Estimado Lector de Temas de Masonería

Sitio personal de Eduardo Callaey. Todo el contenido está dirigido a la difusión de los orígenes, historia, simbolismo y alcances de la masonería y la Orden de la Caballería. También contiene artículos de opinión. Lo escrito es absoluta responsabilidad de su autor.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

El Toque y la Palabra



Hace algunos meses, el Il.·.H.·. Iván Herrera Michel me propuso una entrevista que sería publicada en su blog Pido la Palabra. La invitación, hecha con la amabilidad que caracteriza al Q.·. H.·. Michel ya anunciaba que la intención era la de publicar un conjunto de charlas virtuales, realizadas a un grupo de HH.·. que, por una razón u otra, él consideraba interesante escudriñar en su pensamiento masónico.
El resultado no pudo ser mejor. Los que seguimos su sitio Pido la Palabra, pudimos acceder al pensamiento de muchos masones que hoy (principalmente en el mundo hispano) trabajan en distintas vertientes de la Orden e intentan comprender el fenómeno masónico desde sus respectivas ópticas y perspectivas.
Tal como lo había anticipado, Herrera Michel ha publicado ahora el libro que contiene las entrevistas en cuyo índice se detallan:


Prólogo de Amando Hurtado

Javier OTAOLA, ex Presidente de CLIPSAS y ex Gran Maestro de la Gran
Logia Simbólica Española

Eduardo CALLAEY, escritor argentino

Elbio LAXALTE TERRA, Presidente de Confederación Interamericana de Masonería Simbólica (CIMAS)

Víctor GUERRA, el niño terrible de la Masonería española

José Manuel COLLERA, ex Gran Maestro de la Gran Logia de Cuba

Ramón MARTÍ, Gran Maestro del Gran Priorato de Hispania

Antonio Ceruelo, Gran Maestro Internacional Adjunto de la Orden Masónica Mixta Internacional “Le Droit Humain”

Charles PORSEt, Gran Canciller de la Vª Orden del GCG del Gran Oriente de Francia. Última entrevista concedida antes de pasar a l Or.·. Eter.·.

Marc-Antoine CAUCHIE, tres veces Presidente de CLIPSAS

Ascensión TEJERINA, Ex Gran Maestra de la Gran Logia Simbólica Española y ex Vicepresidente de CLIPSAS

María Adriana FIGUEROA, ex Gran Maestra de la Gran Logia Femenina Alma Mexicana. La primera y más grande Obediencia femenina de América y la tercera en tamaño del mundo

Jean SOLÍS, un Enfant terrible en la “regularidad” francesa
Olivia CHAUMONT, la mujer que convirtió en mixto al Gran Oriente de Francia

Anca NICOLESCU, Gran Maestra de la Gran Logia Femenina de Rumanía, la segunda femenina del mundo y la primera de Europa del este

Joan PALMAROLA, sobre Masonería esotérica

Iván HERRERA MICHEL. Pregunta Víctor Guerra

Creo que el libro de Iván Herrera Michel "recorre el espigón" de la francmasonería en un amplio arco. Y no puedo menos que darle la bienvenida a esta iniciativa de un autor ya consagrado por las obras que lo preceden y que forma parte del esfuerzo que muchos de nosotros hace a diario para que la antigua Hermandad de los Masones sea más que un club político y -mucho menos- un universo monocorde.

Aquí está el link de Masónica.es en donde podrán hacerse con un ejemplar de la obra. Vale la pena

jueves, 13 de octubre de 2011

En Homenaje a la Orden del Temple

El 13 de octubre de 1307 será siempre recordado como un día nefasto, en el que los poderes constituidos y la instigación del rey de Francia se unieron en una sórdida maniobra: la Orden de Temple fue disuelta y sus principales dignatarios encarcelados. En los últimos años se ha podido avanzar mucho en la investigación del proceso seguido a los templarios, y muchos de esos avances se los debemos a Barbara Frale, quien ha publicado excelentes trabajos al respecto.
A continuación -y a modo de homenaje- transcribo un artículo que escribí hace unos años respecto del nacimiento de la Restauración Templaria del siglo XVIII, encarnada en la que se dio en llamar Orden de la Estricta Observancia Templaria. 
Hacia fines del siglo (1782), la Orden de la Estricta Observancia, encabezada por el duque Ferdinand de Brunwick abrazaría la denominada Reforma de Lyon llevada a cabo por Willermoz, fundándose el denominado Régimen Escocés Rectificado. 


Von Hund y la Orden de la Estricta Observancia Templaria



1.- Imperium Templi

Los esfuerzos de Ramsay y de la francmasonería jacobita por restaurar el Temple alcanzaron éxitos insospechados. Pese a que en su discurso sólo hace mención a los cruzados, la imagen de los caballeros templarios fue inmediatamente asociada y convertida en el eje de muchos de los rituales desarrollados entre los “Elegidos”. Los “Altos Grados” proliferaron con rapidez y muy pronto las principales ciudades de Francia poseyeron sus “capítulos” y sus “logias de perfección”.

Pero los líderes escoceses preparaban un plan general que reinstaurara la Orden del Temple en Europa. Pese al éxito obtenido por Ramsay y el desarrollo de los capítulos, esta nueva caballería pretendía organizarse en una verdadera Orden llamada a controlar la francmasonería y -justo es decirlo- servirse de ella.

La tarea demandó un tiempo; probablemente el necesario para la selección de aquellos hombres que podrían llevar a cabo tan ambicioso plan. Durante algunos años, el alto mando escocés desarrolló la idea de un “Imperio Transnacional” que superase las divisiones provocadas por los cismas religiosos y las vicisitudes políticas de Europa. Esta idea debía incluir una estructura moral que rigiese la vida de los estados seculares, imbuidos del ideal masónico de paz, fraternidad, tolerancia, virtud y progreso.

Se necesitaba un hombre especial, un espíritu a la vez justo y audaz, en alguna medida ingenuo, convencido de la existencia de una tradición sólo accesible a ciertos iniciados; que fuese lo suficientemente dócil para aceptar ser controlado por los jacobitas pero tan intrépido como para concitar la lealtad de nobles y príncipes. ¿Dónde encontrarlo?

En 1742 Francfort se había convertido en un hervidero de jóvenes aristócratas atraídos por la pompa de la consagración de Carlos VII. Hacia allí convergían cuerpos militares con sus logias, acompañando a las grandes embajadas de los estados europeos e infinidad de caballeros y gentiles hombres que no querían perderse tan magnífico evento.

La más numerosa y ostentosa de las embajadas, era, sin dudas, la del mariscal Belle-Isle, representante de Luis XV, enviado a la inminente coronación de Carlos. Entre los hombres que acompañaban a Belle-Isle abundaban los elementos francmasones jacobitas, algunos de alto nivel como es el caso de La Tierce –redactor de las constituciones masónicas francesas de 1742 que incluirían en el prefacio al discurso de Ramsay- sobre quien volveremos más tarde.

Algunos de estos caballeros que acompañaban al mariscal, se apresuraron a conformar una logia en Francfort en la que fueron iniciados numerosos aristócratas alemanes. Uno de ellos, el barón Carl-Gotthelf von Hund, señor de Altengrotkau y de Lipse, llevaría a cabo el plan de los jacobitas y constituiría el movimiento masónico-templario de más vasto alcance en la historia moderna.

