martes, 27 de diciembre de 2016

Antecedentes medievales y monásticos de la francmasonería operativa

Acerca de la publicación de una nueva edición de De Templo Salomonis Liber y otros textos de Masonería Medieval. Breves notas sobre mis últimas investigaciones en torno a los monjes constructores y los berrinches de algunos masones descarriados. 

En el año 729, en un lejano lugar de Northumbria, un benedictino llamado Beda observaba cómo un grupo de monjes constructores erigía el monasterio de San Pablo, en la comarca de Jarrow. En el lenguaje medieval, esos monjes constructores recibían el nombre de machiones. El término latino machio se traduce como masón, y se le denominaba de ese modo a causa de las machinas (andamios) que utilizaban para construir los muros. Tal es la etimología de la palabra masón, que puede consultarse tanto en la obra de Isidoro de Sevilla, Etimologiae, como en el Media Latinitatis Lexicon Minus de Niermeyer.

Inspirado por el trabajo de aquellos hombres, Beda decidió escribir un libro en el cual describe la construcción del célebre Templo de Jerusalén. Le dio a su obra el título de De Templo Salomonis Liber, es decir: El Libro acerca del Templo de Salomón. Sin proponérselo, estaba sentando las bases de la simbología que actualmente identifica a la francmasonería.



Nuestro monje inglés, autor de la famosa Historia Eclesiástica Gentis Anglorum, considerado uno de los Padres de la Historia de Inglaterra y Patrono de los Historiadores, era hasta hace un par de décadas un desconocido para la gran mayoría de los masones. Hacia fines de los años noventa, a raíz de la lectura de algunas notas aisladas, comencé a investigar seriamente el conjunto alegórico contenido en los documentos benedictinos medievales.

Cuando en el año 2004 publiqué, por primera, vez mis investigaciones en torno a la relación entre el simbolismo masónico y las alegorías contenidas en los más antiguos documentos y libros pertenecientes a monjes benedictinos, era plenamente consciente de que estaba metiendo el dedo en la llaga. La primera edición de mi libro Ordo laicorum ab monacorum ordine fue publicada por la Academia de Estudios Masónicos de Buenos Aires, de la que fui miembro fundador y primer secretario. La Academia había nacido en el seno de la Gran Logia de la Argentina de Libres y Aceptados Masones y estaba integrada por algunos Hermanos muy destacados, entre ellos Emilio Corbiere y Jorge Paju, ambos en el Oriente Eterno. Es decir que, en ella, convivíamos armoniosamente creyentes y agnósticos. Épocas realmente memorables, porque siendo el R.·.H.·. Paju un confeso ateo fue uno de los principales impulsores de la publicación de mis libros. 

Por aquel entonces —y aún hoy— eran pocos en América Latina los que conocían los trabajos de Paul Naudon, Alec Mellor y otros autores franceses que ya admitían este vínculo entre la masonería operativa medieval y los benedictinos. Sin embargo, nunca se habían deshilvanado con minuciosidad estos documentos, y mucho menos publicado.

El mundo masónico recibió mi libro con cierto escepticismo, especialmente las corrientes racionalistas que eran y siguen siendo mayoritarias en los países latinos. Luego, en la medida en que el libro se abrió paso, dando lugar a nuevas investigaciones y publicaciones, el escepticismo se convirtió en una fuerte resistencia. Para colmo, en 2006 la obra fue publicada en una segunda versión aumentada por Editorial Kier bajo el título “La Masonería y sus orígenes cristianos”, con una difusión mucho más amplia que la de la primera edición.

Finalmente, en el año 2007, las tensiones ocasionadas por estas publicaciones me obligaron a renunciar a la dirección de la revista Símbolo, órgano oficial de la Gran Logia de la Argentina y luego abandonar la propia GLA. Desde entonces mi actividad masónica se desarrolla bajo jurisdicción europea.

Pero mientras esa resistencia crecía, también aumentaba la cantidad de masones que comenzaban a tomarse en serio el cúmulo de documentación que habíamos traducido del latín y cuyas similitudes con la simbología masónica no dejaba lugar a dudas.

Debo decir que todo lo que he publicado con posterioridad, fue consecuencia directa de ese mundo que se abrió ante mis ojos a partir de la lectura de Beda el Venerable, Rabano Mauro, Walafrid Strabón, Teófilo, Honorio de Autum, Willhelm de Hirsau y una pléyade de monjes que constituyen la flor y nata de la Orden de San Benito. En efecto, no se trata de documentos y escritos marginales sino, por el contrario,centrales para la vida y la instrucción de los monjes. Más aún: las evidencias de este vínculo se encuentran en los documentos fundacionales de la gran Reforma Cluniacense y de la de su hermana gemela alemana, la Reforma Hirsaugiense. Muchas de las pruebas irrefutables de la partida de nacimiento del simbolismo masónico se pueden encontrar, precisamente, en las denominadas Constituciones Cluniacenses y las Hirsaugienses, que rigieron, durante siglos, las comunidades de monjes en las abadías y monasterios de la Orden Benedictina.

Este trabajo, llevado a cabo durante años, requirió de una exhaustiva búsqueda de fuentes y de su posterior traducción. Muchos especialistas fueron consultados y conté con el apoyo de Jorge Sanguinetti, que hizo un excelente trabajo, principalmente con los textos de Beda. En ese momento no conocíamos la traducción al inglés Bede: On the Temple realizada por Seán Connolly y la introducción de Jennifer O’Reilly, que hoy está disponible en una publicación de la Universidad de Liverpool.



En 2009 decidí reunir en un libro los textos principales sobre los que habíamos trabajado, especialmente "De Templo Salomonis Liber" de Beda y los opúsculos de Rabano Mauro relativos al arte de la construcción y de la edificación. De igual modo me pareció oportuno ampliar lo que ya había publicado sobre Beda y Wilhelm de Hirsau. El resultado fue la publicación de De Templo Salomonis Liber y otros textos de Masonería Medieval que hoy presentamos en una nueva edición revisada y ampliada.

No podría haber sido más oportuna. Recientemente, Devrig Mollè –con el entusiasta apoyo del Gran Maestre Nicolás Breglia- publicó su obra “La invención de la Francmasonería”, en la que dedica un generoso espacio a fustigar las bases “académicas” de mi investigación, y de paso, a mi persona. Desde luego que yo no soy un académico sino un escritor. Sin embargo, amén de agradecerle a Mollé por la curiosidad que su furiosa crítica despierta entre quienes todavía no me han leído, cabría señalarle que los antecedentes de Beda el Venerable y de Wilhelm de Hirsau han sido incluidos en los programas del Master en Historia de la Masonería (Programas de Postgrado y Desarrollo Profesional – UNED, que fueran inaugurados en el año 2012 con la presencia de los propios reyes de España) y en otras Universidades europeas. Ahora, con la nueva edición de este libro tenemos la ventaja de poder dar acceso a los masones a dichos documentos para que puedan evaluar si deben ser considerados, o no, predecesores de la masonería moderna. En la propia página de la UNED puede leerse respecto de la masonería operativa que: 

Sus precedentes inmediatos hay que situarlos en la edificación de conventos románicos en los siglos XI y XII llevadas a cabo por monjes, primero benedictinos y después cistercienses. El Abad asumía normalmente la responsabilidad de diseñar los planos y de dirigir las obras aunque muy pronto, al lado de los monjes arquitectos aparecieron los a arquitectos laicos. Su fundador fue el Abad Guillermo Von Hirschan, conde palatino de Scheuren (1000-1091) [se refiere a Wilhelm de Hirsau, que justamente es uno de los ejes de mi investigación], quien por primera vez llamó y reunió obreros de todos los oficios para la ampliación y terminación de las obras de la abadía de Hirschan, en calidad de hermanos laicos. Aunque los frailes soportaban el peso principal de los trabajos, para la construcción de los grandes monasterios necesitaron la ayuda de un buen número de obreros y técnicos seglares, y en ocasiones se recurrió a los servicios de especialistas de zonas tan alejadas como Bizancio.

El fragmento se refiere a Wilhelm de Hirsau, que justamente es uno de los ejes de mi investigación. Sería bueno que algún día los masones pudiésemos sentarnos a debatir ideas respecto de los orígenes de nuestra Orden sin descalificaciones ni rencores que ya debieran estar superados.  


