sábado, 26 de mayo de 2012

Masonería Cristiana: La historia que aún no se ha contado


Notas Preliminares hacia una nueva Historia de la Masonería Cristiana

Iglesia de San Bartolomé en Logroño, cuidad en la que escribí
hace seis años, los primeros apuntes de este libro. Su fachada es un claro ejemplo
de la potencia del relato que el masón es capaz de narrar en la piedra


Notas Preliminares:

1.- El abordaje a un tema difícil y confuso

El destino quiso que mi vida se topara con las sociedades secretas en forma precoz. A fines de la década de 1970 cuando fui iniciado en círculos martinistas y rosacrucianos, que en aquella época florecían en Buenos Aires, sin embargo, la masonería me fue esquiva hasta 1989, año en el que fui admitido en una logia.

Pero tuve la suerte de tener noticias de la masonería a edad muy temprana y acceder a libros en los que pude comprender que estaba frente a un fenómeno complejo. En efecto, en la medida que se acumulaban en mi biblioteca, esos libros me mostraban facetas absolutamente diferentes respecto de la sociedad de los masones. Algunos textos eran prácticamente incomprensibles para un profano: Remitían a disciplinas como la alquimia, la cábala y el corpus de libros que conocemos como hermetismo. Otros hablaban de una secta infame creada para destruir a la Iglesia Católica. Los más numerosos reivindicaban su carácter libertario, su participación en revoluciones y gestas emancipadoras. En algunos casos se los acusaba de ser infiltrados por los jesuitas, en otros de haber cobijado a magos y hechiceros de todo calibre. Muchos de estos libros habían sido escritos por masones, que hablaban de los secretos de la Orden e incluían los manuales de cada grado con pelos y señales. Otros, en cambio, eran de autores vinculados a la Iglesia Católica o a sectores nacionalistas, que veían en la masonería a eje de todos los complots. Por entonces no había internet; aun así, el panorama masónico se presentaba inasible. De modo que cuando finalmente fui iniciado, a los treinta años, no tenía claro cual de todas las versiones me tocaría en suerte.

Con el advenimiento de la web todo se hizo más confuso, caótico y descontrolado; la sociedad de los masones “la buena sociedad” –como se titula un libro olvidado del H.·. Avalos Billingursth- se volvió popular, a la espera de que la posmodernidad llegara a sus puertas para invadirla como la maleza a una casa abandonada. Crecí en una masonería que propiciaba abrir sus templos a la sociedad y, de hecho, fui testigo de lo que sucedió en los últimos veinticinco años. En ese lapso, que equivale a gran parte de mi vida adulta, pude comprobar que el panorama variopinto que mostraban los libros era verosímil con la realidad de la masonería; que no había una sola versión sino muchas. Que existían diversas masonerías tan extravagantes y tan serias como sobre las que había leído en mi adolescencia y que –para mayor sorpresa- en cada una de estas no existía tampoco una unidad de criterios respecto a temas como Dios, la vida, la muerte, el alma, el buen gobierno etc.; que existían principios fundamentales, una suerte de normativa consensuada a la que se denomina landmarks, que algunos interpretaban de una manera y otro de otra; que como consecuencia, los masones no sólo sufrían la excomunión de algunas iglesias sino de la de ellos mismos que se prohibían los unos visitar a los otros bajo pena de expulsión. En efecto, los libros no me habían mentido.

¿Cuál de estas era la verdadera masonería? ¿Había acaso una verdadera? Partiendo de la premisa de que para que haya una moneda falsa debió primero existir una original, decidí dedicarme seriamente al estudio de los orígenes de la Orden sin saber que, con el correr del tiempo, descubriría un tesoro de experiencias y conocimientos insospechado. Sería tedioso para el lector escuchar el relato completo de esta búsqueda, pero también estaría incompleto este libro si no explicara, especialmente a mis HH.·. de qué manera y por qué vías llegué a las conclusiones que expongo ahora y que resumen seis libros que las preceden. Porque -como una vez me dijo un duro contrincante en una discusión abierta al público- no todo es tomar te con masitas y esto que hoy expongo con claridad debió sufrir la zaranda de la duda, de las presiones internas y externas y el agrio gusto de ataque personal.

En el balance, luego de doce años de publicado mi primer libro sobre los orígenes cristianos de la francmasonería, debo decir que estoy plenamente satisfecho. Tuve la oportunidad de aprender y confrontar con numerosos masones de gran reputación y de integrar academias y centros de estudios en los que puedo exponer mis ideas en un ambiente de armonía y respeto. Finalmente he comprendido que la masonería jamás tendrá una teoría del campo unificado porque continúa alejándose de sus raíces y que ni siquiera podrá conformar una verdadera liga universal. El universalismo masónico es infinitamente más difuso que el de cualquiera de las religiones denominadas universales. Y no porque se trate de una sociedad de librepensadores sino porque con el correr de los siglos, algunas de sus expresiones se han apartado tanto de su matriz original que apenas conservan el nombre de un oficio que nunca conocieron, con una historia que nadie les contó. Este libro pretende llenar ese vacío respecto a los orígenes y la historia cristiana de la Orden de los Francmasones.

2.- La necesidad de una Historia de la Masonería Cristiana

Dice una definición generalmente aceptada que el propósito de la ciencia histórica es la fijación fiel de los hechos y su interpretación, ateniéndose a criterios de objetividad. Es cierto que debe abordarse la historia con un método científico, sin embargo, la misma definición admite que la posibilidad de cumplimiento de tales propósitos y el grado en que sea posible son en sí mismos objetos de debate. En tal caso, la historia deja de ser una ciencia.

La investigación de un hecho puede resolverse mediante el análisis de testimonios, crónicas, documentos, fuentes en sentido estricto, tal como las denominamos. Pero también por otras a las que llamamos indirectas, tales como tumbas, medallas, monedas, objetos etc., que por tales no dejan de ser importantes en el análisis del contexto de un suceso. Nuestro libro no intenta narrar un hecho sino una historia en su definición más amplia, es decir, un período transcurrido, en este caso desde la aparición de la masonería en el Occidente cristiano hasta nuestros días. Su objeto primario es aportar la documentación en la que se fundamenta el origen cristiano de la masonería. Pero no sólo eso.