Tenía apenas veintiún años, pero este gentilhombre de cierta fortuna, nacido en la Lucase, demostraría estar a la altura de la enorme exigencia a la que sería sometido por sus “Superiores Ignorados”.

Coinciden las fuentes en que un año después de su iniciación en Francfort viajó a París, donde permaneció algunos meses. Se lo introdujo rápidamente en la masonería capitular y pronto estuvo en posesión de los secretos de los “Altos Grados”. Abrazó de inmediato el pensamiento de Ramsay “que todo verdadero masón es un caballero templario”.

Fue convocado entonces -según él mismo referiría años más tarde- a un conclave secreto al más alto nivel de la masonería jacobita. Allí, lord William Kilmarnock y lord Cliffords, en presencia de otro misterioso personaje -al que Hund nunca se refirió con otro nombre que el de “Caballero de la pluma roja”- fue hecho “Caballero Templario”.

En la misma reunión le fue impuesto un nombre de guerra con el que sería reconocido en adelante –eques ab ense (caballero de la espada)- y se le comunicó la historia secreta de la supervivencia templaria en Escocia. En efecto, estos hombres explicaron a von Hund el modo en que la Orden del Temple había mantenido en secreto su existencia, estableciéndose en Escocia desde las remotas épocas de la persecución. En rigor, la versión coincidía con el relato de Ramsay, pero esta vez los escoceses habían sido más explícitos en el carácter “templario” de los refugiados. Se le dijo también que la nómina de los Grandes Maestres sucedidos desde entonces había permanecido igualmente secreta, así como el nombre de los actuales jefes a los que se los denominaba con el sugerente nombre de “Superiores Ignorados”. Nadie podía conocer la identidad de los jefes vivos ni del actual Gran Maestre. Podrá el lector imaginarse fácilmente cuánto sería explotada en adelante esta cuestión de los “superiores desconocidos”. Pero volvamos a nuestro relato.

Hund recibió una “patente” de Gran Maestre de la sétima provincia del Temple, que era Alemania, e instrucciones precisas acerca de su misión: Reestablecer la Orden en sus antiguas provincias, reclutar sus caballeros entre los elementos más nobles de la francmasonería capitular y proveer el financiamiento económico de toda la nueva estructura templaria.

Todo esto fue tomado muy en serio por Hund, que se abocó de inmediato a la tarea. A cambio sólo recibió de sus superiores ignorados el compromiso de mantenerse en contacto epistolar, mediante el que recibiría futuras instrucciones.

Regresó de inmediato a Alemania y comenzó a trabajar en secreto con un selecto grupo de hermanos suyos a los que nombró “caballeros” en base al modelo de Estatutos que él calificaba de “originales. Se abocó a redactar los nuevos rituales de la Orden –probablemente inspirado en la Historia Templariorum, publicada por Gürtler en 1703- y trazó un ambicioso plan que incluía un esquema financiero mediante audaces operaciones comerciales, cuyas rentas, otorgaron a la Orden un creciente poder económico. Para Hund este no era más que el paso previo para la recuperación de las antiguas posesiones del Temple.

En 1751 fundó en Kittlitz la logia “las Tres Columnas” que muy pronto tomo contacto y se asoció con la logia de Naumborg. Le dio a su Orden el nombre de “Estricta Observancia Templaria” en referencia al absoluto secreto que debían mantener sus afiliados y a la idea de vasallaje, tomada de las prácticas feudales de la Alta Edad Media. Logró, en pocos años, que catorce príncipes reinantes en Europa le juraran obediencia. Los templarios de Hund se expandieron de tal forma que logró controlar los cuadros más prominentes de la francmasonería europea. Sólo en Alemania veintiséis nobles llegaron a pertenecer a la Orden de la Estricta Observancia, entre ellos el duque de Brunswik. Nunca antes ni después se asistiría a una restauración tan profunda del Temple.

El espíritu caballeresco de la Edad Media encontró en la nueva Orden su expresión más pura. En el aspecto externo, la Estricta Observancia se caracterizó por un retorno a la antigua liturgia: Armaduras y atuendos principescos, banquetes refinados de estilo medieval, ceremonias complejas rodeadas de pompa en los antiguos castillos y una amplia jerarquía de títulos y honores que la convertían en una organización rígida y piramidal. A juzgar por el tenor de sus integrantes y de la férrea práctica de los estatutos y las reglas, puede afirmarse que esta Orden pudo haber llegado a constituir un factor político y militar de peligroso pronóstico.

Pero el aspecto interno no parece haber tenido un correlato similar. No se conoce, o al menos no ha llegado a nosotros, un legado propio en cuanto a su filosofía y a su desarrollo intelectual. La época coincidió con un verdadero auge del hermetismo y la alquimia, sumados a un fuerte revaloración del mundo antiguo que ya anticipaba la “fiebre arqueológica” de los alemanes del siglo XIX. Las bases operativas de la Estricta Observancia se constituyeron en laboratorios donde los aristócratas se apasionaron por el estudio de la naturaleza oculta de los elementos.

Pero una consecuencia no prevista colocó en crisis a toda la estructura. Una verdadera fiebre por los grados templarios invadió a la nobleza, pero también a los cuadros de la alta burguesía de los Capítulos de Elegidos dando lugar a toda suerte de engaños y falsificaciones que derivaron en estafas que causaron enorme daño a la Estricta Observancia. Nacieron entonces, provocando un verdadero caos, numerosos falsos grados y sistemas que desnaturalizaron por completo el antiguo esquema básico de la francmasonería.

Esta situación obligó a von Hund a poner orden en medio de tanta confusión y revelar el origen de su autoridad que –según su propia confesión- procedía de los propios Estuardo, los verdaderos “Superiores Ignorados”. En 1764, el hombre que había construido el nuevo Temple desde las sombras se dio a conocer públicamente invitando a sus hermanos francmasones a que se unieran a la Estricta Observancia, lo que causó gran revuelo y no pocas disputas internas. Lamentablemente, a la hora de revalidar sus títulos sólo pudo exhibir una carta patente de origen incierto y una copiosa correspondencia con jefes conocidos y desconocidos, procedentes de Old Aberdeen. Debió confesar también que esta correspondencia se había interrumpido pocos años después de la famosa reunión con el “Caballero de la pluma roja”.


2.- El misterio de los “Superiores Ignorados”

Un análisis de los hechos descriptos arroja en principio una certeza: La Orden tenía un claro origen estuardista y en cualquier caso, la restauración templaria formó parte del vasto plan de la francmasonería jacobita.

La primera pauta la da la presencia de lord Kilmarnock en la reunión de París. Antiguo venerable de la logia Old Falkirk, Kilmarnock fue Gran Maestre de Escocia desde 1742, año en que asumió la conducción de la ilustre logia nº 0 de Kilwinning, cuyos orígenes se pierden –como hemos visto- en la más remota antigüedad.

Se ha especulado con la identidad del “Caballero de la pluma roja”. Algunos creen que pudo haber sido el propio Carlos Eduardo Estuardo. En contra de esta teoría podríamos argumentar que a la muerte de von Hund, ocurrida en 1776, los nuevos dirigentes de la Estricta Observancia enviaron al pretendiente un emisario con el fin de que este aclarara la duda. Este respondió, de su puño y letra la desmentida, agregando que ¡jamás había pertenecido a la francmasonería! Para otros esta desmentida no significa nada, puesto que el príncipe –como señala Alec Mellor- bien podía estar mintiendo al mismo tiempo que desmentía. En efecto, el último sucesor legítimo de los Estuardo murió exiliado en Roma en 1788 y muchos afirman que aun soñaba con la creación de un reino templario en Escocia.