En cualquier caso, que Ediciones del Arte Real haya decidido apostar a una nueva edición de De Templo Salomonis Liber (tal vez el más complejo de leer, de todos mis libros) me llena de satisfacción porque completa y agrega al trabajo original de La Masonería y sus orígenes cristianos (Editorial Kier), cuyo planteo sigue vigente a más de doce años de su aparición. 

domingo, 18 de diciembre de 2016

Rito Escocés Rectificado - Cuaderno de Trabajos

Recientemente, Ediciones del Arte Real (www.masonica.es) publicó el "Cuaderno de Trabajos - Clase Simbólica del Rito Escocés Rectificado", libro escrito por Ramón Martí Blanco Gran Prior Emérito y actual Gran Canciller del Gran Priorato de España, quien es para mí no solo un Muy Querido Hermano sino también un gran amigo. En lo que considero un honor, el autor me ha solicitado que prologara la obra. He creído oportuno publicar dicho exordio porque allí está plasmada no solo la presentación sino también mis percepciones respecto de este magnífico trabajo.

Es importante destacar que hasta no hace muchos años era difícil (por no decir imposible) encontrar literatura sobre el RER en español. Esta carencia se ha ido modificando merced al esfuerzo hecho por un pequeño grupo a la cabeza del cual podemos mencionar al propio Ramón Martí Blanco. Los lectores de este blog saben muy bien acerca de mis desvelos por crear y difundir una nueva literatura en torno a la Masonería Cristiana. Consciente de que queda aún mucho por hacer, sería necio no reconocer todo lo que hemos avanzado. 

Hubiese sido más difícil aún si no hubiésemos contado con el apoyo de Ediciones del Arte Real, que ha hecho unas maravillosas ediciones que hoy están a disposición de los masones de habla hispana tanto en papel como en formato digital. Transcribo entonces, a continuación, el prólogo con el que se ha publicado el libro. 

Aprovecho para mencionar que la presentación tendrá lugar en Barcelona, el próximo 22 de diciembre de 2016, a las 19,30 horas, en el Refectorio del antiguo Monasterio de Sant Pau del Camp, en el carrer de Sant Pau, 101 de la ciudad Condal. Se trata de un lugar emblemático para mí, pues allí nacieron las "Conversaciones en el Claustro", otro libro sobre el RER que recientemente fuera publicado por la misma Editorial. Y aunque no tendré la dicha de estar allí como sería mi deseo, lo hago de este modo, simbólicamente, deseándole a Ramón el éxito que se merece por su empeño y tenacidad en mantener vivo uno de los Ritos Masónicos más antiguos aún vigente, en plena expansión en América Latina. 






P   R   Ó   L   O   G   O
 Cuadernos de Trabajo - Clase Simbólica del Rito Escocés Rectificado

Un buen prologuista debiera abstenerse de toda consideración personal al momento de introducir al lector en una obra. Sin embargo, tratándose de una persona a la que me unen una afectuosa amistad y una estrecha sintonía respecto de muchos temas atinentes a la francmasonería, tal abstención resultaría por cierto artificial y hasta forzada. De modo tal que la semblanza que aquí trazaré de la obra y de su autor será la que refleja el
cristal de la fraternidad que nos une.

Mi vínculo con Ramón Martí Blanco se remonta a diez años atrás, cuando un grupo de masones latinoamericanos intentábamos, no sin esfuerzo, convencer a nuestros hermanos españoles de que había llegado la hora de traer a la América Hispana al Régimen Escocés Rectificado, es decir, a la masonería cristiana. En ese entonces la literatura del R.·.E.·.R.·. en español era prácticamente inexistente salvo dos obras: Jean-Baptiste Willermoz, su obra, de Jean-Francois Var y la Memoria al Duque de Brunswick, de Joseph De Maistre, que dicho sea de paso, habían sido traducidas por el autor que prologamos. Lo poco de literatura interna que circulaba (Los Cuadernos Azules y Los Cuadernos Verdes), también habían sido un esfuerzo de traducción de Ramón Martí Blanco.

Por mí parte, habiendo sido iniciado en el Rito Escocés Antiguo y Aceptado, me encontraba con que los trabajos del Rito Escocés Rectificado estaban absolutamente despojados de cualquier intento de erudición o especulación intelectual. De hecho, aprender a trazar planchas de R.·.E.·.R.·. era y sigue siendo una tarea delicada para quienes provienen de otros ritos masónicos.

También debo decir que la mayoría de los temas de los que este libro trata fueron materia de reflexión durante los primeros años de mi relación con el autor, y aún lo son. Es así que el contenido de este libro forma parte del lenguaje de un antiguo Rito masónico que guarda intacto el eco del siglo XVIII, cuando en términos masónicos estaba todo por hacerse y una gran confusión atravesaba la masonería. En la segunda mitad del siglo XX el R.·.E.·.R.·. recobró la fuerza y ganó el corazón de algunos líderes
sobresalientes de la francmasonería francesa. Ramón Martí Blanco es hijo de esa escuela, que ha sabido marcar con su impronta la actual masonería cristiana. Y su trabajo por consolidarla ha sido fundamental para la Orden.

Hay distintas maneras de medir el trabajo de un hombre. Algunos dirán que por las obras (“por sus frutos los reconoceréis”), otros por la habilidad de crear nuevos futuros, nuevas esperanzas. Y estarán incluso aquellos que asocian el trabajo al éxito, una palabra que, en nuestro siglo, parece haber perdido todo su sentido. En cualquier caso, prologar esta obra, haciendo honor al arte del exordio, es hablar del trabajo de un hombre que, en un exceso de humildad, ha titulado a este libro Cuaderno de Trabajos del R.·.E.·.R.·. Y aunque en su interior contenga una amplia selección de trabajos masónicos realizados al interior de la Orden Rectificada, en realidad es mucho más que eso.

Bien podría decirse que Ramón Martí Blanco ha dedicado su vida al Régimen Escocés Rectificado. No solo eso, sino que es uno de los pocos masones que pueden atestiguar acerca del proceso que llevó a la implantación del R.·.E.·.R.·. en España, primero en forma “adaptada” bajo el cobijo de la Gran Logia de España, luego en su versión original y completa al crearse el Priorato de Hispania bajo jurisdicción del Gran Priorato de las Galias, para convertirse, finalmente, en la potencia independiente que se denomina actualmente Gran Priorato de Hispania.

Habiendo sido la masonería arrasada en España durante el franquismo, su reconstrucción no fue tarea sencilla. El hecho de que el R.·.E.·.R.·. haya formado parte, ab origine, de dicho proceso de reconstrucción, otorga a nuestro autor una mirada propia que permite al lector indagar en un momento muy particular de la francmasonería española.

Pero hay una circunstancia extraordinaria que hace que la visión del autor no se limite a la historia de la masonería post franquista. En años recientes, Ramón Martí Blanco llevó a cabo una exhaustiva investigación acerca de tres ancestros suyos: su bisabuelo Ángel Blanco Fernández (1839-1894) y su tíos abuelos Ángel Blanco Berodia (nacido en 1873) y Samuel Blanco Berodia (nacido en 1874), todos iniciados en logias del Gran Oriente Español. Parte importante de la documentación masónica de estos parientes suyos pudo ser colectada gracias a la ayuda brindada por el profesor José Antonio Ferrer Benimeli, fundador del Centro de Estudios Históricos de la Masonería Española. Cabe señalar aquí que tuve el gusto de acompañar al autor en su primer encuentro con Benimeli, que tuvo lugar en un viaje que hicimos juntos a la ciudad de Zaragoza en el año 2012.

El derrotero de estos ancestros, narrado en este libro por Ramón Martí Blanco  sumado a la doble condición de masones y religiosos en dos de los tres casos— hace que podamos acceder a la intimidad de una saga familiar que, más allá de impactar en los sentimientos del autor, expone aristas interesantes desde el punto de vista histórico. Cualquier masón puede imaginar la carga emocional que conlleva el poder acceder a los archivos masónicos de un pariente. Es algo tan indescriptible como la propia iniciación. Pero hay un hecho adicional que otorga al relato una mayor tensión literaria, y es la circunstancia de que su bisabuelo no sólo haya sido masón sino también sacerdote católico, luego devenido en pastor protestante. Para quienes estamos acostumbrados a confrontar con la visión de los extremistas que no admiten esta doble condición, la historia de la familia Blanco resulta claramente singular.

Esta singularidad se extiende al resto de la obra, que no hubiese sido la misma sin el devenir masónico de la familia Blanco y sin la introducción del autor respecto de la historia reciente del R.·.E.·.R.·. en España.