La necesidad de este libro nace de una controversia que divide actualmente a la denominada francmasonería, básicamente entre quienes anclan su origen en la lucha por la secularización de la sociedad, es decir, el advenimiento del laicismo en todas sus formas, como su objetivo fundamental y entre quienes creen que lejos de esto, la masonería se forjó en el seno de las órdenes religiosas de la Edad Media y se desarrolló hasta convertirse en una vía iniciática cristiana, es decir, en una Escuela de Misterios con una doctrina propia, sustentada en el Antiguo Testamento, El Evangelio de Jesucristo y en los escritos de los Padres de la Iglesia. En el primer caso estaríamos frente a un fenómeno creado con fines exclusivamente sociales y una tarea dirigida al proceso que llevó a la separación de la Iglesia del Estado y que persigue el confinamiento del hecho religioso al ámbito exclusivo de la vida privada. En el segundo estaríamos definiendo un fenómeno presente en todas las civilizaciones que han existido sobre la Tierra, una elite de personas que mediante una metodología determinada accede a una espiritualidad más profunda que la del común de sus contemporáneos, en este caso en el espacio cultural cristiano.

Aunque resulte curioso hoy llevan el mismo nombre instituciones enmarcadas en los dos casos referidos, con todo un amplio grado de matices entre ambos extremos. Esto sólo puede ser producto de una confusión enorme que, por otra parte, afecta no sólo a los propios masones sino a quienes sin pertenecer a la masonería intentan comprenderla.

Durante muchos años medité acerca de la tarea del historiador. Mi conclusión es que básicamente, quien estudia la historia trata de zanjar la distancia entre el hecho narrado y el hecho vivido. Reúne datos, los ordena y los confronta. Pero fundamentalmente debe entender la mentalidad que animaba a los sujetos que investiga, pues en definitiva se trata de sujetos, seres biológicamente parecidos a nosotros pero seguramente diferentes en su percepción de las cosas. Es así que resulta contra natura redefinir en términos modernos un símbolo que fue concebido en el claustro de un monasterio. No puede aplicarse ese símbolo de modo descontextualizado, porque estaríamos cambiando el concepto que trataba de transmitir por otro que tiene que ver con nuestro tiempo y no con el de aquél que nos ha legado su significado.

Lo cierto es que desde principios del siglo XVIII la historia de la Masonería se ha contado una y otra vez a tal punto que, probablemente, el título más repetido en la temática masónica es justamente “Historia de la Masonería” o el más pretensioso “Historia General de la Francmasonería”. Todos ellos parten del mismo año, dedicándole apenas unas pinceladas a los mil años anteriores en los que, paradójicamente, sustentan su razón de ser. Esta es la raíz del problema. El proceso que se inició en 1717, abriendo las logias a hombres de distintas religiones o ninguna, culminó sustituyendo definitivamente a aquellos mil años precedentes cuando la Revolución francesa pasó a degüello a los masones cristianos, para apropiarse luego del aparato construido en torno a las logias y su secretismo. Pero el secreto iniciático pronto se vio sustituido por el necesario a cualquier conspiración. Con un poco de empeño y la inclinación de los pueblos hacia el sentimiento ancestral del complot, la masonería quedó asociada al fervor revolucionario en contra del trono y del altar. Nada más alejado del cristianismo en el que murieron infinidad de masones en las guillotinas de París, las calles de Lyon o las marismas de Culloden donde escoceses y franceses regaron con su sangre suelo inglés.

La pregunta que surge cuando nos encontramos con este punto es porqué razón se han distorsionado los hechos. Evidentemente han existido razones poderosas para ocultar rasgos fundamentales de la masonería. Y una de las herramientas utilizadas para la descristianización de la Orden ha sido precisamente la recurrente imposición de una suerte de orden cronológico. He explicado en la introducción al estudio de la obra de san Beda De Templo Salomonis Liber, que Las cronologías son a la Historia como un  álbum de fotografías a la vida de un hombre. Nos indican un lugar y un momento, pero nos ocultan el camino. Nos hacen creer que la vida es el instante cuando en realidad el suceso nunca podrá explicarnos el proceso. La historiografía de la Masonería sufre del mal de las cronologías y en el álbum de su larga vida se han omitido las fotografías de algunos sucesos y ocultado las de otros. Como un hombre que decide mostrar de su vida sólo aquello que hace a ciertos intereses determinados, algunos masones han elegido minuciosamente la cronología de la masonería y la han impuesto con éxito.

Otro aspecto importante, que ha contribuido a la desnaturalización de los orígenes de la masonería es la inclinación de muchos masones a referirse a leyendas y confundirlas con hechos históricos. Esta cuestión es crucial, porque en la literatura masónica es frecuente encontrar disparates tales como que Adán fue el primer masón o con afirmaciones más suspicaces, como es el caso de algunas Constituciones supuestamente masónicas que ya han sido descartadas por los estudios más serios pero que siguen citándose cual si se tratara de documentos reales. Entre uno y otro extremo hay cantidad de leyendas que conformar el cuerpo alegórico de muchos rituales relativamente modernos. Confundir la alegoría de un relato ritualístico con un hecho estrictamente histórico ha sido la fuente de inspiración de centenares –por no decir miles- de libros y artículos que sólo agregaron más confusión al tema para beneplácito de los racionalistas.

Lo mismo a ocurrido con la irrupción de la caballería en el seno de las logias, especialmente el templarismo de los siglos XVIII y XIX que se filtró en infinidad de ritos y que sólo en algunos -como es el caso del Régimen Escocés Rectificado- pudo resolverse de manera adecuada. Por todos estos motivos y otros que expondré a lo lardo de la obra, es que se hace necesaria una obra dedicada al origen cristiano de la masonería, porque de ese modo estaremos demostrando que la Masonería Cristiana no sólo tiene una base histórica solida sino también un ordenamiento que lejos de manipular los símbolos y los rituales ha  intentado una y otra vez rectificar el rumbo, manifiesta y reiteradamente alterado por intereses ajenos al oficio. Pero, ¿De qué oficio hablamos?

El oficio de construir es tan antiguo como el hombre. En el Antiguo Testamento se hace referencia a extraordinarias construcciones antediluvianas como la Torre de Babel. La historia nos enseña acerca de cofradías de constructores en la antigüedad, hacedoras de  portentos de ingeniería arquitectónica que aún nos sorprenden por su grandeza, su simbolismo y la pericia de su diseño. Estas obras, en su mayoría, tenían un sentido sagrado, lo que nos hace pensar que la arquitectura, desde los albores de la civilización, ha sido el reflejo de una actitud espiritual y trascendente.

En Europa esta herencia antigua cobró una identidad propia con la construcción de capillas, iglesias y catedrales. La arquitectura sagrada se vio expandida a lo largo y ancho de Occidente y se convirtió en el modelo sobre el cual se edificaría la espiritualidad y la política de todo un Imperio. Este legado de la denominada Antigüedad Clásica se transformó un parte vital de la vida humana y cada templo cristiano se integró a una red extendida de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, como si se tratase del sistema circulatorio de un organismo vivo, capaz de llevar el arquetipo cristiano hasta los confines más inhóspitos.

