domingo, 29 de diciembre de 2013

Sobre la masonería, la docrtina y el dogma en la visión de Jean-François Var

La masonería necesita pensadores. La sociedad de los masones, en la que una franja mayoritaria se define a sí misma como el numen del librepensamiento, adolece en la actualidad de grandes pensadores. Me refiero a masones que se aparten del relato –muchas veces repetido sin sentido- y reencuentren, o se cuestionen acerca del significado de las palabras.



Podría decirse que hay pocas organizaciones con tanta vitalidad que hayan sostenido tradiciones a lo largo de los siglos. La masonería es una de ellas. Pero al tratarse de un conglomerado polifacético y heterogéneo de Potencias, Orientes, Grandes Logias, Grandes Prioratos etc., no hay “una” tradición masónica sino muchas. De allí que el valor y el significado de las palabras se vuelva fundamental.

Tan fundamental que aquellos que creemos que este repensar incesante no puede detenerse, permanecemos a la caza de libros y artículos que vengan a poner claridad en el complejo lenguaje masónico, ya de por sí sujeto a la infinita subjetividad del símbolo. Pero no hablaremos aquí de simbolismo sino de lenguaje.

Existe una antigua disputa acerca de si la masonería posee una doctrina. La masonería liberal –por ejemplo-  suele aclarar que es “adogmática”, como si fuese posible concebir una “masonería dogmática” que a mi juicio conforma un oxímoron. Se confunde habitualmente doctrina con dogma; y una vez planteada la confusión se repiten ad infinitum sin que nos demos cuenta que la repetición del error es un veneno que termina quitando a la Orden su máximo valor: lograr que el iniciado se construya como tal, guiado por sus maestros, con la mirada vuelta hacia su interior y la actitud atenta del que sabe que está aprendiendo.

No es la primera vez que publicamos en “Temas de Masonería” a la pluma de Jean-François Var. La casi totalidad de sus artículos traducidos al español la tenemos merced al esfuerzo de Ramón Martí Blanco a quien agradecemos su trabajo una vez más. Creo que es una buena oportunidad para que repensemos el significado de ambos términos, ilustrado por uno de esos escasos “pensadores” que hoy por hoy tiene nuestra Orden. Y creo que es doblemente oportuna, siendo ésta la última columna del año. Buena lectura y Feliz Año 2014.

DOCTRINA Y DOGMA

Hay términos, que a medida que pasa el tiempo, han adquirido mala reputación. Tal es el caso de términos como “doctrina” y “dogma”, sobre todo en sus derivados de “doctrinario” y “dogmático”[1]. Mencionarlos, es evocar a los gendarmes o policías del pensamiento. Y sin embargo… nada debería ser más útil, más precioso incluso, para los masones.

Como siempre, apelamos al refuerzo de la etimología. En su origen, se encuentra la raíz indoeuropea dôk, a partir de la cual han sido construidos verbos idénticos en cuanto a la forma (pero no en cuanto a su sentido) dokeô en griego y doceo en latín y todos sus numerosos derivados: dogma (y los verbos construidos sobre este substantivo), dokeuô, dokimazô, doxa (y sus derivados)… en griego; y en latín: docilis, doctor, doctrix, doctrina, doctus, documentum, y… dogma (en Cicerón, ese gran helenófilo y helenófono).

Veámoslo más de cerca.

El dokeô griego tiene tres significados principales, de entre los cuales, uno nos interesa directamente:
1.      Semejar, parecer, tener la apariencia. Es a partir de este sentido que se ha venido a nombrar “docetismo” la herejía que profesa que Cristo sólo murió en la cruz en apariencia pero no en realidad: en este aspecto, el Corán es docetista;
2.      Pensar, creer, imaginar (podemos ver aquí por deslizamiento del sentido con la primera acepción);
3.      Juzgar adecuado, decidir.

Dogma está en relación directa con dokeô. Hay dos acepciones:
1.      Opinión, doctrina filosófica (en relación con el segundo significado);
2.      Decisión, decreto (en relación con el tercer significado). Es así que la expresión latina senatus consultum, decreto del senado (romano) se convirtió gracias al historiador Polibio en dogma tês sunklêtou.

El doceo latino tiene un significado distinto al del dokeô griego pero no deja de estar en relación uno con otro. Esta significación es: enseñar, instruir, mostrar, hacer ver. Ella está pues en relación evidente con el sentido 1 y 2 del verbo griego, con un matiz importante: lo que uno piensa, lo que uno cree, lo que uno imagina, en este caso lo transmite. Esto es a tener muy presente.

De ahí se pasa a doctrina que tiene dos acepciones principales:
1.      Enseñanza, formación teórica, educación, cultura –acepción que deriva directamente del verbo doceo;
2.      Arte, ciencia, teoría, método, doctrina.

En rigor, podríamos quedarnos aquí. Sin embargo, nos es preciso ver si la evolución semántica constatada entre el griego y el latín ha proseguido en el francés.

El principado de Dombes, del que Trévoux era la capital, permaneció independiente de Francia hasta 1762. Así pues la censura real no se ejerció allí. Numerosos impresores y editores aprovecharon esta falta de jurisdicción para instalarse. Los jesuitas también, publicando memorias sobre temas diversos bajo el título de Diario de Trévoux y el famoso Diccionario de Trévoux. Este Diccionario universal francés y latino (ese era su título) fue el primer diccionario verdaderamente enciclopédico en lengua francesa, en competencia directa con la Enciclopedia de d’Alembert y Diderot. Conoció 5 ediciones entre 1704 y 1771. Citaré la edición de 1738-1742 publicada en Nancy, capital del ducado de Lorena, a su vez también independiente del reino bajo la soberanía de Stanislas Leczinski, de 1737 a 1766. ¿Por qué citar este diccionario? Porque ofrece el estado exacto de la lengua al uso en el siglo XVIII, y en consecuencia en el momento de la creación del Régimen rectificado. ¿Qué podemos leer en él?

Doctrina:
1.      Saber, erudición;
2.      Lo que se contiene en los libros;
3.      Sentimientos particulares de los autores, o de las sociedades.
Dogma:
1.      Máxima, axioma, principio o proposición de en qué consisten las ciencias;
2.      Se dice particularmente de puntos relativos a la religión. Estas dos definiciones son medianamente cortas y poco satisfactorias; podemos ver sin embargo que “dogma” empieza diferenciarse de “doctrina” con un carácter más absoluto, una autoridad más fuerte.

Si saltamos ahora al siglo XIX, nos encontraremos con el Nuevo Larousse Ilustrado, Diccionario universal enciclopédico, publicado en 8 volúmenes alrededor de 1905. Es ahí que he encontrado las mejores definiciones y las más completas de los dos términos encausados en las dos acepciones que tienen en nuestros días, al menos cuando estas dos acepciones no han sido desfiguradas por la ignorancia y las pasiones (que a menudo andan juntas). Citémoslas pues:

Doctrina: “Conjunto de conocimientos poseídos por alguien. Se da ordinariamente el nombre de “sistema” a las soluciones razonadas que los filósofos o sabios aportan relativos a problemas teóricos de la filosofía o las ciencias (…) Reservamos el nombre de “doctrina” al conjunto de enseñanzas que tienen por objetivo resolver las cuestiones relativas a la naturaleza y destino moral del hombre. Ahora bien, las soluciones a estas cuestiones pueden ser, o presentadas en nombre de la razón, o inspiradas en nombre de la Revelación. En el primer caso, ellas dan lugar al nacimiento de doctrinas filosóficas; y en el segundo, constituyen doctrinas religiosas.
Dogma: “Artículo de creencia religiosa enseñado con autoridad y ofrecido como siendo de una certeza absoluta. Por extensión: opinión, doctrina cualquiera dada como siendo de una certeza absoluta: dogmas políticos, literarios.”

Luego, después de un largo análisis de los dogmas de la Iglesia católica: “Los primeros escritores protestantes denominaban con este nombre las verdades sobre las que los cristianos parecían estar de acuerdo.”