Dicho esto, vayamos ahora a comentar acerca de lo que el autor de la obra pretende que sea la misma, un Cuaderno de Trabajos. Para los masones que no están familiarizados con las planchas que se leen en las logias del Rito Escocés Rectificado, dichos trabajos serán sin dudas reveladores y, tal vez, hasta inesperados. Acostumbrados al ejercicio del librepensamiento y a la especulación erudita, los masones lectores de este libro se encontrarán con aquello que diferencia al R.·.E.·.R.·. de cualquier otro rito masónico.

En efecto, el contraste salta a la vista por varias razones. La primera de ellas es que en el R.·.E.·.R.·. existen una doctrina y unos principios que no pueden ser interpretados de cualquier manera sino a la luz del Libro que preside los trabajos: el Evangelio. A partir de allí todo se vuelve diferente, siendo la responsabilidad de los maestros, en especial la del Venerable Maestro y los Vigilantes de la Logia, la de asegurarse de que las planchas no se aparten de aquello que marca el Ritual y el Santo Evangelio.

Lo demás, el discurso florido, la profusión de citas y frases, las descripciones generalistas de cuestiones sociales, el detalle erudito de temas extraños al trabajo primario de devastar la Piedra Bruta, son asuntos ajenos al R.·.E.·.R.·., y este es uno de los puntos más salientes del libro que estamos prologando.

La publicación de un libro de estas características no podría ser más oportuna. Desde que comenzara la expansión del R.·.E.·.R.·. en América Latina, la confusión, lejos de mermar ha crecido. Tanto en España como en los países latinoamericanos coexisten diversas expresiones del R.·.E.·.R.·. La Masonería Rectificada no ha podido escapar del proceso de fragmentación que actualmente afecta a toda la francmasonería. Algunas escisiones producidas en Francia y en España se han trasladado a los territorios de Ultramar, de modo tal que hoy coexisten Logias rectificadas al estilo de las de la Gran Logia de España, adaptadas a la regularidad andersoniana, Logias rectificadas escindidas de la regularidad establecida por el Gran Priorato de las Galias y logias que se atienen a dicha regularidad correspondiente al eje Gran Priorato de las Galias — Gran Priorato de Hispania. En cualquier caso, el contenido de este libro es fundamental para comprender las raíces del Rectificado y su doctrina. Los trabajos seleccionados, tanto los escritos por el autor, tanto por los tutelados, poseen una contundencia verdaderamente docente.

Con la misma contundencia se expresa el autor respecto de temas relevantes al interior de las logias, que tienen que ver con el celo que debiéramos poner en la transmisión de nuestros principios, porque en definitiva, como lo expresa Martí Blanco: “la Masonería Rectificada nació precisamente para poner un poco de orden al desatino en que se habían convertido las asambleas masónicas, pobladas por Masones que creían tener muy claro cuales debían ser los fines y objetivos de nuestra Institución”. ¿Acaso tenemos claro cuáles son esos fines y objetivos?

En estos más de treinta años que lleva en la masonería rectificada, nuestro autor ha ganado justa fama de hombre consecuente con sus principios. Si hoy existe una literatura en español sobre el R.E.R se debe principalmente a sus traducciones de autores franceses. Y si el R.·.E.·.R.·. ha ganado solidez en un mundo cruzado por las corrientes masónicas más diversas ha sido por la intransigencia respecto de esos fines y objetivos que debieran mantenerse a rajatabla.

Referente de una generación de masones rectificados que tuvieron a su cargo la implantación del R.·.E.·.R.·. en España, Ramón Martí Blanco representa al espíritu caballeresco que debiera trasuntar un CBCS, que aun estando solo, sin más arma que su blasón ni más defensa que su manto puede restituir el sentido de esa columna truncada, símbolo del camino de regreso a la Ciudad Santa.



Eduardo R. Callaey

lunes, 3 de octubre de 2016

Más sobre la masonería en la Edad Media

Fragmento de mi libro "La masonería y sus orígenes cristianos"


En sus crónicas del incendio de la iglesia de Canterbury -acaecido en el año 1174 "por voluntad y secreto juicio de Dios"- Gervasio describe la inmensa desazón que se apoderó de monjes y clérigos a causa de la tragedia.
Preocupados por el estado en el que había quedado la estructura, dudaban de su fortaleza. Algunos hablaban de reconstruir la catedral desde sus cimientos, lo cual enloquecía a los monjes de sólo pensarlo. Otros creían que algunas columnas soportarían una nueva carga. Lo cierto es que paralizados por tan inesperado siniestro, los monjes permanecieron de luto durante un año, mientras decidían qué hacer con lo que había quedado de aquel hermoso templo.
Cuenta Gervasio que el capítulo convocó a numerosos arquitectos franceses e ingleses, pero no se pusieron de acuerdo. Finalmente, la elección recayó en Guillermo de Sens, "hombre extremadamente audaz, artífice habilísimo en tareas con madera y piedra", a quien le fue entregada la obra.
Las crónicas de Gervasio de Canterbury dan fe del celo con el que Guillermo condujo la reconstrucción; nos cuentan de la multitud de artistas talladores que fueron convocados, del enorme esfuerzo y de los ingenios que se debieron construir para desembarcar las piedras que llegaban desde el otro lado del mar. Hasta que, cierto día, en el quinto año de la reconstrucción, el hábil arquitecto cayó desde un andamio y quedó postrado en cama durante meses. La obra avanzó entonces de forma más lenta bajo la dirección temporaria de un monje que -con más voluntad que habilidad- seguía las indicaciones que Guillermo le daba desde su lecho. Consciente de que ya no se recuperaría, el arquitecto abandonó la obra y regresó a Francia.
Le sucedió otro Guillermo, de nacionalidad inglesa, a quien Gervasio describe como un maestro hábil y honesto. Ni el uno ni el otro eran monjes; se trataba de arquitectos laicos, hombres libres que habían aprendido el oficio de trabajar la piedra y construir iglesias en aquellas logias conformadas por experimentados monjes y numerosos "fratres conversi", expertos en sus oficios de canteros, albañiles, vidrieros, herreros, carpinteros y tallistas.