Pero a diferencia de las construcciones megalíticas del mundo protohistórico, o las moles de piedra de Egipto o Sumer, o los refinados Panteones y Laberintos de la Antigüedad tardía, la arquitectura cristiana se pensó como la representación ontológica del hombre y puente entre él y Dios. En efecto, las grandes catedrales son una expresión de la naturaleza humana en su esplendor y su belleza, tal como fue hecha por el propio Dios a su semejanza. Esta particularidad otorga al marco de la arquitectura cristiana un sentido único, diferente a todos sus antecedentes históricos. En ese marco nació la masonería.

Más allá de la importante tradición constructora de las antiguas culturas del Mediterráneo oriental, cuyas obras son muestra evidente de un profundo conocimiento técnico y de la dimensión sagrada del arte de erigir templos, lo cierto es que la masonería, tal como la conocemos, es fruto del espacio cultural cristiano. Es decir, se desarrolla en una geografía extendida en aquello que Raimon Panikkar denominaba especie cultural cristiana. Por lo tanto, estas antiguas tradiciones de las corporaciones de constructores de la antigüedad, se verán subsumidas y enriquecidas en un nuevo significado, propio del judeocristianismo.

En la iconografía cristiana, Dios es un Cosmocrator. Cristo asume el rol de constructor del mundo. Las figuras de Dios Padre y de Dios Hijo pueden observarse en infinidad de frescos en los que sostienen un compás en su mano. Es un compás con el que trazan la creación del mundo. Esta tradición dará lugar al nombre de Gran Arquitecto del Universo. Remitimos al lector a la imagen del poderoso cuadro de William Blake como muestra de la persistencia de esta imagen dentro del ideario religioso y poético de occidente.

Pero más allá de este vínculo entre la Divinidad y la construcción, el cristianismo ha dado a la piedra un significado profundo desde sus mismas raíces. Cristo, hablándole a san Pedro, le dice que sobre esa piedra –el propio Pedro- se edificará Su Iglesia. A partir de esta afirmación se construirá todo un contexto alegórico, una estructura figural y una simbología destinada a otorgar a la piedra una dimensión ontológica. Es decir, la piedra deja de ser sólo el material con el que se construye sino que toma la dimensión del propio constructor. Hay aquí una diferencia sustancial con el mundo pagano, que descubrimos en el mismo momento en que el hombre es comparado, alegóricamente, con la piedra.

Piedra es el propio Cristo, tal como nos lo indica san Pablo en su Epístola a los cristianos de Efeso, cuando les dice que “Ya no son extranjeros ni forasteros, sino que son ciudadanos del pueblo de Dios y miembros de la familia de Dios. Están edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular. Por él todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor. Por él también ustedes se van integrando en la construcción, para ser morada de Dios por el Espíritu”.

El cristiano se convierte en piedra potencial del Templo Consagrado. Pero potencial en tanto que -como luego encontraremos reafirmado en los Padres de la Iglesia y en la concepción figural del monasticismo benedictino- no cualquier piedra puede insertarse en el sagrado muro sino una que haya sido previamente cuadrada. De allí, a la dimensión simbólica de la piedra en bruto que debe cuadrarse, señalada con meridiana claridad por san Beda en el siglo VIII, hay sólo un paso.

Esta cualificación de la piedra cuadrada (llamada cúbica por los masones) como símbolo del cristiano apto para la integración del Templo Consagrado, la encontramos fuertemente difundida en los siglos VIII y IX. Pero lejos de culminar su ruta como modelo de transformación, la piedra convertida en símbolo del hombre que trabaja sobre sí mismo, alcanza una expresión superior en Honorio de Autum (circa 1080 - post 1125), que exigirá a todo hombre que construye literalmente una iglesia, que sea un Hominus Cuadratus, un hombre en escuadra, alguien que haya conseguido hacer de su piedra en bruto una capaz de encontrar su sitio en la construcción del Templo. El artista no sólo debía entrenarse en su técnica y su habilidad, sino también en la praxis de una moral cuyos ejemplos debía buscar en las sagradas escrituras. Al leer la obra de Teófilo acerca de las técnicas del arte, titulada Diversarum Artium Schedula  -considerada muy importante por su significación técnica- nos encontramos con el concepto de que un hombre que construye un Templo no puede menos que reconocer la premisa de la construcción de un templo interior en el que reine la virtud, misión a la que está convocado a partir del aprendizaje en el uso de las herramientas. Esta simbología será recogida y desarrollada a niveles extraordinarios por la propia tradición de los masones primitivos, los constructores de catedrales.

Mientras que en el mundo pagano la construcción de los templos quedará para la mano de obra de los esclavos, en el mundo cristiano cada eslabón de la larga cadena, desde la cantera hasta los capiteles más delicados, quedará en manos de hombres que son conscientes de la obra que realizan y que, además, seguramente no la verán terminada. Podríamos citar innumerables ejemplos de pueblos enteros arrastrando los carretones que llevan a las grandes piedras desde la cantera a la obra. Ya no importa si se trata del tosco cantero que arranca una astilla de roca a la montaña, o si de los peones aprendices que trasladan aquellas moles inmensas al local de la logia, o si de los artistas que llegan a esculpir las nervaduras de las hojas de acanto en los perfiles de las columnas de piedra. Lo que verdaderamente importa es que son hombres libres, que han abrazado, por vocación o tradición familiar, una profesión que los mantiene en contacto con lo sagrado, hasta convertirlos en parte misma del Templo.

La masonería moderna es –debiera ser- heredera de este espíritu, que se banaliza cuando queda reducida a una institución que socializa, que centra su acción únicamente en su indudable capacidad de diálogo y confraternidad entre los pueblos o se limita a la beneficencia y la filantropía. Todo esto forma parte de la masonería moderna: Sociabilidad, confraternidad, defensa de los derechos humanos, lucha por la libertad de los pueblos e igualdad de las personas. Pero todo ello si primero anteponemos el ADN de aquella semilla plantada hace ya siglos, en la que germinó un método de transformación interior que vuelve al animal humano un hombre espiritual capaz de comprender y trasmutar su propia naturaleza. 