Cabe la posibilidad de que el “Caballero de la pluma roja” no haya sido otro que Charles Radcliff, lord Derwenwater, cuyo papel en toda esta trama ha sido trascendental. De ser cierta esta teoría, nos encontramos con razones suficientes para explicar porqué Hund vio interrumpida su comunicación con los “superiores Ignorados”. Kilmarnock fue capturado en 1745 y decapitado en la Torre de Londres. Radcliff sufrió el mismo destino. Luego de ser capturado en noviembre de 1745, en su último intento por desembarcar en Escocia, fue decapitado en la misma Torre el 8 de diciembre de 1746.

Es conocida su póstuma declaración, dada a conocer el día de su ejecución, cuyo texto reproducimos:

“Muero como hijo verdadero, obediente y humilde de la Santa iglesia católica y apostólica, en perfecta caridad con la humanidad entera, queriendo verdaderamente el bien de mi querido país, que nunca podrá ser feliz sin hacer justicia al mejor y al más injustamente tratado de los reyes. Muero con todos los sentimientos de gratitud, respeto y amor que tengo por el Rey de Francia, Luis el Bienamado (un nombre glorioso). Recomiendo a Su Majestad mi amada familia. Me arrepiento de todos mis pecados y tengo la firme confianza de obtener merced el Dios misericordiosos, por los méritos de Jesucristo, su hijo bendito, nuestro Señor, a quien recomiendo mi alma. Amén.”

Así dejaba este mundo quien había sido Gran Maestre de Francia y uno de los jefes de la restauración de la francmasonería templaria en Francia.

Ese mismo año, el desastre de la batalla de Culloden –como consecuencia de la cual murió gran parte del alto mando jacobita- marcó el trágico fin de causa estuardista y la consolidación de la dinastía Hannover. Muchos de los más altos exponentes del escocismo masónico perecieron en ella.

En tal caso, el martirio de los francmasones jacobitas marcó el principio del fin de la masonería católica, cuya derrota militar privó a la restauración templaria de sus máximos inspiradores, sus “Superiores Ignorados”.

Luego de la muerte de von Hund la Estricta Observancia se debilitó y se apartó paulatinamente de sus orígenes “templarios” hasta que es el Convento de Wilhelmsbad (ver en este mismo blog) se sentaron las bases del Régimen Escocés Rectificado. Por su parte, los capítulos de “caballeros elegidos” devinieron en complejos sistemas que dieron nacimiento al Rito Escocés Antiguo y Aceptado. Hacia fines del siglo XVIII, lo poco que quedaba de la antigua francmasonería católica fue barrido por la revolución. Ya no había lugar para una reliquia del Antiguo Régimen.

En efecto, la Revolución Francesa, se devoró a gran parte de sus hijos y aniquiló todo vestigio de aquel intento de restaurar la antigua alianza entre templarios, masones y benedictinos. Resulta inexplicable a todas luces que la nobleza francesa haya sido la primera víctima de la revolución que había ayudado a edificar con sus mejores hombres. Pero fue así.

Bernard Fay, el historiador petanista que redactó los decretos antimasónicos de la efímera República de Vichy, llamó a esto “el suicidio masónico de la alta nobleza de Francia”. Pues, como bien señala “...si el duque de Orleáns, Mirabeau, La Fayette, la familia de Noailles, los La Rochefoucauld, Bouillón, Lameth y demás nobles liberales no hubiesen desertado de las filas de la aristocracia para servir la causa del estado llano y la Revolución, habría faltado a los revolucionarios el apoyo que les permitió triunfar desde un principio...”

La mayoría de ellos ayudó a la revolución que decapitó a la monarquía para después ser decapitados ellos mismos por la propia revolución.

Luego del Terror, la francmasonería francesa del siglo XIX cambió su rostro aristocrático por el más democrático de la burguesía. Podría decirse que, en términos de clase, retornó a su pasado corporativo, pues la masonería laica, la que construyó las catedrales góticas, fue un fenómeno fundamentalmente urbano y por lo tanto burgués. Pero si aquella era católica y devota de sus Santos Patronos, heredera de la más pura tradición constructora de los benedictinos, esta se alejó del catolicismo hasta aborrecerlo. Aun así, no pudo borrar las huellas que habían dejado los escoceses. 

El relieve en piedra de la famosa capilla de Rosslyn no necesita de documentos secretos ni de genealogías dudosas. Cualquier masón –cinco siglos después de haber sido esculpido- es capaz de reconocer allí a un hombre con atuendo templario conduciendo a un candidato en su ceremonia de iniciación como aprendiz masón. Para los masones las piedras hablan.

Los templarios eran guerreros; pero también eran monjes. Sus huellas todavía se perciben y su divisa aun conmueve: “Non nobis Domine, sed Nomine tuo da Gloriam”: No es para nosotros, Señor, sino para la Gloria de tu Nombre.

martes, 4 de octubre de 2011

Resp.·. Logia Cruz del Sur Nº 7

Barcelona, 3 de octubre de 2011

El día 1º de octubre próximo pasado, el Directorio Nacional de las Logias Escocesas Reunidas y Rectificadas del Gran Priorato de Hispania consagró a la Respetable Logia Cruz del Sur Nº 7, que trabajará en el Oriente de Buenos Aires, en un acontecimiento masónico que tendrá importante repercusión para los masones cristianos del sur de América. En la misma fueron instalados el Venerable Maestro y sus Vigilantes. Previamente, el día anterior había sido elevado a Compañero un Hermano del todavía Triángulo, que formó parte de la comitiva.


Fue el corolario de dos días de Tenidas y celebraciones en las que se llevaron a cabo iniciaciones y ascensos en la Justa y Perfecta Logia Tau Nº 2 –a quien estaba adscripta hasta ahora el Triángulo Masónico Rectificado Cruz del Sur, consagrado Logia- y la creación de Maestros Escoceses que tendrán a su cargo la conducción del Rectificado en el Río de la Plata. Como toda experiencia masónica, es de difícil descripción, sin embargo no lo es tanto el imaginar el clima particular que se vivió en estas reuniones. La Consagración de Cruz del Sur es el fin de un largo camino, pero apenas el principio de la consolidación de la Masonería Cristiana en Argentina y en el Cono Sur de América. Es la cristalización de lo que muchos creían imposible, o al menos, esperaban que lo fuera.

Lejos de constituir una masonería sectaria, como algunos hermanos mal intencionados pretenden presentarla, la Orden Rectificada hunde sus raíces en la más pura tradición masónica del siglo XVIII, y su inserción en el mundo masónico ha quedado expuesta por las delegaciones y Hermanos presentes, procedentes de diversos Ritos y Obediencias que celebraron la consagración, pues como fue dicho por un Hermano presente, cuando se levanta columnas de una Logia, la Orden Masónica crece.

Barcelona, ciudad milenaria y corazón de Catalunya, en cuya ciudadela aún se percibe la grandiosidad de Roma y el eco de los obreros que erigieron sus catedrales imponentes, otorgó el marco y la atmósfera para que la delegación argentina volviese a estrechar vínculos con sus HH.•. de Tau y con los Dignatarios del GPDH, lazos que se han visto fortalecidos por el trabajo masónico llevado a cabo. De modo tal que el Océano que nos separa se ha convertido en puente de Unión Fraternal para la Orden Rectificada.

