bunge acerca de “La Paternidad Espiritual en Evagrio Póntico”- es en la actualidad un término peyorativo, pues vivimos en una época sin padre (y sin madre) celebrada por muchos como una liberación…

La segunda es la doctrina esotérica de Martinez de Pasqually, que no ha llegado no sólo por su propia pluma (El Tratado para la Reintegración de los Seres) sino por las enseñanzas y el ejemplo de dos de sus discípulos, Saint Martín y Willermoz. Este último es, sin dudas, el gran arquitecto de la Reforma que llevaría al nacimiento del Régimen Escocés Rectificado en el Convento de Wilhelmsbad en 1782.

Los temas que nos presenta la doctrina del RER son de una profundidad espiritual que nos impone responsabilidad; pues tal como lo expresaba Beda, a aquellos que van a construir un Templo primero se les pide que cuadren su propia piedra y que se conviertan –como más tarde advertiría Teófilo en sus manuales de construcción- en Homines Cuadrati.

Hace pocas semanas tuve oportunidad de leer, en un monasterio benedictino, un texto de San Efrén, monje del siglo V, sacado de su obra El arpa del Espíritu Santo. Este texto habla de la fuente inagotable que el cristiano encuentra en las enseñanzas del Evangelio si se empeña en ello. Su lectura requiere de cierta sensibilidad que, estoy seguro, encontrará eco en el alma de muchos lectores. He aquí el texto:

            ¿Quién es capaz, Señor, de penetrar con su mente una sola de tus frases? Como el sediento que bebe de la fuente, mucho más es lo que dejamos que lo que tomamos. Porque la palabra del Señor presenta muy diversos aspectos, según la diversa capacidad de los que la estudian. El Señor pintó con multiplicidad de colores su palabra, para que todo el que la estudie pueda ver en ella lo que más le guste. Escondió en su palabra variedad de tesoros, para que cada uno de nosotros pudiera enriquecerse en cualquiera de los puntos que concentran su reflexión.

            La palabra de Dios es el árbol de la vida que ofrece el fruto bendito desde cualquiera de los lados, como aquella roca que se abrió en el desierto y manó de todos lados una bebida espiritual. Comieron –dice el Apóstol- el mismo manjar espiritual y bebieron la misma bebida espiritual.

            Aquel, pues, que llegue a alcanzar alguna parte del tesoro de esta palabra no crea que en ella se halla solamente lo que él ha hallado, sino que ha de pensar que, de las muchas cosas que hay en ella, esto es lo único que ha podido alcanzar. Ni por el hecho de que esta sola parte ha podido llegar a ser entendida por él, tenga esta palabra por pobre y estéril y la desprecie, sino que, considerando que no puede abarcarla toda, dé gracias por la riqueza que encierra. Alégrate por lo que has alcanzado, sin entristecerte por lo que te quede por alcanzar. El sediento se alegra cuando bebe y no se entristece porque no puede agotar la fuente. La fuente ha de vencer tu fe, pero tu sed no ha de vencer la fuente, porque si tu sed queda saciada sin que se agote la fuente, cuando vuelvas a tener sed podrás de nuevo beber de ella; en cambio, si al saciar tu sed se secara también la fuente, tu victoria sería en perjuicio tuyo.

            Da gracias por lo que has recibido y no te entristezcas por la abundancia sobrante. Lo que has recibido y conseguido es tu parte, lo que ha quedado es tu herencia. Lo que, por tu debilidad, no puedes recibir en un determinado momento, lo podrás recibir en otra ocasión, si perseveras. Ni te esfuerces avaramente por tomar de un solo sorbo lo que no puede ser absorbido de una vez, ni te desmotives por pereza de lo que puedes ir tomando poco a poco.

Hasta aquí el texto de Efrén. Los masones cristianos, a diferencia de aquellos que abominan de las “doctrinas” por considerarlas enemigas del librepensamiento, tenemos ante nosotros una fuente inagotable de sabiduría espiritual a la que podemos recurrir una y otra vez según nuestro momento y nuestra capacidad. Su esencia está claramente expuesta en nuestros rituales, que los “liberales” han heredado y desguazado hasta convertirlos en híbridos que apenas conservan una cáscara envejecida.  