Hacia el siglo VIII ya estaba claramente definido qué era un masón. El vocablo tiene su origen en la alta Edad Media, en tiempos anteriores al Imperio de Carlomagno. Según san Isidoro de Sevilla se denominaban machionis (albañiles) a los trabajadores de la construcción, a causa de las machinas (andamios) que utilizaban para alcanzar la altura de las paredes. De este vocablo machio derivan los términos macón (francés), mason (inglés), masón (español), maurer (alemán) y muratore (italiano). En síntesis, un masón no era otra cosa que un albañil que trabajaba en el andamiaje con el que se construían los muros. De este modo, san Isidoro los diferenciaba de los tectonas griegos, constructores de paredes y techos y de los arquitectos, que eran los que “disponían los cimientos”[1]

Los masones, entonces, quedaban definidos como tales, albañiles, nombre que conservan en muchos idiomas trece siglos después. Con posterioridad a san Isidoro, en el marco de las grandes construcciones abaciales –las llevadas a cabo por monjes albañiles en el marco de las abadías y monasterios- aparece el término magister caementarius, maestro albañil, considerado un trabajador calificado en el ámbito de las órdenes monásticas, en particular la de los benedictinos. Podemos encontrar numerosas referencias a estos maestros albañiles en las Constituciones de cuño cluniacense, en particular las redactadas por Udalrico de Cluny, Bernardo de Masilia y Wilhelm de Hirschau. Este oficio tuvo también una decisiva importancia en la reforma de Cister dando lugar, como veremos, a una más compleja jerarquía entre los trabajadores de la construcción.

La cantidad de referencias a estos masones, tanto entre los cluniacenses como entre sus hermanos cistercienses, permite un estudio directo, amplio y documentado respecto del oficio de estos monjes y de los laicos que paulatinamente fueron introducidos en los talleres. Oficio que recibió, naturalmente, el nombre de masonería. En vista de tales antecedentes, la historia de la masonería no puede enmarcarse fuera de la del cristianismo ni la de Europa, en virtud de lo cual su análisis se torna necesariamente cristiano y eurocéntrico. Sabemos de antemano que esta afirmación, que nos resulta tan obvia, provoca fuertes rechazos en un amplio arco de la actual francmasonería y entendemos que este rechazo es lógico si nos adentramos en el marcado proceso de descristianización que la masonería sufrió a partir de 1717, cuando los pastores Anderson y Desaguliers comenzaron la tarea de universalizarla para poder captar hombres provenientes de otras corrientes religiosas e incluso agnósticos. Pero pese a estos esfuerzos, que llevan casi tres siglos de industrioso empeño, no se ha logrado desvincular a la Orden de su carácter cristiano, pues para ello habría que rescribir toda su historia o vivir ocultándola, cosa que es imposible.

También sabemos a priori que aquellos que niegan esta profunda relación entre masonería y cristianismo, frente a la abrumadora cantidad de documentos que la prueban, recurrirán de inmediato al argumento que separa a la historia de la Orden de su simbolismo actual. Este libro da por tierra con este atajo con el que se pretende escapar del laberinto en el que algunas expresiones masónicas se han metido, porque toda la simbología masónica, es decir, la que construye el lenguaje de símbolos que actualmente se utiliza en las logias, no sólo proviene del Antiguo y del Nuevo Testamento sino que fue desarrollado minuciosamente por monjes benedictinos que le dieron su cariz actual entre los siglos VIII y XI, es decir, cuando aún el Imperio se encontraba bajo férreo control de la religión católica romana y sus monasterios eran el único refugio del saber humano en Occidente. Entonces a los orígenes históricos se suman los de su simbolismo. Ambos tienen un génesis definitivamente cristiano.

3.- Las fuentes

Hemos hecho referencia en nuestro apartado anterior al tema de las fuentes. Sin ánimo de generalizar, la mayoría de los libros sobre historia de la masonería no han sido escritos con metodología científica, salvo los trabajos producidos en las distintas academias y centros universitarios que en los últimos años han desarrollado la masonología como materia que analiza el fenómeno masónico. El abordaje de la historia de la masonería requiere un marco general y una aproximación minuciosa al mundo medieval. No basta mencionar a los canteros, ni a los constructores de catedrales sino que es necesario analizar el proceso que dio nacimiento a esta civilización constructora que no en vano ha sido comparada por historiadores como Paul Johnson con otras culturas de la piedra, como el antiguo Egipto o la Masopotamia.

Pero tampoco puede reducirse al límite cronológico que los manuales de historia imponen a las fronteras del mundo medieval. Étienne Gilson plantea un problema radical al abordar la filosofía en Edad Media; en su obra fundamental afirma que al hablar de filosofía medieval resulta insoslayable el análisis del pensamiento de las primeras comunidades cristianas y el de los Padres de la Iglesia. Dice Gilson que si se quiere estudiar y comprender la filosofía de esta época, hay que buscarla donde se encuentra, es decir, en los escritos de hombres que se presentaban abiertamente como teólogos o aspiraban a serlo. Para Gilsón la historia de la filosofía de la Edad Media es una abstracción de una realidad más vasta y más comprensiva, que fue la teología católica medieval. [2] Del mismo modo, hablar de los canteros medievales o de los constructores de catedrales como los antecedentes históricos de la masonería resulta una abstracción del contexto teológico medieval del cual son apenas su expresión arquitectónica en un período determinado de tiempo.

Desde luego que no se trata de encontrar bases teológicas en la masonería medieval –que las tiene- pero sí de determinar el origen de estas corporaciones de oficio que encuentran sus antecedentes en modelos asociados al monasticismo, tanto en los aspectos propios del oficio y la organización de los talleres de construcción como así también en el simbolismo –palabra que por entonces no existía pero que se puede asimilar al concepto de “alegoría”- con el que fue impregnado el espíritu de los constructores. El análisis de las fuentes provenientes del mundo monástico da por tierra con la pretensión de construir una historia de la masonería a partir del nacimiento de las guildas y las corporaciones de oficio, puesto que encontramos en el mundo monástico estructuras anteriores al proceso de secularización que coincide con la construcción de las catedrales. Podemos ir aún más atrás y descubrir que mucho antes de que fuera erigida la primera catedral ya existía un modelo masónico mediante el cual, la incipiente alta Edad Media comenzaba a encontrar los arquetipos que resultarían en la base del futuro lenguaje simbólico de los masones.

Al utilizar un criterio parecido al que Gilsón aplica a la historia de la filosofía medieval nos encontramos con un universo que cambia radicalmente la visión de la masonería como un oficio devenido en sociedad secreta para elevarlo a la estatura de artífice primario de la construcción religiosa, política y social de la Edad Media. Esa nueva visión ubica al masón como un hombre consciente del cosmos en el cual construye un Templo para la Gloria de Dios desde su percepción humana de la divinidad. Panikkar denominaría a esto como una visión cosmoteándrica, una idea integrada del Cosmos, de Dios y del Hombre, que trató de explicar toda su vida y que pocos comprendieron. ¿De qué modo sino explicar la maravilla que representa el conjunto de miles de catedrales, iglesias y abadías construidas en toda Europa? ¿Podemos acaso imaginarnos este proceso de siglos sin una conducción subsumida en un modelo cosmológico y antropológico cristiano? Si los medievalistas contemporáneos, en particular George Duby, al referirse al lenguaje de la Piedra, hablan de una pedagogía de masas ¿Podemos creer que un plan pedagógico universal pudo concebirse de manera espontanea y aplicado por obreros rudos con sus nudillos deformados por los golpes del mazo y la erosión de la argamasa? ¿Es posible plantear una historia tan ingenua de la masonería? Definitivamente no.