Vale la pena reseñar que Cruz del Sur Nº 7 fue el resultado de la voluntad de un grupo de HH.•. MM.•., procedentes en su mayoría de la Gran Logia de la Argentina, que creyeron llegado el momento de plantar un espacio masónico cristiano, ante el avance desaforado de corrientes masónicas que, escudándose en un falso laicismo muestran cada vez con más virulencia su larvado desprecio por el hecho religioso. Hacia el año 2006 algunos HH.•. nos preguntamos seriamente qué sentido tenía continuar en una Obediencia que permitía el escarnio y la burla hacia sus componentes cristianos. ¿Dónde ha sido escrito que un masón debe actuar en detrimento de una religión cualquiera sea?

A quienes nos acusan de introducir la religión en la masonería cabría decirles que no existe documento liminar alguno en el que los masones no hayan consagrado sus obras a Dios. No a cualquier Dios, no a un ente supuestamente alegórico interpretado sui generis de acuerdo al antojo de la tan mentada “autonomía” de las logias. Herederos de esos documentos que tanto insisten en citar, se desdicen de los mismos al momento de apartar a Dios de sus aras, reemplazándolos por el famoso “libro en blanco” que tanto valoran los librepensadores. La Orden Rectificada, mal que les pese, posee una doctrina clara, expuesta con precisión por los Padres Fundadores de nuestro Régimen: Ferdinand, Duque de Brunswick y Jean-Baptiste Willermoz entre otros connotados masones del siglo XVIII. No es el resultado del desvarío iluminado sino el producto final de un debate de décadas que culminó con el Convento de Wilhelmsbad, llevado a cabo en 1782, pocos años antes de que la Revolución Francesa ahogara en sangre a la Masonería Cristiana para erigir un nuevo modelo acorde con el Siglo de las Luces.

El supuesto “pecado del Régimen Escocés Rectificado no es otra cosa que haber permanecido fiel a los rituales y reglas emanadas de ese Convento, silenciado durante siglos y prácticamente desconocido en América Latina. Pero es en la estructura surgida de ese Régimen en dónde los masones de tradición escocesa pueden encontrar la Vía Iniciática incorrupta, la que no fue sustituida una y otra vez por los avatares de la política masónica, las necesidades interpotenciales y los acuerdos de Confederaciones y Regularidades que nada tienen que ver con la Iniciación, como Institución fundamental de la Tradición Occidental. El Rito Escocés Rectificado, cristiano tal como ha sido la masonería desde sus orígenes, reivindica esa vía y respeta a toda aquella masonería que se define iniciática. Así, tendemos nuestro abrazo fraterno a nuestros HH.•. argentinos asegurándoles que el Régimen Escocés Rectificado ha llegado para quedarse.

Sin dudas se trató de un viaje de trabajo. Diez días en los que su sucedieron reuniones de instrucción, conversaciones con las más altas autoridades de la Orden y momentos inolvidables que han quedado grabados en nuestros corazones. Entre tantas actividades merece especial mención la medular conversación mantenida en Zaragoza con el Dr. José Antonio Ferrer Benimeli en el almuerzo que compartimos con Ramón Martí Blanco, Gran Maestro y Gran Prior de la Orden Rectificada.

Quisiera agregar dos reflexiones: El clima de fraternidad interpotencial que hemos vivido, contrasta fuertemente con el aislamiento con el que trabajan las diversas corrientes masónicas presentes en la Argentina. Por otra parte, aún tenemos mucho trabajo por delante respecto de esclarecer a la mayoría de nuestros Hermanos respecto de los orígenes de nuestra Orden y tradiciones. Es mucha la confusión que ha ganado a algunos ámbitos masónicos pero no son pocos los esfuerzos que se están haciendo para separar lo verdadero de la fábula insostenible en la que algunos han convertido a algunas masonerías.

Mención especial merece una sorpresa que me conmovió y que fue la entrega que me hizo un H.•. Maestro Escocés de la Justa y Perfecta Logia Tau (en plena reunión de Logia), del trabajo llevado a cabo por Seán Connoly, paleógrafo especialista en griego y latín medieval, del University College Cork (Irlanda) sobre Beda el Venerable y su De Templo –editado por Liverpool University Press- en el que tanto hemos trabajado.
La traducción al inglés del texto completo, así como la extraordinaria introducción de Jennifer O`Reilly abren la puerta a la investigación directa y me llenan de satisfacción respecto de todo cuanto vengo afirmando desde hace años acerca de la importancia de éste libro (ignorado deliberadamente por la masonería liberal) en la interpretación de nuestro lenguaje alegórico-simbólico.

Capítulo aparte merece el reencuentro con tantos Queridos Hermanos españoles. Menciono especialmente el emocionado abrazo en la Capital de Aragón –la mítica Caesare Augusta- con mi Querido amigo y Hermano Ricardo Serna a quien no veía desde el Simposyum del CEHME en Logroño, en 2006). Todo esto me permite afirmar, con profunda satisfacción que he realizado un viaje al corazón de la masonería.

Como corolario de esta crónica, un especial agradecimiento a la hospitalidad de Josep Martí Blanco, Diputado Gran Maestro general de la Orden, y a su esposa. Hospitalidad pletórica de una calidez y generosidad imposible de describir con palabras. Vaya desde este espacio, para todos nuestros Hermanos del Gran Priorato de Hipania, un fraternal y agradecido abrazo.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Benjamín Franklin en la visión de Paolo Zanotto

Acaba de publicarse en Italia un brillante ensayo sobre uno de los más controvertidos masones del siglo XVIII. La obra, titulada "Benjamin Franklin, Apostolo della Modernità" seguramente causará un fuerte impacto en los círculos masónicos. Su autor, Paolo Zanotto, (Siena, 1974) es Profesor de Historia de las Doctrinas Económicas en la Pontificia Universidad della Santa Croce, Roma, y Doctor en Ciencias Políticas e Historia del Pensamiento Político en las Universidades de Siena y Perugia. He tenido el honor de leer en profundidad la obra y escribir el Prólogo con el que espero transmitir a los lectores de Temas de Masonería la importancia de ésta publicación.



Benjamin Franklin, Apostolo della Modernità, Paolo Zanotto,
 Editoriale Logos, Colana Pietri di Confine, Siena, 2011

Una vez más, Paolo Zanotto me ha sorprendido. Ya lo había hecho antes con su libro La Metamorfosi del Pensiero Occidentale, ensayo en el que nos explica, magistralmente, la forma en la que la masonería ha interactuado con la política, la religión y la economía en los últimos tres siglos. En este caso, retomando los lineamientos centrales ya planteados en aquella obra, Zanotto vuelve sobre sus pasos y va a fondo en un texto que lleva por título Benjamín Franklin, Apostolo de la Modernitá, con el sugestivo subtítulo de Massonería, libertinismo o satanismo? obra que tengo el honor de prologar.

Benjamín Franklin, prócer de la masonería norteamericana, ostenta con legítimo mérito la paternidad de la idea de la revolución buena, a la vez que ha sido, sin lugar a dudas, su gran estratega y el más inteligente de sus propagandistas.

La vida de Benjamín Franklin coincide con una época de cambios profundos en el mundo occidental, particularmente en Europa y América del Norte. Es por ello que el contexto en el que se desarrolla este nuevo libro de Paolo Zanotto constituye un desafío para los investigadores y una gran noticia para todos aquellos interesados en la denominada “Era de las Revoluciones” y el papel que jugaron en ella los masones.