La vuelta a la cuestión está hecha y todo está dicho. “Conjunto de enseñanzas que tienen por objetivo resolver las cuestiones relativas a la naturaleza y destino moral del hombre”: ¿No es acaso muy exactamente esto lo que se dispensa a sus miembros el Régimen escocés rectificado? Estamos pues perfectamente fundamentados, yo entre otros, cuando hablamos de “la doctrina rectificada”, la cual existe en el Régimen, y solamente en él. En efecto, si todas las ramas de la masonería enseñan lecciones morales, estas lecciones tienen que ver, en el caso de la masonería rectificada, con la naturaleza y el destino moral del hombre. Este es el momento, ahora más que nunca, de recordar la famosa fórmula de Joseph de Maistre (en su Memoria al duque de Brunswick): “El gran objetivo de la masonería será la ciencia del hombre”.

Pero esta doctrina es de naturaleza filosófica, “metafísica”, he dicho a menudo, ella no es de naturaleza religiosa, incluso si ésta se halla iluminada por la religión. Ella no tiene pues carácter dogmático que solo es reservado a las verdades religiosas, que son, y únicamente ellas, “enseñadas con autoridad y ofrecidas como siendo de una certeza absoluta”. Que uno crea o no crea en estas “verdades” no cambia estrictamente nada de su carácter propio.

Es pues por una corrupción semántica que constituye una verdadera perversión, que algunos se las ingenian para darle un giro absoluto, y en consecuencia dogmático, a la doctrina rectificada. Esta es hija de la razón, por mucho que dicha razón sea cristiana, y todo lo que es del orden de la razón es susceptible de ser contestado, esta vez en nombre de otra razón que no es la cristiana. La doctrina rectificada constituye, me atrevería a decir, un absoluto relativo: ella constituye un absoluto para todo aquel que le otorga con toda libertad y conciencia su adhesión. Pero únicamente para él.

No hay una religión masónica, no hay pues dogma masónico.

En contrapartida, un masón, para decirse cristiano, debe adherir una serie de dogmas que le impone, no la masonería, sino su religión. Y para estos dogmas, retomaré porque viene a cuento, la definición de los “primeros escritores protestantes”: “las verdades sobre las que los cristianos parecen estar de acuerdo”. Ya que, la masonería rectificada, si bien es cristiana, en cambio no es confesional, sino que es ecuménica (por emplear un término anacrónico en relación al tiempo de su nacimiento).

Estas verdades -¿es preciso recordarlas?-, son en número de tres, no más de tres, pero tres necesariamente:

1.      La Divina Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo;
2.      La doble naturaleza de Cristo, verdadero Dios y verdadero Hombre;
3.      La resurrección de los muertos.

Todo el resto son especulaciones, lícitas si se quiere, pero no en masonería.



Jean-François Var
14 de noviembre del 2013
En la festividad de san Gregorio Palamás.





[1] Y también “caridad”. “Hacer o dar caridad” se ha convertido en algo extremadamente despreciativo, mientras que la Caridad es el summum de los “dones espirituales”, la “vía por excelencia” (Pablo Iª Epístola a los Corintios, Capít. 13).

domingo, 29 de septiembre de 2013

Masones y Templarios. Después del Manuscrito de Chinon

Recientemente publiqué en este mismo espacio un artículo sobre Templarios y Masones, motivado por una creciente expectativa acerca de una posible reivindicación de Jackes de Molay, último Gran Maestre de la Orden de los Caballeros Templarios, por parte de la Iglesia Católica. El artículo estaba, lógicamente, vinculado al denominado templarismo masónico y provocó una cantidad de consultas y consideraciones de lectores, tanto profanos como masones, que ameritan que me explaye un poco más sobre el particular.



Dije en aquel artículo, y lo sostengo, que los trabajos de Barbara Frale debieran ser de lectura obligatoria para todos los masones pertenecientes a ritos que reclaman una herencia espiritual y caballeresca del Temple, porque no hay nada peor que el que no sabe, discute y se enoja. Y la realidad es que se ha escrito tanta basura en torno al vínculo entre templarios y masones que nunca es vano el intento de separar la cizaña del trigo.

Las investigaciones de Barbara Frale a partir del “descubrimiento” del Manuscrito de Chinon, no dejan dudas acerca del papel del papa Clemente V en el desgraciado final de la Orden, circunstancia que debiera –a mi juicio- poner a revisión el carácter vindicativo que determinados grados masónicos guardan respecto de la supuesta actuación nefasta del papa en los acontecimientos de 1307 y 1312, hoy desmentida.

Lo cierto es que pocas organizaciones han mantenido su vigencia en el “espacio esotérico occidental” como lo ha hecho la Orden del Temple. Los libros sobre los caballeros templarios se siguen multiplicando del mismo modo que crece la confusión como consecuencia de la banalización de uno de los fenómenos más complejos de la historia medieval.

En gran parte, esta pasión por el neotemplarismo es obra de los masones, a tal punto que podemos afirmar que sin la masonería estuardista escocesa en Francia (Ramsay) sin la vocación alemana de la Estricta Observancia en Alemania (von Hund) y el respeto eterno de los masones de Inglaterra, la cuestión templaria no habría tenido tal penetración en los círculos esotéricos europeos. Sin embargo, esta supervivencia se explica por una multitud de razones que exceden un trabajo como éste, aunque no por ello hayamos dejado de intentar la presentación de un esbozo que justifique tal afirmación. En todo caso remitimos al lector al artículo citado.

Pero sería injusto achacarnos únicamente a los masones esta fiebre templaria. En efecto, como si con el neotemplarismo masónico no tuviéramos ya de sobra, en las últimas décadas aparecieron como hongos, doquiera Europa y luego en América, centenas de cofradías templaristas (ya no me animo aquí a utilizar el término “templarias”) con los más variados fines: caballerescos, filantrópicos, esotéricos y hasta lúdicos (en los mejores casos), cuyas celebraciones son tan heterodoxas que las podemos encontrar tanto en una capilla cristiana medieval como en un círculo de menhires.

A diferencia de esas expresiones pintorescas, el debate sobre la Orden Templaria y su vínculo con la masonería lleva casi tres siglos. Es cierto que su punto culminante puede ubicarse en el Convento de Wilhelmsbad, convocado por el duque Ferdinand de Brunswick y el landgrave Carl von Hesse-Cassel en 1782. Pero no es menos cierto que el debate se remontaba a los tiempos del exilio estuardista en Francia y que continuó después.

El Convento tenía por objeto dos aspiraciones: a) poner freno a la multiplicidad de sistemas masónicos de “Altos Grados”; b) dilucidar verdaderamente si la Orden tenía un origen templario. Podría decirse que fue un fracaso en cuanto al primer punto, pero dejó en evidencia que existía una enorme dificultad para probar feacientemente la existencia del origen que buscaba resolver. Y si bien como consecuencia de ese Convento nació el actual Régimen Escocés Rectificado y con él la renuncia a una continuidad histórica y una reivindicación de herencia espiritual, que luego sería adaptada e imitada por otras órdenes, también son ciertas otras dos consecuencias no menos importantes.

La primera es que a poco tiempo de andar, la gran mayoría de Hermanos alemanes que sostenían el derecho a reivindicar la herencia total del Temple (tanto material como jurídica y espiritual) volvió al seno de la Orden de la Estricta Observancia, que siguió manteniendo un control casi hegemónico sobre la masonería alemana hasta bien entrado el siglo XIX.

La segunda es que a partir de Wilhelmsbad esta hegemonía no estuvo exenta de graves crisis provocadas por otras corrientes fuertemente influidas por los Iluminados de Babiera, que salieron fortalecidos de aquél Convento y que pugnaban por establecer un origen “racional” de la masonería, anclado en las corporaciones de oficio. Este debate, lejos de ser superficial, involucró a los masones más preclaros de la Alemania de fines del siglo XVIII y principios del XIX, tales como Ignatius Aurelius Fessler, Johann Gottlieb Fichte, Federico Schröder, Federico Mossdorf , Johann August Schneider, Johann Wilhelm Zinnendorf, Adolf Franz von Knigge, Franz Friedrich Dittfurth von Wetzlar, Johann Juachin Bode y Carl C. Krause por nombrar sólo algunos.