En 1998, en un reducido círculo de estudiosos de la francmasonería, planteé por primera vez la necesidad de explorar de forma metodológica lo que algunos autores referían en torno a los vínculos del monasticismo con la masonería medieval. En Francia, Paul Naudon mencionaba específicamente a los benedictinos en su obra Los Orígenes Religiosos y Corporativos de la Francmasonería. En Francia Danton, un siglo antes, rendía tributo en un párrafo al conde palatino de Seheuren, Wilhelm de Hirsau. En Argentina, Marcial Ruiz Torres, en su manual del Maestro Masón mencionaba nuevamente al conde Wilhelm y una extensa bibliografía alemana lo reconocía como “creador de las primeras logias alemanas”. En Alemania autores como Sonnekalb y Karl Bayer habían estudiado la similitud entre el Ritual del Maestro Masón y los rituales de Profesión de Fe en la Orden Benedictina. En España, Miguel Gimenez Sales advertía que la leyenda de Hiram ya era conocida en el siglo XI por el monje Walafrid Strabón. Todo parecía apuntar a un enigma mencionado a medias, guardado en las abadías benedictinas. Estas menciones, apenas párrafos incluidos en obras serias y documentadas, constituyeron la base sobre la cual comencé el análisis de fuentes hace ya catorce años. 

Pero fue en 2006, frente a la Iglesia de San Bartolomé, en Logroño, mirando esa historia terrible tallada en la piedra, que entendí que mi tarea era reunir lo disperso y rectificar una historia real sustituida por apenas un conjunto de leyendas: La moneda falsa, en efecto, había sido copiada de una verdadera y este libro, que verá la luz en 2013 si Dios quiere, cuenta precisamente esta historia.

           

           



[1] San Isidoro, Etimologias, 1.4 Arquitectura
[2] Gilson, Étienne. La Filosofía en la Edad Media; Gredos, Madrid, 1976, p. 8 y ss.

sábado, 5 de mayo de 2012

¿Qué esperamos de quien ha de golpear a las puertas de nuestras logias?


Que las costumbres castas y severas sean tus compañeras inseparables, y te vuelvan 
respetable a los ojos de los profanos; que tu alma sea pura, recta, veraz y humilde
Regla Rectificada, Art. VII


Como toda institución humana, la francmasonería es un organismo vivo. Sus filas se nutren de individuos a los que llamamos profanos (que significa que están a las puertas del templo, pero todavía no dentro) a quienes, mediante un rito de pasaje, llamado Iniciación,  convertimos en masones, en iniciados. Desde épocas remotas se ha discutido acerca de las virtudes que deben decorar a un profano que llama a las puertas de nuestros Templos; es un tema de debate. Sin embargo, a nadie escapa que el verdadero -y único- poder real de una Obediencia Masónica radica en la calidad de sus iniciados.
En la medida en que las distintas masonerías han vuelto más flexibles sus condiciones para el ingreso de profanos, las mismas se han profanizado; es decir, en vez de insuflar en los nuevos miembros el espíritu masónico, se ha permitido que el espíritu de la profanidad ingrese en las logias. ¿Qué condiciones debe reunir un candidato a la iniciación masónica? Este artículo, que acaba de publicarse en la página web del Gran priorato de Hispania, intenta responder a esta pregunta, pero llevándola a un margen aún más estrecho. ¿Qué condiciones debe reunir un profano que pretende ingresar en una logia del Régimen Escocés Rectificado? Lejos de ser nuevo, este tema de debate se remonta al siglo XVIII.
            En 1782, en la ciudad de Wilhelmsbad, tuvo lugar uno de los Conventos masónicos más famosos de la historia. En aquella ciudad alemana, los masones reformistas de Willermoz y los neotemplarios de la Orden de la Estricta Observancia, liderados por el duque Ferdinand de Brunswick, crearon las bases del Régimen Escocés Rectificado, con el que pretendían reconducir a la masonería a las vías de una iniciación en sintonía con los orígenes de la Antigua Orden. Esta masonería, vigente en el mundo como fiel testigo y depositaria del legado de Willermoz y de Brunswick, tiene una idea precisa de qué se espera de un candidato, de un profano que llama a las puertas del Templo. Este es el tema sobre el que conversan, en el claustro, dos masones Rectificados en tanto cae la tarde; conversación de la que somos testigos en esta segunda entrega publicada en la página web del GranPriorato de Hispania.

  
CONVERSACIONES EN EL CLAUSTRO
II 

Querido Hermano, en nuestra anterior conversación, hablando de los valores del caballero, tú me decías que ya no dirime en justas y torneos, que su lucha ya no se lleva a cabo con la espada, pero que tiene en su poder herramientas como la palabra, la pluma la convicción. Me has dicho que la lucha eterna a la que está llamado el caballero es entre el bien y el mal. Pero también me has advertido de aquel que puede convertirse en un mal caballero. Esto me lleva a preguntarte sobre un tema complejo: ¿Qué tipo de hombre es aquel que puede penetrar en nuestros misterios? ¿acaso basta con que sea un “hombre libre y de buenas costumbres”? ¿Qué esperamos de quien ha de golpear a las puertas de nuestras logias?

Una precisión de antemano: no se puede entrar en la Orden Rectificada directamente como caballero; hay que pasar primero por nuestra Clase Simbólica, es decir, hay que ser primero masón Rectificado para poder aspirar a entrar en la Orden Interior de Caballería. La Orden Interior se nutre únicamente de los Maestros Escoceses de San Andrés, sin que ello quiera decir que todos los M.E.S.A. tengan que llegar a ser merecedores de ser armados Caballeros y acceder así a terminar la Vía Iniciática que la Orden Rectificada propone. Un error común en el ámbito del R.E.R. ha sido creer que por el hecho de haber entrado en la Orden Rectificada se adquiere el derecho de ser armado Caballero: craso error, del que la experiencia nos ha mostrado sus funestas consecuencias. Inclusive, una vez se accede a la Orden Interior del Régimen Escocés Rectificado, no se accede directamente a la calidad de Caballero Bienhechor de la Ciudad Santa, sino que hay que pasar por una etapa intermedia como Escudero Novicio, que en realidad es una especie de meritoriaje en que el interesado ha de demostrar ante aquellos que han de autorizar su avance, que reúne las condiciones para ser armado. Si finalmente no es declarado apto o abandona ésta etapa, vuelve a su condición de M.E.S.A. (como así disponen nuestros Códigos fundacionales) sin tener derecho alguno a reclamar absolutamente nada y pudiéndose cerrar toda opción futura de promoción o acceso, quedándose como Maestro Escocés.