La agrupación de estos hombres en estructuras asociativas adecuadas a su arte y tradición, fue la consecuencia natural de un proceso social, cultural y económico signado por el fenómeno del renacimiento urbano, la organización comunal y la creciente secularización de la sociedad.
Muchas de estas asociaciones lograron ciertos privilegios que les otorgaron mayor libertad. Su fama se extendió, y muchos de sus más grandes arquitectos descansan en las criptas de las catedrales que construyeron, junto a reyes y obispos. Se comenzaba a desplegar otra historia: la de las corporaciones y gremios de la Baja Edad Media, la de los grandes artistas que conducirían a Europa hacia el Renacimiento.
No sabemos a ciencia cierta el momento preciso -ni en base a qué presupuestos, tradiciones o influencias- se introdujo en los rituales del siglo XVIII la leyenda de Hiram Abi. A partir de allí, el simbolismo del Templo de Salomón pasó a ocupar un lugar relevante en la francmasonería. No fueron ni Jabel, ni Nemrod, ni Pitágoras los héroes de la corporación. Tampoco se eligió a las Pirámides de Egipto, ni al Coloso de Rhodas, ni a la Torre de Babel como alegoría y ejemplo del "arte sagrado". Hiram Abi y su famoso Templo se elevaron por encima de cualquier otra opción y sobre tal artífice y su obra se erigió el edificio simbólico de la francmasonería moderna en sus ritos regulares.
Sabemos, de todos modos, a partir del análisis de todos los documentos analizados, que la tradición triunfante se vincula a la de los masones benedictinos. Sabemos también que esta tradición era conocida por los autores de los antiguos documentos de la corporación. Ellos mismos mencionan a sus fuentes. Si los antiguos masones operativos conocían esta tradición, no es menos cierto que los modernos masones especulativos la eligieron y organizaron prolijamente en sus complejos rituales. ¿Qué sucedió en el medio?
Los masones operativos hicieron del secreto un culto. El secreto masónico se ha gestado en ese interregno desconocido e inaccesible en el que reinaron las logias en todo su esplendor, capacidad y realización. Fue la época de los grandes arquitectos, pródigos en obras, mezquinos en palabras, celosos en sus técnicas, sus planos y sus aspiraciones. Sin embargo, la historia puede reconstruirse porque el hombre deja huellas; a veces con la intención de decirnos algo; otras, simplemente, porque son propias del fenómeno humano.
A través de esas huellas podemos saber, por ejemplo, cuántos maestros masones trabajaron en la construcción de una catedral o un castillo. Por sus marcas en las piedras -una identificación personal, pero también un silencioso acto secreto de vanidad de quien se sabía condenado al anonimato colectivo- sabemos de sus itinerarios. En su obra "Un espejo lejano", Barbara W. Tuchman calcula que Enguerran III, barón de Coucy, empleó, en el siglo XIII, a 800 albañiles para construir la fortaleza homónima y ello en base a las marcas dejadas en las piedras. Diego Peña, un anticuario argentino experto en medallística masónica, descubrió en un palacio de la España mora -la mezquita de Córdoba- marcas en las piedras que él mismo había fotografiado en la catedral de Santiago de Compostela y en Barcelona, corroborando las diversas noticias existentes en torno a la gran movilidad de los masones que participaron en aquella obra.
En el famoso manual de Villard de Honnecourt (circa 1224) pueden observarse dibujos que recuerdan, sugestivamente, a "los cinco puntos de perfección" de los maestros masones. Los 65 folios contienen una verdadera colección de bocetos y planos de obra, incluida una estructura idéntica a la utilizada por Umberto Eco para describir la laberíntica torre de "El nombre de la rosa".
Conocemos, gracias a estos y muchísimos otros detalles, cómo construían, cómo estaban organizados y cuál era su rol en la sociedad. Lo que no sabemos de los masones operativos es de qué manera se trasmitían, en secreto, sus tradiciones. Los reyes los protegieron, les concedieron derechos, franquicias y exenciones. La Iglesia los receló primero, para luego amenazar sus liberalidades abiertamente.
Ya en el siglo XII, en el año 1131, el rey Alfonso VII otorgaba privilegios a los trabajadores de la catedral de Santiago:
"Ego Adefonsus Dei gratia Yspanie Imperator... Facio testamentum cautationes ómnibus magistri et criationi ecclesie Beati Jacobi, tam criationi operis quam et canonici, tam presentibus quam futurus usque in sempiternum. Ita cauto eos, quod non eant in fossatum, nec donec fossadariam, neque pectent pectum pro aliqua voce nisi pro suo forisfacto. Ita ego eorum cauto domos et possessiones, quod maiordomus terre nec ullus alius homo pro aliqua voce ibi non intret, neque eos pignoret nisi per manus sui magistri, et magister det directum per eos, et habeant tale forum quale melius habuerunt postquam opus ecclesie inceptum fuit..."
Más de ciento cincuenta años después, estos privilegios se habían afianzado, al extenderse los fueros municipales y las ciudades libres, cuyos ciudadanos -convertidos en prósperos burgueses- habían alcanzado la capacidad de adquirir este estado. Sancho IV, en 1282, confirmaba el privilegio de los pedreros de Santiago:

"...Porque los maestros et los pedreros et los raconeros de la obra de Santiago me dixieron que tienen privillegios del Rey Don Fernando mío avuelo et de los otros Reys et confirmadas del Rei mío padre commo deben ser amparados y defendidos. Et yo por esto et por muchos servicios que fizieron al mío padre et a mí en fecho de la eglesia et en otras obras, recébolos en mi guarda et mi defendimiento a elos et a lo suyo por o quier que lo ayan, asy en la villa de Santiago como fuera de la villa. Et mando et defiendo que nengún non sea osado de les querelar nin embargar sus raciones, nin de les fazer mal nin fuerca, nin tuerto, nin de les pasar contra los privillegios que les sean guardados daquí adelante así como lo fueron fasta aquí. Et qualesquier que contra esto fuesen, a elos e a lo que ovieren me tornaría por ello..."

La imagen corresponde a un bajorrelieve que se encuentra en Lugo. Galicia

viernes, 30 de septiembre de 2016

La Iniciación Masónica y los embates de la posmodernidad

Con cada vez mayor frecuencia, desde sectores ideologizados de la Orden, fuertemente anclados en corrientes ultra racionalistas que rayan en el fundamentalismo, se escuchan voces que pretenden reducir la Iniciación Masónica a una suerte de pieza de museo, una excentricidad que habría que revisar. Desguazan las ceremonias, las "agiornan", les quitan elementos tradicionales fundamentales, en fin, las vulgarizan. El sabido que muchas Obediencias han quitado esta condición iniciática de sus Estatutos, y nada hace pensar en que esta tendencia cambie en algunos países latinoamericanos. Por eso, es imperativo esclarecer a las nuevas generaciones de HH. respecto de esta desviación, que sólo puede presagiar una mayor profanidad al interior de nuestros templos. 

La Masonería: Una Escuela Iniciática 

Dentro del amplio campo de las sociedades secretas existe una categoría que se distingue del resto por su propio peso. Son justamente las que tienen carácter iniciático. A estas se las denomina genéricamente como Ordenes Iniciáticas, pues la característica común es la incorporación a través de una ceremonia ritual denominada, precisamente Iniciación. 

La iniciación, tal como se concibe en estas órdenes, es una línea divisoria que marca dos dimensiones muy diferentes de conocimiento; pero, fundamentalmente, dos dimensiones diferentes de responsabilidades. Todo aquello que en la vida implica un profundo cambio en esta dimensión de la responsabilidad, necesita de un rito. Pues bien, nuestra cultura descansa sobre las profundas raíces psicológicas de estos ritos. Y todos ellos responden a fuentes ancestrales y se convierten en las herramientas más adecuadas para la transformación del individuo.  

La Masonería es, entonces, una Escuela Iniciática. ¿Qué significa esto? Significa que se ingresa a ella mediante una Iniciación que otorga al iniciado un lenguaje especial y que este juramenta guardar y poner a cubierto de cualquier persona no iniciada o de menor grado.




El Lenguaje Simbólico 

Ese lenguaje son los símbolos. Los francmasones se sirven de los símbolos a modo de figuras alegóricas para transmitir conocimientos y asegurar la continuidad de sus enseñanzas. 

Pero los masones agregaron a la simbología un conjunto de leyendas. Incorporaron a su iconografía la de las Órdenes más poderosas de la historia. De cada una tomaron su médula y reclasificaron el resumen del modelo humano.  

Desde tiempos lejanos, cuyo origen no ha sido jamás precisado, la masonería desarrolló un lenguaje simbólico. La mayoría de los símbolos que conforman este lenguaje provienen de la arquitectura sagrada. Se difundieron a lo largo de Europa durante la Edad Media junto con la actividad de los constructores de grandes catedrales y abadías. Es común encontrar en la iconografía medieval imágenes de Dios sosteniendo en sus manos los instrumentos del Arte –generalmente un compás con los que traza los planos de la creación del mundo. La arquitectura se consideraba, por lo tanto, como una continuación terrestre del poder divino. Quien erigía un templo desarrollaba un oficio vinculado con el propio Creador. 

Sin embargo, muchos de estos símbolos aparecen en épocas aun más remotas, desde las ruinas de Pompeya hasta los confines del Mediterráneo Oriental. La relación del símbolo con la masonería es tan estrecha que cualquier masón, medianamente instruido, sería capaz de encontrar las huellas de sus hermanos en cualquier ámbito en que estos se hayan desempeñado. 
Aunque resulte sorprendente para la mentalidad moderna, durante siglos, tal vez milenios, diferentes linajes de iniciados preservaron un importante caudal de conocimiento, trasmitiéndolo de maestros a aprendices.   

El Secreto Masónico 

Pero hay algo más complejo aún: Los masones –y antes de ellos otras sociedades secretas del mismo tenor han tenido la vocación de construir futuros posibles. ¿Cómo lo hacen? Capaces de comprender la naturaleza profunda del fenómeno humano, trabajan para generar las condiciones y cambiar el curso de los acontecimientos. Indagadores natos, entienden el idioma de los signos, las piedras talladas, los relatos fantásticos, los mitos universales y los libros sagrados. Captan en ellos un mensaje que permanece mudo para quien no lo comprende. Los masones no son sólo protagonistas de la historia; la construyen. 

Por lo tanto, cuando un profano9 piensa que los masones se reúnen en secreto, poseen conocimientos ocultos que guardan celosamente y que urden conspiraciones, está en lo correcto. La cuestión radica en qué tipo de conspiración realizan los masones. Tejer las bases de futuros posibles es de por sí una gran conspiración. 