No todos estos hombres formaban un frente monolítico en cuanto su visión de la Orden, puesto que -si bien compartían una misma actitud frente al desenfreno de ritos y grados, y creían firmemente en un origen medieval y gremial de la Orden- a veces no coincidían en la necesidad de encontrar una “historia oficial”. Al respecto, en la correspondencia entre Fichte y Fessler, a la sazón enfrentados en una querella interna, Fichte se pregunta: ...¿Con qué propósito quiere el masón una historia de su Orden, que le sirva, además, como explicación misma de esta misma Orden? [1]

Incluso sería necio desconocer que este debate aún se mantiene en círculos académicos. Baste mencionar la obra de Oncina Coves sobre el epistolario de Fichte “Cartas a Constant”, en la que afirma que:

“...Entre los rasgos principales de este período hay que subrayar los siguientes: la introducción de los grados superiores (a menudo tendiendo un velo de misterio sobre los que ocupan el vértice de la jerarquía), deudores de las Órdenes de los Caballeros , se había realizado con menoscabo de los grados simbólicos provenientes de la masonería operativa, esto es, de los gremios medievales de constructores; la presencia del esoterismo más burdo; y la proliferación por una parte, de sistemas y rituales masónicos y, por otra, de sectas no estrictamente masónicas, sembrando el caos...”[2]

En 1810, Carl Krause -cuyo pensamiento filosófico denominado “krausismo” tendría profunda influencia en la política de España y de Argentina a principios del siglo XX- sería expulsado de la Orden y perseguido implacablemente como consecuencia de sus posiciones contrarias al neotemplarismo. Federico Mossdorf seguiría su mismo camino, mientras que los Iluminados de Babiera se consolidarían como el ala atea más radical de la masonería europea. [3]

Este breve introito debiera servir como suficiente muestra del grado de importancia que tuvo y tiene la cuestión templaria en la francmasonería. Pues no se trata de colocarse una capa de cruzado y de recaudar fondos para la filantropía, sino de la defensa de una tradición caballeresca–espiritual que tiende a un modelo de hombre, hoy casi extinguido. En la actualidad la tradición masónico-templaria está principalmente representada por tres corrientes en orden a su presencia en el mundo:

1.- The United, Religious, Military and Masonic Orders of the Knight Templars and Knights Hospitaliers of Saint John of Jerusalen, Rhodes, Malta and Provinces Overseas, de origen británico.
2.- La Orden de los Caballeros Bienechores de la Ciudad Santa, que conforma la Orden Interior o Clase Caballeresca del Régimen Escocés Rectificado, surgido precisamente en el Convento de Wilhelmsbad de raigambre francesa.
3.- La Orden de la Estricta Observancia Templaria, propiamente dicha, que goza de buena salud en Alemania, aún hoy día.

A estas tres Órdenes trinitarias habría que agregar el Grado 30º (Caballero Kadosh) del Rito Escocés Antiguo y Aceptado, hecha la salvedad de que para acceder al mismo generalmente no hace falta ser trinitario y que el mismo, a diferencia de las órdenes mencionadas, tiene un carácter vindicativo contra la Iglesia a la que acusa de masacrar al Temple, colocando la responsabilidad en cabeza de Clemente V.  

En efecto, antes de que Barbara Frale encontrase el Manuscrito de Chinón en los Archivos Secretos del Vaticano, hecho ocurrido en el año 2001 -un documento que forma parte de la investigación pontificia llevada a cabo luego del apresamiento de los Templarios de Francia por parte de la policía de Felipe, fechado en 1308- las opiniones permanecían divididas respecto de la actitud de la Iglesia frente al proceso iniciado por el rey.

Mientras que para las Ordenes Masónicas de tradición templaria la cuestión se inclinaba en defensa del papado cargando la responsabilidad al rey de Francia, para otras corrientes masónicas, como el REAA, los grados templarios se basaban en el presupuesto de que la responsabilidad de la condena recaía tanto en el rey como en el pontífice. Como ocurre con muchos puntos masónicos de fricción, una mitad de la biblioteca afirmaba una cosa y la otra mitad lo contrario. Y no me refiero a libros escritos por masones –que podrían ser considerados con intencionalidad histórica- sino de la autoría de académicos respetables. Daré un ejemplo recurriendo a dos autoridades modernas en la investigación del proceso, anteriores al descubrimiento de Frale.

Malcom Barber, autor de The Trial of de Templar, catedrático de la Universidad de Reading, realizó una profunda investigación del proceso, publicada en italiano bajo el título Processo ai Templari, una questione politica[4] en la que sostiene que si Clemente hubiese estado dispuesto a condescender con el golpe de mano del 13 de octubre de 1307, podría haber llegado a un acuerdo rápido, aunque sin dudas deshonroso, en beneficio de Felipe y la Orden hubiera sido disuelta de inmediato. Sin embargo, inmediatamente promulga el 22 de noviembre la bula Pastoralis praeminentiae, con la cual pone la cuestión templaria en el centro de la Iglesia, impidiendo de tal modo que quedara en manos de Felipe. Al hacer público el proceso éste no podría llevarse a cabo de la manera que el rey lo pretendía sin detrimento de la reputación de las personas involucradas. Barber resume la posición de muchos historiadores que consideraban a la Iglesia como otra víctima del rey. Evidentemente los documentos descubiertos por Frale han dado la razón a esta corriente.

Para quienes no conocen la obra de Malcom Barber vale la pena señalar que es reconocido como el más destacado investigador británico sobre los templarios. El escritor Piers Paul Read –cuyo best-seller The Templars, publicado en 1999 en inglés y en español en el 2000, ha hecho las delicias de miles de masones- le atribuye haber dicho que las especulaciones en torno a los templarios, al filo del nuevo milenio, han generado una “pequeña industria muy activa, rentable por igual para científicos, historiadores del arte, periodistas, publicitas y expertos en televisión[5] Read sabrá pos qué lo dice.

En la contraparte citaré a Andreas Beck, catedrático de la Universidad de Friburgo, autor de Der Untergang der Templer, Groβter Justizmord des Mittelalters, publicado en español con el título El Fin de los Templarios, un exterminio en nombre de la legalidad[6], en el que afirma que la sumisión de los templarios a los dirigentes de la Iglesia que los abandona y los persigue, demuestra más que cualquier otra cosa que eran fieles a la Iglesia y a la ortodoxia. Para Beck, la Iglesia fue cómplice de los actos de tortura que llevaron a las confesiones que habrían permitido declarar herética a la Orden, a la vez que acusa a la Inquisición de haber oído lo que con el empleo de la tortura se había propuesto oír. El Manuscrito de Chinon y todos los documentos adjuntos a la investigación de Barbara Frale desmienten las conclusiones –muy bien intencionadas, pero equivocadas- de Andreas Beck. Pero es claro que esta posición ha sostenido la actitud propia de los “Grados de Venganza”.

He creído oportuno reproducir ambas opiniones porque exponen de modo muy crudo las diferencias que subsistían respecto del Proceso a los Templarios, opiniones que quedan zanjadas cuando se estudian las conclusiones de la investigación de Frale, publicada bajo el título Il Papato e il proceso ai Templari[7].

Los documentos a los que tuvo acceso la historiadora italiana son categóricos respecto a la absolución de los templarios por parte del papa y dieron lugar a una nueva serie de investigaciones entre las que destaca, en mi opinión, la de Simoneta Cerrini. Veamos por qué.