Sabemos que estos textos son aquella roca del desierto de la que manó una bebida espiritual y nos alegramos de que esta sea inagotable. Porque nuestro trabajo es hallar la sabiduría escondida en la piedra; encontrar la forma que encierra con las herramientas que la masonería nos ha otorgado ¿No es acaso éste el mayor misterio de la Iniciación?

viernes, 24 de septiembre de 2010

Masonería Medieval. Contexto Histórico



Como el caracol que guarda el misterioso sonido de un mar pretérito, las piedras de las viejas abadías benedictinas y de las inmensas catedrales erigidas en el centro mismo de la ciudad medieval, conservan la marca de estos hombres y el eco de sus mazos y cinceles, testigos de una nueva cultura que ellos mismos ayudaron a gestar edificando Templos a la Virtud.  



El nacimiento de las guildas

Hacia los siglos XI y XII, las tensiones acumuladas en el seno de Europa durante el primer milenio del cristianismo se encaminaban a su destino y, en ese desarrollo incipiente de las bases de una nueva conciencia y una nueva sociedad, comenzaban a tomar forma algunas estructuras que podemos considerar antecesoras directas de la Masonería Operativa. Aparecen las primeras asociaciones de hombres dedicados al oficio de construir, ligados en un primer momento a las órdenes monásticas, principalmente las de Cluny y el Cister. Pero también es el momento de la aparición de los primeros antecedentes de las corporaciones gremiales de la Baja Edad Media y el renacimiento de la cultura urbana. Las ciudades comienzan a resurgir de un largo y oscuro letargo.

En esos años se invierte en Europa el flujo de las invasiones. Son los años en que Guillermo el Conquistador unifica la política normanda a ambos lados del Canal de la Mancha, en que su primo Roberto Guiscardo navega hasta Sicilia y que Bohemundo, duque de Pulla y Calabria hace flamear el estandarte de Tarento en las torres de Antioquía. El comercio se expande por el Mediterráneo a través de las flotas de Venecia, Pisa y Génova, que logran franquicias y bases en los nuevos estados cristianos de Siria. Se insinúa una nueva cultura agraria y un incipiente desarrollo de las potencias productivas, que van a generar un flujo inédito de divisas hacia los grandes conglomerados urbanos. Los monasterios son centros de enorme irradiación espiritual e intelectual y aparece un arte que se expande casi simultáneamente en una vasta geografía: el Románico. Los mismos años en que el encendido Bernardo de Claraval llama a los barones de Occidente a dar la vida por la Cruz y en que su sobrino Hugo de Payens le pide una regla para la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo del Templo de Jerusalén que acaba de fundar junto a otros ocho caballeros cruzados.

Y son también los años en que el obispo Suger, abad de Saint-Denis, en cuya cripta descansan todos los reyes de Francia, pone los cimientos de un nuevo arte al que ha quedado atada definitivamente la francmasonería: El Gótico.

Aun considerando a priori que no podemos ir más allá de un esbozo, ¿Cómo podemos comprender a la Masonería sino en el contexto de todos estos hechos y muchos otros? ¿Cómo separar a la conformación de las corporaciones y los gremios de oficios de los nuevos factores económicos que surgen de estas nuevas condiciones? ¿Cómo disociar las nuevas fuerzas productivas que surgen en el continente del renovado impulso que implica la construcción casi simultanea de centenares de obras inmensas que aún hoy nos conmueven?

Luego de un largo proceso que algunos se empeñan en denominar oscuro, pero en el que se ha gestado una nueva Europa, comienzan a emerger nuevas potencias. Al principio sólo unas pocas islas en las que el conocimiento ha permanecido a resguardo, tras los muros de las antiguas abadías que conservan unos cuantos textos preservados y alguna reliquia de sus fundadores. Apenas algunos pequeños grupos de teólogos en las cortes de algún rey guerrero de renombre. Sin embargo, “...al menos, estos centros de estudio, estas bibliotecas, estos tesoros cuyos más hermosos camafeos llevaban el perfil de Trajano o de Tiberio, aseguraron, a través de una cadena ininterrumpida de renacimientos ingenuos y fervientes la permanencia de una cierta idea del hombre: la estética de Suger, la ciencia de Santo Tomás de Aquino, el florecimiento gótico y la voluntad de liberación que este llevaba consigo, tienen sus raíces en aquellos islotes de cultura perdidos en medio de la rusticidad, de la brutalidad del año mil...”

Para comprender todas estas fuerzas se hace necesario analizar algunos puntos en particular:

1.- En primer lugar resulta preciso entender los sentimientos que anidaban en la humanidad que se enfrentaba y se estremecía con la llegada del segundo milenio de la cristiandad. La fecha 1033, año en el que se cumplían 1000 años de la pasión de Jesús, ha quedado grabada por la pluma de muchos hombres que nos permiten una observación privilegiada sobre la Europa del siglo XI.