Este concepto puede resultar curioso, y hasta complejo. Pero es real; los masones aprenden a pararse en un futuro al que quiere llegar. Desde allí pueden ver cuáles condiciones debieran generarse para alcanzarlo. La masonería que triunfa es la que ve al mundo desde el futuro, y lo crea. De igual modo misterioso puede dejar trazado el plan en un lenguaje simbólico que otros masones podrán interpretar y ejecutar. 

El secreto masónico no está en los signos, ni en los toques, ni en las palabras sino en esa capacidad de hacer quelas cosas se vuelvan comprensibles,resumidas en su símbolo más potente: La Luz. Donde otros solo ven piedras el masón ve una historia: Donde la mayoría escucha una historia el masón decodifica una clave que explica la historia.  


No es posible comprender los acontecimientos del mundo moderno sin ella; del mismo modo que no puede comprenderse el mundo antiguo sin las Escuelas de Misterios, ni la Edad Media sin la leyenda del Grial y la Orden de la Caballería. La francmasonería emerge ante los ojos del historiador apenas se rasga la superficie de los hechos. Permanece impermeable a los curiosos y sólo se revela ante el que descubre que los acontecimientos históricos no son el fruto azaroso de un destino posible sino la consecuencia de un esfuerzo que intenta dirigir su curso.


miércoles, 20 de julio de 2016

El Régimen Escocés Rectificado en Santa Cruz de la Sierra.

El pasado lunes 18 de julio, el Consejo de Gobierno del Gran Priorato de Hispania, reunido en Barcelona, dio luz verde al levantamiento de columnas de otro establecimiento del Régimen Escocés Rectificado en Bolivia. Atendiendo la petición de un grupo de HH.·. del Oriente de Santa Cruz de la Sierra se ha promulgado un nuevo decreto que crea al Triángulo Masónico Rectificado “Santa Cruz” que trabajará en dicha ciudad bajo jurisdicción de la Justa y Perfecta Logia Génesis con asiento en Cochabamba.



La creación de este Triángulo del RER adquiere importancia, no sólo por el hecho de reafirmar el crecimiento de la Orden en Bolivia (en donde ya trabajan las logias Génesis y Caballeros de la Luz) sino porque tradicionalmente la ciudad de Santa Cruz de la Sierra ha sido un notorio nodo masónico del país Hermano. Hace apenas un par de semanas tuve oportunidad de conocer -durante las conversaciones mantenidas junto al Gran Maestro del GPDH, M.R.H. Joseph Martí y al Representante del GPDH para Bolivia, R.H. César Rivera Pereyra- a quien ahora preside este nuevo taller y le hemos depositado nuestra total confianza.

En la medida en que el Régimen Escocés Rectificado crea nuevos talleres en América Latina, mayor es la posibilidad de incluir a HH.·. que buscan desarrollar trabajos en el seno de una masonería tradicional cristiana, depositaria de una tradición iniciática que fijó su perfil definitivo en 1782. De allí la importancia de este Triángulo en la región oriental de Bolivia que se suma a “Aires del Cuyum” creado recientemente en la ciudad de Mendoza (al oeste de la Argentina), también considerada un importante nodo masónico en el Cono Sur de América.

La presidencia de ambos Triángulos –que esperamos se conviertan a corto plazo en sendas Logias- ha recaído en manos de masones de reconocida trayectoria en estos Orientes, al igual que los oficiales que los acompañan. Estas incorporaciones no sólo suman experiencia en la gestión hacia el interior de la Orden sino que amplían la base de liderazgo que está permitiendo contar con una estructura fuerte en la región, integrando en una misma conducción a dirigentes de diferentes países. También permitirán dotar de mayor sustento al Directorio Provincial Escocés dependiente del Directorio Nacional de las Logias Escocesas Reunidas y Rectificadas del GPDH.

El Rectificado ha necesitado de un tiempo de maduración prolongado, porque su propia naturaleza requiere de la asimilación de una doctrina que no es habitual en la francmasonería liberal. El sólo hecho de hablar de doctrina implica una diferenciación explícita con otros ritos masónicos de matriz progresista. El tiempo transcurrido desde la fundación de nuestras primeras logias permite que estemos en presencia de la primera generación de Maestros Escoceses de San Andrés iniciados en el RER que, en algún día no muy lejano, superarán en número a quienes llegamos a dicho grado provenientes de otros ritos masónicos con asiento en América Latina. El grado de MESA, con sus mandiles verdes representativos, es el corazón del RER.  

En nuestro continente queda aún mucho por aprender, tanto de la doctrina como de la praxis del RER. Es por ello que debemos continuar con una integración plena a ambos lados del Atlántico en una unidad de acción que fortalezca nuestro espíritu. Es necesario poner allí todo el esfuerzo, para que este mal de la posmodernidad, que nos ofrece una masonería cada día más edulcorada y alejada de su esencia iniciática, no termine de corroer las bases mismas de la Orden. Desde aquí nuestros mejores augurios a nuestros HH.·. de “Santa Cruz”.


martes, 19 de julio de 2016

Comentarios a la nueva edición de "La Masonería y sus orígenes cristianos"

Editorial Kier acaba de publicar una nueva edición de "La Masonería y sus orígenes cristianos". Me alegra que esta edición vea la luz en un momento en que se debate el rol de la francmasonería, y que nuevamente se alzan voces que pretenden reducir a la Orden a una mera corriente sociológica fruto de la modernidad. No es así. Nunca ha sido así. Espero que el lector interesado en la historia de la francmasonería encuentre en sus páginas motivos para la reflexión.

Hace veinticinco años tuve la suerte de encontrarme con un libro interesante y curioso: Los orígenes del Grado de Maestro en la Francmasonería escrito por Eugéne Felicien Albert, conde Goblet d’Alviella, (1846-1925), quien fuera Soberano Gran Comendador del Supremo Consejo Grado 33º de Bélgica; una edición de Edicomunicaciones prologada por Miguel Jiménez Sales.

Esta pequeña obra, prácticamente desconocida por la mayoría de los masones, obró en mí tan grande curiosidad que en nada exagero si afirmo que todo lo que he escrito en los últimos diez años sobre historia de la francmasonería puede remontar su impulso a las páginas de nuestro hermano conde. Hijo de una época signada por el Syllabus y el Congreso Antimasónico de Trento, contemporáneo de Leo Taxil y protagonista de la etapa más dura en el enfrentamiento Masonería-Iglesia Católica, Goblet d’Alviella fue un furibundo anticlerical y un masón extraordinario. Sus ataques contra Roma suelen incluirse en las antologías antimasónicas que aun circulan por el mundo. Pero en este pequeño libro, Goblet d’Alviella vincula a la Leyenda del Tercer Grado con las tradiciones benedictinas, mientras que el prologuista avanza sobre el texto y –basándose en Paul Nodon- remonta el origen del mito hirámico a la pluma del monje Walafrid Strabón, abad benedictino de Reichenau en el siglo IX. Estos elementos fueron el punto de partida para el inicio de la investigación cuyos resultados están volcados en La Masonería y sus orígenes cristianos.

Desde su aparición en agosto de 2004, bajo el título “Ordo laicorum ab monacorum ordine” -en una edición destinada a masones estudiosos y masonólogos- el libro fue objeto de inquietud en algunos círculos masónicos, acostumbrados a hacer de la Orden un coto de caza de la predica antirreligiosa, alineada con un racionalismo materialista en donde lo ideológico suprime el sentido profundo de la experiencia masónica, que es su carácter iniciático. Incapaces de debatir su contenido, ni mucho menos refutarlo, se han limitado a fustigar al autor acusándolo de responder a intereses religiosos cuando, en verdad, se trata de una investigación histórica ampliamente documentada.

Durante mucho tiempo –casi todo el siglo XX- el ateísmo enquistado en la francmasonería tuvo a su favor la ausencia de una bibliografía renovada y de trabajos historiográficos surgidos sin la carga envenenada por la atmósfera preconciliar que enfrentó a la Orden con Roma en tiempos de nuestro citado conde Goblet d’Alviella.

En los últimos años, en diferentes partes del mundo y desde distintas vertientes masónicas, numerosos autores han planteado la tesis de un origen benedictino de la alegoría masónica. El precursor, en la Masonería Argentina fue Marcial Ruiz Torres. Basta para comprobarlo con leer el Libro del Maestro, documento oficial de la Gran Logia de la Argentina de Libres y Aceptados Masones que fue quitado de cisrculación hace más de diez años. También los han planteado autores emblemáticos como Findel y Danton, y más recientemente el citado Paul Naudon, miembro del Supremo Consejo Grado 33 de Francia, el historiador Alec Mellor, el egiptólogo Christian Jacq etc.