Historiadora italiana, autora de una tesis sobre la espiritualidad de los templarios, y miembro destacado de la Society for the Study of de Crusades and the Latin East, Cerrini publicó un libro bajo el título La revolution des templiers[8] que resulta de particular interés para los masones, en especial para quienes formamos parte del denominado templarismo masónico. Su trabajo plantea aspectos sensibles: La ruptura del orden trifuncional de la sociedad medieval y la autonomía espiritual del Temple; la existencia de una “liturgia” templaria en ultramar, diferente a la que se practicaba en Occiente; la influencia de algunas corrientes judías –como la kabala- en el simbolismo templario y, tal vez lo más controvertido: las relaciones del Temple con el mundo islámico. Abramos el juego.

La historia de la Orden del Temple ha sido analizada desde las más diversas perspectivas. La historia militar (no me cansaré de recomendar la obra de John Robinson Mazmorra, hoguera y espada) relacionada directamente con las cruzadas, es conocida en sus más mínimos detalles, al igual que su origen y el de su Regla, basada en la de la Orden de San Benito. Pero, frecuentemente, esta historia militar del Temple pasa por alto aspectos fundamentales que, de por sí, constituyen una anomalía y una desviación en el orden político-jurídico de la Edad Media: Su autonomía espiritual y su independencia litúrgica.

Otra cuestión, que resulta a menudo compleja, es la relación de los templarios con el Islam. No se trata de un asunto menor, por el contrario, esta particularidad debería ser tenida en cuenta en un momento en el que el lenguaje neo-medieval de Al Qaeda reflota el odio a los “cruzados”, un odio que desconoce las similitudes éticas de ambas religiones. Es famosa una frase de Saladino, que solía afirmar –en tiempos en los que la conversión podía ser la única ruta de salvación en la derrota- que un mal cristiano nunca llegaría a ser un buen musulmán, del mismo modo que un mal musulmán nunca llegaría a ser un buen cristiano.  

Tampoco es menor la cantidad de documentos que reafirman la creencia de un “esoterismo templario” o, al menos, la existencia de puntos de contacto con elementos provenientes de la kabala hebrea y del sufismo islámico.

El problema que se presenta ante esta perspectiva es que si todas estas aristas se  mezclan o se quitan de contexto, entonces quedamos a un paso del absurdo, de un neotemplarismo de carnaval, de una trampa para incautos y una fiesta para gurúes tramposos.

Permítaseme abordar, esta vez, la cuestión de la autonomía espiritual.

Desde los primeros siglos del cristianismo se ha reconocido una diferenciación entre clérigos y laicos y una jerarquía que podría definirse como una distinción carismática, no jurídica. Sin embargo, cuando se cristianizó el Imperio Romano, las primeras instituciones cristianas sufrieron un punto de inflexión al producirse la primera división de funciones. El sacerdocio dio paso a la conformación del clero, pero el papel de los laicos nunca estuvo en duda. Simonetta Cerrini recuerda, por ejemplo, que Ambrosio fue elegido obispo de Milán sin ser siquiera sacerdote: era senador romano.

El orden jurídico-funcional de la sociedad medieval tiene su origen en la trifuncionalidad religiosa y social de los pueblos indoeuropeos  -demostrada en la tesis de Geoges Dumezil (otro autor que todos los masones debieran leer para comprender las raíces del trinitarismo) a cuyo trabajo nos remitimos- que se aplicaría tanto al mundo de los dioses (Brahma-Vishnu-Shiva; Aura Mazda-Ormuz-Arimán; Osiris-Isis-Horus etc.) como a los hombres.

En el caso del cristianismo, los primeros esquemas trifuncionales fueron establecidos por los Padres de la Iglesia. Basado en dos pasajes del Evangelio de Mateo (13, 8 y 23) el primer modelo trifuncional de perfección se refería a los mártires, las vírgenes y las personas casadas. Cuando cesó la persecución y ya no hubo mártires la secuencia se modificó por esta otra: las vírgenes, los viudos y las personas casadas. Finalmente, los monjes tomaron el lugar de los mártires y se avanzó, casi a fines del primer milenio, a un modelo en sintonía con la tradición indoeuropea, dividiéndose la sociedad entre los orantes, los combatientes y los trabajadores (siervos-agricultores). George Duby ha escrito importantes trabajos en torno a la descripción de estos tres órdenes de la sociedad medieval, especialmente en su análisis de las descripciones hechas por los obispos Adalbéron de Laon y Gérard de Cambrai a principios del siglo XI.

Para Gérard de Cambrai el género humano estaba compuesto por los oratores (personas que se apartan del siglo y consagran su vida a la oración), los pugnatores (guerreros a quienes la santa plegaria de los oratores, a quienes protegen, expía de los delitos de sus armas), y a los agricultores. De manera similar, para Adalbéron de Laon la Casa de Dios es Triple: algunos oran, otros combaten –bellatores- y otros trabajan.

En este contexto, el Temple constituye una anomalía en el orden trifuncional. En primer lugar porque se conjuga en ellos a dos órdenes: los oratores y los bellatores. Son monjes y a la vez guerreros, incluso algunos, como su primer Maestre y Prior Hugues de Paiens, continúan siendo laicos aún luego de que la nueva comunidad religiosa es reconocida oficialmente por la Iglesia. Y he aquí el primer aspecto absolutamente original del Temple, pues como bien lo define Simoneta Cerrini, “…esa resistencia, relacionada sin dudas con su condición de combatiente, convertía a Hugues y a sus hermanos en herederos de la realeza sagrada, la única vía laica hacia la santidad que mantuvo autonomía respecto del clero…”[9]

El núcleo de este punto de ruptura en el orden jurídico medieval está incorporado en el artículo 48 de la Regla –artículo que evidentemente no proviene de la Regla de San Benito- y que constituye un golpe de timón de gravedad absoluta: matar al enemigo público sin que sea pecado.

En el futuro, los caballeros del Temple no necesitaran de los oratores, para que con sus “santas plegarias” expíen los pecados de sus armas. Queda claro que los caballeros del Temple adquirieron autonomía espiritual y que dicha autonomía los convirtió en religiosos “laicos”. Esta definición de Simonetta Cerrini, para quien los templarios ocupan un lugar notable y original en la historia de la espiritualidad de los laicos, aporta encarnadura a la justificación del templarismo masónico. No sólo eso: son palabras que provocan un eco inmediato en el masón templario y que otorgan una pista a aquellos masones que –renegando de toda espiritualidad- encuentran una contradicción entre la laicidad propia de la Orden Masónica y la espiritualidad cuasi monástica de la Orden del Temple.

Dejaremos para otra ocasión la cuestión del Islam. Son tiempos de diálogo y mucho aprenderíamos del tipo de sociedad pluricultural que existió en Oriente Medio en los dos siglos de presencia templaria. En todo caso, queda recomendada la lectura de Cerrini. Un último punto: El libro de Frale contiene un “Appendice diplomática” que va mucho más allá del Manuscrito de Chinon. Y para los cazadores de libros una pequeña joyita publicada por Maprosti & Lisanti, I Templari e L´Interrogatorio di Chinon, de Domenico Lancianese. No aporta mucho más pero, ¡qué lindo tenerlo en la biblioteca! Agradezco al Q.·. H.·. Equis, que me lo trajo de Italia.


[1] Oncina Coves, Faustino; Filosofía de la Masonería, Edición de Faustino Oncina Coves, Istmo, Madrid 1997, pa. 17, 18 y siguientes.
[2] Ob. cit. Ibidem
[3] Callaey, Eduardo R.; Monjes y Canteros, Dunken, Buenos Aires, 2001. Pp. 19-24. Hemos dedicado en este libro un capítulo completo a la cuestión de Krause.
[4] Barber, Malcom; Processo ai Templari, una questione política; ECIG, Génova, 1998.
[5] Read, Piers Paul; Los Templarios, Vergara, Buenos Aires, 2000. p. 353 y ss.
[6] Beck, Andreas; El Fin de los Templarios, un exterminio en nombre de la legalidad; Península, Barcelona, 1992
[7] Frale, Barbara; Il Papato e il proceso ai Templari, Viella, Roma, 2003
[8] Cerrini, Simonetta, La Revolución de los Templarios, Editorial El Ateneo; Buenos Aires, 2008
[9] Cerrini, Simonetta, Ob. cit., pag. 258

lunes, 23 de septiembre de 2013

El Secreto y los Masones

La masonería ha concitado el interés del público desde el mismo día en que se constituyó como institución moderna en los albores del siglo XVIII. Ninguna otra organización nacida en las entrañas de Occidente ha sido tan abordada, tan atacada y tan sospechada. Al mismo tiempo, ninguna otra tan apologetizada y defendida por parte de infinidad de prohombres en los últimos tres siglos. En los últimos tiempos, algunos masones se han empeñado en afirmar que la Orden es apenas discreta... No secreta. Es verdad. Sus Estatutos son públicos. Sin embargo sigue teniendo un secreto; uno que atrae más que ningún otro, porque proviene desde el fondo de las generaciones y porque como nos lo ha enseñado Edgar Allan Poe, el mejor escondite está a la vista de todos.