Muchos historiadores se han preguntado seriamente si la Revolución Norteamericana fue obra de la masonería, y la Independencia de los Estados Unidos de América un triunfo masónico. La respuesta es compleja pero podemos encontrar en los entresijos de la obra de Zanotto algunas claves. De hecho, Benjamín Franklin entendió tempranamente que la masonería jugaría un rol preponderante en la unidad política y social de las colonias, actuando como factor socializador, de confraternidad y unidad de objetivos.

Se puede afirmar que el ejército norteamericano era, en realidad, el ejército del masón Washington y que todo su estado mayor fue integrado por masones. El propio marques de La Fayette llegó a reconocer, ante oficiales y camaradas, que sólo tuvo acceso a posiciones de mando luego de haber sido iniciado francmasón. Del mismo modo, el masón Benjamín Franklin preparó, durante años, la política exterior de la Revolución operando principalmente en Francia y en Inglaterra, donde importantes sectores masónicos apoyaban la independencia de las colonias, asunto que se vio reflejado en el propio Parlamento Británico. En definitiva, todo el proceso revolucionario norteamericano está íntimamente asociado a la masonería y ningún ciudadano de los Estados Unidos de América dejaría de reconocer la influencia de esta Sociedad en la construcción de la Nación.

Una de las características de la mentalidad masónica de fines del siglo XVIII y principios del XIX, fue su convicción de que podían transformar el mundo. Muchos masones -especialmente los que se inspiraron en las ideas de Adam Weishaupt y su secta de los Illuminati- creían que contaban con una herramienta capaz de imaginar el futuro y conducir a la humanidad toda hacia ese futuro. En otras palabras, Franklin y muchos de sus hermanos, creían literalmente en que podían crear el futuro del hombre. A la luz de los hechos, es posible que debamos admitir que lo lograron.

Pero para comprender el modo en que estas organizaciones actuaron es necesario ubicar al lector en el centro mismo de la encrucijada, y eso, precisamente, es lo que logra Paolo Zanotto en este ensayo, en el que expone una síntesis brillante de la época y de muchos de sus protagonistas; una investigación aguda, extensamente documentada, que logra reunir todos los ejes del conflicto humano de la época en la que colisionaron dos visiones del mundo y en las que se transformarían para siempre los conceptos de religión, filosofía, moral y economía.

Cabe destacar su lucidez en el análisis del fenómeno masónico. Zanotto se aparta rápidamente de la versión andersoniana de la historia masónica y explica de qué modo la masonería se fragmentó hasta alcanzar corrientes que se alinearon en campos antagónicos. La idea de una masonería universal en la que se expresa una unidad de ideas y de acción, es desarmada por el autor con una notable claridad que desmitifica y coloca a las fracciones enfrentadas en el campo de las tensiones políticas y religiosas. Porque más allá del imaginario popular en torno a los masones –exacerbado por las ficciones contemporáneas- resulta paradójico que la misma institución reuniese a hombres tan diferentes en sus ideas como Benjamín Franklin y Joseph de Maistre, por dar un ejemplo.

Una especial mención merece el abordaje de Zanotto respecto del proceso de descristianización que sufre la masonería de fines del siglo XVIII, ubicando a Benjamín Franklin en la corriente racionalista-iluminista que impulsa el relativismo ético.

Pero el texto avanza con valentía sobre otros aspectos no menos controvertidos, pues la imagen espiritual de este Padre Fundador de los Estados Unidos, casi puritana en la visión de muchos pedagogos, queda expuesta en el ángulo menos conocido: Su desprecio por la Iglesias -en particular la Iglesia Católica, a la que consideraba azúcar en bruto frente a la norteamericana, de la que decía que era azúcar refinada- o sus vínculos con los círculos de libertinos ingleses y franceses, reunidos en los dudosamente célebres Hell-Fire Clubs, a los que también pertenecieron otros notorios libertinos, entre ellos el Duque de Warthon, 6° Gran Maestre de la Gran Logia de Inglaterra.

Zanotto introduce al lector en el mundo masónico. Explica las raíces de esta sociedad iniciática que sufrirá permanentemente el acoso de organizaciones clandestinas, tales como la de los Iluminados de Baviera, o de los movimientos y clubes revolucionarios que hacen de la Iglesia y de la Monarquía sus principales enemigos. Pero al mismo tiempo rescata el aspecto central de la masonería describiendo la multiplicidad de Ritos y Obediencias, sin olvidar que, en todo caso, el punto de convergencia se encuentra en el carácter iniciático que aun se percibe en sus Templos.

En síntesis, un libro que encontrará su espacio propio en torno a una figura que aún sigue generando contrastes y claroscuros, propios de los hombres que construyen en vida su propio mito.

sábado, 27 de agosto de 2011

De cómo la Revolución Francesa profanizó a la Francmasonería

Estimados lectores, QQ.·. HH.·. con este trabajo terminamos agosto. Un mes en el que he tratado de publicar notas que expliquen las causas de esta suerte de furia laicista que arrastra a las masonerías hacia costas lejanas de sus orígenes. Como siempre, algunos se enojan y es inevitable. Al principio se enojaban porque decía que la masonería tenía orígenes cristianos. ¿Quién podría hoy negarlo? Después se enojaron porque dije que que la Revolución Francesa cargaba con el crimen de haber aniquilado a la Orden Masónica. Hoy se enojan porque digo que si a la masonería le quitan su principal componente, el Iniciático, deberían cambiarse de nombre en vez de apropiarse de la Augusta Hermandad. No pienso torcer la marcha. Me animan los muchos y numerosos HH.·. que a diario, me hacen llegar la desazón de sentirse perseguidos por su religión en el seno de una Institución que debiera hacer de la libertad espiritual el pilar de su existencia.



Las mutaciones del Gran Oriente de Francia

Pasada la Revolución Francesa, la francmasonería comenzó a reorganizarse lentamente en los años siguientes. El proceso fue lento, puesto que la mayoría de los cuadros del Gran Oriente habían sido ejecutados, encarcelados o se encontraban exiliados. La situación era mucho peor en lo que quedaba de la Gran Logia, pues ésta, al ser prominentemente aristocrática, había sido prácticamente aniquilada. Así las cosas, un pequeño núcleo, unido por la desdicha comenzó a trabajar con vistas a la unificación de la masonería francesa, que finalmente ocurrió en 1799.

En 1800, la unión ya estaba consolidada y habían reabierto sus trabajos más de 70 logias. El Gran Oriente se proclamó como única potencia masónica de Francia y declaró la irregularidad de toda logia que no se le subordinara. Pero esta masonería post revolucionaria había nacido para establecer un nuevo culto; uno que poco tenía que ver con los masones del siglo XVIII: El Culto a la Razón.

El siglo XIX se inició bajo el signo de un nuevo hombre que cambiaría una vez más el curso de la historia. Napoleón Bonaparte –cuya pertenencia a la francmasonería siempre ha estado en duda- entendió rápidamente la importancia de la sociedad de los masones y la utilizó a su antojo. El Gran Oriente pronto se vio bajo la protección del futuro emperador que convertiría a la Orden en el heraldo de la nueva era que soñaba para Europa. Tras los ejércitos napoleónicos marcharían las logias a propalar las ideas de la nueva Francia.