2.- La segunda cuestión es la aparición repentina de un arte nuevo. El arte y la arquitectura del siglo XI representan un desafío a los historiadores y una clave para los masones, puesto que es un arte en el cual se reconoce un “proceder iniciático” como ha sido admitido por grandes medievalistas. La expansión del románico, las artes figurativas que complementan esta nueva visión de la arquitectura y aun la música y la liturgia establecen una nueva forma de comunicar y educar. La cuestión de la expansión del románico y la irrupción posterior del gótico no son procesos espontáneos, sino que se inscriben en una nueva “pedagogía”. Y para que una cosa así ocurra debe haber existido necesariamente un plan, puesto que resulta evidente que se trata de un arte concebido “...para la instrucción de las masas...expresado en un lenguaje accesible a todos...”

3.- Para que este resurgimiento del arte y la arquitectura haya sido posible y a su vez se haya concebido en términos de un plan a desarrollar sobre una geografía tan vasta, deben necesariamente haber existido condiciones económicas que modificaron la realidad social, su composición, las fuerzas productivas que en ella actuaban y los recursos materiales y humanos para llevarlo a cabo. En este esquema, la figura del masón adquiere su realidad histórica, puesto que construye en base a un proyecto pedagógico. En ese proyecto, el masón primero, la logia luego, y finalmente la Masonería, comienzan por ser una herramienta hasta convertirse, con el tiempo, en una fuerza consciente de esta nueva pedagogía, poseedora de un conocimiento que, como el arte que inspira, es iniciático. Los factores económicos establecerán nuevos tipos de asociación entre artesanos y trabajadores de oficios. Finalmente, la agrupación de individuos inspirados por los mismos símbolos, exaltados por los mismos arquetipos en su imaginación y abocados a una tarea en la que se hacen necesarias vías de transmisión de información y conocimiento, les impone constituir un mecanismo asociativo particular: La Logia.
4.- El cuarto punto que no es posible desconocer es que en esa sociedad, en la que las estructuras feudales alcanzan su apogeo, surge también una nueva moral atada al ideal caballeresco, que no sólo no está en contradicción con esta gran expansión artística espiritual y económica sino que es también su consecuencia. La caballería comienza por ser un componente militar pero deriva rápidamente en una nueva elite de individuos que han redescubierto el mito de héroe y se lanzan a su aventura personal con un código moral nuevo. La necesidad de combinar las artes caballerescas y la vocación espiritual heredada del amor a la vida monástica da como resultado a las ordenes militares, cuya influencia en la francmasonería ha sido lo suficientemente tratada en los últimos años por importantes medievalistas.

Conviene comenzar con una visión general del siglo XI, y nada mejor para ello que las palabras del monje Raúl Glaber, citadas en infinidad de ensayos y tratados, pero que reflejan con enorme fuerza testimonial el espíritu de aquellos años: “...Al acercarse el tercer año que seguía al año 1000, se vio en casi toda la tierra, pero especialmente en Italia y en la Galia, reedificar los edificios de las iglesias; aunque la gran mayoría bastante bien construidas, no lo necesitaban en absoluto. Una auténtica emulación impulsaba a cada comunidad cristiana a tener una iglesia más suntuosa que la de sus vecinos. Se hubiera dicho que el mundo se sacudía para despojarse de su vetustez y se revestía por todas partes de un manto blanco de iglesias. Entonces casi todas las iglesias de las sedes episcopales, las de los monasterios consagradas a cualquier santo e incluso las pequeñas capillas de las aldeas fueron reconstruidas por los fieles con gran belleza...” Otros testimonios lo corroboran, como el del obispo Thietmar de Merseburg: “...habiendo llegado a los mil años de la concepción del Cristo Salvador por la Virgen sin pecado, se vio brillar en el mundo una mañana radiante...”

No hay dudas de que se trata de un amanecer para unos pocos, y que sólo la cúspide de la pirámide feudal, sólo un pequeño grupo de hombres alrededor del señor o del obispo puede percibir los efectos de este cambio. Pero paulatinamente Europa va dejando atrás los difíciles años de las grandes hambrunas, la miseria y la angustia. Jacque Heers define así aquel momento: “...en estos años se confirmó un amplio movimiento, desigual y más o menos precoz, que afectó a todos los países de Occidente y les confirió un nuevo equilibrio económico y humano a cambio de encarnizados esfuerzos llevados a cabo durante siglos. No hay dudas de que este florecimiento de Europa estuvo provocado por un fuerte crecimiento demográfico que hizo necesaria la búsqueda de nuevas tierras y nuevas actividades...” Las causas de este empuje demográfico son diversas.