Por otra parte, ésta Orden Interior de Caballería es una peculiaridad de la Reforma de Lyon que dio lugar al Régimen Escocés Rectificado, peculiaridad única y no existente en el R.E.A.A., en el Rito Francés ni en ningún otro sistema masónico (donde el tema de la caballería es tocado muy de refilón), inclusive, ni en la masonería inglesa donde los Knight Templar y la Orden de Malta masónica, resultan un añadido que ellos denominan “grados colaterales” (y que tratan de imbricar como pueden, reclutando sus candidatos en el Royal Arch u Arco Real y los Maestros Masones de Marca) sin estar integrado en una metodología iniciática propia como sucede en el Régimen Escocés Rectificado. Siguiendo en la línea de ésta misma peculiaridad, la Orden Rectificada es gobernada por los Caballeros, y aun así, no por todos ya que solamente los Caballeros Grandes Capitulares tienen derecho a ello, de tal modo, que a diferencia de lo que sucede en la masonería convencional, que considera la Logia como la base de la Obediencia (es habitual oír: “la logia es soberana”) en nuestro caso, la Logia obtiene su autoridad por delegación de la Orden Interior, residiendo la autoridad en la cúpula y no en la base, ya que partimos del principio de que “toda Autoridad viene de Arriba”, que como cristianos entendemos que viene de Dios que es la Autoridad suprema, siendo toda autoridad humana o terrena, simplemente un débil y pálido reflejo de la misma.

De lo dicho hasta aquí, puede deducirse que no cualquiera puede participar de nuestros Trabajos. Esa noción de “hombre libre y de buenas costumbres” propio de la masonería universalista y que deja entrever que cualquiera puede ser masón no tiene sentido entre nosotros. Evidentemente que todo candidato a ingresar ha de ser un “hombre libre y de buenas costumbres” pero no solamente esto –que también, pero en otro sentido que trataré de explicar a continuación- sino que como condición sine quanon, ha de ser cristiano –y aquí añadiría lo que se dice en uno de nuestros rituales: o dispuesto a llegar a serlo de buena fe- para poder optar a ello. Esta condición de “cristiano” imprescindible para poder entrar, tiene su explicación porque toda la doctrina y enseñanzas que va a recibir el impetrante a lo largo de su paso por el Régimen Escocés Rectificado y sus distintos grados y clases, estará basada en la tradición cristiana, de tal modo, que sin el conocimiento y formación previa en los rudimentos cristianos que haya podido obtener anteriormente, no podría entender todas las enseñanzas de la simbología y emblemas que la Orden pueda presentarle. Por poner un ejemplo: nadie puede llegar a leer o escribir si antes no conoce el abecedario, o difícilmente nadie llega a multiplicar o dividir si antes no ha aprendido a sumar y restar.

Así pues, sin el conocimiento previo que procura una formación cristiana nadie puede acceder a la Orden Rectificada. Se imponen aquí ciertas precisiones; cuando decimos cristiano, queremos decir alguien perteneciente o que haya estado formado en cualquiera de las Iglesias cristianas que pueden profesar sin dificultad el Credo de Nicea, quedando excluidas todas aquellas otras corrientes o iglesias que diciéndose “cristianas” en realidad no lo son, situación muy propia de nuestro mundo actual, que busca un espiritualismo descafeinado, queriéndose hacer una fe a su medida y ausente de compromiso, sin estar sujeto a nada ni a nadie y cambiando de iglesia con la facilidad que cambian de parecer.

No obstante, somos conscientes del estado actual en que se encuentra el hombre y el mundo, y aquí me refiero a la frase que decía antes de: “o dispuesto a llegar a serlo de buena fe”. Habría que hacer una distinción entre “cristiano” y “culturalmente cristiano” que vamos a tratar de definir, entendiendo el primer estadio como el de todo bautizado que mantiene una práctica sacramental activa, y el segundo, como el del bautizado que ha llegado a cumplir o cumple de tanto en tanto con alguno de los sacramentos cristianos, pero no tiene una práctica habitual, encontrándose –por la razón que sea- un tanto alejado de esa vida activa. Por desgracia, este segundo estadio, es el estadio dominante en nuestra sociedad y nuestro mundo, y si queremos ser realistas, ni podemos ir mucho más allá ni tampoco seríamos caritativos desde un punto de vista cristiano, marginando esa mayoría de hombres que se encuentran en esta situación. He podido ver y comprobar los efectos beneficiosos que el Rito Escocés Rectificado puede desplegar en el ser humano con el pasar del tiempo –yo mismo soy un ejemplo viviente de lo que estoy diciendo y del efecto de “retorno” que se opera en el individuo-, pero en cualquier caso es necesaria la fe cristiana previa a la entrada, fe que con toda seguridad se irá fortaleciendo.

Volviendo al sentido que damos a la frase de ser un “hombre libre y de buenas costumbres” he oído muchas veces decir entre los masones ajenos a nuestra Orden, que se trata ahí de todo hombre que no sea esclavo, asociando el sentido a la noción de esclavitud del hombre por el hombre, mientras que en la Orden Rectificada entendemos la noción de “hombre libre” asociada a que no sea esclavo de sus pasiones y vicios, pues se trataría en este caso de una esclavitud de tipo espiritual. Sucede lo mismo en nosotros con la noción de “progreso” que a diferencia de como se entiende en el resto de sistemas masónicos, el único “progreso” que nos preocupa en nuestros afiliados, es el progreso espiritual del individuo que constituye el objeto real de nuestra asociación.