El crecimiento fue fantástico. Entre 1803 y 1804 Bonaparte introdujo en el Consejo de la Orden a todo su estado mayor completo. Su hermano, José Bonaparte, fue nombrado Gran Maestre adjunto, hasta que, en 1805, fue instalado Gran Maestre. De los 24 mariscales del Imperio, 17 eran masones, junto con “prefectos, funcionarios y representantes de las elites culturales y económicas, que conformaron la columna vertebral del régimen imperial” Hacia 1810 el Gran Oriente ya contaba con más de 800 logias de las cuales más de sesenta eran militares.

Si consideramos lo dicho en los primeros capítulos de este libro, si recordamos que la tarea del masón consiste en desbastar la piedra bruta en el largo proceso iniciático, cabría preguntarse de qué manera pudo el Gran Oriente formar en apenas un lustro a miles de masones, incluidos sus cuadros, los venerables de sus logias y el Gran Consejo. Este es un punto crucial para comprender el quiebre entre una masonería espiritual e iniciática y otra que nacía bajo el imperativo de la política. Es cierto que muchos antiguos hermanos pudieron haber regresado a sus talleres, pero mucho más numerosos fueron los hombres deseosos de ascender, de agradar al aparato político militar de Napoleón e integrarse a la organización que había aceptado, de buen grado, ser el vector ideológico de los principios del nuevo régimen.

“Estos principios –escribe Colinon- eran antes los de la Revolución jacobina que aquellos otros que inspiraron en otro tiempo a un caballero Ramsay o a un Joseph de Maistre. El espíritu masónico había sufrido una profunda transformación. En el momento de la reconstrucción del Gran Oriente, casi todos los masones espiritualistas estaban o muertos en el cadalso o emigrados. Los que regresaron a Francia, estaban hondamente quebrados por la acusación formulada contra su Orden de haber fomentado la revolución…”

Desde entonces y hasta los sucesos revolucionarios de 1848, el destino del Gran Oriente se acomodó una y otra vez al ritmo de los avatares políticos que sacudían a Francia.

Con la caída de Napoleón, los masones se apresuraron a aplaudir la llegada de la restauración de los Borbones, deponiendo de inmediato al Gran Maestre José Bonaparte. Pareció entonces que las logias volverían al espíritu anterior a 1787. Pero Luis XVIII nunca confiaría en los masones del Gran Oriente, aunque comprendió la importancia de mantener bajo control a ciertas sociedades secretas. En efecto, el viejo espíritu republicano –latente durante los años de la restauración- comenzó a retornar con renovado ímpetu a las logias, encendiendo todas las alarmas. A modo de ejemplo diremos que sólo en 1834 fueron clausuradas 80 logias catalogadas como peligrosas. Fue la época en que el espectro Volteriano resucitó en los templos masónicos y se produjo una creciente separación entre los jefes de la Orden y sus bases.

Desatados los sucesos, los masones revolucionarios ocuparon nuevamente la primera fila en la lucha. Muchos de ellos pasaron a conformar el Gobierno Provisional, en tanto que el Gran Oriente llegó a ofrecer a la nueva República el concurso de 40.000 hermanos. A partir de allí, la francmasonería laica y republicana ya no se detendría hasta el advenimiento de la IIIª República.

Durante el gobierno de Napoleón III, el Gran Oriente sufriría una nueva mutación. Luego de haberse impuesto como Gran Maestre a Murat, primo del soberano, la Orden sufrió un proceso de imperialización que fue, esta vez, resistido por las logias. Ya no había espacio en la francmasonería francesa para un retorno a las antiguas formas. Murat fue depuesto y elegido en su lugar al más anticlerical de los príncipes Bonaparte: Jerónimo. Finalmente volvió a laudar Napoleón III nombrando Gran Maestre al mariscal Magnan el 2 de diciembre de 1861. Una vez más, el Gran Maestre del Gran Oriente de Francia era un hombre ¡ni siquiera iniciado en los misterios de la Francmasonería!

Inevitablemente, en 1865 un Convento del Gran Oriente propuso la supresión lisa y llana de toda referencia espiritualista en la Constitución y en los ritos. La asamblea, por su parte, decidió que en adelante sería posible ser masón sin necesidad de creer en Dios ni ser espiritualista. Ese día se oficializó la existencia de una institución que se ha empeñado en definirse como masónica, pese a ser radicalmente diferente a su antecesora. El Gran Arquitecto del Universo ya no fue necesariamente Dios; ni siquiera una alegoría de Dios; los textos sagrados pasaron a ser poco menos que un adorno; se abandonó la doctrina de la trascendencia del alma y comenzó la sistemática tarea de modificar los rituales, depurándolos de todo aquello que hiciese recordar en el futuro que, alguna vez, la francmasonería había centrado su obra en la construcción de un templo interior, reflejo individual de la Jerusalén Celeste. Dicho de otro modo, nació una nueva forma de masonería que sólo guardaría de la primera precisamente eso: su forma.

En consecuencia, asistimos aquí al momento en que la francmasonería introdujo en sus talleres la política profana y sus dirigentes olvidaron la verdadera esencia de su institución, puesto que de otra manera resulta inconcebible que una Orden Iniciática se viera, de pronto, gobernada por el estado mayor napoleónico, en su totalidad recién iniciado, o que sus Grandes Maestre y dignatarios fuesen impuestos por los políticos y que sus objetivos y alineamientos cambiaran de manera radical frente a los acontecimientos profanos. No podía esperarse de estos hombres más que una profunda ignorancia acerca de la francmasonería, tal como lo admite R. C. Feuillette, el historiador oficial del Gran Oriente.

A partir de entonces, esta circunstancia se reiteraría en distintos momentos de la historia de la masonería con diferente intensidad. El modelo francés, que se extendió con rapidez en los países latinos, fue el de una masonería de fuerte contenido político, en tanto que el modelo británico permaneció fiel a los antiguos límites en torno a la acción política de la masonería, reservada exclusivamente al ámbito personal de cada masón.

Los rituales serían alterados, introduciéndoles aspectos netamente políticos, provocando desordenes que, en algunos casos se han perpetuado hasta nuestros días. Pero seríamos injustos si atribuyésemos estas tendencias políticas sólo a los franceses, puesto que para la misma época muchos notables masones alemanes –entre ellos Carl Krause- exploraban nuevos sistemas políticos en los que intentaban aplicar, en algunos casos, los principios de la francmasonería y de los Iluminados de Baviera en otros. El krausismo tendría importante influencia en la masonería de España y de algunos países de América Latina.

De modo que la francmasonería actual, heredera de todas estas corrientes, es el resultado de un complejo proceso histórico en el que se combinaron aspectos netamente espirituales con otros que pertenecen al campo social y político. Es por ello que, a esta altura de nuestro trabajo, el lector comprenderá porqué insistimos en nuestra idea de la existencia de masonerías y no de una sola y única masonería.

No sólo se había introducido el factor político. Paralelamente, se habría paso una corriente revisionista que buscaba encuadrar la historia de la francmasonería sobre bases positivas, alejándola de las leyendas que, hasta entonces, remontaban sus orígenes a los tiempos míticos.

Hay algo de cierto en aquello que dice que a la historia la escriben los que ganan. Cuando los filósofos ilustrados consumaron su primera gran victoria con la Revolución Francesa, se apropiaron de lo que quedaba de la francmasonería, aniquilada durante el Terror.