Muchos autores coinciden en que el esfuerzo continuo por mejorar las técnicas de producción agraria comienza a dar resultados positivos hacia fines del siglo X, principalmente dentro de las vastas porciones de tierra bajo el dominio monástico. Estos avances aceleran la actividad de desmonte y modifican paulatinamente la dieta alimentaria lo que permitirá, con el tiempo, pasar de una economía de supervivencia a una que asegura, siempre dentro de ciertas limitaciones, comer todo el año. Sin embargo, y hasta bastante entrado el siglo XI se producen todavía graves crisis de subsistencia entre las que cabe mencionar la grave hambruna del año 1033. Entre las consecuencias de esta presión demográfica se debe incluir la expansión militar, política y religiosa de Occidente. Las cruzadas son una de esas consecuencias, pero también lo son los hechos de armas que intentan recuperar en España los territorios bajo dominio islámico y las invasiones alemanas a los territorios eslavos de Europa oriental.

Pero, a más largo plazo, dice Heers, “...las transformaciones sustanciales sufridas por la economía occidental constituyeron un factor mucho más decisivo...” : Desarrollo del Comercio Internacional; Ocupación de las ciudades y surgimiento de la sociedad urbana; Crecimiento de la cantidad de mano de obra y orígenes de la vida industrial. A lo que debe agregarse el ya mencionado avance de la economía agraria.

En este contexto, algunos autores preferirán encontrar en medio de estas transformaciones económicas las causas de la aparición de los gremios medievales ,otros indicarán sus orígenes en las asociaciones religiosas constituidas en torno a los grandes monasterios o como consecuencia e imitación de las corporaciones mercantiles surgidas en las grandes ciudades mediterráneas. Lo cierto es que, hacia fines del siglo XI, aparecen las cofradías (fraternitates – caritates), los gremios de oficios y -entre ellos- las guildas de constructores que se extienden con rapidez vertiginosa.

En pocos años aparecen en ciudades tales como Maguncia, Worms, Wurtzbourg, Rouen, Colonia. Hacia fines del siglo XI ya están establecidas en Inglaterra - bajo la denominación de “craftgilds”- en Oxford, Huntington, Winchester, Londres, Lincoln y en infinidad de pequeñas villas, al igual que en el resto del continente. Europa está a punto de concebir a la masonería operativa.

Podrán o no coincidir los autores con relación a los orígenes pretéritos de la Orden, pero todos coinciden en cuanto a su vínculo con los gremios y las “guildas de constructores” medievales.

Probablemente deberíamos establecer en primer término a qué nos referimos por “guildas de constructores”. ¿Hacemos mención a los Arquitectos? ¿A los Canteros? ¿A los tallistas de piedra franca (mármol)? Todos estos oficios intervenían en la construcción, y también los carpinteros, los herreros, los talabarteros... los vidrieros etc. Por lo tanto, podríamos adoptar el criterio de referirnos a los gremios en un sentido más genérico que el de “albañil”. Si la Logia era una especie de fábrica en la cual, no sólo se planificaba sino que también se dirigía y, fundamentalmente, se garantizaba la continuidad de una obra cuya ejecución demandaría años y hasta “generaciones” enteras de artesanos y trabajadores, es lógico incluir -entre sus múltiples actividades- la coordinación de obreros y oficiales especializados en los más diversos oficios.

Existen numerosos estudios en torno al origen de las corporaciones de arquitectos y de los gremios de artesanos en general; es así como -en líneas generales- aún en este siglo muchas investigaciones han seguido el camino de los eruditos de principios del siglo XIX, en cuanto a considerarlos una continuación de los “collegia fabrorum” de la antigua Roma. Muchos de estos trabajos han resultado un aporte importante al estudio de la economía en la Edad Media y vale la pena hacer algunas menciones. Henri Pirenne, en su tratado clásico sobre economía medieval dice que, pese a que se supuso por mucho tiempo que los collegia habían sobrevivido a las invasiones germánicas, “... ninguna prueba se ha podido aducir a favor de tal supervivencia al norte de los Alpes, y lo que se sabe de la absoluta desaparición de la vida municipal a partir del siglo IX nos permite admitirlo” Para el sabio belga, sólo en las regiones de Italia que permanecieron durante la Edad Media bajo la administración bizantina pudo haberse conservado alguna forma de organización heredada de los collegia, “... pero este fenómeno es demasiado local y de importancia demasiado mínima para que de él se derive una Institución tan general como la de los gremios...”