El Mito y la Hermenéutica

Un abismo infinito separa al hombre de su Creador. Esa es la causa de la angustia que nos acompaña, desde las cavernas en las que vivíamos cuando éramos primates, hasta nuestros días. La sensación de fragmentación sobrevuela nuestros miedos y tribulaciones desde las edades más remotas. En casi todas las religiones del planeta esta separación del hombre respecto de su creador se conoce como La Caída, y es justamente ese estado de separación de Dios el que nos produce un sentimiento de orfandad frente a la inmensidad del Universo infinito.

En las más antiguas cosmogonías, pertenecientes a religiones que murieron hace ya tiempo, en los confines de Oriente o en la arenas del Levante, se habla de esta tragedia, acontecida luego de las Guerras Cósmicas libradas en el Cielo. Encontramos vestigios de estas guerras pretéritas y de la posterior Caída del Hombre en todas las tradiciones primitivas, que luego fueron asimiladas a los actuales libros sagrados, en el correr de los milenios. En el Génesis se nombra algunos de estos libros perdidos en la matriz de la historia: “El libro de las Guerras de Jehová” y “El Libro de las Generaciones de Adán”. Incluso se menciona a algunos hombres que, pareciera, conocían profundos secretos ya guardados para el hombre antiguo. Me viene a la memoria Jetró  (יִתְרוֹ), el sacerdote de Madián, padre de Séfora, mujer de Moisés. O Hermes, “el Tres Veces Grande” (Ἑρμῆς ὁ Τρισμέγιστος) a quien los neoplatónicos–y los propios cristianos primitivos- otorgaban igual dignidad patriarcal que al líder del Éxodo y atribuían un conjunto de libros misteriosos que llamaron la atención de Clemente de Alejandría: El Corpus Herméticum.

En el mismo Génesis pueden encontrarse los vestigios de otros escritos antiquísimos, como el poema asirio “Enuma Elish”, que describe la creación del Universo -cuyo título puede traducirse como “…Cuando desde arriba…”- o el “Poema de Gilgamesh” que relata la epopeya de Utnapistin “el único justo” en quien es fácil descubrir la historia de Noé y el Diluvio Universal, o el Libro de Enoch que describe cómo los ángeles rebeldes de Samyasa tomaron mujeres entre las hijas de los hombres, el día que descendieron en el monte Hermon, dando nacimiento a la raza de los gigantes.

Muchos creen que se trata de relatos fantásticos y que un mito es un relato falso, ampliamente difundido como cierto. Pocos saben que en su mayoría, las historias bíblicas tienen una base cierta.; por ejemplo, que existen signos evidentes acerca de la universalidad geográfica y antropológica del Diluvio Universal, es decir, hay prueba científica que ocurrió una hecatombe que dejó gran parte de la Tierra bajo el agua: No sabemos si el héroe se llamaba Noé o Utnapistín; pero lo cierto es que hubo un diluvio. Lo mismo ocurre con Moisés. Su historia responde a los relatos de la vida de Sargón “el Antiguo” -Sharrum-kin, el rey acadio- en particular las circunstancias de su nacimiento y si infancia. No sabemos si Moisés o Sargón, pero hubo un líder que cambió radicalmente la historia del Oriente Medio a quien una princesa ocultó en una canasta de juncos y arrojó al río.

En el espacio que se extiende desde la Media Luna Fértil hasta las tierras del Nilo, todos los relatos confluyen en esos cinco libros monumentales -el Pentateuco- sobre los que parece descansar la historia del mundo, nuestro pasado más remoto, aquél que Anatole France solía definir como “los tiempos que precedieron a los tiempos”. 

El Antiguo Testamento es el reservorio de un conocimiento acumulado por generaciones de sabios e iniciados que encriptaron en sus páginas un conocimiento de carácter extraordinario que apenas ha sido comprendido. Los sabios de la religión judía, de quienes el cristianismo ha heredado esta obra extraordinaria, hubieron de escribir infinidad de obras que explican e interpretan el intrincado lenguaje veterotestamentario. De la necesidad de esta interpretación surgen los Midrash y el Talmud, voluminosas obras en las que los maestros judíos de la Ley han intentado comprender el mensaje que la Torah les reservaba como Pueblo Elegido. Desde la perspectiva religiosa del judeocristianismo, la Torah (denominada Pentateuco en Occidente, que corresponde a los primeros cinco libros de la Biblia) ha sido escrita por el propio Dios.

Curiosamente, la palabra hermenéutica, que se utiliza para definir la ciencia que busca el significado oculto de un texto –que alguna cosa se vuelva comprensible-, deriva del vocablo Hermes.

La hermenéutica se aplica fundamentalmente en la teología y particularmente en la interpretación de cualquier texto sagrado (explicación de una sentencia oscura y enigmática de los dioses o de un misterio, que precisaba una interpretación correcta) Más aun. Los judíos desarrollaron una teosofía de características propias, denominada kabalá -que en hebreo significa Tradición- y que en la praxis no es otra cosa que un sistema decodificador –una hermenéutica- del mensaje contenido en la Torah. Libros como el Zohar, el Bahir o el más antiguo Sepher Yetzira, son testimonio de la importancia que para el pueblo judío tienen los números y las letras como emanaciones propias de la misma divinidad.

Con el advenimiento de Cristo, parte del Pueblo de Dios interpretó que el ciclo de la Salvación había alcanzado su apoteosis; literalmente el Hombre se hizo Dios en la figura de Emmanuel, el Salvador. Su Vida, o mejor dicho, Su intervención directa en la historia modificó de cuajo la mirada del hombre sobre sí mismo y sobre el universo. De modo que una nueva y poderosa colección de documentos y testimonios vinieron a completar al Antiguo Testamento con una nueva Ley, reunida en los Evangelios, cuyo mensaje, al igual que el arcaico, permanece visible sólo para aquellos que tienen ojos para ver y oídos para oír.

Es sabido que todo libro sagrado puede leerse en diferentes niveles y que en todas las religiones existen misterios cuya interpretación excede el campo de la feligresía. Los intentos de los místicos judíos por encontrar mensajes ocultos en el Antiguo Testamento fueron apenas el antecedente del intrincado esoterismo que se desarrollaría alrededor de los textos canónicos (reconocidos por la Iglesia) y apócrifos (no reconocidos por ella) en torno al mensaje de Jesucristo y su misión Redentora. Quien crea que este esoterismo no forma parte de la médula de la religión comete un profundo error.

Se atribuye a Pitágoras haber dicho que una religión moría de dos maneras: Hacia arriba, cuando sus sabios se encerraban, convirtiéndola en sólo accesible a sus iniciados, o hacia abajo, cuando los feligreses perdían el contacto con los sabios, convirtiéndola en una mera contención de orden moral, plagada de supersticiones. Si la espiritualidad de Occidente aun está vigorosamente activa, es justamente porque el judeocristianismo ha logrado mantener activas las dos vías por las que una religión actúa. Una de ellas, como hemos visto, es necesariamente esotérica. A lo largo de los últimos cinco milenios, desde los propios orígenes de Abraham, nacido en la ciudad de Ur de los Caldeos, hasta nuestros días, han existido sociedades secretas que se transmitieron de manera ininterrumpida el conocimiento que permite descifrar las Escrituras.