Finalmente, a tu pregunta de qué esperamos de aquel que llama a la puerta de nuestras Logias, responderé: sumisión. Ya sé que esta respuesta suena muy fuerte en éste, nuestro mundo de libertades y derechos, que el ciudadano se muestra tan orgulloso de haber conquistado. En el ritual que se entrega a nuestros Aprendices, en el catecismo por preguntas y respuestas, se le pregunta al recién entrado: Pregunta ¿qué venís a hacer en Logia como Aprendiz?, Respuesta Vengo a aprender a vencer mis pasiones, a superar mis prejuicios y a someter mi voluntad, para hacer nuevos progresos en la francmasonería. Hay en este fragmento respuestas a varias cuestiones; en primer lugar corrobora lo que antes decía de cómo entendemos al “hombre libre” y la noción de libertad que le atribuimos, en segundo lugar cómo entendemos la noción de “progreso” y finalmente la respuesta a la “sumisión” que antes pedía a todo candidato. Vengo (…) a someter mi voluntad, se dice en nuestros rituales, y es solamente sometiendo la propia voluntad en favor de la voluntad de la Orden que se pueden hacer progresos en esta vía. Está claro que se trata aquí de un acto de fe –quiero recordar que anteriormente hacía hincapié en la imprescindible necesidad de la fe cristiana para poder acceder a la Orden Rectificada del Gran Priorato de Hispania-, ¿acaso no encomendamos la propia suerte al Padre, cuando en la oración de oraciones, enseñada por el propio Cristo, decimos: “hágase tú voluntad aquí en la tierra como en el cielo ”? Quiero recordar también, que el primer pecado en el hombre, fue el pecado de orgullo; pues bien, es precisamente ese pecado de orgullo el que venimos a someter, cuando nuestra entrada en la Orden. Es a ésta sumisión a que hago referencia. Claro está que para someter ésta libertad nuestra, debemos habernos asegurado previamente, que nos sometemos ante algo o alguien inspirado en las más altas virtudes. Es lo que se le dice al recipiendario cuando se le pregunta en diversas ocasiones si quiere prestarse al primer juramento que va a efectuar en la Orden como Masón, asegurándole que: “…jamás se os exigirá nada que sea contrario a lo que debéis a Dios y al jefe del Estado, a vuestra profesión y a los otros hombres…” ¿Qué mayor garantía puede haber para un creyente, que una Institución fundamentada en la Religión?

Con todo, no dejamos de comprender la extrema dificultad que representa para el hombre de hoy la noción de sometimiento que pedimos, cuando en la calle todo apunta en sentido contrario y nuestro mundo es una jungla en que el hombre devora al hombre, pero por otro lado tampoco hay que olvidar que hay un componente de inconformismo por parte de aquel que decide venir a llamar a nuestras puertas, respecto al mundo y lo que le rodea, solo que -para sorpresa suya- se va a encontrar con que, para cambiar el mundo, primero ha de cambiar él.


Por todo lo que me acabas de responder, debo inferir que en esas falencias reside el mal que aqueja hoy a tantas masonerías. No es sencillo encontrar hombres que reúnan las condiciones que esperamos de un profano. Es evidente que se ha apostado al número en desmedro de las condiciones especialísimas que debe reunir un candidato. Pero este me lleva a volver a preguntarte: ¿Cómo debiera ser a tu criterio, la selección de nuestros Hermanos? ¿No debemos acaso buscar a aquellos que merecen ingresar en nuestra Vía Iniciática? ¿No debiéramos actuar más abiertamente en el mundo a fin de encontrar aquellos que, sin saberlo, nos están buscando?

Efectivamente, la masonería en general ha optado a nivel mundial por la cantidad en lugar de la calidad. Si la masonería estuviera inspirada por los principios a que antes me he referido, habida cuenta del número de masones existentes a nivel mundial, nuestro mundo andaría por otros derroteros, pero las cosas son como son. Tampoco hemos de sorprendernos que el mundo profano nos considere de la manera que nos considera, metiendo en el mismo saco a unos y otros sin hacer distinción entre los masones, de acuerdo a lo que profesan.

No creo que se deba buscar a nuestros posibles candidatos. La decisión de entrar en masonería ha de ser suya, debe ser un ejercicio de libre voluntad. Nosotros no hemos de elegir a los candidatos, es el hombre que debe elegir que hacer con su destino. No obstante, ello no quita que la masonería exponga al mundo cual es su pensamiento, sin que ello quiera decir que la masonería deba pronunciarse, por ejemplo, sobre tema tales como la Reforma Laboral o algo parecido, sobre aspectos contingentes por muy preocupantes y acuciantes que estos sean. No es a estos asuntos a los que está llamada la verdadera Masonería. La verdadera Masonería está interesada en el hombre pero contemplado éste desde un punto de vista ontológico, y visto así, las verdaderas necesidades del hombre no han cambiado tanto a lo largo de los siglos y son las mismas las del hombre del pasado, del presente y del futuro, porque son necesidades atemporales que tocan la esencia del ser humano y no son en absoluto materiales. No quiero tampoco decir que debamos ignorar las necesidades materiales del ser humano, solo que nuestro mundo ya ha generado suficientes instrumentos, estamentos y organismos de control para atender estas necesidades aunque estos estamentos no estén bien dirigidos. Ahora bien, estos organismos están dirigidos por hombres y estos hombres se mueven por unos principios y criterios, y es precisamente respecto a estos principios y criterios donde se sitúa el ámbito de actuación en que realmente entiende la verdadera Masonería. Ahí es donde debiera incidir, no queriendo convertirse ella misma en sindicato, o administración de justicia, suplantando un papel que no le corresponde y para el que no está preparada.

El gran error de gran parte de la masonería ha sido olvidar el papel que en tanto vía Iniciática tenía para el hombre –y que la Orden Rectificada del Gran Priorato de Hispania continua teniendo todavía- haciendo de él un referente para el mundo y la sociedad. Si la masonería pretende incidir en el mundo ayudando al desvalido, regalando mantas, o ambulancias, por muy digna de encomio que pueda resultar la iniciativa, tiene la guerra perdida, porque para eso ya están los Rotary Club, o los Lion’s o cualquier telemaratón televisivo que será capaz de recaudar más fondos que todos los masones juntos. La verdadera Masonería ha de incidir cambiando el modo de pensar de la gente, pero no imponiéndolo si no haciendo que nazca del fondo de su corazón, y para lograrlo, no puede hacerse de modo generalizado, si no que debe hacerse primero en el fondo del corazón de cada uno en particular, obrando como una revolución pero a la inversa, yendo de lo particular a lo general. Es entonces cuando Dios se refleja en el hombre y el hombre en Dios, convirtiéndose en instrumento de la voluntad divina y conquistando a la multitud, no con la fuerza de la espada, si no con la fuerza del ejemplo.

Pero evidentemente, para que el hombre logre lo que estoy diciendo, tiene que depurar sus sentimientos y sus pasiones, poniéndose al servicio de su Creador. He ahí una Masonería que estoy pintando que se encuentra muy lejos de la masonería que podemos ver y encontrar por doquier. La que resulta más visible, está buscando su sentido y su razón de ser desde la Revolución francesa, y no lo ha encontrado ni lo encontrará nunca, porque busca donde no debe y es incapaz de reconocer donde debería buscar. Esa masonería a que me refiero, es la que en su momento echó al G.A.D.U. por la ventana, eximiendo a sus logias de la obligatoriedad de trabajar a la Gloria del Gran Arquitecto del Universo, o aquella otra al otro lado del canal de la Mancha, que con las constituciones de los pastores Anderson y Desaguliers, de facto, descristianizaron la masonería en aras de una laxa universalidad. Esa masonería tiene muchos adeptos (hay otra, frutos de estas dos, que no queriendo alinearse con ninguna de ellas, en su locura, afirma que trabaja bajo la bóveda celeste), cuenta sus membresía por millares y son las responsables que el mundo profano nos observe a lo sumo entre perplejo y curioso, pero no como un ejemplo a seguir.