Las opiniones son absolutamente divergentes aun entre los autores de las obras más importantes relacionadas con este tema. Algunos estudiosos, como P. S. Leicht, que ha escrito numerosos trabajos al respecto pero en particular “Corporazioni romane e arti medievale” sostienen -al igual que Pirenne- que la influencia de los collegia se reduce al territorio italiano y prefiere ver el origen de las corporaciones gremiales en algunas formas de asociación desarrolladas en Renania y en el norte de Francia por la política de los carolingios. En cambio, en la misma época, otro italiano, M. G. Monti, rechazaba cualquier posibilidad acerca de alguna supervivencia de los colegios romanos y negaba tal origen para las corporaciones medievales aun en Italia.

Del mismo modo, algunos estudiosos de la economía medieval han creído ver su origen en el derecho señorial, denominado “hofrecht”. Según esta idea, las asociaciones de artesanos se habrían desarrollado dentro de los grandes señoríos y dominios surgidos desde la época carolingia y posteriormente. Los artesanos, organizados dentro de cada latifundio por el señor, actuaban, según esta visión, bajo la vigilancia de jefes que regían el comportamiento de cada oficio, así como su producción y el producido de la misma. Se trata en definitiva de siervos especializados en un oficio cuya actividad está reglada por el señor al que pertenecen. Se ha tratado en vano de establecer el punto en el cual estas asociaciones de oficios recibieron autorización para abrir su actividad más allá de los límites del señorío o, simplemente, para trabajar para el público. Esta línea de razonamiento sostiene que esto sucedió en algún momento del siglo XI y que, entonces, algunos hombres libres ingresaron en estas cofradías que, con el tiempo, pasaron de asociaciones serviles a ser gremios autónomos.

Los criterios que actualmente prevalecen en cuanto a la formación de los gremios se inclinan a la libre asociación. El crecimiento de las ciudades y villas que se registra a partir del siglo XI, provoca un auge hasta entonces desconocido en torno a los oficios que tiene relación directa con un proceso industrial incipiente. El crecimiento de individuos participantes de una misma actividad industrial o artesanal impone la necesidad de asociación por múltiples motivos: la defensa común, la asistencia mutua, la caridad entre los miembros que la componen, la defensa frente a la competencia, la regulación de la actividad etc. Es probable que se hayan tomado como antecedentes a las asociaciones mercantiles, ya ampliamente difundidas en la Europa mediterránea y también a las de carácter religioso surgidas en torno a los monasterios y los grandes latifundios cistercienses.

El segundo factor que interviene en este criterio es el del poder público. Muchos autores -entre ellos el ya mencionado Henri Pirenne- creen que “...Por más importante que haya sido la asociación, no bastó, sin embargo, para provocar la constitución de los gremios. Es preciso conceder un amplio lugar , fuera de ella, al papel que en esta formación desempeñaron el o los poderes públicos...” Esta apreciación se basa en el hecho de considerar la supervivencia, durante la Edad Media, de cierto poder de policía por parte del Estado -léase aquí por Estado a cualquier poder público sea este real, municipal u episcopal- en cuanto al monopolio de las pesas y medidas y las estructuras de comercialización de bienes y mercancías. Avanzado el siglo XII, estas asociaciones gremiales caerán irremediablemente bajo el control comunal y serán finalmente legisladas en las primeras constituciones urbanas. De esta época provienen la mayoría de los documentos que se consideran antecedentes directos de las “Constituciones” masónicas modernas. Como hemos visto en anteriores trabajos, muchos de estos documentos son de neta inspiración en las Constituciones de sesgo cluniacense.

Imaginemos por unos momentos la vida de estas asociaciones. Imaginemos unos instantes estas potencias que comenzaban a despertarse en una Europa que poco a poco veía poblar nuevamente sus ciudades... “tapizada por un blanco manto de iglesias”, salpicada de un sinnúmero de enormes obras que se comienzan a construir casi simultáneamente y que van a movilizar en los años sucesivos una inmensa cantidad de toneladas de piedra. Una sociedad en la que grupos de hombres, diestros en distintos artes y oficios, bajo protección comunal o episcopal, comienzan a establecer vínculos profesionales en una época en donde surgen los grandes pensadores del medioevo.