Existieron en la Media Luna Fértil y en el Antiguo Egipto, que llegó a ser el gran centro de peregrinaje del mundo antiguo. Se expandieron bajo la civilización helénica y luego, durante el apogeo del Imperio Romano, por toda la cuenca del Mediterráneo.

Con el advenimiento del cristianismo tomaron diferentes formas. Permanecieron latentes durante los siglos en los que el saber esotérico pasó a ser patrimonio del mundo monástico. Gran parte del saber oculto se introdujo en las corporaciones de albañiles y en las órdenes de caballería con fuerte influencia benedictina. Durante el Renacimiento resurgieron de la mano de los grandes magos de la Academia Florentina, como Pico Della Mirándola, Cornelio Agripa y Marcillo Ficino para, finalmente, corporizarse en la figura legendaria de los primeros rosacruces y en la francmasonería.

Los masones dedicaron siglos de esfuerzo en la interpretación de los símbolos y se aseguraron de que éstos sobreviviesen a los tiempos, encerrando en ellos la Clave de los Antiguos Misterios. De modo tal que la francmasonería posee una suerte de idioma propio cuyo aprendizaje se deshilvana en etapas, círculos concéntricos que demandan inteligencia, meditación y paciencia. El masón practica una hermenéutica del lenguaje simbólico.

El Secreto Masónico

La idea de un conocimiento esotérico es tan antigua como el mundo clásico y las Escuelas de Misterios fueron el eje de todas las culturas. Esto explica desde las pirámides hasta las catedrales góticas, desde las piedras del Neolítico hasta el Obelisco de Washington DC.

Pero los masones agregaron a la simbología un conjunto de leyendas. Incorporaron a su iconografía la de las Órdenes de caballería más poderosas de la historia. De cada una tomaron su médula y reclasificaron el resumen del modelo humano. En la simbología se encuentra el genoma de la conciencia.

En un mundo signado por los avances tecnológicos, donde el denominado progreso invade los espacios más íntimos de la vida, y el tiempo se acelera al ritmo de las comunicaciones, resulta paradójica la existencia de una organización que aparenta desafiar los siglos y los cambios políticos y sociales. La francmasonería parece no depender de los avatares de la historia sino ser uno de los factores que la construye. Allí, en esa capacidad de construir modelos, arquetipos y paradigmas, está su secreto mejor guardado.

Durante siglos, los masones –y antes de ellos otras sociedades secretas del mismo tenor- han tenido la vocación de construir futuros posibles. ¿Cómo lo hacen? Capaces de comprender la naturaleza profunda del fenómeno humano, trabajan para generar las condiciones y cambiar el curso de los acontecimientos. Indagadores natos de los pliegues más ocultos de su propia consciencia, entienden el idioma de los signos, las piedras talladas, los relatos fantásticos, en los mitos universales y los libros sagrados. Captan en ellos un mensaje que permanece mudo para quien no lo comprende. Quien haya visto un ejemplar del Mutus Liber (El Libro Mudo) de Parecelso, entenderá de qué estoy hablando. Lo que parece una jerigonza es un texto claro; lo que se presenta como un laberinto es un mapa preciso. Y lo que para la mayoría es incertidumbre para el maestro masón es certeza.

El secreto masónico no está en los signos, ni en los toques, ni en las palabras sino en esa capacidad de hacer que las cosas se vuelvan comprensibles, resumidas en su símbolo más potente: La Luz.

Si te dicen que la masonería no tiene secretos teme que te estén engañando. No es posible comprender los acontecimientos del mundo moderno sin ella; del mismo modo que no puede comprenderse el mundo antiguo sin las Escuelas de Misterios, ni la Edad Media sin la leyenda del Grial y la Orden de la Caballería. La francmasonería emerge ante los ojos del historiador apenas se rasga la superficie de los hechos. Bajo el polvo acumulado por los siglos, subyace una historia paralela que atraviesa tiempos y naciones, hombres e instituciones, conformando una red tan heterogénea que evade –con éxito- cualquier intento de clasificación, salvo una: Su carácter de Sociedad Secreta.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Templarios y Masones. Antecedentes de un debate que no cesa.

En los últimos meses, como consecuencia de la llegada de un nuevo papa a Roma, se ha incrementado la expectativa respecto de dos cuestiones que interesan a muchos masones: El levantamiento de la excomunión que pesa sobre los masones católicos y la posible reivindicación de Jacobo de Molay, último Gran Maestre de la Orden del Temple. Hay razones para creer que habrá novedades en ambos sentidos. De hecho, el papa parece haber puesto el ojo sobre las dos Órdenes de Caballería que reconoce Roma: La Orden del Santo Sepulcro y la Orden de Malta. Mientras tanto, un sacerdote católico francés masón, recientemente expulsado de la Iglesia, espera en Roma que el papa lo reciba.



No son pocos quienes sueñan con el restablecimiento de la Orden del Temple, especialmente desde que Benedicto XVI permitiera la difusión del Manuscrito de Chinon, “descubierto” en la Biblioteca Vaticana por Bárbara Frale, en el que queda claro que Clemente V absolvió a los templarios y que nada tuvo que ver con su triste final. Su libro “Il Papato e il proceso ai Templari” debiera ser de lectura obligatoria para todos los masones que ostentan “Altos Grados” de cualquier Rito.

En virtud de estas novedades he creído oportuno hacer un resumen de la relación entre la masonería y las órdenes neotemplarias vinculadas a ella. Si bien en los últimos años han aparecido multitud de órdenes templarias dedicadas al mecenazgo y la filantropía, también han aparecido otras cuyas capas ostentosas –parafraseando a un querido amigo- debieran reservarse para el carnaval. No es el caso de las Ordenes de Caballería surgidas en el seno de la francmasonería entre los siglos XVIII y XIX. Una vez más, separemos la paja del trigo.

Antes de comenzar este pequeño resumen, me parece oportuno citar las palabras de Andreas Beck, el teólogo alemán que en la década de 1980 pedía a Juan Pablo II que retirase la prohibición de refundar la Orden del Temple. Decía Andras Beck que Pablo VI había tenido la valentía de pedir perdón a los cristianos de confesión protestante, y que Pío VII había abolido los decretos de Clemente XIV, restableciendo la Orden de los jesuitas. Habría que agregar que Juan Pablo II pidió perdón a los judíos, nuestros Hermanos Mayores  y que Benedicto XVI actuó en el mismo camino poniendo fin al escándalo del deicidio, que sólo sirvió para caldo de cultivo del antisemitismo. Creo que es hora de que un Papa, perteneciente a una Orden que fue proscripta injustamente, reivindique la figura de Jacobo de Molay elevándolo a la condición de Martir.

Pero hagamos historia, que es lo que más me gusta.

Cuando buscamos una definición acerca de la francmasonería, nos encontramos a menudo con un concepto de carácter más o menos universal en el que cualquier masón se reconoce: “La francmasonería es una institución filosófica, educativa, filantrópica e iniciática”

Si tomamos sólo los tres primeros puntos de esta definición, veremos que coinciden con el objetivo y actividad de numerosas organizaciones que actúan o han actuado en la sociedad. Sin embargo, el último punto, su carácter de sociedad “iniciática”, es lo que torna a la Orden Masónica diferente de cualquier otra institución.

Esta capacidad de conferir la iniciación, sumada a que la educación del afiliado está concebida como un sistema gradual de perfeccionamiento de la personalidad humana, usando como método característico “el simbolismo”, confiere a la Orden la esencia de su naturaleza y la capacidad de haber sobrevivido a los dogmas y las ideologías. Los francmasones se sirven de los símbolos a modo de figuras alegóricas para transmitir conocimientos y asegurar la continuidad de sus enseñanzas.