El aporte original de “La masonería y sus orígenes cristianos” –versión corregida y aumentada de Ordo laicorum ab monacorum ordine, editada por Editorial Kier- reside en que contiene un minucioso estudio de documentos benedictinos medievales, escritos entre el siglo VIII y el XII en donde la simbología es tan evidente que no necesita más que su exposición.

Estos textos muestran claramente que el mito de base en el que se sustentaba la tradición masónica –antes de ser arrasado por la Revolución Francesa y sometido al racionalismo ateo del nuevo régimen- estaba anclado en la armónica conjunción de las antiguas tradiciones hebreas y del cristianismo medieval. El lector interesado en ampliar esta esta visión cristiana de la francmasonería puede leer también mi libro "De Templo Salomonis Liber" (Madrid, Manakel, 2010) que bien puede considerarse el anexo documental del que aquí presentamos. 

Notas Preliminares al Lector


Dada la complejidad del tratamiento de las fuentes monásticas de la francmasonería, he decidido abrir un apartado especial en el cual se irán incluyendo la traducción de documentos benedictinos y de otras fuentes eclesiásticas y monásticas relativos a la protomasonería medieval.
El comienzo de este trabajo data de 1998 y su primer conclusión fue expuesta en mi libro "Monjes y Canteros", actualmente agotado. Sin embargo, con posterioridad, la tesis completa fue editada en una segunda obra denominada "Ordo laicorum ab monacorum ordine" (El orden laico a partir del orden monástico), publicada originalmente por la Academia de Estudios Masónicos de Buenos Aires y luego, en una edición comercial, por Editorial Kier.

Dado que esta obra contiene el fundamento de mi tesis veo conveniente familiarizar al lector con los documentos medievales que se expondrán en este blog entre los que hay de autoría de numerosos monjes, tales como Beda el Venerable, Alcuino de York, Rabano Mauro, Walafrid Strabon, Wilhem de Hirschau, Udalrico de Cluny, Bernardo de Morlan entre muchos otros.
La mejor presentación es, por lo tanto, la introducción original al mencionado libro "Ordo laicorum ab monacorum ordine", la cual contiene las motivaciones, el encuadramiento y el objeto final del trabajo.

Introducción al Estudio de la Protomasonería Monástica y la Masonería Medieval
I Ordo Monacorum, Ordo Laicorum. 

Un trabajo de investigación como el que aquí se expone -en el que intervienen diversos aspectos tales como la confrontación de las fuentes, los hechos específicos, el contexto histórico, la visión particular de los protagonistas y la propia de quien escribe- necesita un marco previo del campo que se pretende delimitar. Eso haré en estas páginas preliminares.
Las primeras notas de este ensayo fueron escritas en 1998. Por aquella época, mi interés estaba centrado en resolver un dilema complejo en el estudio de la historia de la francmasonería: el origen de su tradición.
Si bien la francmasonería sigue siendo un fenómeno difícil de definir, y sus orígenes aun permanecen sujetos a controversia, resulta evidente que su desarrollo en Europa está influido profundamente por la tradición judeocristiana. Los largos años que he dedicado al estudio de esta tradición –en particular a los aspectos esotéricos de las religiones del Libro- me fueron acercando a la conclusión de que casi todo el simbolismo y el ritual de la francmasonería eran tributarios de aquellas doctrinas.

Estas definiciones me llevaron a escribir el ensayo arriba mencionado sobre los orígenes de la institución. El título, “Monjes y Canteros”, respondía, obviamente, a una convicción surgida de la propia investigación que había llevado a cabo: el profundo vínculo existente entre las primeras cofradías de masones operativos laicos y los monjes constructores de la Orden de San Benito. Si existía un Ordo Laicorum, representado por las corporaciones de masones libres, debía cimentarse en un Ordo Monacorum del cual los constructores laicos habían recogido su tradición.

II Heurística y búsqueda de fuentes
Me pregunté durante mucho tiempo por qué razón, si los masones laicos se habían formado al lado de los masones benedictinos, debíamos buscar las fuentes de la tradición masónica en otra parte. ¿Por qué no buscarla allí?

La historiografía masónica propiamente dicha, arranca en el siglo XIV con el denominado “Manuscrito Regio” (circa 1380). A partir de esa fecha, los eruditos han reconocido como verdaderos a una cierta cantidad de documentos. Los más antiguos corresponden a la época del apogeo de las corporaciones y gremios -coincidente con el proceso de secularización de la Baja Edad Media- cuyo empuje pugnaba por mayores libertades para los individuos y para las nacientes organizaciones seculares.

Disponemos de constituciones, manuscritos, grabados, lápidas funerarias y otros elementos a los que podemos considerar fuentes directas, que guardan intención histórica. Esto ha permitido realizar importantes trabajos de heurística sobre el período operativo de los primitivos masones ”libres” (freemasons), pues ellos mismos, a través de esos testimonios, sentaron posición en cuanto a su existencia y su razón de ser. En cambio, hacia atrás, no existen más que presunciones y dudas. Los trabajos realizados sobre fuentes directas del período anterior al de las logias operativas, resultan escasos y muy poco conocidos.

El enorme vacío existente entre las corporaciones mediterráneas de la antigüedad tardía (los “collegia fabrorum”) y las corporaciones medievales, no puede explicarse únicamente con los “magistri comacini”. Es justamente en este período en donde se aprecia una gran ausencia de trabajos heurísticos.

Mi labor se centró en la búsqueda de pistas que me permitiesen identificar esas posibles fuentes benedictinas, o aquellos documentos que pudiesen avalar una tesis acerca de la influencia benedictina en la masonería operativa. Esas pistas, aunque escasas e incompletas, fueron las que me permitieron comenzar a armar el rompecabezas.

La primera fue una noticia aislada, proveniente del prólogo de la edición española del libro de Goblet D’Alviella sobre los orígenes del grado de “maestro” en la francmasonería. Allí, el prologuista Miguel Giménez Sales atribuía al prestigioso autor francés Paul Naudon la afirmación de que cierto monje benedictino, llamado Walafrid Strabón, ya conocía la leyenda de Hiram Abi en el siglo IX. Esta mención resultaba atractiva, habida cuenta de que Naudon es autor de un serio y muy importante trabajo histórico, en particular su libro “Les origines religieuses et corporatives de la Franc-Maçonnerie”, en el que dedica un capítulo a las asociaciones monásticas y religiosas precursoras de la francmasonería.

La inclusión de este dato en “Monjes y Canteros” resultó apresurada e insuficiente, puesto que la información no había sido corroborada en sus fuentes y se trataba, en todo caso, de la cita de una cita. Dispuesto a enmendar esta omisión comencé la búsqueda de Walafrid Strabón, el esquivo benedictino del que hablaba Giménez Sales. Pero la tarea no sería tan sencilla.

En primer lugar, la obra de Naudon -compuesta de numerosos libros, ensayos y artículos- es extensísima y poco accesible por encontrarse agotada, lo cual hizo dificultosa la búsqueda. Pronto descubrí que en sus principales obras no se hallaba tal afirmación. El camino que se abría era el de investigar directamente la obra de Strabón.

Considerado uno de los más notables exegetas benedictinos del medioevo, Walafrid Strabón (el bizco) había escrito una obra voluminosa. La dificultad que se me planteaba era que su lectura, en latín, y la identificación del texto en donde abordara eventualmente la cuestión del Templo de Salomón y la leyenda de Hiram Abi, podía demandar un tiempo incalculable.

Las primeras referencias a Strabón las encontré en la “Enciclopedia Católica” y en “Praelectiones Historiae Ecclesiasticae Aetatis Mediae et Modernae”, un manual de historia eclesiástica medieval escrito por el fraile capuchino Fredegard Callaey -pariente de mi antepasado belga Carlos Callaey- y editado en Roma, por el “Athenaeum Pontificium Urbanum de Propaganda Fide”. Mi problema era individualizar qué textos escritos por Walafrid Strabón hablaban de Hiram Abi, ya que sus obras abarcan dos tomos completos de la Patrología Latina de Migne, una colección de más de doscientos volúmenes que contienen la casi totalidad de los escritos de los Padres y Doctores de la Iglesia.