Desde una visión netamente económica, los gremios y corporaciones medievales son grupos absolutamente privilegiados. El poder público no solo les otorga la exclusividad del oficio que ejercen sino que se la garantiza y protege. A cambio, las corporaciones pagan una franquicia. Sin embargo, al menos en el siglo XI y gran parte del XII los gremios están aun muy lejos de la autonomía. Sus estatutos y reglas son dictadas por el poder municipal, carecen de libertad para administrarse y no tienen injerencia más allá de las “cuestiones del arte”; pero ya existe una estructura básicamente constituida por maestros, compañeros (oficiales asalariados) y aprendices.

Escuchemos como describe un economista -Pirenne, nuevamente- a esta estructura: “...Los miembros de toda corporación se reparten en categorías subordinadas entre ellas: los maestros, los aprendices y los compañeros. Los maestros constituyen la clase dominante de la que dependen las otras dos. Son pequeños jefes de talleres, propietarios de la materia prima y de los utensilios. El producto fabricado les pertenece, por consiguiente, y todas las ganancias de su venta se quedan en sus manos. A su lado los aprendices se inician en el oficio bajo su dirección, puesto que nadie puede ser admitido en el ejercicio de la profesión sin garantía de aptitud. Los compañeros, en fin, son los trabajadores asalariados que terminaron su aprendizaje, pero que no se han podido elevar aún a la categoría de maestros... El número de estos es limitado, ya que es limitado a las exigencias del mercado local, y la adquisición de la maestría se halla sometida a ciertas condiciones (pago de derechos, nacimiento legítimo, afiliación a la burguesía) que hacen dicha adquisición bastante difícil...”

Es una descripción familiar para cualquier masón. Sin embargo, en realidad, está haciendo referencia a gremios de carácter “local”, establecidos en villas y ciudades, sin “movilidad”. Sus privilegios están limitados al área sobre la cual gobierna la comuna o el obispo que los protege.

Las guildas de constructores contaron necesariamente con privilegios adicionales, privilegios que a su vez les permitieron una libertad difícilmente accesible para los hombres del siglo XI, una libertad que, como era de esperar, formó hombres diferentes. La necesidad de contar con estas verdaderas superestructuras industriales itinerantes, capaces de desplazar maestros de oficio, artesanos, obreros y personal de todo tipo, capaces a su vez de mover grandes volúmenes de materias primas y erigir, simultáneamente, las más grandes obras que jamás haya construido el occidente, partió de un arte nuevo. El arte románico.

Su aparición, a mediados del siglo XI, es de gran importancia para comprender el desarrollo ulterior de las grandes corporaciones que construyeron las grandes catedrales. En efecto, la arquitectura que surge del arte románico, ofrece un testimonio extraordinario de la aceleración histórica que, a mediados de este siglo une a los progresos materiales las transformaciones sociales y las mutaciones espirituales. Jacques Le Goff, afirma, basándose en los trabajos sobre el humanismo románico llevados a cabo por Pierre Francastel, “ la existencia de una ruptura profunda en el ideal estético hacia los alrededores del año 1050. Esto permite fijar un punto de partida para el estilo románico y acentúa la importancia histórica de una fecha ya considerada como particularmente notable...” y continúa: “...Pierre Francastel descubre de este modo a mediados del siglo XI “una voluntad nueva de coordinación con relación a la bóveda de las diferentes partes del edificio cristiano”. No se podría simbolizar mejor el esfuerzo de síntesis que, en todos los ámbitos, va a inspirar la expansión del mundo occidental...”

Lo que describe Francastel es una profunda renovación artística que tiene lugar y es consecuencia de un profundo renacimiento espiritual, cuya expresión más acabada son las grandes abadías románicas. Y esta renovación no está limitada a un nuevo concepto arquitectónico sino al arte que lo expresa: “...Sus muros y sus bóvedas de piedra tallada, las extraordinarias decoraciones de sus tímpanos y capiteles esculpidos, o en sus frescos naturales que en muchos casos sólo han sido descubiertos a partir de principios de este siglo...”

Se lo denomina arte románico en la medida en que deriva directamente del arte romano y se inspira en el estilo de las Basílicas y de las ciudades latinas. Por otra parte, y tal como lo afirma Heers “...era netamente distinto a las expresiones artísticas propias de los reinos bárbaros de la alta edad media y del arte cristiano oriental..” Preocupados por aliviar las paredes y contrarrestar el empuje de las bóvedas, los arquitectos que desarrollan el románico centran sus esfuerzos en desarrollar la columna y el arco, inventan el triforio y toman de los bizantinos la bóveda de pechinas. Los enormes muros descansan en contrafuertes sólidos. Las naves se estrechan modificándose la planta de la basílica romana tomando la forma de cruz.