"Los francmasones utilizan símbolos para comunicar convencidos de que la lengua es siempre excesivamente particularista y de que sólo los símbolos pueden ampliar la comunicación hasta lo universal”. Cualquier documento masónico moderno que intente describir los métodos con que la francmasonería transmite su doctrina, incluye una definición similar a esta.

Desde tiempos lejanos, cuyo origen no ha sido jamás precisado, la masonería desarrolló un lenguaje simbólico. La mayoría de los símbolos que conforman este lenguaje provienen de la arquitectura sagrada. Se difundieron a lo largo de Europa durante la Edad Media junto con la actividad de las guildas de constructores de grandes catedrales y abadías. Es común encontrar en la iconografía medieval imágenes de Dios sosteniendo en sus manos los instrumentos del Arte –generalmente un compás- con los que traza los planos de la creación del mundo. La arquitectura se consideraba, por lo tanto, como una continuación terrestre del poder divino. Quien erigía un templo desarrollaba un oficio vinculado con el propio Creador.

Sin embargo, muchos de estos símbolos aparecen en épocas aun más remotas, desde las ruinas de Pompeya hasta los confines del Mediterráneo Oriental. La relación del símbolo con la masonería es tan estrecha que cualquier masón medianamente instruido sería capaz de encontrar las huellas de sus hermanos en cualquier ámbito en que estos se hayan desempeñado.

A partir del siglo XVII estas corporaciones de constructores comenzaron a admitir en su seno a hombres ajenos al “oficio”. Se los llamó “masones aceptados”. Por la misma época, la francmasonería comenzó a desarrollar temas provenientes de algunas corrientes místicas y mágicas surgidas en el Renacimiento, tales como la Cábala judía, la Alquimia y el cuerpo de doctrina denominado Hermetismo. Pero sin lugar a dudas, la corriente esotérica que más impactó en la francmasonería fue la de los rosacruces. Muchos autores creen firmemente que las ideas rosacruces transplantadas a Inglaterra en el siglo XVII fueron el verdadero origen de la masonería “especulativa”, es decir, la conformada por masones “aceptados”.

A diferencia de la francmasonería, la Orden del Temple tiene un origen cierto y una historia ampliamente documentada. Nacida como consecuencia de la primera peregrinación armada a Tierra Santa, fue creada por un grupo de nueve caballeros provenientes en su mayoría de Champagna, liderados por Hugo de Payens, cuyo objetivo inicial fue el de amparar y proteger a los peregrinos.

En el año 1118 el rey Balduino II cedió parte del “Templum Salomonis” a la naciente orden militar cuyos caballeros fueron llamados, por ese motivo, con el nombre de “Caballeros Templarios”. Apenas pocos años después ya se contaban en número de 300 y gozaban de grandes privilegios concedidos por el monarca.

En un principio, su organización fue similar a la del clero regular. Observaban votos de pobreza, castidad y obediencia y se encontraban sometidos a la autoridad del Patriarca de Jerusalén. En 1128, con el apoyo de San Bernardo, el líder más carismático e influyente de toda la cristiandad, el Concilio de Troyes aprobó su regla y la orden quedo establecida en su doble condición de monástica y militar.

            En los siguientes dos siglos la fama de sus guerreros, su capacidad de organización, su poderío económico y su particular petulancia la convirtieron en la más admirada y odiada milicia de toda la cristiandad. Poseían preceptorías y encomiendas en toda Europa; participaban activamente en la reconquista de España y acumulaban tal riqueza que pronto les permitió crear un sistema de letras de cambio, precursor de la banca privada.

            Con la caída de Jerusalén se replegaron a sus castillos sobre la costa Palestina. Luego debieron abandonar Tierra Santa y se constituyeron en la Isla de Chipre. Pero a principios del siglo XIV fueron acusados de herejía y prácticas infamantes. En Francia, sus jefes fueron encarcelados, torturados y quemados en la hoguera. El viernes 13 de octubre de 1307 todos los templarios de Francia fueron apresados y encarcelados. Siete años después, en 18 de marzo de 1314, su último Gran Maestre, Jacques de Molay junto a Godofredo de Charney fueron quemados por herejes relapsos en la ribera del Sena.

Desde hace siglos los masones se proclaman herederos del Temple. ¿Qué hay de cierto en esto? ¿Pudo acaso la tradición templaria sobrevivir oculta en las logias masónicas? La primera respuesta hay que buscarla en la propia francmasonería.

La tradición masónica abunda en referencias a los cruzados y a los templarios, lo cual resulta lógico si se tiene en cuenta que el eje de la tradición masónica gira alrededor de la construcción del Templo de Salomón. En efecto, los grados de “Aprendiz Masón” y “Compañero Masón” son preparatorios del de “Maestro”, grado en el que el masón alcanza su plenitud y se acerca a la leyenda de Hiram Abí, el hábil artista fenicio convocado por el rey Salomón para que construyera su famoso Templo. Podemos encontrar referencias a la construcción del Templo de Jerusalén en muchos de los grados y ritos de la francmasonería

Esta tradición parece tener su origen en las antiguas logias benedictinas organizadas por los monjes cluniacenses a partir de interpretaciones alegóricas de los antiguos Padres de la Iglesia en torno al Templo de Salomón; alegorías que luego recreó el historiador inglés Beda, apodado “el Venerable” (673 - 735) en su obra “De Templo Salomonis Liber” escrita en Inglaterra en el siglo VIII. Este libro –curiosamente ignorado por la mayoría de los masones modernos- contiene casi toda la “base simbólica” sobre la que descansa la doctrina masónica.

Con posterioridad, estas interpretaciones alegóricas en torno al Templo de Salomón se expandieron por el Imperio Carolingio merced a la pluma de Alcuino de York (735 – 804), Rabano Mauro (776 – 856), Walafrid Strabón (808 – 849) y otros grandes abades del movimiento monástico benedictino.
           
Ya en el siglo XI, los cluniacenses habían establecido reglamentos y constituciones para sus logias de constructores de iglesias y catedrales, incorporando laicos a los que denominaban “hermanos conversos” y utilizaban como mano de obra calificada.

Tomando en consideración que la época a la que hacemos referencia concitó una serie de acontecimientos religiosos, políticos y militares que modificarían la geografía de Europa y del Cercano Oriente, no debe asombrarnos que las incipientes logias organizadas por los benedictinos hayan tenido amplia participación dentro del vasto cuadro estratégico que parece haber desarrollado esta orden monástica. En consecuencia, el origen de la francmasonería parece fatalmente ligado a los acontecimientos vinculados con las expediciones armadas a Tierra Santa, que luego se conocieran con el nombre de “cruzadas”. De hecho, y como demostraremos, la Orden de San Benito tuvo activa participación en el fomento de las peregrinaciones a Palestina, en el llamamiento a la liberación los Santos Lugares y en la construcción de grandes obras en los estados cristianos establecidos en Palestina y Siria.

Hacia la segunda mitad del siglo XVIII se formaron en Alemania las primeras órdenes masónicas neotemplarias en las que se destaca la Orden de la Estricta Observancia, fundada por el barón Gottel von Hund, que llegó a poseer un fuerte poderío militar y contar entre sus filas con veintiséis nobles y  príncipes de sangre real. Más tarde, merced a los esfuerzo del duque de Brunwick y de Jean Baptiste Willermoz, nacería el Régimen Escocés Rectificado que renunciaría a la herencia militar del Temple para adoptar una nueva forma de caballería espiritual: Los Caballeros Bienechores de la Ciudad Santa.

En el siglo XIX, en Inglaterra, se formó “The United, Religious, Military and Masonic Orders of the Knight Templars and Knights Hospitaliers of Saint John of Jerusalen, Rhodes, Malta and Provinces Overseas” al tiempo que, como una evolución superior de la “Orden del Santo Real Arco del Templo de Jerusalén”, nació la “Holy Royal Arch Knights Templar Priests” que se confiere a quienes han recibido previamente los grades de Maestro Masón, Compañero Real Arco y Caballero Templario.