Finalmente pude saber –a través de una extraordinaria base de datos utilizada por algunas universidades- que Walafrid Strabón se refería a las cuestiones relativas a la construcción del Templo de Salomón en dos obras exegéticas contenidas en la denominada “Glossa Ordinaria”: los comentarios al “Liber Regum Tertius” y al “Liber Paralipomenon Secundus”. Conseguir estos libros y traerlos a Buenos Aires desde Bélgica, fue tarea de mi querido amigo Daniel Alberto Kiceleff, quien sería – a partir de allí- una pieza clave a la hora de encontrar las numerosas fuentes que, provenientes de Europa y Estados Unidos, completaron la bibliografía necesaria para este trabajo.


III Las Fuentes Benedictinas del Manuscrito Cooke

Cuando tuve en mis manos la obra de Strabón sufrí cierta desazón. No había en el texto una descripción de la leyenda hirámica, ni comentarios particularmente importantes sobre la construcción del Templo de Jerusalén. La “Glossa Ordinaria” es una suerte de guía exegética, voluminosa por cierto, que permite ubicar rápidamente los textos patrísticos referentes a cada versículo bíblico. Sin embargo, pronto comprendí que había hallado cierta línea de investigación. En los comentarios correspondientes a los libros de los Reyes y Crónicas –eje de la narración bíblica de la construcción del Templo de Salomón y sus protagonistas- Strabón remite al lector a las obras de otros dos exegetas: uno es su maestro Rabano Mauro, abad de Fulda y arzobispo de Maguncia; el otro es Beda, llamado “el Venerable”, famoso historiador inglés del siglo VIII. Ambos, prominentes benedictinos.

El hallazgo de Beda entre las fuentes a las que se refería Strabón fue doblemente importante. En primer lugar, el autor de la “Glossa” mencionaba específicamente una obra del “venerable”denominada “De Templo Salomonis Liber”. Sólo por el título era evidente que Beda se había ocupado especialmente de esta cuestión. En segundo lugar, esta noticia era confirmada por uno de los documentos masónicos más antiguos conocido, el “Manuscrito Cooke“(circa 1420). Su anónimo autor menciona a Beda como una de las autoridades en las que basa su texto. El hecho de que este historiador inglés del siglo VIII fuese reconocido como una autoridad por ambos documentos (la “Glossa Ordinaria” y el “M. Cooke”) me pareció un buen indicio para mi investigación sobre la influencia benedictina en la masonería primitiva.

Un análisis más profundo de las fuentes a las que hace referencia el “M. Cooke” aumentó mis certezas. Hagamos un repaso de las mismas:

a) Ranulf Higden (circa 1299–1363), autor del “Polychronicon”(circa 1350), una de las crónicas históricas mas importantes de su época. Monje benedictino del monasterio de Saint Werburg, en Chester. Se cree que este libro fue escrito en dos partes, la primera hacia 1326, la segunda hacia 1350. En 1387, fue traducido por Juan de Trevisa, capellán de Lord Berkeley e impreso por Caxton en 1482.

b) Honorio de Autum (Honorius Augustodunensis, circa 1095-1135) autor de “Imago Mundi” (llamado también “De Imagine Mundi”). Monje benedictino, autor, por otra parte, de “De gemma animae”, una obra en la que desarrolla una teoría que causaría gran repercusión en su época, en la que consideraba a la arquitectura como la continua manifestación de los planes de Dios, concepto que otorgaba un carácter muy especial al Templo y al artesano (masón) que lo construía.

c) Petrus Comestor (m. 1178 en París), autor de “Historia Scholastica” (fuente mencionada en el “M Cooke” como “Master of Histories”). Canónigo adjunto de la Iglesia de Notre-Dame de Troyes. Durante algunos años tuvo a su cargo la Escuela Teológica de Notre-Dame de París. Su “Historia Scholastica” era uno de los manuales más difundidos en el ámbito monástico, utilizado por monjes, estudiantes y teólogos de su tiempo.

d) Beda (circa 673-735) nuestro autor benedictino inglés. Si bien su obra más renombrada es “Historia ecclesiastica gentis anglorum” –escrita en 731, cuando ya era un anciano- surge de lo expuesto la importancia de “De Templo Salomonis Liber”, cuyo contenido es ampliamente analizado en este trabajo.

e) Las fuentes se completan con Isidoro de Sevilla (560-636) -en especial con su obra “Etymologiae”, un compendio de todo el conocimiento anterior al siglo VII- y con Methodius (825-885), arzobispo de Syrmia, conocido como uno de los “apóstoles de los eslavos” y autor de “Revelaciones”.

Como puede observarse, la mayor parte de estas obras fueron escritas por benedictinos.

En las notas introductorias a la edición chilena del “M. Cooke”, Herbert Poole advierte que, pese a esta exhibición bibliográfica, “pocas de las referencias a estas fuentes corresponden a afirmaciones hechas por ellos”. Pese a lo cual, la reiteración de tales referencias habla de la formación del autor, de su orientación intelectual y del contenido de la biblioteca que tenía frente a sí.

Conformado este escenario, decidí que el análisis histórico se haría sobre la base de la tradición iniciada por Beda y continuada–en una sucesión maestro-discípulo- por Alcuino de York, Rabano Mauro y Walafrid Strabón.

Lo que siguió fue un arduo y, a la vez, bello trabajo sobre los textos latinos de numerosos autores benedictinos medievales. La traducción de “De Templo Salomonis Liber” me sorprendió en muchos aspectos; en particular su carácter alegórico sobre la construcción del Templo de Salomón y su similitud con múltiples símbolos y conceptos aun vigentes en la doctrina masónica. Otro tanto ocurrió con la traducción sobre los libros de Rabano Mauro “Commentaria in Libros IV Regum” y “Commentaria in Libros II Paralipomenon”. La comparación de estos textos con otros posteriores, también escritos por monjes benedictinos, me permitió comprobar cierta universalidad de criterios –dentro de esta orden- en torno al “arte” arquitectónico, la simbología del Templo, y las “virtudes” del “artífice”

Ha sido fundamental para este aspecto de la investigación contar con el acceso a otras fuentes benedictinas, entre las que destaco a Teófilo (siglo XI), autor de “Diversarum Artium Schedula”; León de Ostia (1046-1115), por su “Chronica Monasterii Casinensis”; Suger de Saint Denis (1081-1151), figura extraordinaria del clero monacal y autor de “El Libro de Suger, abad de San Dionisio”; Lanfranco de Canterbury; Aimón de Saint Pierre sur Dives; Hugo de Amiens, arzobispo de Rouen, por sus epístolas y Gervasio de Canterbury (1141-1210), por su conmovedora crónica de la destrucción de la catedral de Canterbury: “Incipit tractatus de combustione et reparatione Cantuariensis ecclesie”.

Para el acceso a algunos de estos documentos me ha sido muy útil la selección de fuentes que lleva por título: “Realizaciones del Arte Medieval”, publicada por el Lic. Francisco Corti y la Prof. Ofelia Manzi en la “Colección de Historia Medieval”, dirigida por la Dra. Nilda Guglielmi. La lectura de estos escritos produce una profunda emoción a quien ha sido instruido en masonería. También he utilizado los textos en latín publicados por la “Bibliotheca Augustana”.

Todas estas obras, junto a otros documentos, noticias y circunstancias históricas, dan cuenta de una fuerte tradición cuya influencia en la francmasonería operativa es contundente. Este sugestivo conjunto conforma la parte esencial de este libro.

Sin embargo, todo este trabajo hubiese carecido de un adecuado colofón de no ser por un último eslabón que explica cómo se produjo la transición de los monjes constructores a los masones operativos. Me refiero a las “Constituciones Hirsaugienses”, promulgadas por Wilhelm de Hirsau en el siglo XI, que marcan el inicio de la incorporación de laicos al “arte sagrado”. La “reforma hirsaugiense” -en sintonía con la gran reforma de Cluny- coincide con el punto de máxima expansión del arte románico imperial y la bisagra entre dos mundos: el monástico y el secular.


IV Maestros Judíos de Exegetas Benedictinos
Resulta revelador el hecho de que estos grandes exegetas benedictinos hayan estado en contacto con maestros hebreos, doctores de la Ley Judía, y que, incluso, hayan incorporado a sus textos –como el propio Rabano Mauro lo admite- sus consideraciones. Para ellos la Sabiduría de Israel y la Fe cristiana eran tan complementarias como lo son en nuestros rituales del Rito Escocés Antiguo y Aceptado.