Algunos autores sostienen que el gran arte románico solo se impone primeramente en los países del mediodía. Sus características no son en principio uniformes y varían de una región a otra. Heers, Le Goff, Duby y muchos otros medievalistas coinciden en que sus orígenes son muy complejos. Pero básicamente podemos convenir en que han existido dos antecedentes fundamentales del arte románico: Un arte románico primitivo heredado de la arquitectura carolingia y un arte románico primitivo meridional en el que las artes decorativas, las tallas, los frescos y el mobiliario, son mucho más destacados.

Después del año 1050, estas tradiciones e innovaciones artísticas y arquitectónicas triunfaron y se difundieron en toda Europa. Constituyeron un arte original que alcanzó su apogeo en las grandes abadías benedictinas, especialmente las de la Orden de Cluny. Fue en esta misma época en donde comienzan a aparecer registros concretos de una gran cantidad de guildas y gremios, concretamente vinculados a la construcción de estas grandes Iglesias Abaciales, desplazándose por los caminos de las grandes peregrinaciones, difundiendo el nuevo arte, y con él, el complejo simbolismo que desarrolla el románico. Es el punto en que las grandes abadías matrices alcanzan la cúspide de su prestigio.

Actualmente existe cierta opinión generalizada de que los maestros albañiles de Milán y Como –conocidos como “Magistri Comacini”- tuvieron activa participación en una nueva forma de construcción difundida en Lombardía desde el año 1000 y que se inscribe en un arte románico primitivo meridional del cual se han ocupado in extenso autores como L. Grodecki. Su influencia llegó al litoral mediterráneo de Francia y Catalunia y por los valles del Ródano y el Saona hasta Borgoña y los valles alpinos.

Los hombres que se desplazaban siguiendo las rutas de la expansión artística del románico, sumaron un privilegio adicional a la ya privilegiada condición de su oficio: Eran hombres liberados de los límites del señorío; estaban más allá del poder territorial del feudalismo -que arribaba por entonces a su cúspide- y contaban con una herramienta que muy pocos hombres de la época disponían: el ver al mundo más allá del lugar de nacimiento. Algunos registros conservados en los archivos de la catedral de Santiago de Compostela, en la iglesia real de San Juan Bautista de León y en la catedral de Jaca, dan cuenta de una gran cantidad de tallistas de piedra que, venidos del otro lado de los Pirineos, trabajaron en estas construcciones. Estas mismas guildas dejaron su huella en toda la arquitectura cluniacense en la baja Borgoña y en el norte de España.

Antes de que el siglo XI expirara, el mundo había sufrido una gran transformación. Siglos después de la desaparición del viejo estado romano, aquellas culturas provenientes de las planicies y estepas de la Europa profunda a las que se denominó “pueblos bárbaros” habían logrado dar forma a una nueva forma de civilización que debía encontrar su propia expresión iniciática. Durante mucho tiempo estos pueblos colisionaron con la cultura celta dominante en el norte y con la latina, que nunca cedió del todo su influencia en la Europa meridional. A lo largo de ese inmenso interregno de siglos ascendieron y descendieron los reyes de la casa merovingia; los carolingios, con su “rex bellator” a la cabeza, establecieron las bases de la sociedad feudal; los monjes de Benito de Nursia salvaron lo que pudieron y algunos hombres recogieron -en canciones que nunca se olvidarán- la gesta de unos pocos campeones que salvaron al mundo de la ola musulmana. Europa occidental se fue alejando poco a poco de los antiguos patriarcas del cristianismo bizantino, y no es una mera coincidencia de que en ese mismo siglo XI, en 1054, los legados del papa dejaran sobre el altar de Santa Sofia la bula que excomulgaba al emperador Miguel Cerulario sellando la división que pronto cumplirá mil años y aun se dirime en los Balcanes. En la medida en que se alejaba de los antiguos padres, se convertía en el eje mismo de una nueva civilización que volvería a cruzar las puertas de Jerusalén tras el ejército de los francos y loreneses que comandaban Godofredo de Bouillón y Raimundo de Tolosa.

El siglo XI expiraba, pero el pensamiento occidental había nacido. Pronto se volvería consciente de sí mismo. La razón encontraría un lugar... y también el progreso. En medio de este clima que tanto amaba describir Raul Glaver repicaban los cinceles de los tallistas, los canteros arrancaban a la tierra sus entrañas y los hombres se constituían en asociaciones para protegerse mutuamente. Los abades competían entre sí por quien construía la iglesia más bella, mientras los papas llamaban a la cruzada y las gentes iniciaban con el desmonte sistemático una de las transformaciones topográficas más extraordinaria de la historia humana.