A principios del mismo siglo nació el Rito de Heredom o Rito de Perfección, de 25 grados, que fue llevado a América por Étienne Morín tras recibir una Carta Patente en Francia. El número de grados se amplió, surgiendo el Rito Escocés Antiguo y Aceptado de 33 grados, con algunos como el de Caballero Kadosh, que tiene fuertes influencias templarias y en el que se jura la venganza de Jaques de Molay, último Gran Maestre del Temple.

Desde distintas perspectivas, estas francmasonerías asumieron la misión de establecer grados templarios, a los que imaginaron como una elite capaz de reconducir a al hombre  hacia un ideal de fraternidad, tolerancia y respeto; hacia una era signada por el progreso, preanunciado por el nacimiento de la ciencia.

Es conocida la leyenda que atribuye el origen de la masonería templaria a la participación de una escuadra de caballeros de aquella orden -refugiados en Escocia- en la famosa batalla de Bannockburn (1314). En ella el líder escocés Robert Bruce derrota a los ejércitos de Eduardo II de Inglaterra, logrando la independencia de su país. Según esta misma leyenda, el monarca escocés –en agradecimiento a estos caballeros- cede a los templarios la torre de Kilwinning, contigua a la abadía del mismo nombre, en donde estos fundarían una nueva orden ligada a la logia masónica que funcionaba en la abadía.

Por lo tanto, a la vista de tan numerosas y variadas reivindicaciones, antes que cualquier otra consideración, debemos tener en cuenta que este vínculo ha sido sostenido, en primer término, por la propia francmasonería.

Otros autores creen que esta relación se estableció recién en el siglo XVIII, época en la que se produjo un intenso interés por los temas templarios. Andreas Beck, se refiere a aquel siglo como el del declive del feudalismo, la incipiente disolución de las estructuras de poder del absolutismo, la ilustración y la ortodoxia, la secularización y el pietismo “…En estos años de desazón espiritual –dice Beck- las cruces de los templarios volvieron a estar de moda como símbolo de una enérgica reunificación ideal…”

¿Pudo la masonería apropiarse del modelo templario como plataforma de su expansión en el siglo XVIII? Hay quienes piensan que la introducción del “templarismo” en la masonería fue una “operación” digitada por Roma y ejecutada por los jesuitas.

Existe cierto consenso en cuanto a la participación de los jesuitas de Clermont en la tarea de infiltración de las “ideas templarias” en la francmasonería, con el fin de introducir en ella elementos del pensamiento cristiano que acercaran a la Iglesia a una institución que comenzaba a representar un serio problema para las políticas seculares de la Corte de Roma. Curiosamente, Clermont, fue el escenario del llamado a la primera cruzada por parte del papa Urbano II, un monje benedictino que profesó sus votos en Cluny. En el siglo XVIII, la ciudad se convertiría en el epicentro de la supuesta conjura jesuita y del resurgimiento templario, al crearse el legendario “Capítulo de Clermont”, considerado como la base del futuro Rito Escocés Antiguo y Aceptado.

La cuestión de la “conjura jesuita” ha sido el argumento predilecto de la masonería anticlerical del siglo XIX -¡y gran parte del XX!- incómoda con el contenido cristiano de sus ritos e incapaz de aceptar las raíces esotéricas de su simbolismo.

En Francia, hasta la Revolución, la francmasonería fue claramente cristiana y sus dirigentes principalmente católicos. Mientras que en Inglaterra la reorganización de la francmasonería estaba en manos de pastores protestantes, en Francia sus jefes eran mayoritariamente católicos y jacobitas. No puede soslayarse la condición masónica de los últimos reyes de la dinastía católica Estuardo, enfrentada mortalmente con la protestante casa Hannover y no es posible comprender la historia de la francmasonería sin atender adecuadamente a la cuestión de los masones jacobitas, cuya derrota  en la batalla de Culoden selló el destino de la francmasonería moderna.

Muy probablemente, de haber triunfado la causa jacobita no hubiese tenido razón de ser la temprana excomunión de la francmasonería por parte de los pontífices romanos. Quien quiera hacernos creer que la francmasonería ha sido sólo una “escuela iniciática” exenta de peso político en los últimos tres siglos, pues simplemente es ignorante, o miente.

Fuesen los jesuitas o los jacobitas, la mayoría de los historiadores coincide en que el punto de partida de esta cuestión –o al menos su irrupción pública- arranca con el famoso “Discurso” del caballero escocés Michel de Ramsay, pronunciado en París en 1737. Hay quienes afirman que fue a partir de Ramsay que comenzaron a proliferar en la francmasonería los temas esotéricos, la idea de un conocimiento antiguo y oculto y la existencia de un secreto guardado en el corazón de la “fraternidad”.

Esta afirmación es inexacta y constituye una expresión de deseos de los sectores más agnósticos de la Orden que en el siglo XIX renegaron de los orígenes judeocristianos de la francmasonería. Baste por ahora afirmar que ya un siglo antes de Ramsay, los rosacruces ingleses constituían un nutrido grupo dentro de las logias y que influían fuertemente en la francmasonería británica aún operativa, es decir, dedicada a su oficio.

Personajes como Robert Flud (1574-1637) –sindicado como el organizador de la francmasonería rosacruciana en Inglaterra-; sir Francis Bacon (1561-1626) –autor de la utopía masónica de la “Nueva Atlántida”- y Elías Ashmole -fundador de la Orden del “Templo de Salomón” y recibido francmasón en 1646- son sólo algunos de los muchos rosacruces que introdujeron sus ideas en la francmasonería mucho antes de que los jacobitas constituyeran los “altos grados” en Francia.

El análisis del caso “Ashmole” es de gran importancia, puesto que se cree que sus escritos tuvieron profundo impacto en la organización moderna de la francmasonería inglesa y habrían sido utilizados por los propios Anderson y Désaguliers en la confección de los rituales de la Gran Logia de Londres.

¿Pudo ser la Rosa Cruz el origen de la masonería moderna?

En la leyenda rosacruz se habla de un mítico personaje alemán, Christian Rozenkreutz, que luego de aprender el griego, el latín, el hebreo y la magia en una abadía a la que había sido entregado por sus padres, marcha en peregrinación a Palestina a la edad de dieciséis años. La luz del rosacrucianismo al igual que la de la francmasonería proviene de Oriente, precisamente de Medio Oriente.

Actualmente se cree que los más antiguos documentos rosacruces –los manifiestos “Fama Fraternitatis” y “Confessio”- fueron obra de un gran alquimista y líder luterano, Valentín Andreae, sin embargo esta afirmación no invalida el carácter progresista de tales documentos ni la enorme influencia que tuvieron en los círculos iniciáticos de entonces. Esto prueba que la masonería ya era especulativa en Inglaterra mucho tiempo antes de las constituciones fundacionales de 1723 y que el esoterismo estaba fuertemente consolidado en su seno. Los trabajos realizados por Francis Yates en ese sentido arrojan resultados importantes en torno a esta cuestión.

Si Fludd, Bacon y Ashmole tuvieron semejante influencia en la francmasonería, no ha de sorprendernos que el más profundo esoterismo masónico se encuentre emparentado con el pensamiento mágico y cabalístico, no comprendido como lo que actualmente representa sino como el conjunto de ideas que se desarrollaron en el Renacimiento y que tuvieron entre sus líderes más destacados a Pico de la Mirándola, Cornelio Agripa, Marcilio Ficino y otros renombrados filósofos y pensadores del hermetismo renacentista y que hemos mencionado en  trabajos recientes.   

Estos son sólo algunos aspectos de los muchos contenidos en la tradición masónica y en la rosacruciana con relación al vínculo entre la francmasonería, las cruzadas y los Caballeros Templarios.

Lo cierto es que la Orden del Temple sigue estando en el eje de la disputa masónica, con la misma fuerza que en el Convento de Wilhelmsbad, inicialmente organizado para resolver “definitivamente” la cuestión templaria. ¿Serán los pobres caballeros de Cristo reivindicados por la Iglesia que los convirtió en el modelo de monjes-guerreros? 

Fiat justitia fiat pax.