Con respecto a este vínculo entre maestros judíos y benedictinos, debo mencionar especialmente las investigaciones del Dr. Louis Israel Newman, publicadas por la Columbia University Press en 1925. Me refiero a su tratado “Jewish influence on Christian Reform Movements”, en el que dedica un extenso capítulo a la transmisión del contenido de la tradición judía al mundo cristiano. Para mi asombro, las vías de transmisión señaladas por Newman dentro del movimiento benedictino, coincidían de manera precisa con la corriente exegética que estaba investigando, vinculada con la cuestión del Templo de Salomón.

También resulta impactante que estos maestros benedictinos desarrollaran técnicas propias de la Cábala hebrea para la interpretación de las escrituras. Los laberintos, los caligramas, las combinaciones de las letras, los cálculos matemáticos y las especulaciones numerológicas son frecuentes en estos textos escritos muchos siglos antes de que, en Europa, circularan el Sepher ha Zohar, el Sepher ha Bahir[1] y otros grandes clásicos de los cabalistas medievales.

En este tema, me han sido también muy valiosas las investigaciones de Rafael de Cózar -Profesor de la Universidad Hispalense- sobre las Raíces de la visualidad literaria, cuyos capítulos dedicados a los “Fundamentos del artificio literario en el Renacimiento Carolingio” y “La proyección visual de la escritura hebrea” completaron aspectos de la influencia judía en los autores analizados.

Lo que se publica en este volumen no es más que una breve introducción a un vasto campo, muy poco explorado, sobre los orígenes monásticos de la francmasonería operativa medieval. Existe una inmensa cantidad de autores –doctores y padres de la Iglesia- que han dedicado numerosas páginas a nuestros símbolos, a la construcción del Templo de Salomón y a los personajes que protagonizan nuestros rituales. Estos autores no sólo han influido en la masonería simbólica sino también en los denominados Altos Grados, cuyos mentores conocían, sin lugar a dudas, la tradición que se expone en estas páginas. Bien podría afirmarse que la masonería del Rito Escocés Antiguo y Aceptado es el receptáculo de una tradición hoy casi olvidada y que debería reconstruirse con trabajos de investigación, esfuerzo intelectual y mucha paciencia.


V La Tradición Perdida

Es posible que esta desconexión con las fuentes históricas de la francmasonería sea producto del largo reinado del positivismo y del mito construido en torno a las tenebrosas épocas del medioevo ¿Qué cosa provechosa para el racionalismo moderno podría encontrarse en los desvaríos espirituales de un monje inmerso en la oscuridad de los monasterios medievales? ¿Qué cosa seria podría hallarse en las extrañas combinaciones de letras de los místicos judíos? Sin embargo, pareciera que estos presupuestos no son verdaderos. Eugenio Garín en su obra “Medioevo y Renacimiento” ha señalado que “…una de las conquistas de la investigación histórica actual ha consistido, indudablemente, en advertir que el mito del renacimiento, de la nueva luz y, por tanto, de la correspondiente oscuridad que hubo de precederla, fue producto precisamente de la polémica de los humanistas contra la cultura de los siglos precedentes…”[2]

Cuando abordamos los manuscritos de aquellos hombres nada hay de tenebroso; hablan de una construcción social y colectiva, de esfuerzos mancomunados, de virtudes y redenciones, de paz y beatitud en el final de una vida piadosa. Hablan de Dios, de un Cosmocrator al que dibujan con un compás en su mano, imagen característica del Gran Arquitecto del Universo.

En la mentalidad medieval cristiana Dios construye al mundo para el hombre; el hombre construye los templos para alabar a Dios. Cuando se aborda el pensamiento medieval, cuando se observa su arte, cuando se analiza desde una perspectiva histórica la rapidez con la que se crearon y organizaron las instituciones que aun hoy persisten vigentes en nuestra cultura, el conjunto no parece el de un mundo tortuoso. El autor de “Las Moradas Filosofales” solía asombrarse de esta imagen contradictoria del medioevo. “Los cronistas nos pintan esta desdichada época con los colores más sombríos. Por espacio de muchos siglos, no hay más que invasiones, guerras, hambres y epidemias. Y, sin embargo, los monumentos –fieles y sinceros testimonios de aquellos tiempos nebulosos- no evidencian la menor huella de semejantes azotes. Muy por el contrario, parecen haber sido construidos entre el entusiasmo de una poderosa inspiración de ideal y de fe por un pueblo dichoso de vivir, en el seno de una sociedad floreciente y fuertemente organizada…”[3]

Estas palabras podrán sonar como provocadoras para un mundo supuestamente progresista. Después de todo ¿No era acaso Fulcanelli amigo de aquellos alquimistas románticos tan fustigados por la modernidad? Sus libros descansan hoy en el mismo estante que los de Marcilio Ficino, Pico de la Mirándola, Robert Fludd, Giordano Bruno, Cornelio Agrippa y tantos otros oscuros filósofos sospechados de esoterismo, esa palabra maldita para los racionalistas del siglo XIX.

Pero ya lo ha dicho Herman Hesse: “La fe no pasa por el intelecto, como tampoco el amor”. La francmasonería, nacida en una época en la que el hombre comenzaba a tomar conciencia de su lugar en el mundo, de su potencialidad y su destino, no fue concebida para un mundo sin fe; tampoco como una “nueva fe”. Sin embargo –y éste es el modesto aporte que me propongo realizar- ha heredado el espíritu de aquella sociedad de monjes arquitectos que –parafraseando a Gunter Bandmann- mediante su elaboración, elevaban las piedras “al ámbito de lo simbólico y lo significativo”.

Lo extraordinario de este vínculo de los benedictinos con la piedra es que, paralelamente a la construcción de la tradición a través de la exégesis, existe una construcción real –me refiero precisamente al concepto de “constructio” definido por San Isidoro de Sevilla- inspirada en esa tradición.

Me apresuro a reconocer que la tradición masónica no proviene de una sóla fuente. Al igual que Europa -el continente en el que se desarrolla- recibe influencias de diversa índole: las corporaciones mediterráneas del mundo antiguo, desde los artífices dionisíacos de las costas fenicias hasta los colegios romanos; la enorme tradición arquitectónica y artística de Bizancio cuya influencia en Europa meridional es significativa; las asociaciones vinculadas a los maestros del Lago de Como, etc.

Sin embargo, el lenguaje, el espíritu, el simbolismo y, por sobre todo ello, la praxis masónica -tal como nos ha llegado- posee una profunda huella benedictina. Mi trabajo se ha centrado en este punto, sin que por ello desconozca la importancia de aquellas otras vertientes.

En el momento de publicar este libro, tengo plena conciencia de que contiene una mínima parte de lo mucho que -en relación con la tradición masónica primitiva- espera ser traducido y redescubierto en los textos escritos por los benedictinos. Confío en que otros más capaces que yo se interesen en ahondar y completar esta tarea que me excede ampliamente.

La base de datos de la Patrología Latina[4], permite identificar textos a partir de un vocablo. El término “Hiram”, por ejemplo, aparece 348 veces distribuidas en 77 tratados. El término “Adoniram” 32 veces en 15 tratados. Quien ha visto alguna vez un volumen de esta colección entenderá fácilmente de lo que estoy hablando. De lo que no hay dudas es del inmenso material que un estudioso de la masonería puede hallar en estos documentos.

Doy por sentado que se han deslizado errores y omisiones que, espero, me sean señaladas con el fin de enmendarlas en una próxima edición. No obstante ello, y aunque lo que presente sea fatalmente incompleto, me invade la profunda satisfacción de poder ofrecer este esfuerzo que, grande o pequeño, ha sido inspirado en el amor fraternal que aun se respira en nuestros templos.

Se incluye, al final del libro, un anexo que contiene algunos textos traducidos al castellano de Beda, Rabano Mauro y Wilhelm de Hirsau; epístolas o prólogos que contienen elementos que permiten una aproximación al espíritu de sus autores.

El criterio empleado para la redacción de las notas y las citas ha sido el siguiente: la mayoría de las notas son simples referencias bibliográficas que apoyan la introducción de la cita en el texto. Sólo se han trascripto citas en las notas cuando su extensión o complejidad impedía la continuidad en la lectura. En su mayoría, las citas han sido traducidas al español, salvo en algunos casos en los que entendí que, siendo comprensibles, mantenían su calidad literaria o bien, que podían ser de utilidad al estudioso en su idioma original.

En cuanto a las fuentes bibliográficas, sólo ha sido incluida la considerada, en unos casos, pertinente y en otros relevante al contenido del estudio.


Eduardo R. Callaey