En ese mundo, donde aún estaba todo por hacer, es muy posible que haya existido ya algún tipo de masonería operativa incipiente, una “protomasonería” limitada a un grupo de hombres a los que se les reconocía la posesión de una habilidad, un oficio que les permitía reunir bajo su dirección a compañeros y aprendices a los que protegían y a la vez explotaban. Estos maestros eran el brazo que ejecutaba parte de ese plan civilizatorio que necesitaba una arquitectura propia, un arte que expresara en símbolos lo que el pueblo aun no podía comprender más que en términos figurativos. Eran, en definitiva, los que hacían posible esa “pedagogía de masas” que había sido lentamente diseñada por los grandes abades del movimiento monástico benedictino. Pero nunca sabremos hasta qué punto tenían conciencia de su parte en esa obra. Ni sabremos tampoco cuántos de ellos, si acaso alguno, conocían las historias que sobre el Templo de Salomón había escrito el monje inglés Beda, inmortalizado en la famosa Glosa Ordinaria escrita por otro benedictino: Walafrid Strabon.

Pero ya no estaba lejos el día en que llegarían las primeras logias operativas.

(c) Monjes y Canteros, Eduardo R. Callaey (Buenos Aires - Dunken - 2001)

lunes, 6 de septiembre de 2010

De Dan Brown y de las Claves de su Símbolo Perdido, en Praga


Quisiera compartir con los lectores de Temas de Masonería dos buenas noticias en torno a mi último libro, que intenta arrojar alguna luz en el mar de confusión que dejó como estela la novela de Dan Brown "El Símbolo Perdido", libro que escribí con Ana Lía Alvarez, quien aborda la cuestión de la Ciencia Noética. La primera de las buenas noticias es que el libro ya se vende en Argentina, en la cadena Cúspide; la segunda es que se ha traducido al checo y se acaba de publicar en Praga bajo el sello de la prestigiosa editorial Mladá Fronta. Esta es la portada de la edición checa de "Las Claves Históricas del Símbolo Perdido":



La novela de Brown es justamente eso: Una ficción. Sin embargo y más allá de las inmensas licencias que se ha tomado en torno a la descripción del espíritu masónico, culmina llevándonos nuevamente al misterio de Dios.  Un misterio que la masonería aún guarda en su seno y que muchos no consiguen hallar. Y ha sido una buena oportunidad para aclarar dudas, tratar de despejar el campo masónico de la desaprensiva onda liberal, laica y adogmática que tanto esfuerzo realiza por enterrar la clave que abre la puerta de nuestros Augustos Misterios. Clave -clavis: llave que libera el cerrojo- que la iniciación pone en la mano de cada H.·.

Como la imagen del grabado Melancolía 1, cuidadosamente realizado por Durero en 1514, infinidad de hombres han inclinado la cabeza ante un misterio que no logran resolver. Me he preguntado por qué razón Brown utilizó este grabado en su novela. Tal vez la razón sea tan simple como el número que contiene oculto; un número que le permitió iniciar la tarea que siempre le reserva a Robert Langdon: descifrar símbolos imposibles.

Durero dejó escrita una frase que intenta dar sentido al grabado: La llave denota poder, la escalera riquezas. Para los masones, la llave es un emblema de poder. Es también el símbolo del silencio y la circunspección. Se ha dicho de ella que es uno de los más importantes símbolos de la masonería. La escalera es el símbolo universal del pasaje de un estado de existencia a otro. Eso es lo que intenta la Iniciación que, en definitiva, y como hemos visto, es un rito de pasaje. La llave nos abre la puerta, pero a la vez nos recuerda que aquello que guarda debe ser preservado.

Para aquellos que dicen que la Masonería debe agiornarse, acompañar los procesos culturales, adaptarse a un mundo globalizado… digo, para aquellos que creen que cualquier mutación es tan válida como cualquier otra con tal de que siga el derrotero siempre cambiante de la cultura, les respondo nuevamente:

Al hombre no se le ha dado la libertad de nacer en el mundo que hubiera querido vivir, pero puede luchar por el mundo en el que prefiere morir. No estamos obligados a acompañar las mutaciones, ni conminados a inmolar nuestras convicciones; ni a sentir vergüenza de nuestra permanencia en la Fe. La Tradición está en la raíz de la cultura y aquella volverá una y otra vez con distinto rostro pero con el mismo espíritu, porque como expresión del alma es tan inmortal como ella.