La estructura masónica había dado prueba de ser una extraordinaria herramienta política, y la Revolución no podía prescindir de ella; pero había que purificarla, someterla a la razón, silenciar su pasado cristiano, quitar de ella todo vestigio de la antigua superstición y convertirla en un arma feroz contra la religión. Y así fue, al menos con gran parte de la francmasonería continental europea, cuya influencia en Hispanoamérica se siente hasta nuestros días.

Pero la victoria no llegó a ser completa. Los herederos de la masonería escocesa pudieron mantener a la Orden en sus principios originales, reteniendo gran parte de su simbolismo iniciático, acompañado por la plena conciencia del legado más valioso de la cultura cristiana: el de la caridad. Ubi caritas et amor, Deus ibi est.

Pese a ello, aquella otra francmasonería, vaciada de contenidos y maquillada de modernidad, gozó de la atención creciente del profano, convirtiéndose en el estereotipo revolucionario y conspirador por excelencia del mundo moderno. Así fue como el secreto iniciático se convirtió en el secreto político y muchas logias masónicas en verdaderos partidos. Mi homenaje a la masonería primitiva consiste, justamente, en separar una cosa de la otra.

Es cierto que el mundo ha cambiado desde entonces y que sería injusto dejar de reconocer el aporte de la masonería a la construcción de un mundo más plural, en el que los hombres no pueden ser juzgados por sus creencias, ni por su condición de nacimiento ni por su raza. También es cierto que la francmasonería ha sido baluarte de la democracia y que su labor constante en la defensa de las instituciones surgidas de los procesos revolucionarios de fines del siglo XVIII fue fundamental en la consolidación de los estados modernos. 

La creciente atomización del universo masónico constituye un síntoma, un indicador evidente de que algo ha fallado a la hora de aplicar el principio de la fraternidad intra muros. El futuro de la francmasonería dependerá en gran parte del esfuerzo que los masones sean capaces de empeñar en la búsqueda de objetivos comunes y en la aplicación efectiva de la más amplia tolerancia en torno a las creencias individuales y el respeto al espacio que reclama la espiritualidad.

Como Orden secular, se enfrenta hoy al desafío de comprender cuales son los límites de la secularización. Como Orden iniciática le queda por delante la tarea de articular una visión renovada de su mensaje tradicional.

La francmasonería, pensada por sus fundadores como Templo de la Virtud y de la Tolerancia, permanece incólume en el mundo y así se mantendrá, hasta que la sociedad humana sea espejo de la Jerusalén Celeste, objeto y fin de la transmutación espiritual que propone a sus adeptos.

En tal sentido, resta resolver la situación de los masones que perciben una doble condena: La de una Iglesia que aún se resiste a levantar el interdicto que pesa sobre los miembros de la fraternidad y la de sus propios hermanos, que haciendo de la razón un culto, tornaron la tolerancia en desprecio al hecho religioso.

Pese a la polución de textos caprichosos sobre la masonería, crece en el mundo la tendencia al tratamiento científico de su historia. Esta circunstancia no sólo resulta imperiosa para la comprensión del fenómeno masónico como expresión de las ideas que contribuyeron a la construcción de la sociedad moderna, sino también para la salud intelectual de la propia masonería, en muchos casos anclada todavía en una bibliografía decimonónica que ha sido superada por el avance de la investigación histórica.

martes, 23 de agosto de 2011

Masonería y Descristianización

El Pecado de Omisión. Las Constituciones Andersonianas


Las cronologías son a la Historia como un álbum de fotografías a la vida de un hombre. Nos indican un lugar y un momento, pero nos ocultan el camino. Nos hacen creer que la vida es el instante cuando en realidad el suceso nunca podrá explicarnos el proceso. La historiografía de la Masonería sufre del mal de las cronologías y en el álbum de su larga vida se han omitido las fotografías de algunos sucesos y ocultado las de otros. Como un hombre que decide mostrar de su vida sólo aquello que hace a ciertos intereses determinados, algunos masones han elegido minuciosamente la cronología de la masonería y la han impuesto con éxito.

Dentro de pocos años, en 2017, se cumplirán tres siglos desde el momento histórico en el que cuatro logias masónicas con asiento en Londres constituyeron la primera Gran Logia especulativa de la que se tenga memoria. Según esta visión de la historia, a partir de allí se aceptaron en su seno miembros que nada tenían que ver con el arte de la construcción. No es tema del presente artículo dilucidar si estos eran los verdaderos masones, ni si tenían mayor legitimidad que los que se negaron a acompañarlos en tal evento fundacional. Ni siquiera cuestionaremos si los antiguos límites establecidos en las constituciones inglesas de principios del siglo XVIII tenían o no la entidad suficiente para imponerse luego –como lo hicieron- como base de la denominada regularidad masónica.

Diremos, en cambio, que mientras la masonería andersoniana se empeñaba –y empeña- en remitirnos permanentemente a las constituciones insulares, como los manuscritos Regius o Cook- poco ha incluido en sus trabajos historiográficos acerca de las grandes Constituciones Continentales. Cabría mencionar algunas verdaderamente importantes como Los Estatutos de los Canteros de Bolonia de 1248, Los Reglamentos y Ordenanzas de los Masones de la Ciudad de Brujas de 1441, Las Constituciones de los Masones de Estrasburgo de 1459 o los Estatutos del Oficio de los Masones de la Ville de Malines de 1539. Todas estas constituciones, y muchas otras, podrían otorgar una visión mucho más completa de la organización de los masones medievales, de su arte y de su religión. Se han ignorado también los Privilegios reales del que fueron objeto los masones. En la Península Ibérica destacan los otorgados los trabajadores santiaguenses, entre los que mencionaremos Los Privilegios de Alfonso VII a los Pedreros de la Catedral de 1131 -apenas posteriores a las Constituciones monásticas de cuño cluniacense- y Los Privilegios de Sancho IV los Pedreros de Santiago de 1282.

Durante la Edad Media millones de toneladas de piedra fueron extraídas para la construcción de catedrales, iglesias, monasterios y castillos, destacando que solamente en Francia, en el período de tres siglos (1050-1350) se edificaron 80 catedrales y 500 grandes iglesias, aparte de varios miles de iglesias parroquiales. Esto significó que en Francia se utilizaran en esos tres siglos más piedra que en el Antiguo Egipto a lo largo de toda su historia. Quienes llevaron a cabo este portento se encontraban bajo el orden establecido en estos Estatutos, Constituciones y Privilegios en los que puede observarse la más evidente ortodoxia católica.

Esta ortodoxia continuó hasta los tiempos fundacionales de la masonería especulativa. En su reciente conferencia de Oviedo, el Gran Maestre del Gran Priorato de Hispania se refería a documentos masónicos más cercanos a 1717. Señalaba Ramón Martí Blanco algunos fragmentos que reproducimos a continuación:

Del Manuscrito Grand Lodge nº 1, del año 1583, la plegaria de apertura:
“I. Que la fuerza del Padre del cielo y la sabiduría del Hijo glorioso por la gracia y la bondad del Espíritu Santo, que son tres personas y un solo Dios, estén con nosotros en nuestras empresas y nos otorguen así la gracia de gobernarnos aquí abajo en nuestra vida de manera que podamos alcanzar su beatitud, que jamás tendrá fin. Amén...”

Del Dumfries nº 4, del año 1710, también la plegaria de inicio:
“Imploramos al Padre omnipotente de santidad y a la sabiduría del glorioso Jesús, por la gracia del Espíritu Santo, que son tres personas en un principio divino, que estén con nosotros desde ahora, y que nos otorguen también la gracia de gobernarnos aquí abajo, en esta vida mortal, de manera que podamos alcanzar su reino, que jamás tendrá fin. Amén...”