Me preguntabas por la selección de nuestros Hermanos. Por mi parte, he dado unas sucintas pinceladas de lo que es la Orden Rectificada del Gran Priorato de Hispania. ¿Selección? Se produce de modo natural; no seleccionamos ni debemos seleccionar, cada uno verá si se siente reflejado o atraído por estos principios. Conforme la Vía avanza, el camino se estrecha, y es evidente que no todo el mundo está dispuesto a asumir el nivel de compromiso que el caso requiere. Así, nuestra Orden Rectificada se convierte en una élite, no porque nosotros queramos, si no por la ausencia de capacidad de compromiso de los demás. No somos perfectos porque nada humano lo es. Sólo Dios es Justo y Perfecto. Lo único que nos diferencia del resto es la capacidad de compromiso que podamos tener, y la confianza en nuestros Hermanos y la Orden Rectificada de que cuando nos caigamos –que seguro que caeremos- alguien fraternalmente nos ayudará a levantarnos y confortará para que sigamos en la lucha, pues este es el camino que hemos elegido por nuestra propia y libre voluntad, poniendo de manifiesto lo que es la auténtica libertad, que no es hacer, lo que uno quiere sino lo que uno debe.

1.      Por último, Querido Hermano, he de preguntarte por nuestra alegoría de la Piedra Bruta. Viendo la armonía de los muros que rodean este claustro, me pregunto ¿cómo comenzar a desbastar la Piedra? ¿Cómo hacer que esa piedra en bruto, sacada de la cantera –tal como es simbolizada la figura del recipiendario- se convierta en parte de un edificio tan maravilloso como el que los masones elevamos a la Gloria de Dios?

El sello del Directorio General de las Logias Escocesas Reunidas y Rectificadas del Gran Priorato de Hispania, lleva una divisa en latín que reza: Homo Templus Dei, que quiere decir: El Hombre es el Templo de Dios. Cada uno de nosotros somos una Piedra, que hay que desbastar primero para luego pulir. La Regla Masónica al uso en las Logias Reunidas y Rectificadas, nos habla con claridad de la naturaleza de esa Piedra bruta: “Tu alma es la piedra bruta que es necesario desbastar: ofrece a la Divinidad el homenaje de tus sentimientos ordenados, y tus pasiones vencidas.” Poco antes de acudir a nuestra cita en el claustro, he supervisado el trabajo de uno de nuestros Aprendices que voy a rememorar. Se cuenta que un día le preguntaron al célebre escultor Miguel Ángel cómo hacía para esculpir unas estatuas tan bellas, a lo que respondió diciendo: “Sólo quito aquello que sobra del bloque de mármol para sacar la figura que yace en su interior”. Algo así es el trabajo a llevar a cabo, el trabajo que se nos encomienda.

El trabajo a realizar es arduo y aunque la labor debemos hacerla en el fondo de nuestro corazón, tampoco podemos hacerlo en la soledad. Necesitamos el auxilio de la Orden Rectificada para orientarnos y el sostén de la misma para que nos ayude a levantarnos cuando desfallezcamos. El proceso de reordenación interior que nos ha de deolver al camino de reintegración a la virtud, pasa por el sacrificio de nuestras pasiones desordenadas, haciendo de dicho proceso algo largo y complicado pues el hombre de hoy, y el mundo que lo rodea, ni está acostumbrado a tales sacrificios, ni el mundo que lo rodea tampoco, pues le hace creer todo lo contrario. El hombre, que guarda en su inconsciente colectivo memoria de su antigua grandeza, sin considerar los efectos funestos que supuso la caída que lo destronó de la misma, se cree con derecho a todo y continua obrando como si nada hubiera pasado, hasta que el resultado de sus acciones le hacen ver que ya no controla ni domina todo.

Como decía poco antes, toda obra humana es imperfecta, pero no por ello hemos de renunciar al trabajo que se nos pide. Todos y cada uno de nosotros somos expresión de un hombre, del primer Hombre, que representa la Humanidad entera, y todos y cada uno debemos trabajar para regenerarlo. En nuestra imperfección, si nuestra piedra no encaja perfectamente con la del vecino, la argamasa cubrirá los huecos, y junto a otra piedra y otra, formará este conjunto armónico que los Masones pretendemos elevar a la Gloria de Dios. La argamasa -en este caso, la Orden Rectificada- nivelará y armonizará la posible y probable imperfección de nuestra piedra -si acaso no hemos sido capaces de pulirla lo suficiente-, logrando que la suma del conjunto de los trabajos bien hechos prevalezca por encima de nuestras imperfecciones que la argamasa nivelará, permitiendo que el muro se levante con la solidez que podemos ver en estos muros que nos rodean.

Subrayo aquí la imprescindible necesidad de confianza en la Orden Rectificada, inspirada y fundamentada en los más solidos cimientos representados por la Religión cristiana. Si a la Orden Rectificada, si al Régimen Escocés Rectificado, le quitamos la tradición cristiana, lo desproveímos de sus cimientos y lo rebajaríamos a la condición de simples masonerías de las que antes hemos hablado. Nuestra confianza en la Orden Rectificada ha de ser proporcional a nuestra fe en la Religión cristiana, la cual hemos afirmado profesar cuando nuestra entrada en la Orden y hemos puesto por garante de nuestro juramento.

Así pues, nos cabe esperar las ayudas suficientes de la Orden Rectificada porque está inspirada en los más altos y sublimes principios. Gracias a las enseñanzas de la misma –basadas en fuentes de total garantía para nosotros- podremos realizar el trabajo al que hemos sido llamados y formar entre todos ese “Templo de piedras vivas” cuando formemos la Logia.

Quisiera concluir esta pregunta a propósito de la Piedra Bruta, recordando un fragmento del ceremonial de Iniciación de nuestro Rito Escocés Rectificado, con las palabras que el Venerable Maestro dirige al recién iniciado Aprendiz, diciéndole: “Hermano Aprendiz, esta piedra bruta sobre la que acabáis de golpear es un verdadero símbolo de vos mismo. Trabajad, pues, sin descanso en desbastarla, para poder pulirla a continuación, ya que es éste el único medio que os queda para descubrir la bella forma de la cual es susceptible, y sin la cual sería rechazada de la construcción del Templo que nosotros elevamos al Gran Arquitecto del Universo.

La noche cae sobre nosotros, Querido Hermano; retirémonos y vayamos a guarecernos.