Del Manuscrito: La Institución de los Francmasones, del año 1725, el punto 14º del catecismo por preguntas y respuestas:

Pregunta: ¿Cuántas personas hacen falta para hacer una Logia?
Respuesta: Hace falta Dios y la escuadra, más 7 ó 5 masones justos
y perfectos sobre la montaña más alta, o el valle más profundo del mundo.

Del Manuscrito Graham, del año 1726, tenemos este intercambio de preguntas y respuestas del catecismo:

P. ¿Qué es una Logia perfecta?.
R. El centro de un corazón sincero.


P. Pero, ¿a cuántos masones llamáis así?
R. A cualquier número impar entre 3 y 13.


P. ¿Por qué tantos, y por qué en número impar?
R. El primer número hace referencia a la santa Trinidad, y el otro a la venida de Cristo, con sus 12 apóstoles.

Por lo que podemos ver en los anteriores manuscritos –afirmaba el Gran Maestre Martí Blanco- y concretamente en éste último, fechado en 1726, es decir, tres años después de la promulgación de las famosas Constituciones del pastor presbiteriano, James Anderson, el cristianismo que emana es del todo ortodoxo. ¿Qué sucede pues, para que se produzca la progresiva “descristianización” de la Orden Masónica?

Ramón Martí Blanco lo explica en estos términos: El 24 de junio de 1717, durante la fiesta de San Juan Bautista, cuatro Logias de Londres, de nombres pintorescos, porque tomaban el nombre de la taberna donde se reunían, se encontraron en la taberna del Manzano, constituyendo una organización unificada bajo el nombre de Gran Logia, y siendo elegido e instalado, Anthony Sayer – un “gentelman” inglés – como Gran Maestro, con autoridad sobre todos los Hermanos. Esta es la primera noticia que se tiene de una primera estructuración de la Orden Masónica en su etapa “especulativa”. Se abre aquí un período pleno de tensiones en esa incipiente masonería que desembocará en una primera división entre “Antiguos” y “Modernos”, partidarios unos de la conservación de las formas tradicionales y otros de la renovación, división que continuará lo largo de 63 años, no reunificándose hasta 1813. En paralelo a esta etapa, se llevaba a cabo en Gran Bretaña, una pugna dinástica entre dos casas reales: la de los Hannover de composición protestante, contra la de los escoceses católicos de los Stuart. La Masonería era bien presente en una y otra dinastía, pues era habitual que los nobles formaran parte de ella, costumbre que ha llegado a nuestros días en la monarquía británica, en la que el duque de Kent, primo de la Reina Isabel II, es el Gran Maestro de la Gran Logia Unida de Inglaterra. La guerra entre la casa de Hannover y la de Stuart, dio como resultado la derrota de esta última, y como consecuencia, el obligado exilio a Francia del príncipe Carlos-Eduardo Estuardo, implantándose con ello la masonería de corte católico en territorio francés.

Mientras tanto –continúa Martí Blanco- en Gran Bretaña, los pastores protestantes James Anderson y Desaguliers, reciben en torno al año 1721, el encargo de la redacción de unas Constituciones, cuya primera versión (pues hubieron distintas modificaciones hasta llegar a su versión actual) ve la luz en 1723. No creo que tengamos que extrañarnos que los vencedores de la pugna dinástica ejercieran su derecho, expurgando de dichas Constituciones masónicas toda reminiscencia en los textos que pudiera recordar el origen católico de los mismos. Esta expurgación, que finalmente supuso un redactado ambiguo, dio pie y excusa al relajo que ha permitido, primero, la aparente apertura y posteriormente, la progresiva secularización de la Orden Masónica…

Pese a estos antecedentes, ignorados por los pastores ingleses Anderson y Desagulier los masones cristianos del siglo XVIII asumieron como propia la herencia de las grandes corporaciones de constructores de la antigüedad y del medioevo. Reunieron un conjunto de documentos importantes y se construyeron para sí mismos un meta-relato, un mito de base con una dinámica propia que permitió que se siguiese enriqueciendo hasta el día de hoy en la medida que la historiografía encontró nuevos y mejores indicios de la existencia real de grandes gremios de albañiles, de sus secretos, de sus ritos y de sus respectivas tradiciones.

Esta herencia, ya era señalada por el caballero escocés Andrew-Michael Ramsay en Francia en 1738, cuando expreso que El nombre de francmasón no debe ser tomado en un sentido literal, burdo y material, como si quienes nos instituyeron hubieran sido simple obreros de la piedra o solamente curiosos que deseaban perfeccionar su arte. Ellos eran hábiles arquitectos que deseaban consagrar sus talentos y sus bienes a la construcción de templos exteriores, pero también príncipes, religiosos y guerreros que deseaban edificar y proteger a los templos vivientes del Altísimo…

Respecto de la actitud de los primeros masones especulativos ingleses decía recientemente Jorge Ferro: "La condescendencia y el ligero desprecio con que se consideraba a la Masonería Operativa antigua, comparada con la Masonería Especulativa nacida en 1717, eran herederos del prejuicio con que se expresaba el pastor James Anderson sobre los primitivos documentos masónicos (Old Charges) a los que denominaba “Gothic Constitutions” con un sentido peyorativo…"

Podemos entender las causas políticas y religiosas por las cuales los redactores de las Constituciones inglesas se esmeraron en evitar toda referencia católica de los antiguos documentos. Pero resulta inexplicable que los historiadores británicos de la francmasonería hayan desconocido durante siglos la existencia del Libro acerca del Templo de Salomón, escrito en el siglo VIII por San Beda, el Venerable, Padre de la historia de Inglaterra. San Beda es el primer hombre de la Era Cristiana que describe el Templo de Salomón en términos alegóricos, en un lenguaje que compara a la Piedra con el hombre y demanda que este debe cuadrarla si pretende convertirla en cimiento del Templo. Más inexplicable aún si, tal como lo hemos señalado en más de una ocasión figura entre las fuentes mencionadas en el manuscrito Cook.

Esta obra de San Beda tuvo una influencia de magnitud inusitada y orientó, de modo inequívoco, toda la exégesis posterior en torno al Templo de Salomón. Encontramos sus referencias en los libros de Rabano Mauro y en la Glosa Ordinaria de Walafrid Strabón que influiría en la enseñanza monacal durante cinco siglos. Sobre este punto ya hemos hecho extensa referencia en trabajos anteriores.

Tanto las Gothic Constitutions despreciadas por Anderson, como la contundente evidencia de una estructura simbólico-alegórica surgida en el seno de los monasterios benedictinos, han debido abrirse paso en contra de la corriente, resistidas a tres bandas: La ya mencionada ortodoxia andersoniana, la violencia antirreligiosa de la francmasonería liberal y el desvío guenoniano que nunca comprendió la verdadera esencia iniciática del cristianismo.

Sin embargo –y pese a todo- podemos afirmar que la masonería cristiana todavía está de pie: Adhuc Stat!. Esta premisa, inscripta al pie de una columna rota cuya base aún permanece firme, es el emblema del aprendiz masón en el Régimen Escocés Rectificado, sistema que trabaja uno de los ritos masónicos cristianos que sobreviven invictos desde el siglo XVIII. La masonería cristiana todavía está de pié.